Guerras mágicas: Ciclo Origen – Libro III (Crónicas hechiceras 3) Capítulo VII
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Capítulo VII

La guerra cubrió la región en los siguientes meses.

La congregación de Ektor, sin renunciar al inmueble en las afueras del pueblo como sede, se apropió de la villa completa y utilizó todas las instalaciones para albergar a las personas que habían elegido su cofradía; la mayoría de ellos, humanos ordinarios.

Por decisión del consejo, también se extendieron, de modo oficial, a las aldeas vecinas.

Precisaban ganar socios y partidarios antes de que las otras dos colectividades se infiltraran.

Si bien los hechiceros mejoraban sus habilidades mágicas en forma constante, sus números menguaban y debían apartarse en grupos cada vez más reducidos para abarcar el territorio.

Por lo tanto, dependían del apoyo de civiles, nobles y soldados.

Pese a que varias familias de alcurnia habían abandonado la capital, en general, la aristocracia permanecía en la ciudad principal.

—Está confirmado —indicó uno de los nuevos integrantes de la asamblea y se acomodó en su ubicación dentro del pequeño círculo.

En las últimas semanas, resultaba difícil que el comité íntegro pudiera reunirse en la misma habitación. Ektor trabajaba en crear algún tipo de comunicación que les permitiera operar en conjunto a la distancia en tiempo real. Aún no lo conseguía.

—El emperador murió y no perdura nadie de su linaje con reclamo al trono —concluyó el recién llegado.

—¿Fallecieron todos? —inquirió Melissa, quien se había recuperado, aunque perdió el uso de un brazo.

—La mayoría, el resto quedó incapacitado —respondió el brujo—, de diversas maneras. El gremio Eger está en total control de la capital, por ahora.

—¿Por ahora? —preguntó Ektor.

—A muchos no les agrada el cambio.

—Carecemos de recursos para tomar esa ciudad —expresó Ektor antes de que alguien lo sugiriera.

—Estoy de acuerdo con Ektor —dijo Melissa—, no es el momento.

—Sumamos un pueblo —informó Bors y señaló una zona del mapa. La línea que marcaba las fronteras varió de color y se movió.

Ektor contempló la imagen: el territorio que solía pertenecer a un gran Imperio se dividía en tres franjas de tamaño similar.

—¿Tenemos fuerzas para defenderlo? —indagó una maga.

—Sí —contestó Melissa—, la villa prácticamente se ofreció a nosotros, recibimos un nuevo caudal de gente.

«Más responsabilidades», pensó Ektor y apretó los labios.

—Quería compartir con ustedes un avance —anunció y se levantó de la silla.

Buscó la maceta que utilizaba en las noches para su experimento.

En los meses recientes, dormía muy poco, había encontrado una forma de ampliar el sortilegio usado para mantener alerta a los vigías.

Sin embargo, había ocultado esa mejora, no era necesario que los hechiceros dispusieran de tiempo extra para destrozar el mundo.

Puso la vasija en el centro de la habitación y les mostró unas semillas, las plantó.

Luego introdujo las manos en la tierra y sintió la vibración de la magia en sus palmas, ya era un acto natural.

Cerró los ojos y visualizó el crecimiento de la hortaliza.

Cuando abrió los párpados, unos minutos después, había un tallo, bastante grande, con verdes hojas a punto de desplegarse.

—¿A qué se puede aplicar esto? —preguntó Emyr mientras observaba el vegetal con expresión especulativa.

—A las cosechas —gruñó Ektor—, un tema que todos parecen olvidar cuando logramos expandir la frontera o incorporar gente a nuestra causa, esas personas precisan comer y nosotros también.

—Tienes razón —dijo Melissa—; no obstante, siempre es posible emplear un mismo encantamiento en diferentes áreas.

Ektor suspiró.

El resto del consejo se acercó a la planta, que aún crecía un poco más rápido de lo normal; tras unos segundos, retomó su desarrollo natural.

—Quizás podamos… —comenzó a hablar Ektor, pero sonaron las alarmas: en alguna parte, estaban bajo ataque, otra vez.