Guerras mágicas: Ciclo Origen – Libro III (Crónicas hechiceras 3) Capítulo VIII
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Capítulo VIII

—¿Cuándo? —preguntó Ektor.

La joven maga se contempló la mano como si leyera las líneas de su palma. En realidad, utilizaba el sortilegio de comunicación para dialogar con los hechiceros que erigían la próxima base de la cofradía.

—Media semana.

Ektor asintió.

Estaban a punto de trasladarse a un edificio más grande y mejor protegido.

Un brujo del grupo a cargo de las invenciones, también liderado por Ektor, había descubierto una forma de apresurar la construcción de obras, similar al encantamiento para acelerar el desarrollo de las plantas.

Ektor esperaba que esa magia tardara en llegar a las otras dos congregaciones.

Por lo menos, en los últimos días se habían concentrado en pelear entre ellas y eso les daba un pequeño respiro.

—Gracias —dijo Ektor y la joven se retiró.

Él quedó solo en su despacho. Recién terminaba de organizar sus papiros y los libros que había escrito, se encontraba listo para una nueva mudanza.

De pronto, ingresó en la habitación un muchacho con prisas; no había llamado a la puerta.

Ektor frunció el ceño al recibir la nota que le entregó sin pronunciar una palabra antes de irse con igual rapidez.

Ektor miró el remitente. Cador se había comunicado al fin, estaba vivo.

Ektor suspiró y leyó el mensaje: no habían hallado al dragón, nadie lo hizo. Volvió a suspirar.

Golpearon y Melissa entró sin aguardar invitación.

Ektor meditó unos segundos, pero no había oído las alarmas.

—El gremio Eger se declaró un reino independiente —anunció la mujer.

—¿Un qué?

—Un reino independiente —gruñó Melissa—, incluso nombró a un rey.

Ektor sacudió la cabeza. Deseaba el fin de la guerra; sin embargo, resultaba obvio que partes del antiguo Imperio habían tomado direcciones separadas.

Aún no comprendía los objetivos del gremio Eger, la cofradía que agrupaba más familias nobles, funcionarios de la corte previa y personal del ejército.

—Bueno —murmuró Ektor.

—Lo hablaremos en la reunión de esta noche.

—¿Esperas que nosotros hagamos lo mismo? —preguntó él.

—Debemos responder, Ektor, no tenemos opción.

«Nunca la tenemos».

—No estoy de acuerdo —expresó Ektor.

—¿Por qué? —indagó Melissa—. Ya actuamos como uno.

—Para nada —refutó Emyr—, somos una ciudad independiente, si quieren llamarlo así, una urbe grande, no un reino, carecemos de ese tipo de estructura organizativa. Una soberanía… ¿crees que se construye de la noche a la mañana?

—El gremio Eger lo hizo —señaló una maga.

—Porque el gremio Eger tomó el esqueleto del Imperio, forjado y validado siglos atrás.

—Me sorprende —intervino Bors— que declararan la regencia dentro de sus fronteras y no intentaran reconquistar el territorio del dominio previo.

—Lo harán —indicó Melissa—, apenas tengan las fuerzas necesarias.

—No hay suficientes magos, nunca los habrá, esa es la realidad —expuso Ektor; los demás callaron—. La guerra mata brujos cada día y nadie encontró dragones. La mayoría de los humanos ordinarios no quiere combatir. ¿Qué ganan al pelearse entre ellos cuando, en general, estaban bien con el Imperio?

El resto permaneció en silencio unos minutos.

—De cualquier forma, tenemos que reaccionar de algún modo —insistió Melissa—, nos juzgarán por nuestra réplica; sobre todo, los nobles aliados.

—¿Y si aguardamos la respuesta de la hermandad Ryons? —propuso Emyr.

—Tal vez sea demasiado tarde entonces.

—¿Tarde para qué? —preguntó Ektor—. No, lo mejor es esperar mientras nos fortalecemos; considero más importante apaciguar al pueblo Diggs.

—¿Qué sucede allí? —inquirió otra hechicera.

—¿No te enteraste? —dijo Bors—, parece que varios están en desacuerdo con nuestras decisiones y unos cuantos desertaron hacia la hermandad Ryons.

Melissa miró a Ektor.

—Muchos migrarán al gremio Eger, un reino es similar a un imperio, algo que ya conocen.

Ektor apretó los labios.