Capítulo V
—Ambas cofradías hacen lo mismo —informó el brujo que había regresado de su reciente misión de exploración, lucía cansado y tenía heridas en varias partes del cuerpo, ninguna de gravedad—.
Perdieron la mitad de sus números desde el inicio del conflicto abierto.
Al igual que nosotros, también emplean humanos ordinarios para los enfrentamientos y otras actividades, la hermandad Ryons incluso consiguió incorporar en sus filas a algunos soldados que desertaron de la guardia oficial.
—El poder de su majestad se tambalea —comentó Emyr.
—Sí, en las últimas semanas empezaron a circular rumores al respecto —indicó Bors—; su ocupación del gremio Eger falló, la congregación lo había planeado todo desde el comienzo.
—Aun así, no obtuvieron la milicia del Imperio.
—Debemos aprovechar esta situación —dijo Melissa—; seguramente, otros soldados abandonarán el ejército y unos cuantos nobles cambiarán de lealtades.
—Pero no hay más —murmuró Ektor, pensativo tras la primera noticia—, hace rato que verificamos eso.
Omitió un detalle: él había visto a un sobreviviente de la masacre final. Ya no existía nadie de ese grupo y el resto creía que sus excursiones de esa época, luego de la batalla inicial contra la hermandad Ryons, habían sido para buscar a Viviane.
—Formaremos nuestra propia expedición para hallar un dragón —anunció Ektor.
Los integrantes del consejo se giraron hacia él y hubo un breve silencio.
—Si bien diría que es dispersar en exceso los magros recursos actuales —expresó Melissa y frunció la nariz—, no podemos quedar a la zaga de las demás congregaciones.
—Esa búsqueda no tiene sentido —intervino Bors—, dejemos que ellos malgasten el tiempo.
—¿Y si encuentran uno? —preguntó otra maga.
—El mejor modo de mantenerlos distraídos con ese tema —señaló Melissa— es convencerlos de que nosotros también pensamos que todavía hay dragones. Propongo enviar un pequeño grupo de viaje mientras nos enfocamos en lo importante.
Ektor apretó los labios.
—Opino que yo debería ir.
—No —dijeron los miembros del comité al unísono.
—Eres el representante de esta cofradía —explicó Melissa.
—Yo…
—Ektor —habló Emyr—, sabemos que detestas la guerra y aspiras a que la magia se utilice para objetivos elevados y nobles. Créeme, a todos nos gustaría eso; sin embargo, no podemos huir de esto, en especial, tú. Si te vas, la colectividad perderá la moral.
Ektor agachó la cabeza.
A los pocos días , un equipo reducido de su comunidad se incorporó a la búsqueda de un dragón.
Ektor había enviado a Cador, su asistente, no confiaba en nadie más para darle la ubicación exacta del antiguo nido junto a los pormenores de aquella terrible jornada.
Ansiaba recibir novedades pronto, esperaba que el muchacho y sus compañeros regresaran a salvo, deseaba el fin de la locura…
Alzó la vista y miró la habitación llena de papiros desordenados con los inventos mágicos de los últimos meses.
—No acabará si encuentran dragones —musitó—, será peor, habrá nuevos magos y entonces…
Sacudió la cabeza y se levantó de la silla.
Ya no tenía tiempo para meditar sus acciones, solo podía obrar lo mejor posible mientras resguardaba a la gente que integraba su cofradía y a los humanos del pueblo vecino.
Desde hacía rato, se había concentrado en desarrollar encantamientos para la defensa y la curación, aunque cada tanto debía colaborar con los hechizos de ataque.
No obstante, nunca previó adquirir fama de «protector».
Personas de otras villas habían comenzado a migrar a la zona y se establecían alrededor del edificio de su congregación.
La situación lo ponía muy nervioso, sentía que era su obligación amparar a toda esa multitud.
Suspiró, salió de la oficina y cerró la puerta. No había un instante en el cual no extrañara a Viviane.