32. La cocina #2
No nos besamos y no fue por nada, y creo que ninguno de los dos lo pensó siquiera. Nos quedamos ahí un rato, y en algún momento me cogió la mano izquierda, la que ya no tenía anillo desde hacía cuarenta minutos, y me la tuvo cogida un rato largo con las dos suyas, y no dijimos nada más.
—¿Salimos? —dijo al final.
—¿Y qué hacemos?
—Servir.
—Nicolás, ahí fuera hay cuatrocientas personas que acaban de enterarse.
—Hay trescientas y pico y están sentadas —dijo—. Y hay ochenta kilos de arroz.
—¿Y nos van a dejar servir?
Se quedó pensándolo.
—Nos van a dejar servir —dijo—, y no por nosotros.
Esa fue la única cosa sensata que se dijo en Beniflor aquel sábado.
Antes de salir se paró con la mano en el picaporte.
—Una cosa —dijo—. Y esta no es una regla.
—Dime.
—Que si esto no sale, quiero que salga bien.
—¿Cómo que salga bien?
—Que si dentro de seis meses uno de los dos dice que no puede, que no lo diga en un descansillo a las once y veinte de la noche.
Y ahí me acordé del descansillo de mi piso de Valencia, del martes de la semana anterior, y de que yo le devolví el anillo de pie, con la puerta abierta y con la luz de la escalera puesta, porque no quise sentarme.
—Vale —dije.
Salimos a la una y veinte.
La plaza no había perdonado nada.
No voy a suavizarlo: cuando abrimos la puerta, la gente seguía discutiendo, y había veinte o treinta personas menos, y el escenario estaba vacío con las fundas de los instrumentos apiladas en un lado.
Joan estaba al teléfono en el soportal del ayuntamiento con un dedo en la otra oreja.
La comisión estaba en corro al lado de las vallas.
Las dieciséis mesas seguían puestas, con los nombres, y la gente estaba sentada en ellas, porque hacía treinta y dos grados y en Beniflor la gente se sienta.
Nadie sabía qué hacer con la comida.
Doscientas ochenta comidas pagadas desde julio. Ochenta kilos de arroz en dos paellas de las grandes, tapadas con papel de periódico, en la esquina de la plaza, donde el de la paella llevaba desde las diez.
Candela me encontró en la puerta.
Llevaba el ramo en la mano, que yo lo había dejado encima de la mesa larga a las doce y cuarto y ella lo había recogido, y no me lo dio.
—Está en el agua —dijo—. En el cubo, detrás de la barra.
—Candela.
—Que está en el agua, Alba, que ha costado cuatrocientos veinte euros y son de Holanda.
Se fue a las mesas.
Y a la una y veinticinco, Marisa Giner salió del Cafè Ribes con una bandeja de salado en cada mano.
Salió por nuestra puerta. Por la de la izquierda. Cruzó la acera, entró por la de la derecha, la del Forn Salvat, dejó una bandeja en el mostrador, salió otra vez y cruzó a la mesa uno.
Metro y medio. Ida y vuelta. Con dos bandejas.
Y al pasar por delante de un grupo de gente que estaba de pie discutiendo, entre los que estaba el hermano de Vicent, dijo, sin pararse:
—El arròs no tiene la culpa.
Y siguió.
Detrás de ella salieron los otros diez, con las bandejas, porque eran las doce y cuarto cuando aquello se rompió y el catering estaba hecho desde las cuatro y diez.
Kevin salió el último, con el delantal puesto encima de una camisa buena, porque el chaval se había vestido para la boda debajo del uniforme.
Y la gente comió.
No comió perdonando. Esto lo quiero dejar clarísimo, porque en este pueblo ya se cuenta de otra manera y ya hay quien dice que aquel día se arregló todo. No se arregló nada aquel día.
La gente comió porque estaba pagado, porque hacía treinta y dos grados, porque el arroz estaba hecho y porque tirar ochenta kilos de arroz es una barbaridad que en esta comarca no se le ocurre a nadie.
Hubo dos mesas que se levantaron y se fueron sin comer, la seis y la trece, que eran de la parte de Alicante, y se fueron sin despedirse de nadie y por delante del escenario para que se les viera irse.
Y comiendo siguieron discutiendo.
En la mesa cuatro, mi tía Reme le explicó al hermano de Vicent, durante veinte minutos y con la boca llena, lo que le había costado el autobús.
En la mesa nueve, dos primos míos discutían sobre el noventa y uno.
En la mesa ocho, Ximo Blasco y Rosa Marí Ferrando estuvieron toda la comida hablando de si el pasodoble había entrado tarde por el lado de La Unió.
En las dieciséis mesas, porque estaban puestas como las había puesto mi madre, un Ribes y un Salvat, un Ribes y un Salvat, la gente se pasó el pan.
