Capítulo IV
Hacía meses que estaban en guerra , ya no había negación posible.
Los enfrentamientos entre las cofradías eran constantes.
Si bien, al principio, la guardia real había tratado de intervenir, se encontraba en desventaja frente a los magos, quienes parecían desarrollar nuevos encantamientos para cada batalla.
Ektor había retornado de la capital con la mitad de su grupo y sin ver al emperador; no obstante, había conseguido la adhesión de varios nobles.
El consejo se reunía múltiples veces al día para analizar y discutir las hostilidades que acontecían a lo largo del Imperio.
No había brujos independientes; incluso a los afiliados a una organización, si se los hallaba por su cuenta, los reclutaban de inmediato, lo quisiesen o no, dentro de la congregación que tropezaba con ellos.
—¿Qué es? —preguntaron los miembros de la asamblea cuando Ektor les mostró su última invención.
Él sonrió y le hizo un gesto a Melissa.
—Intenta derribarla —retó a la mujer.
Ella lanzó sus mejores llamaradas y otros hechizos de ataque perfeccionados en los meses recientes, no fue capaz de abatir la torre de ladrillos creada por Ektor en el centro de la habitación. Sus embestidas chocaban con una barrera que solo se tornaba visible al ser impactada.
—Me gusta —dijo Emyr y se acercó al pilón cuando Melissa cesó su agresión. Tocó el escudo y este refulgió durante unos segundos.
Ektor liberó el encantamiento.
—¿Detalles? —indagó Bors.
—Consume bastante energía y se debe mantener en forma activa, desaparece apenas pierde el flujo de magia.
Sin embargo, opino que, en medio de una arremetida, podemos utilizarla en los lugares más sensibles.
Primero, habría que realizar unas pruebas y establecer cuántos magos se requieren para cubrir determinada área.
—¿Cuándo nos enseñarás? —inquirió Melissa.
Ektor se encogió de hombros.
—Ahora mismo, si quieren.
El grupo asintió, pero antes de que Ektor comenzara con las instrucciones, Cador entró en el cuarto a las corridas.
—¿Quién? —preguntó Ektor cuando vio el rostro del muchacho.
—La hermandad Ryons.
Todos se levantaron y marcharon hacia sus puestos. En esa ocasión, el consejo no pudo reunirse hasta tres días después.
—Bueno, al menos, sabemos que funciona —señaló Emyr mientras se limpiaba un poco la ropa y trataba de ignorar el asiento vacío en el círculo.
El resto tampoco miraba en esa dirección.
—Si no fuera por la barrera —declaró Melissa—, hubiéramos perdido mucho más.
Bors sacudió la cabeza.
—Es imposible mantenerse al tanto de los nuevos usos y aplicaciones mágicas que desarrollan las otras dos cofradías.
—Nosotros innovamos también —expresó Emyr.
—Por necesidad.
—Al igual que ellos.
—¿Los defiendes?
—No, solo digo que…
—Basta —pidió Ektor y suspiró con debilidad—. Estamos todos agotados, tenemos que descansar antes de planear el siguiente paso.
—Atacar el gremio Eger —indicó Melissa.
—Sí —confirmó Ektor, sin mirar a ninguno a los ojos. Pese a que no le agradaba la idea, arremeter contra las otras congregaciones brindaba un poco de paz durante unos días, aunque incrementaba el riesgo de heridos y muertes—. Primero, me gustaría actualizar el censo.
—Nuestros números disminuyen —dijo Emyr—, no hace falta un recuento. Por lo menos, los enemigos también pierden recursos.
—Y todavía nadie logró crear brujos sin un dragón —comentó una mujer que no solía hablar mucho.
—Ese será el mayor problema en el futuro cercano —expuso Melissa—; la hermandad Ryons, cada vez, toma más prisioneros.
De pronto, Bors rio.
—¿Se les ocurrió, en algún momento, que el emperador pudo haber diseñado esto desde un principio: que nos matemos unos a otros? Como no hay forma de generar nuevos hechiceros, el disturbio de la repentina existencia de la magia se solucionaría con mínima intervención del Imperio.