Capítulo III
Ektor frunció los labios mientras contemplaba la puerta de su despacho, hacía meses que no se acercaba a un pergamino, carecía de tiempo para nada más que adiestrar magos y defenderse de la hermandad Ryons.
Ansiaba una mejor relación con el gremio Eger; si todo iba según el plan, formarían una alianza esa misma noche. Retomó su marcha.
Su asistente lo interceptó en el pasillo.
—Ya están aquí —anunció Cador.
—Bien, llévalos a la sala…
—Creo que no vinieron a conversar —lo interrumpió el muchacho.
—¿A qué te refieres? —preguntó Ektor.
En ese momento, apareció Melissa, agitada.
—Estamos bajo ataque —notificó.
—¿La hermandad Ryons? —inquirió Ektor.
—No, el gremio Eger.
—¿El gremio Eger? ¿Por qué? —indagó Ektor, pero no aguardó respuesta, siguió a la maga y, de camino, empezó a repartir órdenes para que se asumieran las posiciones de combate. Por desgracia, era una actividad que realizaban múltiples veces a la semana.
Por la mañana, cuando fueron capaces de repeler la embestida del gremio Eger y terminaron de curar a sus heridos, se reunió el consejo.
—Ignoramos qué pasó —indicó Emyr—, no dieron explicaciones, aunque se nos ocurre una.
—¿Cuál?
—La hermandad Ryons también recibió una acometida de ellos.
Ektor arrugó el ceño.
—¿Anoche?
—Sí.
—Entonces, fue un movimiento del Imperio —dijo Melissa—, aspiran a controlar a la totalidad de los hechiceros.
—No tiene sentido —refutó Bors—, el emperador puede disolver las cofradías o dictaminar que el gremio Eger es el único válido; las agresiones son innecesarias y se arriesga a perder brujos, un recurso irreemplazable.
Por un instante, se miraron los unos a los otros, en silencio.
—Obviamente, existe algo que desconocemos —expresó Ektor, pensativo—, precisamos más información, debemos hablar con aliados no mágicos. ¿Y nuestro patrocinador en la villa?
—Ya van dos semanas que no conseguimos localizarlo.
—Visitemos la capital —propuso Ektor de repente y el resto calló; sus rostros, sorprendidos—. Somos una organización aprobada por el Imperio, nos tienen que recibir.
—No sabemos cómo lo harán —gruñó Melissa.
—Es la mejor forma de enterarnos.
—Una delegación pequeña —comentó Emyr—. La mitad de nuestros compañeros se encuentran en recuperación y el gremio Eger puede regresar en cualquier momento; inclusive, la hermandad Ryons podría aparecer.
Ektor se mordió el labio, en verdad detestaba pronunciar las siguientes palabras; sin embargo, no veía opción.
—Pasemos a la ofensiva.
—¡Por fin! —exclamó Melissa—. Tengo unas cuantas estratagemas en mente.
—Es peligroso —advirtió Bors.
—No hay alternativa —intervino otra maga—, no podemos continuar de esta manera a largo plazo, nos desgastan un poco cada día; debemos afianzar nuestra posición.
—También reconectar con la gente común —indicó Ektor—. Llevamos demasiado tiempo sumergidos en cuestiones mágicas; no obstante, somos parte de un mundo más grande y necesitamos el apoyo de la población general, como todas las asociaciones, no basta con la validación del emperador.
El resto asintió.
—Sí, precisamos al público de nuestro lado; quizás, incluso, reclutar a algunas personas —dijo Emyr.
—¿Quieres ingresar humanos ordinarios en la cofradía? —indagó Bors.
—No hace falta que estén dentro —contestó Emyr—, pueden funcionar como una extensión de la comunidad, un grupo con descuentos o ciertos servicios gratis.
Ektor inspiró.
—De acuerdo, ¿votamos?
Dos jornadas después , un tercio de la congregación viajó a la capital mientras otro permanecía en el edificio para protegerlo del gremio Eger si este regresaba y la última parte atacaba a la hermandad Ryons.
Pese a que era una estrategia arriesgada, Ektor se hallaba cansado de estar a oscuras, siempre a la defensiva y encima perder tiempo con peleas inútiles en vez de avanzar en el conocimiento mágico.
Pensó que la hechicería beneficiaría al Imperio y, por el contrario, lo estaba destrozando.