32. La cocina
La cocina
Un obrador en agosto, con el horno grande apagado desde las once y las bandejas fuera, tiene una temperatura muy concreta y un olor muy concreto, y yo llevaba nueve días entrando en aquella cocina y no me había parado nunca.
Nos quedamos de pie, que es una cosa que hicimos mucho aquella semana.
Es curioso: en once días, aquellos dos, que llevaban tres años tumbados en un sofá de Valencia viendo series con los pies encima de la mesa, no se sentaron juntos ni una sola vez que yo recuerde. De pie en una barra, de pie en un patio, de pie en una cámara a cuatro grados, de pie en un obrador.
Él con el traje y yo con el vestido, en una cocina de seis metros con el suelo de terrazo mojado, porque Alícia había fregado a las once y media y todavía no se había secado.
De fuera llegaba el ruido de cuatrocientas personas discutiendo, amortiguado por dos puertas.
En la mesa larga del obrador había una bandeja de salado a medio montar y un paño encima. En el mármol, dos cajas de cartón con el nombre del Forn Salvat. En el suelo, un cubo con agua sucia que Alícia no había tenido tiempo de vaciar.
—Perdona —dijo.
—¿Por qué?
—Por no habértelo dicho el jueves pasado.
—Ya.
No le dije que no pasaba nada, porque pasaba, y él tampoco me lo pidió.
—Y perdona por lo del anillo —dijo.
—¿Por qué?
—Porque te lo puse yo. En este pasillo, hace nueve días. Y no te pregunté.
Y ahí sí me tuve que agarrar al borde del mármol, porque llevaba cuarenta minutos con el dedo raro y no había querido pensarlo.
—Te lo pedí yo con la mano.
—Ya. Pero te lo puse yo.
Me senté en el taburete que hay al lado del mármol, con el vestido, que fue una operación de veinte segundos, y él se apoyó en el fregadero.
—El lunes por la tarde tengo que estar en Bruselas —dije.
—Ya lo sé.
—Cojo el avión mañana a las cuatro de Manises. Ya lo tenía cogido de antes.
—También.
—Nicolás, quedan treinta y seis horas.
—Treinta y cinco.
Y se quedó callado.
Fuera, alguien gritó una cosa que no entendimos y otra persona le contestó.
—¿Tú sabes lo que acabamos de hacer? —dije.
—Sí.
—Hemos tirado una empresa.
—No la hemos tirado. La hemos parado.
—Nicolás, el contrato de Requena se cae. Y en septiembre, cuando esto se sepa fuera del pueblo, la marca la va a mirar todo el mundo con lupa.
—Ya lo sé.
—Y la reforma no la ves.
—La reforma no la veo. —Se pasó la mano por la cara—. Alba, yo lo he estado pensando toda la mañana mientras servías tú, y hay una cosa que no me quito.
—Dime.
—Que si hoy firman y dentro de tres años se rompe, se rompe con todo dentro. Con el préstamo, con la distribución y con once contratos. —Se apoyó en el fregadero—. Y ahora se ha roto con nada dentro. Que duele igual, pero se puede volver a montar.
Yo, que soy la que cobra por decir esas cosas, no tuve nada que añadir.
Y aquí viene lo que llevo desde entonces contándome, y lo voy a contar despacio porque es lo único de aquella semana que hicimos bien.
Nicolás Salvat no me pidió que retrasara el vuelo.
Tenía todo a favor. Tenía una plaza destrozada, una asesora diciendo que no se firmaba nada hasta septiembre, un contrato congelado, once personas trabajando fuera y una novia sentada en un taburete con un vestido de novia.
Le habría bastado con decir «quédate hasta el martes». Con eso yo me quedaba.
No lo dijo.
Yo no le dije que se viniera.
Tenía todo a favor también. Tenía a un hombre que acababa de perder la reforma, la distribución y probablemente la mitad de los clientes del pueblo durante un año. Le habría bastado con decirme «aquí ya no te queda nada».
—¿Y las coronas? —dije.
—Las trescientas sesenta y nueve las hago.
—Sin licencia no puedes.
—Pues la pido otra vez el lunes. —Se encogió de hombros—. Alba, ahora ya no hay que convencer a nadie de nada. Ahora es un papel, y los papeles los firma la gente cuando no hay una boda encima.
—Eso es verdad.
—Y si no la firman, se devuelve el dinero y se acabó, y en septiembre lo montamos otra vez desde el principio y con calma.
—¿Y tú de qué vives hasta septiembre?
—Como he vivido siempre.
—¿Y tú qué vas a hacer? —dije.
—El lunes hornear.
—¿Con qué licencia?
—Sin licencia no. —Cogió el paño del mármol y lo dobló en cuatro—. El lunes hago pan, coques y el pedido de la comisión, que la comisión no me lo va a quitar porque no tienen a quién dárselo. Y hablo con Elvira lo de las devoluciones.
—Eso lo hablamos.
—Eso lo hablamos.
Y ahí nos miramos por primera vez desde que habíamos cerrado la puerta.
—Yo me enamoré primero —dijo.
Lo dijo así, sin ninguna preparación, apoyado en un fregadero.
—Ya lo sé.
—No lo sabes.
—Nicolás, lo dijiste el jueves pasado delante de una periodista. Dijiste «después» tres veces y te costó abrir una botella de agua.
—Fue en la feria —dijo—. El mismo jueves. A las ocho y media de la tarde, cuando llevabas cuatro horas allí de pie y todavía no te habías sentado, y te empezaste a discutir con un señor de Villena por unas etiquetas.
—¿Por eso?
—Por eso.
Yo me quedé mirando un mármol.
—Yo lo dije primero —dije.
—Eso también.
