Capítulo VI
—Algunos rumores indican que el emperador huyó de la capital —dijo una nueva participante en el consejo, cada vez más reducido.
Si bien hacía tiempo que unos cuantos integrantes reclamaban agregar personas al grupo, Ektor se resistía y solo permitió un par, no deseaba olvidar a los que se habían ido.
—¿Qué significa eso? —preguntó un mago joven.
—Momento de sumar poder —respondió Melissa.
—No —Ektor sacudió la cabeza—, apenas contamos con los recursos necesarios para mantenernos aquí.
—Nuestros seguidores aumentan día a día —comentó Bors— y los bienes del Imperio son tentadores.
—El crecimiento de partidarios implica bocas extras para alimentar y familias adicionales que proteger —señaló Ektor—; es abarcar demasiado.
—Las incursiones de las otras congregaciones han disminuido un poco, todos esperamos noticias sobre las expediciones.
Sin embargo, si se confirma que los dragones ya no existen, entonces tanto el gremio Eger como la hermandad Ryons tratarán de quedarse con la mayor cantidad posible de hechiceros —intervino Emyr.
—Nadie de nuestra comunidad querrá ir con ninguno de ellos —expresó la nueva maga.
—¿Estás segura? —inquirió Melissa—, ¿incluso si el gremio Eger se apropia de los recursos de la corte junto al señorío de su antigua majestad?
—No puedo creer que hayan extendido su dominio de esa manera, siempre consideramos a la hermandad Ryons la verdadera amenaza —murmuró Bors.
—Tiene que haber una solución diferente —dijo Ektor.
—O reclamas el poder tú o alguien más lo toma —expuso Melissa con firmeza—. ¿Cómo te sentirías si lo ostentara una de las otras dos cofradías? ¿Confías en ellas?
Llegaron tarde .
Cuando visitaron la comitiva fija que mantenían en la capital, corroboraron la desaparición del emperador, aunque nadie sabía si continuaba vivo o no.
El gremio Eger había asumido el control del Imperio y el grueso del ejército.
Una pequeña parte de los soldados desertaron, varios se unieron a la hermandad Ryons, otros escaparon hacia los lejanos pueblos exteriores y unos cuantos eligieron la agrupación de Ektor.
—¿Qué hacemos? —preguntó Emyr, quien había acompañado a Ektor.
Ektor apretó los labios. No se le ocurría cómo manejar esa situación; en general, seguía la opinión de la mayoría del consejo y, en ocasiones, proponía lo que pensaba que Viviane hubiera sugerido.
Ya casi no permanecía ninguno de los viejos tiempos, había aprendido a confiar en esas personas; ahora la gente que lo rodeaba cambiaba de modo constante.
Ni siquiera había recibido noticias de Cador, su asistente, y la búsqueda del último dragón.
—¿Ektor? —insistió Emyr.
—Averigüemos todo lo posible hoy y tratemos de confirmar a nuestros aliados. Nos iremos al amanecer, no quiero arriesgarnos a quedarnos atrapados aquí.
Emyr asintió y repartió órdenes entre los que habían viajado con ellos. Se hallaban en la casa de un patrocinador.
Salieron a la madrugada y un conjunto de brujos pertenecientes al gremio Eger, escoltados por varios soldados de la guardia, los esperaban.
Ektor, por una vez, no vaciló y embistió primero.
El movimiento desconcertó a los hechiceros rivales durante unos minutos, pero respondieron con rapidez.
Ektor había mejorado la creación de la barrera protectora, ahora podía generarla alrededor de él y un pequeño grupo.
No obstante, precisaba disolverla cuando necesitaban arremeter ellos.
Lograron fugarse de la ciudad a duras penas, con la ayuda del noble anfitrión y sus sirvientes, que también huyeron de la capital, así como algunas de las familias más cercanas al emperador.
Ektor regresó a su cofradía una semana después y la encontró bajo ataque de la hermandad Ryons. Les llevó un día entero acceder al edificio.
Se aproximó a Melissa, la cual estaba herida en una cama de la enfermería.
—El Imperio cayó —informó.