Guía de una detective para el asesinato y las bellas artes (Detectives de cierta edad 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

El aire fuera del hotel golpeó a Hazel como una ráfaga de un congelador, lo que la ayudó a despejarse antes de enfrentarse a la acera resbaladiza.

Los primeros copos de nieve fina se derretían sobre su piel desnuda mientras se apresuraba a ponerse el gorro y los guantes.

Con los que iban de bares y los primeros comensales saliendo a divertirse, tenía pocas posibilidades de encontrar un taxi.

Aun así, la caminata a casa le daría tiempo para procesar lo que había aprendido, porque estaba más que claro que había mucho más bajo la superficie de lo que nadie había imaginado.

La acusación de corrupción del señor Huang, en particular.

Smythe se hundiría más rápido que el Titanic si se pudiera demostrar que aceptó un soborno.

Hazel no había ido muy lejos cuando oyó pasos rápidos acercándose desde atrás.

Su perseguidor destacaba como un lobo en un campo de ovejas.

Un hombre solitario, dirigiéndose directamente hacia ella, mientras todos los demás iban en parejas o grupos, riendo y paseando.

Era el hombre que la había estado siguiendo antes.

Había cambiado la chaqueta de traje por una chaqueta acolchada azul marino y un gorro de lana, lo que añadía volumen a su cuerpo delgado y disimulaba su cabello entrecano.

Pero era el mismo rostro severo y pómulos afilados, con la piel pálida que lo marcaba como un recién llegado.

Echó a correr, o algo parecido, porque el abrigo grueso y el estómago vacío con el vino galardonado chapoteando dentro no ayudaban.

El acosador también echó a correr: una zancada suave y rápida de corredor experimentado, maldita sea. Miró hacia atrás y lo vio abriéndose paso entre un grupo de jóvenes borrachos, a menos de treinta metros. Cerca. Demasiado cerca. Se obligó a ir más rápido.

—¡Señora Bond, por favor, espere! —gritó él, ya a solo quince metros.

Ni loca iba a pararse por un acosador. Sin embargo, no podía ganarle corriendo, y no había dónde esconderse. Además, estaba más segura en una zona bien iluminada y concurrida. Se detuvo bajo una farola. Rebuscó rápidamente en el bolso y sacó el teléfono y un frasco de perfume en aerosol.

Él se detuvo a menos de dos metros, apenas jadeando. Hazel deslizó el dedo para activar la cámara del teléfono y sostuvo el perfume como ese aerosol que usa la policía con los criminales. ¿Cómo se llamaba? Algo picante.

Plantó las piernas bien separadas con el vídeo grabando y el aerosol listo.

—No se acerque más.

El acosador levantó las manos, con las palmas hacia fuera, señalando que no pretendía hacerle daño.

—Soy Benedict Finlayson —dijo con un acento inglés que rezumaba educación de Oxbridge.

—No me importa cómo se llame. Déjeme en paz. Tengo espray de pimienta.

Ladeó la cabeza, como si le hiciera gracia.

—¿Quiere decir espray de pimienta? Inteligente disfrazarlo de perfume. ¿Podríamos declarar una tregua y hablar con calma? Soy...

—No tengo nada que decirle a un acosador espeluznante que sigue a las mujeres todo el día y las aborda por la noche. Dese la vuelta y aléjese, o gritaré pidiendo ayuda.

Hazel se aseguró de hablar alto y claro, sin dejar lugar a ambigüedades.

Varias personas se giraron a mirar. Un par de mujeres empezaron a grabar con sus teléfonos. Sus parejas fulminaron al hombre con la mirada, con los cuerpos tonificados de esquiador tensos y listos para actuar.

El hombre parecía sorprendido por la acusación, avergonzado incluso, a juzgar por el rubor en sus pálidas mejillas. Dio un paso atrás.

—Lamento muchísimo si la asusté, señora Bond. Parece que ha habido un malentendido. Estoy aquí para ayudarla.

—No quiero su ayuda —dijo Hazel—. No vuelva a seguirme, o haré que lo arresten por acoso.

Retrocedió, satisfecha de que él hubiera captado el mensaje. Habría funcionado si hubiera mirado por dónde iba. Se golpeó el codo con una farola y se le cayó el frasco de perfume.

—¿Está bien, señora Bond?

El acosador se agachó a recoger el perfume y se lo devolvió enseguida, esbozando una sonrisa tímida.

—De verdad soy Benedict Finlayson, se lo prometo.

Repitió su nombre como si Hazel debiera conocerlo.

Y él sabía el suyo. ¿Sería un profesor del instituto donde estaba haciendo suplencias?

¿Un amigo de un amigo? Hazel no conseguía situarlo, pero parecía tan avergonzado que empezaba a pensar que había cometido un error embarazoso al tacharlo de acosador y amenazar con agredirlo con eau de parfum .

—Lo siento —dijo—. No recuerdo dónde nos conocimos, señor Finlayson.

