Guerras mágicas: Ciclo Origen – Libro III (Crónicas hechiceras 3) Capítulo X
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Capítulo X

En una semana , el gremio Eger había caído.

Los aristócratas no tardaron en mudar sus lealtades a la congregación de Ektor o la hermandad Ryons.

Los brujos se resistieron. Cansados del eterno conflicto, muchos preferían no asociarse a ninguna comunidad.

Sin embargo, las colectividades habían resuelto que el impopular edicto era lo mejor: todo mago debía pertenecer a una cofradía oficial.

—Listo —anunció el último hechicero en entrar a la sala del consejo, un hombre de edad avanzada, y desplegó el mapa en el centro de la habitación—, así quedaron las fronteras.

Mientras Ektor observaba la imagen, junto con el resto del comité, en su mente aún rondaba la nota de su asistente; uno de los brujos de reemplazo para la expedición había fallecido a manos de la hermandad Ryons y nadie había localizado un dragón. Ektor le indicó a Cador que regresara.

—¡La mitad del Imperio! —exclamó una maga joven, entusiasmada.

—El Imperio ya no existe —le recordó Bors—; tendríamos que elegir un nombre.

—Todavía está la hermandad Ryons —intervino Ektor—; con la desaparición del gremio Eger, enfocará su completa atención en nosotros.

—Se encuentran en nuestras mismas condiciones —dijo Melissa—. A pesar de que obtuvieron más hechiceros, habían perdido muchos y deben mantener un amplio territorio, sin manera de crear brujos.

—Entonces, ¿no se hallaron rastros de algún dragón? —preguntó Emyr.

—No —contestó el anciano—, se extinguieron. Somos los últimos magos. Ahora la cuestión es: ¿qué pasará cuando muramos?

El silencio llenó la habitación.

—¿A qué te refieres? —indagó la joven hechicera.

—Sin brujos, ¿qué sucederá con todo lo que funciona mediante encantamientos?

El grupo se removió en sus sillas.

—Aún no sabemos si nuestros descendientes heredarán esta habilidad —comentó Bors.

—¿Cuántos tuvieron un hijo luego de la conversión? —inquirió Emyr.

—Hubo varios nacimientos —respondió Melissa—, los niños son pequeños todavía para determinar si recibieron algo.

—¿Y si no lo hacen? —insistió el viejo mago.

—Si bien es un tema importante —señaló Ektor, quien nunca había pensado en ello hasta ese momento—, hoy la prioridad es la hermandad Ryons.

Los demás se mostraron de acuerdo.

El ataque de la hermandad Ryons no tardó en llegar y, con rapidez, los enfrentamientos se propagaron a lo largo de la frontera entre las cofradías.

Cador había arribado por la mañana. Exhibía múltiples heridas; lo peor era su rostro, llevaba la expresión de una persona que había visto demasiado y en muy poco tiempo.

—No podemos hacer eso —dijo Ektor y se puso de pie en la sala de consejo.

—No tenemos opción —rebatió Melissa.

Ektor se giró hacia ella.

—Siempre la misma excusa.

—No es una excusa, es la realidad.

Ektor negó con la cabeza.

—La hermandad Ryons ya empezó —intervino Bors—; si no procedemos también, quedaremos rezagados.

—Ektor —se acercó a él Emyr—, precisamos vivir más años, la gente depende de nosotros, de nuestra magia. ¿Qué sucederá si terminan a la merced de la hermandad Ryons? Sabes que experimentan con personas, de cualquier tipo.

Ektor apretó las mandíbulas. Tenían razón y, a la vez, se equivocaban. No estaba bien ceder a las presiones cuando iban en contra de la propia moral, pero recordó los últimos actos de la hermandad Ryons y suspiró.

—No será indiscriminado —murmuró—, debe haber parámetros en la selección de hechiceros.

Aunque varios miembros del comité se mostraron reticentes, al final accedieron.

Dos meses después , Ektor se encontraba de nuevo en el cuarto de reunión, solo.

No percibía una diferencia. Por su edad, resultaría imposible confirmar, durante décadas, si el sortilegio había funcionado en él.

Lo hizo porque le asustaba la hermandad Ryons.

Fue un desastre. Y ahora guiaba la única cofradía mágica en el extenso territorio del antiguo Imperio.

—Por lo menos —musitó al observar el mapa—, ya no está dividido.