Capítulo 17
Hazel se despertó con la cabeza embotada la mañana después de la muerte de Vern.
Embotada por fuera, con el pelo hecho un nido de pájaros, y embotada por dentro gracias a una pastilla para dormir que su hermana Carol le había dado.
Hazel agradecía haber dormido de un tirón, ya que le esperaba un día entero de sustituciones en el instituto local.
Había pensado en cancelar, pero la experiencia le había enseñado que sobrellevar el duelo era más fácil con la agenda llena.
Una ducha y un café cargado le despejaron la cabeza, más o menos.
Se obligó a tragar muesli con yogur pese a las protestas de su estómago e intentó con todas sus fuerzas no pensar en Vern.
En concreto, en Vern riendo mientras comía dónuts y en el cuerpo de Vern desplomado al pie del acantilado.
Por suerte, su primera clase del día era arte, lo cual era un alivio.
Llegaría puntual, entusiasta y profesional aunque la matara.
Pensar en la palabra «matara» le revolvió el estómago de nuevo.
Hazel volvió a mirar el móvil antes de salir. Ni una palabra de Gary ni de Benedict, pese a que habían prometido mantenerla informada. Típico. ¿Tan difícil era enviar un mensaje rápido para preguntarle si estaba bien?
Mary llamó mientras Hazel contemplaba el móvil en silencio. Tras preguntarle cómo se encontraba, Mary le contó que Gary había vuelto tarde la noche anterior y esa mañana se había negado a soltar prenda, salvo para advertirle que no usara la información de las grabaciones.
—No he sabido nada de él —dijo Hazel, pensando que Gary debía de ser más duro de lo que parecía si había resistido el interrogatorio de Mary.
—¿Y del inglés tan apuesto? —preguntó Mary.
—Silencio absoluto. Benedict estará ocupado investigando la acusación de soborno para poder volver a casa con su pareja. Ahora que Vern ya no está, no les sirvo para nada.
—¿En serio? —dijo Mary—. Los dos parecían muy preocupados por ti. Vamos, que si un hombre me mirara como te miran ellos a ti, me lanzaba de cabeza.
—¡Mary!
—¿Qué? Puede que tenga casi ochenta años, pero no estoy muerta.
No dejes que te afecte, cariño. Si Gary no suelta prenda, es porque el código de silencio de la policía le daría cien vueltas al de los masones.
Mientras tanto, yo no he parado. Tendrías que ver lo que hemos preparado.
Cobertura mediática a tope, bombardear la oficina del ministro con solicitudes de información pública, protestas en todo el país, recursos legales.
Como no paren antes, va a haber fuegos artificiales en la noche de la inauguración.
Hazel sonrió. No había nada como una dosis de Mary Beamish para levantarle el ánimo.
—Esto te encanta, bribona veterana. Siento no poder escucharlo todo ahora. Hoy tengo el día entero dando clases.
Dos horas después, un agente uniformado se llevó a Hazel de su clase de arte a la comisaría, y su ánimo cayó en picado.
No ayudó que le preguntaran si quería consultar con un abogado antes del interrogatorio.
Como era inocente, declinó. Además, el único abogado que conocía era el procurador que llevaba el patrimonio de sus padres.
Era de la generación de ellos y hablaba con tanta parsimonia que costaba no quedarse dormida escuchándolo.
Tras una espera agónica, el agente la condujo a una sala de interrogatorios.
Le señaló una silla de plástico en aquella habitación que parecía una celda, bajo el ojo fijo de una cámara en una caja robusta empotrada en la pared.
La sala de interrogatorios en la que había estado el día anterior parecía diseñada por un terapeuta familiar con poco presupuesto. Esta podría haberla diseñado la KGB.
Hazel también había visto cómo interrogaban a Benedict, así que la policía sabría lo de las grabaciones encubiertas que había hecho.
¿Estarían a punto de acusarla de algún delito recóndito de la Ley Penal, algo como Uso Traicionero de un Dispositivo Digital para Implicar a un Ministro de la Corona ?
Durante dos largos minutos, Hazel intentó aparentar serenidad mientras el pulso se le aceleraba.
Luchó contra el impulso de mirar a la cámara y confesar algo —lo que fuera— con tal de volver a salir al sol.
Entonces entró el sargento detective superior Osborne, dejó caer una carpeta sobre la mesa y se sentó frente a ella.
Abrió un portátil y soltó con voz monótona el preámbulo de rigor.
Sin previo aviso, el detective giró el portátil hacia ella y le dio al play.