—No nos conocemos, pero he estado intentando encontrarla a solas casi todo el día. Para hablar con usted, quiero decir. Se suponía que el sargento detective Taylor le avisaría de que yo estaría pendiente de usted. Obviamente, no lo hizo.

Hazel sabía que Gary Taylor era policía, pero nunca mencionó que fuera sargento detective ni que tendría una escolta siguiéndola. Una mujer sola no podía permitirse correr riesgos.

—¿James Taylor? ¿Alto, delgado, bien afeitado, encantador?

Benedict Finlayson la miró como si le costara procesar un idioma extranjero. Luego el ceño fruncido desapareció, sustituido por una sonrisa irónica.

—Ah, claro, me está poniendo a prueba. Gary Taylor, alias Gazza, está tan bien afeitado y es tan encantador como un rockero melenudo y fumeta que no ha superado su adolescencia en los setenta.

¿Le contó los días de gloria de su juventud como policía encubierto en operaciones antidroga?

Supongo que deberíamos estar agradecidos de que optara por el grunge rockero en lugar del estilo Miami Vice completo.

La descripción confirmó que el hombre conocía de verdad a Gary, lo que dejaba a Hazel en una situación complicada. Saludó con la mano a las personas que se habían parado a ayudar, dándoles las gracias. Guardaron los teléfonos y siguieron a lo suyo.

—Gary y yo solo estuvimos un par de minutos juntos —explicó Hazel—. Nunca mencionó su nombre, pero sí me llamó nena, lo que indica cierta despreocupación por las normas sociales. Normalmente me molestaría, pero parece majo y me dio la impresión de que es parte de su auténtico rollo setentero.

Benedict hizo una mueca.

—Neandertal. Sospecho que me lo asignaron como enlace policial para quitárselo de encima.

Me dijeron que es el especialista en cibercrimen más experimentado de su país, que trabaja con el Grupo Nacional de Crimen Organizado, así que debe de tener cerebro en algún lugar bajo esa melena desgreñada.

De nuevo, lo siento muchísimo por la confusión.

Le aseguro que no estoy intentando ligar con usted ni estafarla ni nada por el estilo. No soy esa clase de hombre.

—Ya veo —dijo Hazel—. Un estafador o un ligón sería mucho más encantador.

—Ay.

Se palpó los bolsillos y sacó una tarjeta de visita, que le entregó con el más leve rastro de una sonrisa.

—Solo para que no piense que soy un asesino en serie.

—¿Acaso hay alguna regla que prohíba a los asesinos en serie tener tarjetas de visita falsas? —preguntó Hazel.

El hombre se rio, y eso suavizó las líneas afiladas de su rostro lo bastante para que Hazel empezara a sentirse más cómoda con él, aunque solo un poco. Probablemente tenía su misma edad. Delgado, atlético, intenso, y tan inglés e intimidante como el té de las cinco en el Palacio de Buckingham.

La tarjeta lo identificaba como Benedict Finlayson, Asociado Sénior de Belgravia Fine Art and Antiquities, con dirección en Londres.

Entonces Hazel recordó que Gary había mencionado que le habían ordenado hacer de canguro de un molesto y pijo experto en arte británico.

Encajaba a la perfección. Gary Taylor y Benedict Finlayson juntos serían como frotar papel de lija de grano grueso sobre porcelana antigua.

—Lo que no entiendo —dijo Hazel— es por qué un experto en arte internacional me está vigilando. ¿Y por qué asignan a un especialista en crimen organizado de Nueva Zelanda para que haga de enlace con un experto en arte, señor Finlayson?

—Mejor llámame Benedict, ya que parece que tenemos intereses comunes. El porqué y el cómo son una historia larga, que puedo explicarte en otro momento. Sin embargo, te ruego que me concedas unos minutos, por tu propia seguridad.

—¿Mi seguridad ? ¿Por qué? Lo único que intento es averiguar si es cierto que el gobierno planea vender nuestros tesoros nacionales.

Benedict enarcó una ceja.

—¿Gary no te ha contado nada?

—Obviamente no. Mira, Benedict, tengo hambre, estoy de mal humor y cansada, y mañana tengo que madrugar para ir a esquiar. ¿No puede esperar esto?

—No, no puede. —Las facciones angulosas de Benedict habían vuelto, tensas hacia unos labios apretados y un ceño fruncido que haría salir corriendo a esconderse a los niños de preescolar.

Y a sus profesores también—. Un ciudadano chino ha desaparecido en circunstancias sospechosas.

La última vez que lo vieron estaba hablando contigo y con Vern White.

—¿El señor Huang ha desaparecido? —Ahora Hazel estaba realmente preocupada, aunque seguía sin entender qué pintaba en todo aquello un experto en arte inglés. Sacó el teléfono y marcó el número de Gary Taylor de la tarjeta que le había dado antes—. Gazza. Soy Hazel.

—Estoy un poco liado ahora mismo, nena —respondió la voz de Gary—. Un informante clave se ha esfumado. Vació la habitación del hotel y desapareció sin pasar por recepción. Benedict dijo que te vio a ti y a un sospechoso hablando con él.