Yo serví la mesa cuatro, la de mi tía Reme, con un vestido de novia y un delantal de Marisa encima, y mi tía Reme me dijo que estaba muy guapa y a los dos minutos me dijo lo del autobús otra vez.
Nicolás sirvió la ocho y la nueve, que son las de los Salvat de Alicante, y le dijeron de todo, y él siguió sirviendo.
Eso es lo que vi yo. No vi abrazos. Vi a gente pasándose el pan y el agua y el alioli a la persona de al lado sin mirarla, porque estaban enfadados y porque en una mesa se pasan las cosas.
A las tres menos cuarto pasé por la mesa uno y vi una taza turquesa delante de la cuñada de Vicent, y a los dos minutos vi una amarilla en el sitio de mi tía.
Nadie se dio cuenta de eso más que yo.
A las tres estaba en el pasillo del obrador cogiendo servilletas y me crucé con Marisa, que venía con la bandeja vacía.
—Marisa.
—Dime.
—El trozo de tarta.
Ella se paró.
—¿Qué trozo?
—El que faltaba. El del jueves pasado. Cuatro kilos. Nicolás miró en todos los cubos.
—Ah. Eso.
Dejó la bandeja encima del mármol.
—Eso lo saqué yo —dijo—. El jueves a las cinco menos cuarto de la mañana, cuando saqué el cubo grande a la calle. Pesaba. Miré, vi bizcocho y pensé que alguien lo había tirado por la noche y que ya lo diría.
—¿Y no lo dijiste?
—No me lo preguntó nadie.
Cogió la bandeja y salió.
Once días. Once días de un pueblo entero especulando con un gato, con un repartidor y con un chaval que rompió un cristal en 2019. Y la respuesta la tenía desde el principio la mujer que saca el cubo a las cinco menos cuarto.
Y no la dijo porque nadie le preguntó.
Aquella noche, en La Cambra, se lo conté a Nicolás y estuvimos los dos callados un rato largo.
A las tres y media, que era la hora en la que se iba a firmar, no se firmó nada.
Mi madre estaba de pie al final de la plaza, sola, con la caja de cartón vacía a los pies y un abanico turquesa en la mano, mirando las mesas.
Me acerqué.
Estuvimos las dos un rato sin decir nada, mirando dieciséis mesas de gente enfadada comiendo arroz.
—¿Se ha comido todo el mundo? —dijo.
—Casi.
—Bien.
No dijo nada más durante otro rato.
—Mamá, lo de esta mañana lo has hecho tú sola.
—Ya.
—Nadie te lo ha pedido.
—Ya lo sé, Alba.
—¿Y por qué lo has hecho?
Mi madre se cambió el abanico de mano.
—Porque el jueves salió mi cara en el periódico contando una cosa que no era —dijo—. Y porque la foto la mandé yo.
—Ya.
—Y porque llevo cuarenta años dejando que se cuente y ya me he cansado. —Se encogió de hombros—. No lo he hecho por vosotros, si es lo que me estás preguntando.
—No te estaba preguntando eso.
—Pues eso.
—Mamá.
—No —dijo.
—Es que...
—Que no, Alba. Hoy no.
Y cerró el abanico.
—Ya hemos decidido bastante por ellos —dijo.
Y no me miró a mí al decirlo, y a mí me costó dos segundos entender que no me lo estaba diciendo a mí.
Se lo estaba diciendo a Vicent Salvat, que estaba a ocho metros, en la sombra, con la pared detrás.
Aquella tarde no se derribó ningún tabique.
Sigue ahí. Está ahí ahora mismo, mientras escribo esto, con el cuadro de la Virgen a la izquierda y la moldura de escayola cortada por la mitad y el pegote de pintura sin lijar. Y detrás, en las trastiendas, sigue la otra pared con su palmo de ladrillo visto a ras de rodapié.
A las cinco menos veinte se fue el de la megafonía, y Joan apagó el equipo desde el balcón, que llevaba encendido desde el viernes.
A las cinco y media empezaron a recoger las sillas, y las recogieron entre la comisión y ocho o diez personas que se quedaron, y nadie les pidió que se quedaran.
Y a las seis y cuarto, cuando quedábamos treinta y pocos, Josefina Císcar me cogió del brazo en la puerta del Cafè Ribes, como el viernes, y me dijo:
—Yo lo dije, ¿eh.
—Lo dijo usted, Josefina.
—Y nadie me hizo caso.
—Nadie.
—Pues ya está.
Se metió a por el pan, aunque era sábado y a las seis y cuarto ya no hay pan.
Aquella tarde no se derribó ningún tabique.
Cuarenta veces vi a alguien salir por una puerta, andar metro y medio por la acera a treinta y dos grados y entrar por la otra. Con una bandeja, con dos platos, con una jarra, a por hielo, a por servilletas, a mear.
Metro y medio.
Toda la tarde.