Guerras mágicas: Ciclo Origen – Libro III (Crónicas hechiceras 3) Capítulo IX
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Capítulo IX

Ektor suspiró y dejó la nota sobre el escritorio.

Era la última comunicación de Cador. El muchacho estaba solo, había perdido a sus compañeros de expedición, y todavía no descubría ni un rastro del reptil.

Ektor se debatió entre despachar brujos extra o pedirle a su asistente que regresara.

El problema: la escasez de magos. Como mucho, podría enviar dos, porque apenas alcanzaban para manejar la región a cargo de su cofradía.

Por otro lado, si alguien hallaba un dragón, quería ser él, pese a ignorar aún qué hacer con el animal.

«¿Deseo que haya más hechiceros o no?».

Volvió a suspirar. Contempló la oficina abarrotada de pergaminos; sobre la mesa, se encontraba el nuevo libro que redactaba. En tres años, se había convertido en un experto dentro de la profesión mágica. Acarició las letras en el papiro.

—¿Cómo pasó? —musitó y se recostó en la silla.

A lo mejor, si los brujos desaparecieran, la locura terminaría y eso estaría bien, quizás ellos nunca debieron existir, tal vez el mundo retornara a la normalidad con ellos fuera de la escena.

«No, el Imperio se disolvió, el emperador murió».

Dormitaba en su asiento cuando golpearon a la puerta. Se irguió y respondió. Melissa entró en la habitación. Era inusual que aguardara… La acompañaba un mago de la hermandad Ryons, resultaba fácil identificarlos porque todos vestían una túnica del mismo estilo y color.

Ektor se levantó.

—¿Qué sucede? —preguntó mientras invocaba un rápido sortilegio de ataque.

—No hay necesidad de eso —dijo el hechicero y sonrió fugazmente—, de momento. Traigo una oferta de paz.

—¿Paz?

—Sí.

Ektor miró de reojo a Melissa, cuyos dedos brillaban con leves chispazos, e inspiró.

—Hablemos sin rodeos —pidió.

—De acuerdo —contestó el hombre y se sentó. Ektor, tras vacilar un instante, lo imitó; Melissa permaneció de pie—. Tenemos un problema en común y surgió una oportunidad interesante.

—¿Cuál? —indagó Ektor, esperaba que no se tratara del dragón, el mensaje de Cador estaba fechado una semana atrás.

—El gremio Eger es una complicación que crece día a día. Dentro de poco, intentarán restaurar el Imperio, con ellos al mando; si nosotros unimos fuerzas…

—¿Una alianza? —gruñó Melissa con los párpados entornados; Ektor compartía su aprensión.

—Todos precisamos más recursos y nadie quiere volver al pasado.

Ektor se mordió la lengua para no decir que él sí deseaba regresar. Incluso, en ocasiones, soñaba con retornar a la granja de su familia, a la vida simple de entonces. Desde que había huido con el huevo del dragón, nunca tuvo noticias de sus parientes y su pueblo ya no existía.

—Lo pensaremos —indicó a su huésped imprevisto.

El hombre se levantó de la silla.

—La oferta es válida hasta medianoche, luego desaparece.

Una vez que el individuo se retiró, Melissa cerró la puerta y aguardó unos segundos antes de hablar.

—Debemos llamar al consejo.

—¿Cuál será tu voto? —le preguntó Ektor.

—Es una oportunidad —contestó la mujer.

—Una oportunidad ¿para…? ¿Tenemos definido el objetivo final que perseguimos?

—Terminar la guerra —dijo Melissa, con énfasis.

Ektor titubeó. Ansiaba lo mismo; sin embargo, hacía un tiempo sospechaba que el resto de los integrantes del comité buscaba una conclusión diferente a la que él aspiraba. Apretó los labios y asintió.

Una hora después, estaban en el cuarto de reunión.

—No podemos fiarnos de ellos —señaló Bors.

—Un punto indiscutible —replicó Melissa—; no obstante, en una alianza temporal, la necesidad de confianza es mínima.

—Tenemos que usarlos para nuestro beneficio —expresó Emyr.

—No me caben dudas de que ellos pretenden hacer eso con nosotros —comentó Ektor.

—Entonces, debemos superarlos —rebatió Melissa, con su habitual energía.