Guía de una detective para el asesinato y las bellas artes (Detectives de cierta edad 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Su valor iba mucho más allá del monetario, ya que muchas piezas eran partes únicas e irremplazables de la cultura y el patrimonio colectivo del país.

Un hermoso korowai , una capa de plumas de especial significado, que era tanto una obra de arte como una parte inestimable del patrimonio maorí.

Pinturas de artistas célebres y primeras ediciones de obras de famosos autores neozelandeses, junto con diarios y cuadernos de bocetos de los primeros exploradores y colonos.

Un exquisito mere pounamu , o porra de piedra verde.

Un huevo gigante de moa, el ave extinta.

E innumerables tesoros más, hasta que Hazel se quedó sin palabras.

Aquello no era una colección de restos sin valor arrinconados en un sótano por no ser dignos de exhibición, como había insinuado Smythe.

Hazel examinó a cada persona con la que se cruzaban.

¿Quiénes eran aquellos invitados privilegiados?

¿Empresarios de Silicon Valley dispuestos a gastar sus miles de millones?

¿Oligarcas rusos? ¿Magnates del petróleo del Golfo Pérsico?

¿Promotores inmobiliarios de Nueva York?

¿Se atrevía a esperar que algunos fueran representantes de grandes galerías y museos que expondrían sus adquisiciones al público?

¿Quizás incluso filántropos locales que se asegurarían de que las piezas preciosas permanecieran en Nueva Zelanda?

Vern tuvo la discreción de no mostrar su deseo de poseer aquellos hermosos objetos, pero aun así su pasión por el arte se desbordaba.

Le atrajo especialmente una serie de hermosos paisajes, separados por espacios en blanco para que cada uno luciera como merecía.

Estaban dispuestos en una línea temporal estilística: pinturas tradicionales a la izquierda, que daban paso a las impresionistas y, a la derecha, a formas de paisaje abstracto.

Varias pinturas se remontaban a los primeros días de la colonización europea y mostraban el asombro con el que aquellos pintores contemplaban las escarpadas colinas cubiertas de espesa vegetación y las imponentes montañas nevadas.

Eran las fotografías de su época: captaban un momento único en el tiempo y la belleza del paisaje.

Vern dejó escapar un suspiro dichoso. Le dio un suave codazo a Hazel.

—Aun así, me gusta más tu trabajo.

Era una mentira descarada, pero generosa.

—Me pregunto por qué no hay pinturas previctorianas.

Hazel sospechaba que Vern conocía la respuesta, pero le estaba dando la oportunidad de demostrar lo que sabía del lugar.

—Nueva Zelanda no recibió un número significativo de colonos europeos hasta después de 1840, cuando se firmó un tratado con el pueblo indígena maorí.

Desde una perspectiva pictórica, no pudo haber llegado en mejor momento.

La invención de tubos de estaño portátiles para transportar pintura permitió a los artistas trabajar en lugares remotos por primera vez, sin la molestia de moler pigmentos, mezclar aceites y transportar la pintura en vejigas delicadas.

—Bueno, nunca te acostarás sin saber algo nuevo —dijo Vern, aunque probablemente sabía infinitamente más de arte que ella—.

Puedo imaginar lo difícil que debió de ser pintar en la naturaleza salvaje de Nueva Zelanda, después de sobrevolar miles de hectáreas de camino a Queenstown.

Impresionante, pero también aterrador. Intenté no pensar en perderme en ese bosque montañoso interminable si nos estrellábamos.

—No se preocupe, los accidentes son raros, aunque los excursionistas sí desaparecen en la naturaleza con bastante frecuencia, y lo han hecho desde que llegaron los primeros colonos europeos. Los llamados «primeros exploradores» no habrían llegado muy lejos sin sus guías maoríes.

—Arriesgarme en las pistas de esquí es lo máximo que me aventuraría en plena naturaleza —dijo Vern con una risita—. Veamos qué más podemos encontrar antes de que te lleve a tomar algo. La vista desde el bar de la última planta es espectacular.

Hazel murmuró algo en señal de asentimiento, pero estaba distraída por la sensación de que alguien la observaba.

Se giró y vio a un hombre con traje y corbata, algo que desentonaba con los abrigos de cachemira y la ropa informal de diseño que lucían los demás visitantes.

Observó de nuevo su constitución delgada y su cabello canoso, y se dio cuenta de que se trataba del hombre de la protesta, el que los había seguido hasta el paseo del lago.

Esta vez estaba de pie detrás de una escultura, lo suficientemente cerca como para oír su conversación.

El hombre estudiaba su catálogo con demasiada intensidad, lo que hacía preguntarse qué hacía allí, merodeando entre tanto arte valioso y espiando a los multimillonarios que lo codiciaban.

Su rostro arrugado lo situaba cerca de los sesenta, mientras que su traje de corte impecable y su corbata de colegio privado lo colocaban en un escalafón superior al del contable local que había supuesto en un principio.

Las bolsas bajo sus ojos le daban el aspecto exhausto de un hombre que acababa de bajarse de un vuelo de larga distancia en un asiento del medio en clase turista.

—¿Conoces a ese hombre detrás de la escultura, Vern? —susurró Hazel—. Parece que nos está siguiendo.

—Podría ser un periodista. Escabullímonos.

Vern la guio doblando una esquina y adentrándose en un pasillo.

A Hazel le pareció que se estaban alejando de la exposición.

Vern debió pensar lo mismo, porque vaciló, como si se estuviera orientando, antes de ver una puerta abierta más adelante.

Entraron en una pequeña sala lateral, donde las obras de arte estaban cubiertas y apiladas en lugar de exhibidas.

La mujer que había dentro levantó la vista, aferrando una tableta contra su blusa de seda como si fuera un escudo.

Abrió mucho los ojos, mientras que su frente permaneció extrañamente inmóvil, lo que sugería bótox, aunque no aparentaba mucho más de treinta y tantos.

—Ah, eres tú, Vern —dijo—. Perdona, me has asustado. Esta sala es zona restringida. La usamos para guardar los trastos que no merecen exponerse.

—Ashley —dijo Vern, besándole la mejilla. Lo hizo con tanto cariño que Hazel se preguntó si sería su esposa, aunque le sacaba el doble de edad.

La mujer le devolvió la sonrisa mientras los acompañaba fuera de la sala y cerraba la puerta con llave.

—¿Has visto ese magnífico Pissarro en la sala del fondo? Me pregunto cómo habrá llegado a este rincón del mundo.

—Adiós a tu día libre —dijo Vern—. Te lo mereces después de todo el trabajo que has hecho para montar esta exposición. Te presento a Hazel Bond, que ha tenido la amabilidad de orientarme por la zona. Hazel, esta es mi ahijada, Ashley Clayton. La hija de mi socio Roger.

Ashley repasó a Hazel de arriba abajo. Su fugaz mohín sugería que la presencia de Hazel la incomodaba un poco, aunque sus palabras fueron bastante amables.

—Encantada de conocerte, Hazel, y qué detalle que acompañes a Vern. Yo misma lo habría hecho, pero he estado revisando el catálogo para asegurarme de que todo esté en orden.

Hazel le devolvió la sonrisa, envidiando ese moño despeinado que conseguía parecer moderno y elegante a la vez. El cabello rubio y fino de Ashley ayudaba. Su espesa melena negra jamás se quedaría en su sitio con un simple nudo y una horquilla japonesa.

—¿Qué has encontrado para nosotros hasta ahora, Ashley? —preguntó Vern.