Bajo la mirada fría y objetiva de las cámaras de seguridad, la escena parecía más un tumulto que la protesta civilizada que ella recordaba.
Un grupo de personas en su mayoría canosas agitando pancartas y gritando «¡traidor, traidor!
» a un hombre en lo alto de las escaleras.
Los manifestantes estaban furiosos —furiosos de verdad, no simplemente molestos—.
Un hombre alto de pelo blanco bajó de un coche negro junto a las escaleras.
Hazel se vio a sí misma, borrosa en la imagen, fulminando con la mirada a Vern White, un hombre al que llegaría a apreciar y admirar, antes de verlo morir.
—Han surgido ciertas acusaciones en relación con la muerte del señor Vern White —dijo Osborne—. Quizá podría explicarnos su relación con la víctima, señora Bond.
«Víctima», no «fallecido». Hazel había esperado dejar atrás la muerte de Vern, pero la pregunta incisiva y la intensidad del escrutinio del detective indicaban lo contrario.
Se le habían saltado las lágrimas al ver a Vern vivo en el vídeo.
Las dejó correr. Mejor que la vieran como una amiga afligida que como un conejo paralizado ante los faros de un coche.
El detective se disculpó y volvió con una caja de pañuelos y la inspectora Louisa Pyke. Hazel había visto suficientes series policíacas para reconocer la táctica del poli bueno y el poli malo, pero no podía negar que era un alivio ver una cara amable.
Louisa tomó las riendas.
—Gracias por venir de nuevo hoy, señora Bond.
Como si Hazel hubiera tenido elección.
—Nuestra investigación ha suscitado algunas preguntas adicionales y le agradeceríamos su colaboración.
—Haré todo lo que esté en mi mano —dijo Hazel.
Louisa le fue preguntando por el tiempo que había pasado con Vern y su equipo, así como por su relación con Mary Beamish, Gary Taylor y Benedict Finlayson.
—¿Cómo describiría al señor White? —preguntó Louisa.
—Era un hombre amable y considerado.
Hazel cogió otro pañuelo mientras intentaba mantener la compostura.
—Un caballero a la antigua usanza. Creo que a Vern le preocupó de verdad cuando le conté que la venta de activos culturales no contaba con el respaldo de las instituciones ni del público. De hecho, estaba dispuesto a cancelar el acuerdo aunque le costara muy caro. Un hombre íntegro.
—Un hombre extremadamente rico —dijo Osborne—. Y generoso.
—Supongo que sí.
—Mientras que la situación financiera de usted es extremadamente precaria —dijo Osborne—, sobre todo después de su reciente despido.
Que la policía hubiera indagado en sus finanzas la sorprendió, y la insinuación de que Hazel buscaba un hombre rico que la salvara la enfureció.
—Mi situación financiera es irrelevante —dijo, sin disimular su disgusto ante la insinuación—.
Si quiere saberlo, nuestros ahorros de toda la vida se destinaron a costear los medicamentos para el extraño cáncer de mi difunto marido, porque el tratamiento no estaba cubierto por la sanidad pública.
Tras la venta de la casa de mis padres, tendré suficiente para vivir cómodamente.
No tengo el menor deseo de pescar a un marido rico, si eso es lo que está insinuando.
Osborne siguió mirándola fijamente. Hazel le sostuvo la mirada.
Louisa rompió el punto muerto.
—El señor White tenía casi setenta años. ¿Le notó algún achaque?
La pregunta pilló a Hazel desprevenida.
—Vern no tenía nada de frágil. Estaba en una forma física extraordinaria para su edad, y su viveza mental habría dejado en ridículo a muchos jóvenes. Se movía como alguien mucho más joven y esquiaba como un profesional. Creo que tomaba alguna medicación, pero eso es normal a nuestra edad.
—¿El señor White le dijo qué medicación tomaba? —preguntó Louisa.
—No, y habría sido una falta de educación preguntar.
Supuse que sería para el corazón o la tensión o algo así.
Como dije en mi primera declaración, Vern parecía un poco indispuesto en lo alto del telesilla, pero pensé que quizá estaba molesto porque una reunión con sus socios lo había retrasado cuando él quería estar esquiando.
Le sugerí que hiciéramos una pista más fácil, pero él estaba empeñado en hacer la pista negra mientras la nieve estaba fresca.
El infarto, o lo que fuera, no le dio hasta que llevaba un tramo bajando la pista.
Osborne intervino:
—¿Le dio usted alguna medicación a Vernon White, señora Bond?
La pregunta volvió a pillar a Hazel por sorpresa, y esperaba que se le notara, porque el Poli Malo le estaba lanzando una mirada asesina.