¿Huang, un informante? ¿Vern, un sospechoso? Esto estaba empeorando por momentos.

—No sé dónde está el señor Huang, Gary —dijo Hazel—, pero estuve con Vern White hasta hace unos diez minutos.

Solo habló con el señor Huang una vez, cuando Huang se acercó a Vern con una acusación de soborno.

Vern estaba preocupado, como es natural, y organizó una reunión entre Jeremy Clayton y Huang.

Jeremy nos vio más tarde y dijo que Huang no se había presentado a la cita. ¿Debería preocuparme?

Hubo una pausa antes de que Gary respondiera.

—Huang probablemente solo se ha mudado a otro hotel. Es demasiado pronto para preocuparse por él. Pero, Hazel, mantente al margen, ¿vale? Limítate a protestar dentro de un grupo y déjanos el resto a nosotros. ¿Estás bien?

—Sí, claro. Tan feliz como una groupie en un mosh pit, Gazza.

—Hazel miró a Benedict, que se había apartado educadamente para examinar el escaparate de una tienda mientras ella hablaba con Gary.

Aun así, tenía la sensación de que estaba escuchando, así que bajó la voz hasta susurrar—.

Tú y tu supuesto experto en arte inglés tenéis que darme algunas explicaciones. Hablando de eso, ¿estoy a salvo con él?

Gary se rio.

—Hazel, cariño, podrías comerte a Benedict Finlayson en el desayuno. Es demasiado estirado para meterse en líos. No querría que se le arrugara la corbata del colegio de pago.

Por desgracia, Gary no había bajado la voz en absoluto. Benedict estaba ahora a su lado, con una ceja enarcada. Extendió la mano y dijo:

—¿Me permites?

Ella le pasó el teléfono, intrigada por ver cómo acabaría aquello.

—Perdona si ofendo tu delicada sensibilidad, Gazza —dijo Benedict, con solo un ligero toque de burla—. ¿Alguna novedad sobre Huang?

Hazel deseó poder oír lo que decía Gary, especialmente porque la mirada de Benedict no dejaba de desviarse hacia ella. Tenía la extraña sensación de que el acento inglés pijo de Benedict se había vuelto más pronunciado mientras hablaba con Gary.

—Muy bien, viejo amigo —dijo Benedict—. Yo me ocuparé de ella, aunque estoy terriblemente preocupado de que vaya a devorarme en el desayuno y me baje con una taza de Earl Grey.

Benedict le devolvió el teléfono.

—¿Puedo invitarte a cenar, Hazel? El sargento detective Taylor comparte mi opinión de que necesitas estar mejor informada, aunque solo sea para que sigas nuestro consejo de mantenerte alejada de Vern White y sus socios.

—Tengo suficiente hambre como para aceptar la cena —dijo Hazel—, pero no prometo nada sobre mantenerme alejada de Vern. Tengo muchas ganas de esquiar con él mañana. Es un caballero encantador y apoya nuestra causa. Ya he conseguido mucha información útil gracias a él.

Benedict enarcó una ceja.

—Sobresaliente en iniciativa, Agente Bond. En una sola tarde, te has acercado más a Vern White de lo que nadie ha conseguido en años. Gary tenía razón sobre ti.

—Llámame Hazel. Y ahórrate los chistes de Bond. Los he oído todos. ¿Qué dijo Gary sobre mí?

Benedict vaciló una fracción de segundo. Justo lo necesario para reformular las palabras de Gary en un eufemismo socialmente aceptable.

—Gary me dijo que eras dulce como la miel, pero que no debía subestimarte.

También mencionó que tus cuadros son maravillosos.

En serio, Hazel, tenemos que hablar antes de que tomes una decisión sobre Vern White.

No apruebo que se utilice a civiles como cebo bajo ninguna circunstancia, y menos aún sin informarles de todos los riesgos.

Hazel pudo ver que no iba a dejarlo pasar.

—De acuerdo, cena, una charla y luego me voy a casa.

Espero que me digas quién eres realmente, Benedict Finlayson, si ese es tu verdadero nombre.

Porque nunca he conocido a un experto en arte que llame civiles a la gente corriente, y no estoy de humor para que nadie más me acose y manipule hoy. Eres algún tipo de policía, ¿verdad?

—Un hombre puede ser dos cosas a la vez. —Benedict sonrió enigmáticamente—. La cena tendrá que ser en mi hotel, que está un poco a las afueras, porque a estas horas será imposible conseguir mesa en ningún sitio decente sin reserva.

—Fish and chips me vale.

—No es lo suficientemente pijo para mí —dijo él, sin inmutarse.

Después de décadas dedicada a la enseñanza, Hazel se consideraba una experta en calar a la gente, pero Benedict Finlayson era tan indescifrable como el lago profundo y oscuro que se extendía ante ellos.

Su cerebro le decía que huyera, mientras su estómago votaba por la cena. Ganó el estómago por los pelos, pero solo porque el sobrino policía de Mary respondía por él. Hazel esperaba no arrepentirse.