Capítulo 3 #3
Una furgoneta frenó en seco con el cuñado de Hazel, Hemi, al volante.
Con tan poco tiempo de aviso, le había costado reunir a su gente y atravesar el denso tráfico hasta el centro.
De la furgoneta bajaron una docena de hombres y mujeres maoríes de varias edades, ninguno de los cuales parecía de humor para cumplidos.
La madre de Hemi encabezó la carga.
—¡Cobarde! ¡Vándalo colonial! —gritó mientras se apresuraba hacia el ministro, blandiendo su bastón tallado. El intrincado moko , o tatuaje facial, en su barbilla resultaba temible, pero Hazel sabía que tenía buen corazón y un profundo compromiso con su pueblo.
El Ministro de Patrimonio Cultural lanzó una mirada frenética en su dirección y se apresuró a concluir el discurso improvisado.
—Y eso, mis queridos amigos, es lo que se llama ganar todos. Gracias.
Su ayudante lo condujo rápidamente hacia la entrada del hotel, ignorando los aullidos de indignación a sus espaldas. Smythe se detuvo solo el tiempo justo para hacer pasar al corpulento marchante de arte delante de él.
—¡Cultura antes que codicia! —volvió a gritar Mary, animando a la multitud a corear. Una Boudica entrada en años con gafas Ray-Ban, botas Ugg y un poncho andino tejido a mano. El resto de la multitud contribuyó con sus propios cánticos, algunos impronunciables en sociedad.
La estática volvió a crepitar. La reportera se apresuró a apuntar el móvil hacia el altavoz, siempre con la esperanza de captar una declaración espontánea de un micrófono abierto.
—Maldita sea. Menudo hatajo de chiflados.
Era la voz del ministro desde la seguridad del hotel, sin darse cuenta de que aún llevaba el micrófono puesto. Se rio con desdén.
—Que Dios me libre de las mujeres radicales menopáusicas de cierta edad. Dicen «cultura antes que codicia» como si la codicia fuera algo malo. La codicia es solo una palabra que usa la gente pobre para despreciar el éxito económico de quienes les superan.
La multitud de manifestantes contuvo el aliento, indignada. Detrás de ella, Hazel oyó al vicario local murmurar algo sobre los siete pecados capitales. Hazel se quedó muda de asombro, esperando lo que vendría a continuación.
El joven ayudante se había quedado fuera para dar instrucciones a los guardias de seguridad. Se le tensó el rostro y acto seguido corrió hacia dentro para quitarle el micrófono. No llegó a tiempo de evitar que el ministro dijera:
—¿Has visto el culito prieto y las piernas largas de esa reportera? No me importaría...
El resto del comentario se cortó en una ráfaga de estática cuando le arrancaron el micrófono.
Pero era demasiado tarde. La reportera ya estaba al teléfono, con los ojos brillantes ante la certeza de que estaba a punto de aparecer en las noticias de las seis en la televisión nacional y en la portada de todos los periódicos del país, con buenas posibilidades de un artículo en The Guardian , si no en The Times .
Quizás incluso el premio gordo de una mención en Last Week Tonight o The Daily Show .
El joven ayudante volvió a salir corriendo y se metió en el BMW negro.
Mientras el coche pasaba a escasos centímetros de Hazel, vio al ayudante balbuceando por el móvil, que aferraba con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
Sin duda, el Ministro de Supervisión Fiscal —también conocido como el Ministro de Todo o el Rottweiler— convocaría una reunión de asesores de comunicación en menos de una hora.
Con ociosa alegría infantil, Hazel se preguntó cuál de sus muchas tácticas de manipulación usarían para salir de aquel lío.
Los demás manifestantes pasaron junto a ella, pero Hazel no se les unió.
El ministro había hecho más daño a su propia causa del que un grupo de mujeres radicales menopáusicas de cierta edad podría lograr jamás a base de cánticos.
Con suerte, la espantosa metedura de pata echaría por tierra tanto la venta de activos como la carrera del desafortunado ministro de Patrimonio Cultural.
Aunque Hazel no era tan ingenua como para creerlo.
El tipo de personas que se indignarían nunca votaban por su partido de todos modos.
Muchos paletos se reirían del comentario sobre el culo y las piernas antes de buscar en internet fotos reveladoras de la reportera.
Clips generados por IA de ella meneando el trasero circularían mucho antes de que salieran las noticias de la tarde.
El hombre de pelo blanco que había estado en el coche ministerial hablaba ahora con un par de manifestantes, que señalaron hacia Mary Beamish, la organizadora de la protesta.
Mary se acercó por detrás de Hazel.
—El objetivo perfecto. Ve a por él, Hazel. El destino de la nación descansa en tus encantos.
Su madrina podría tener casi ochenta años, pero cuando se le subía la bilis por una buena causa, tenía la fuerza de un pilar en una melé de rugby.
Lo siguiente que supo Hazel fue que un empujón enérgico en la espalda la impulsaba hacia delante, hacia el hombre de pelo blanco.
Resbaló en el borde helado de la acera y se tambaleó, agitando los brazos como aspas de molino.
Su último pensamiento antes de caer fue que era demasiado mayor para que la fotografiaran despatarrada en una cuneta.