Guía de una detective para el asesinato y las bellas artes (Detectives de cierta edad 1) Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

Benedict no cantaba. Estaba encorvado en las sombras, apurando su cerveza turbia, con cara de preferir estar luchando con cocodrilos.

Cuando terminó la tortura, Hazel huyó a su asiento mientras Gazza se recreaba en los aplausos sobre el escenario. Volvió segundos después, sudoroso pero eufórico.

—Te toca estar bajo los focos, Benedict —dijo, desplomándose en su silla y apurando el resto de su cerveza.

—Por encima de mi cadáver —murmuró Benedict—. Se supone que debo pasar desapercibido, ¿recuerdas?

—Tranquilo, tío —dijo Gary—. Salir de marcha es la mejor tapadera en esta ciudad. Te he elegido la canción perfecta. Solo tienes que concentrarte en la pantalla y cantar lo que vaya apareciendo.

A Hazel le dio un vuelco el corazón cuando el maestro de ceremonias anunció que el siguiente intérprete sería Benny, con el clásico de Leonard Cohen, «Hallelujah».

Una de sus canciones favoritas, pero nada fácil ni para los mejores cantantes, con notas altísimas y sin un ritmo potente tras el que esconderse. Fulminó a Gary con la mirada.

Gary le dio una palmada en la espalda a Benedict.

—Haz lo que te diga la pantalla. Si cantas siguiendo la letra, es imposible que la cagues.

El público empezó a corear el nombre de Benny, así que Benedict echó la silla hacia atrás y se acercó a regañadientes al maestro de ceremonias.

Hazel estaba convencida de que iba a decirle al hombre dónde podía meterse el micrófono, pero Benedict cogió un taburete y pidió que atenuaran las luces, hasta quedar sentado y encorvado en una esquina, apenas visible bajo el ala inclinada de su sombrero.

Se le encogió el corazón de pena. Se volvió hacia Gary.

—Si Benedict no aguanta, más te vale rescatarlo o te machacaré los huevos hasta que cantes en soprano.

—Sí, lo haré. Solo quería que se divirtiera en su última noche, pero ahora que está ahí arriba, me doy cuenta de que ha sido una estupidez.

—Más te vale. ¿Cómo es que cantas tan bien, Gazza?

—Era el cantante de una banda de versiones de rock. Empecé de adolescente y nunca lo dejé del todo.

—Ah, así que por eso te vistes como un viejo rockero.

Gazza le guiñó un ojo.

—Eso, y porque cabrea a mi jefe estirado de la vieja escuela. Lleva intentando librarse de mí desde que vio mi pendiente de oro y mi melena.

La música empezó suavemente. El público contenía la respiración, probablemente por solidaridad con un cantante que estaba claramente metido en camisa de once varas.

Benedict empezó despacio, casi recitando más que cantando, igual que en la famosa versión de Cohen.

Su voz tenía ese mismo tono grave y áspero, pero enseguida creció hasta convertirse en una oleada poderosa cuando atacó el estribillo del Hallelujah a pleno pulmón, como si las palabras le brotaran del alma.

Ni siquiera tuvo que mirar la pantalla donde iba apareciendo la letra.

Al principio, Hazel pensó que era playback, pero de verdad era Benedict quien cantaba, no Leonard Cohen. Le dio un codazo a Gary en las costillas.

—Tus huevos están a salvo. Ese hombre tiene unos pulmones, y sabe usarlos.

—Debería haber imaginado que había cantado en un coro de niños —murmuró Gary.

Cuando la música se apagó, la gente se estaba secando los ojos disimuladamente. Hubo una pausa, y entonces Benedict se levantó y abandonó el escenario entre un rugido de aplausos. Hazel tuvo que abanicarse con la carta para refrescarse las mejillas.

—Bueno, Benny lo ha bordado —dijo el MC—. El listón está muy alto. A continuación, Mel y Ginger con el clásico himno de las Spice Girls, «Wannabe».

Dos chicas subieron dando brincos al escenario con vestidos ajustados y suficiente maquillaje como para abastecer al reparto de RuPaul's Drag Race .

Empezaron titubeantes, demasiado concentradas en leer la letra que se desplazaba por la pantalla, cantando un par de compases por detrás de la música.

Sin embargo, lo que les faltaba a Mel y Ginger en interpretación vocal y sincronización, lo compensaban con creces meneándose con gracia.

Al público, bien lubricado por la cerveza, le encantaron.

Benedict volvió a la mesa y dio un sorbo elegante a su cerveza como si los últimos minutos no hubieran pasado.

—Madre mía, Benny —dijo Gary—, te dije que siguieras las palabras en la pantalla, no que lo convirtieras en un conciertazo con Wembley a reventar.

—No soy un robot, Gazza. Yo voy a mi aire.

Benedict dejó la botella de cerveza vacía y cogió su chaqueta.

—Siento ser un aguafiestas, pero me caigo de sueño. ¿Te llevo a casa, Hazel, o prefieres seguir de fiesta con la Reina del Dirty Dancing?... Eh, ¿Hazel? ¿Hola? ¿Me oyes?

Hazel salió de su ensimismamiento.

—Aleluya. He visto la luz.

—Sí, vale, ya lo pillo —dijo Gary—. Benedict canta como los ángeles, me ha quedado claro.

—No, Gazza, no es eso. Creo que sé cómo asesinaron a Vern.

—¡Anda ya, nena! ¿Nos lo vas a contar o qué?

—No hasta que haya dormido bien y pueda pensarlo con la cabeza despejada. Así que, por mucho que me muera por saber qué es lo que Mel y Ginger realmente, realmente quieren, estaría encantada de aceptar tu oferta de llevarme a casa, Benedict.