—Por supuesto que no. ¿Por qué demonios iba a hacerlo? Conocía al hombre desde hacía menos de un día, y era bastante reservado con sus asuntos personales. Se había enfadado con su asistente personal en el desayuno porque no paraba de darle la lata, así que tuve cuidado de no hacer yo lo mismo.
—¿La señorita Prasad? —preguntó Osborne—. Mencionó que usted compró dónuts para Vern.
—Una tonta tradición de la familia Bond —Hazel formó una O con el pulgar y el índice—.
Vern se comió dos dónuts pequeñitos de este tamaño y disfrutó muchísimo del capricho.
Sinceramente, no sé a qué venía tanta preocupación de Samira.
Tampoco es que Vern estuviera gordo. Pregúntele al conductor si no me cree.
—Ya lo hemos hecho —dijo Osborne—. La señorita Prasad también mencionó que la vio salir del apartamento esa mañana. Se ocultó un rato en el hueco de la escalera antes de volver a entrar como si acabara de llegar.
Vale, pensó Hazel, era embarazoso que la hubieran pillado, pero no tan siniestro como Osborne daba a entender. Lo único que tenía que hacer era contar la verdad, con calma y sin parecer sospechosa. Más fácil decirlo que hacerlo, claro, cuando estaba en el punto de mira.
—Así es —dijo—. Llegué un poco antes de tiempo y oí a Vern discutiendo con su socio, Roger Clayton, sobre irregularidades financieras en las cuentas.
No quería que me pillaran cotilleando, después de que Vern hubiera sido tan amable invitándome a esquiar, así que salí y esperé un par de minutos antes de volver a entrar, como dijo Samira.
—¿Entró en el trastero? —preguntó Louisa—. ¿Quizá para echar un vistazo a su equipo de esquí?
—¿Qué? No, claro que no. No toqué nada de su equipo.
El plan de Hazel de mantener la calma empezaba a venirse abajo con aquellas preguntas tan extrañas. Quizá había llegado el momento de plantarse.
—Quizá deberían decirme de qué va todo esto, detectives. Me dijeron que la muerte de Vern se estaba tratando como un accidente o un problema de salud.
Louisa miró a su superior, que asintió.
—Vern White era diabético tipo 1 grave, señora Bond. Murió de una sobredosis masiva de insulina, que se inyectó en respuesta a una subida brusca de su nivel de azúcar en sangre.
Hazel se los quedó mirando, consciente de que debía de parecer un pez fuera del agua boqueando en busca de oxígeno, pero incapaz de hablar.
¿Vern, diabético grave? De repente, las extrañas preguntas sobre los dónuts azucarados cobraron sentido, igual que la preocupación de Samira por lo que comía Vern.
¿Habían sido los dónuts lo que lo había matado? Si era así, jamás se lo perdonaría.
La observaban forcejear con sus pensamientos, claramente esperando una respuesta, pero las palabras no le salían. Estaba demasiado ocupada asimilando lo que implicaban las palabras de Louisa.
Osborne se inclinó hacia ella con el rostro endurecido.
—Alguien sacó su kit de glucagón de emergencia de la mochila de esquí antes de que saliera del hotel.
Por fin, Hazel recuperó el uso de la voz.
—¿Están sugiriendo que la muerte de Vern fue intencionada?
El silencio continuó mientras Hazel intentaba no dejarse llevar por el pánico.
—No pueden creer que yo tuviera algo que ver. Conocí a Vern hace menos de veinticuatro horas. Me caía bien. ¿Qué motivo iba a tener para quererlo muerto? Lo necesitaba vivo para detener la venta de activos, y tengo una grabación que demuestra que estaba dispuesto a ayudar a nuestra causa.
—Entrevista interrumpida a las diez veinticinco —anunció el sargento detective superior Osborne.
Pulsó un botón y se levantó.
—Por favor, permanezca sentada, señora Bond, mientras deliberamos un momento.
Los dos detectives salieron de la sala de interrogatorios y cerraron con llave a su espalda.
Hazel cerró los ojos con fuerza para no ver el siniestro recordatorio del objetivo de la cámara que la observaba.
Solo podía pensar en pasar el resto de su vida en una celda aún más pequeña que aquella habitación.
Por puro instinto de supervivencia, centró sus pensamientos en quién le había tendido la trampa para cargarle el muerto de la muerte de Vern.
¿Quién salía ganando si la venta seguía adelante?
El ministro de Patrimonio Cultural, para empezar.
Si Phil Smythe estaba detrás de esto, más le valía andarse con ojo, porque se había buscado una buena.