Guerras mágicas: Ciclo Origen – Libro III (Crónicas hechiceras 3)
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Capítulo I
Ektor contempló la fecha que había anotado en el papiro.
—Un año —musitó.
Suspiró y dejó la pluma sobre el escritorio. Se recostó en la silla.
Doce meses desde que había perdido a Viviane y visto al último dragón. Aunque había regresado a ese valle en múltiples ocasiones, para buscar a ambos, no había encontrado ni un solo rastro de ninguno.
Observó su oficina, repleta de pergaminos. Había aprendido mucho e incluso redactado un tratado de magia que era bastante popular en las cofradías aliadas. Por desgracia, el conocimiento también había crecido entre aquellos dispuestos a todo para conseguir más poder.
Sacudió la cabeza y recogió la plumilla. Se inclinó sobre el papiro y se concentró en lo que sabía hacer. Si bien intentó reprimir sus pensamientos, una parte de su mente insistió en recalcarle que Viviane, frente a la situación presente del Imperio, no estaría escondida entre montones de papeles.
En ese momento, golpearon a la puerta.
Su asistente, Cador, ingresó a las corridas, siempre actuaba como si cada una de sus comunicaciones fuera de extrema urgencia. Ektor se mordió la lengua y trató de fingir calma.
—¿Sí? —dijo.
El joven, agitado, se sentó frente a él y le tendió un pergamino.
Ektor frunció el ceño y lo recogió. Leyó el contenido en pocos minutos; sin embargo, permaneció muchos cavilando sobre esas palabras.
—¿Cuándo? —preguntó tras un instante.
—Hace una hora —respondió el muchacho.
Ektor inspiró y repasó las líneas del edicto imperial: todo mago, sin excepción, debía afiliarse a una congregación mágica reconocida o sería ahorcado.
Listaba las cofradías válidas e incorporaba la prohibición de pertenecer a más de una.
Asimismo, se recordaba a las comunidades que eran responsables de cualquier daño causado por sus integrantes y estaban obligadas a subordinarse al emperador.
Ektor dejó el papiro sobre el escritorio y buscó uno en blanco para redactar una breve nota. Debía reunirse con sus aliados, hacía semanas que no les prestaba atención y estas novedades, sin duda, los habrían alterado, incluso lo mortificaban él.
Entregó la misiva al joven y le pidió, innecesariamente, que se apresurara.
Luego, fue incapaz de regresar a sus textos.
El primer conflicto surgió a los pocos días del edicto, cuando dos organizaciones de magos se pelearon por el traspaso de unos cuantos integrantes.
Hasta entonces, los hechiceros eran libres, en general, de ingresar y salir de las comunidades en cualquier momento; algunos pertenecían a varias a la vez.
Sin embargo, la mayoría de las congregaciones no habían sido reconocidas por el Imperio.
La cofradía de Ektor, una de las oficiales, había recibido a múltiples nuevos miembros desde la emisión del decreto.
Si bien a Ektor no le agradaban ciertos postulantes, siguió la recomendación del pequeño consejo formado para asistir con la administración.
Era mejor aceptarlos en sus filas, donde estarían controlados, que arriesgarse a su incorporación en una agrupación rival.
Aunque no había luchas frontales entre las colectividades, unas cuantas mantenían relaciones tirantes y muchas competían por el favor del emperador.
—Pasará —dijo Ektor al conjunto de aliados que se había reunido esa noche.
—No lo creo —respondió un hombre de edad bastante avanzada—, opino que empeorará. Tras la pérdida de los dragones, este juego se tornó muy peligroso.
—Debemos actuar con mayor ímpetu —declaró una de las magas—. Si la hermandad Ryons sostiene su desarrollo, en breve tendremos un problema enorme.
—¿Qué sugieres, Melissa? —preguntó otro hechicero.
—Una política más agresiva de reclutamiento, para empezar.
—Hablemos con las diferentes comunidades —propuso Ektor y varios lo miraron como si estuviera loco—, nosotros dialogamos —se defendió él.
—Con algunas personas —manifestó Melissa—, no se puede conversar.