—En un aparcamiento. Y muy mal.
—«Que es una faena.»
—Sí.
—Y estuviste dos días sin llamarme.
—Estuve tres.
Y ahí nos reímos los dos, mal, en una cocina, con cuatrocientas personas discutiendo fuera y un vestido de novia puesto.
Después estuvimos un rato sin decir nada.
En aquel rato pensé una cosa que no le dije en aquel momento y que le dije en octubre, en Bruselas, en una cocina mucho peor que aquella.
Que llevábamos tres años juntos y nunca habíamos tenido esa conversación.
Ni una vez. En tres años no nos habíamos sentado a decidir nada: nos habíamos ido encontrando, nos habíamos ido quedando y nos habíamos ido callando. La única decisión que tomamos juntos en tres años fue casarnos, y la tomamos en abril, en un coche, en veinte minutos y por teléfono con mi madre.
—No sé si esto sale —dijo él.
—Yo tampoco.
—Alba, yo no sé si soy capaz de no hacerlo otra vez.
Esa fue la frase más honrada que me han dicho en mi vida y la dijo un hombre que había hecho exactamente lo mismo tres días antes.
—Yo tampoco sé si soy capaz —dije—. Yo firmé un traslado y estuve tres semanas mirándote a ver qué hacías.
—Ya.
—Así que vamos a hacerlo con reglas, porque a mí las reglas me funcionan, y porque las otras cuatro las rompimos todas menos yo una.
—Vale.
—Una —dije, y levanté un dedo, y me acordé de mi madre contando con los dedos en aquella cocina veinticuatro horas antes y no me importó—. Ninguno de los dos firma nada sin decírselo al otro antes. Nada. Ni un traslado, ni una renuncia, ni un préstamo, ni un papel de tres folios.
—Antes de firmar —dijo él—. No después.
—Antes.
—Vale.
—Y no vale contarlo cuando ya está hecho y decir que lo ibas a contar.
—Alba.
—Es que eso lo hiciste el jueves y lo hizo tu padre en el ochenta y seis.
—Ya lo sé —dijo—. Por eso he dicho antes de firmar.
Se quedó mirando el suelo mojado.
—Yo lo del jueves lo volvería a hacer —dijo—. Lo de quitarme del accionariado. Lo que no volvería a hacer es no decírtelo.
—Eso son dos cosas distintas.
—Ya lo sé. Y llevo desde el jueves aprendiéndomelo.
—Dos. Dieciocho meses. Ese es el tiempo que tengo yo de contrato allí. No prometo lo que voy a hacer al final de los dieciocho meses porque no lo sé, y tú tampoco vas a prometer nada. A los seis meses nos sentamos y lo miramos.
—¿Y si a los seis meses uno de los dos quiere otra cosa?
—Pues lo dice.
—¿Y ya está? —dijo—. ¿Sin promesa?
—Sin promesa.
—Es que a mí una promesa me tranquilizaría.
—A mí también. —Me encogí de hombros dentro de un vestido de novia—. Por eso no la hacemos.
—¿Y ya está, entonces?
—Y ya está, Nicolás. Eso es lo que hay. —Me sujeté las rodillas—. Lo otro es lo que hicieron ellos.
Y ahí él se quedó muy quieto.
—Alba, con esto no basta.
—Ya lo sé.
—Es que yo te quiero desde hace tres años y hemos llegado hasta aquí.
—Ya lo sé, Nicolás. —Y me salió la voz mal—. Yo también te quiero y he montado una boda con doscientas ochenta sillas para no tener que decirte que me iba.
—Pues eso.
—Pues eso. Querernos no ha servido para nada. Ha servido para que estemos aquí.
Y él dijo:
—Entonces habrá que hacer lo otro.
—¿Qué es lo otro?
—Preguntar.
Y lo dijo sin ninguna solemnidad, como quien dice que hay que cambiar la junta del horno, y por eso me lo creí.
—Empieza tú —dije.
—¿Yo?
—Tú. Pregúntame algo.
Nicolás se quedó pensándolo un rato larguísimo, y a mí me dieron ganas de reírme, porque llevaba once días viendo a aquel hombre resolver cosas en cuatro segundos y allí estaba, delante de un fregadero, buscando una pregunta.
—¿Tú quieres que vaya a Bruselas?
—Sí.
—Vale.
—¿Ya está?
—Es que no sabía la respuesta —dijo.
Era verdad. Llevaba desde julio mirando pisos en una ciudad sin saberlo.
Se quedó callado un momento.
—Tres —dijo él.
—¿Tienes una tercera?
—Tengo una tercera.
Se apartó del fregadero y se puso delante.
—Yo voy en octubre —dijo—. Después de la campaña de la mona no, que eso es en marzo. En octubre, cuando pase lo de la reforma o lo que quede de la reforma. Y no voy un fin de semana. Voy una semana entera y cierro el obrador cuatro días.
—Nicolás, tú no has cerrado nunca cuatro días.
—Ya lo sé.
—En veintidós años.
—Ya lo sé, Alba. —Se encogió de hombros—. Pues eso es lo que pongo yo.
Y ahí sí me tuve que tapar la cara con las dos manos un momento, porque llevaba once días sin llorar y no era el sitio.
Cuando me destapé, él seguía delante.
—¿Y tú qué pones? —dijo.
—Yo pongo que en Navidad me vengo.
—Eso lo ibas a hacer igual.
—No —dije—. Iba a venir tres días y a estar en casa de mi madre. Voy a venir doce y me voy a quedar donde estés tú, y en este pueblo lo va a saber todo el mundo a los veinte minutos.
—Van a hablar.
—Que hablen.
Y nos quedamos así, él de pie y yo en un taburete, en una cocina, y no nos besamos.