Capítulo II
Ektor recogió en el morral los textos y libros que pudo, luego contempló los demás pergaminos en la oficina. Suspiró, se colgó el bolso al hombro y salió de la habitación.
En el pasillo, los magos corrían en variadas direcciones.
Él los esquivó y abandonó la posada que habían usado como base durante un año y medio.
La mayor parte de su grupo aguardaba en la calle, listo para marchar.
Melissa prendió fuego el edificio. Ektor observó cómo las llamas consumían lo que había sido su hogar por tanto tiempo.
—Es lo mejor —dijo la mujer a su lado.
Ektor asintió y guio a los hechiceros fuera del pueblo, se escabulleron en plena noche.
Ya habían determinado un nuevo sitio y el resto de su agrupación esperaba allí.
Viajaron cuatro días y, por suerte, no se encontraron con más que unos brujos solitarios.
Les ofrecieron cobijo a todos; salvo un par, ninguno aceptó unirse a ellos, a pesar de las consecuencias de no pertenecer a una organización.
Se establecieron en los alrededores de una villa mediana, en la cual contaban con un patrocinador de una familia noble.
Ektor acomodó, en su actual despacho, los pocos documentos rescatados. Sin embargo, no pudo permanecer ahí, debía ayudar con la reestructuración de la cofradía ahora que solo había tres congregaciones oficiales: la suya, la hermandad Ryons y el gremio Eger.
El nuevo consejo se reunió, por primera vez, esa tarde.
—La reubicación finalizó con éxito —informó Emyr, el dirigente de una antigua comunidad aliada.
Ektor suspiró.
—Tenemos que organizarnos.
—Debemos constituir un gobierno con delegados de cada colectividad previa —manifestó Melissa— y tomar decisiones por medio de votación.
—Demoraremos una eternidad en resolver cuestiones de esa manera —se quejó otro mago—. Además, esta es la cofradía de Ektor, muchos nos siguen por él, incluso humanos ordinarios.
—Entonces, Bors, ¿propones darle el poder a una sola persona? —Melissa enarcó las cejas—, porque ese sistema funciona tan bien…
—El emperador no tiene problemas con ese esquema —participó un treintañero.
—Al emperador lo respalda una maquinaria con siglos de actividad —refutó Bors.
—Yo no deseo todo el poder —expuso Ektor—, jamás lo quise así. Para mí, debemos exhibir un frente compacto, votar cada una de nuestras acciones y políticas.
—Es posible hacerlo de ese modo y que, de cara al exterior, Ektor sea el representante —planteó Emyr.
Melissa inspiró.
—Para ello, habría que firmar un acuerdo, no puede ser un arreglo de palabra .
—¿Es en verdad importante definir eso ahora? —preguntó uno de los magos—. Aún no terminamos de asegurar este espacio físico y debemos establecer un pacto con la villa cercana; los cazadores de brujos abundan por doquier.
—Es una de las cosas más preocupantes —dijo Ektor—, tenemos que parar eso.
—La guerra es la única forma —señaló Melissa.
—¿Guerra? —murmuró Ektor—. No.
—Aunque me disgusta, no veo opción —expresó Emyr—. Debemos poner un freno a la hermandad Ryons, sabemos que están detrás de la persecución de hechiceros.
—No solo ellos —intervino otra maga—, múltiples rumores indican que, tras bambalinas, el Imperio maneja al gremio Eger, el cual hoy es una tapadera para que la corte disponga de un ejército de brujos.
Ektor sacudió la cabeza, quería abandonar esa reunión y retornar a su oficina, a sus textos. No obstante, todo había iniciado con él y debía responsabilizarse de ello. Suspiró.
—¿Por qué no comenzamos con una actualización del censo? —propuso—. Tenemos que saber cuántos somos, la cantidad de practicantes en las otras dos cofradías y el número estimado de hechiceros fuera de las congregaciones oficiales. También conocer las pericias de cada integrante de nuestra comunidad.
—Estoy de acuerdo —aprobó Melissa—, es vital asignar los recursos a los puestos adecuados.