31. La boda que no fue #3
—Y se lo conté a finales de julio, un domingo, aquí atrás, en el escalón del patio. Y él me dijo molt bé.
Cerró el abanico.
—Y yo estuve tres semanas esperando a que me dijera me voy contigo o quédate, y no se lo pregunté nunca. Ni una vez. Porque si se lo preguntaba y me decía que no, yo ya no me podía ir.
Y ahí, en la tercera fila, Josefina Císcar dijo en voz alta, para nadie:
—Ay.
Se llevó la mano a la boca, y a su lado una mujer de su edad le dijo que se callara, y ella dijo que no se callaba.
—A mí no me dejó nadie —dijo mi madre—. Yo me fui. Y me habría ido igual. Que eso también lo digo.
Y bajó el micrófono, y estuvo un momento, y lo volvió a subir.
—Y luego, cuando los suyos empezaron a contar que él se había quedado tirado, yo no dije nada. Cuarenta años. Y no lo dije porque me convenía que la gente lo pensara.
Vicent Salvat estaba de pie al lado del escenario, donde había estado toda la mañana, en la sombra y con la pared detrás.
Salió.
Salió andando despacio, con el paso corto que tiene desde hace dos años, y llegó al estrado y no cogió el micrófono, y mi madre se lo tuvo que acercar, y él le puso la mano encima para que dejara de moverse.
—Jo vaig comprar la mitat del local el dinou de juny —dijo.
La plaza no entendió nada durante dos segundos.
—Con un préstamo. Y mi padre de avalista. Y no se lo dije a ella. —Cogió aire—. Y cuando ella firmó los papeles de la sociedad en agosto, yo no fui a firmar porque si firmaba perdía la mitad que acababa de comprar.
Se le atascó una palabra. Se paró, esperó, y la plaza esperó con él, cuatrocientas personas y setenta y seis músicos con los instrumentos bajados, y nadie habló por encima.
—Y ella estuvo tres días en una gestoría de Alzira esperándome —dijo.
Bajó la mano.
—Aquí no dejó nadie a nadie. Los dos hicimos lo mismo y no nos lo dijimos, y después dejamos que lo contaran los demás porque nos venía bien. —Miró a su hijo—. Yo esperaba que ella lo dejara todo. Y ella esperaba que yo me fuera. Y ninguno de los dos lo preguntó.
Y se apartó del micrófono.
No se miraron. Quiero dejarlo escrito porque después se ha dicho de todo: mi madre y Vicent Salvat estuvieron de pie en el mismo estrado durante seis o siete minutos y no se miraron ni una sola vez, y cuando terminaron cada uno se fue por un lado.
Y entonces habló Puri desde la tercera fila, sin levantarse.
—¿Cuarenta años moderando comentarios para descubrir que os dejasteis los dos?
Y la plaza se rió.
Fue una risa fea, corta y de las que salen cuando la gente lleva demasiado rato aguantando, y duró cuatro segundos, y después se hizo un ruido que era el peor de todos, que fue el de cuatrocientas personas hablando a la vez entre ellas.
De lo que pasó a partir de ese momento tengo tres o cuatro imágenes y no las tengo ordenadas.
Elvira Sanchis abriéndose paso hasta mí, cogiéndome la carpeta del brazo sin pedirla y diciéndome al oído: «Bien. Ahora esto no lo firma nadie hasta septiembre.»
Neus Ortells de pie encima de una silla con el móvil.
El chico de la cámara grabando a mi madre.
Ferran, el de la comisión, hablando con Joan al lado del escenario y señalando las mesas.
Rosa Marí Ferrando subiendo al estrado y diciéndoles a las dos bandas que recogieran, y setenta y seis personas metiendo instrumentos en fundas en mitad de una plaza a las doce y media de un sábado de agosto.
Y a Toni, de La Unió, del Forn Salvat, mi Toni, con el bombardino, de pie, sin guardarlo, mirando el estrado.
Vi a mi padre en el pasillo, sin saber dónde ponerse.
Vi a un señor mayor con una camisa buena que se acercó a Nicolás y le preguntó por su corona, porque había venido desde Sueca a recogerla, y Nicolás le explicó que no había, y el hombre dijo que bueno, que ya le llegaría, y se quedó a comer.
Y vi los abanicos.
Los abanicos se fueron cerrando. No todos, y no a la vez. Se fueron cerrando de uno en uno, por filas, con ese ruido seco que hacen, y en cuatro o cinco minutos en la plaza mayor de Beniflor no quedaba ni un abanico abierto, y hacía treinta y dos grados.
Eso es lo que yo tengo de aquella mañana, más que el silencio y más que mi madre en el estrado.
Trescientos abanicos cerrados a las doce y media de un sábado de agosto en una plaza a treinta y dos grados.
Y a las doce y media, cuando la gente empezó a levantarse de las sillas y a moverse por la plaza, pasó una cosa que yo no vi y que me contó Candela por la noche.
Nadie recogió el anillo.
Estuvo encima del mantel blanco, en el centro de la mesa larga, desde las doce y cuarto hasta las cinco y media de la tarde, cuando la comisión empezó a desmontar y una de las mujeres de la paella lo cogió y se lo dio a Puri, y Puri se lo dio a mi madre.
Cinco horas y cuarto en medio de una plaza con cuatrocientas personas, encima de un mantel, y no lo tocó nadie.
La firma quedó suspendida. El contrato de distribución quedó congelado el lunes por un correo de dos líneas de un señor de Requena que había leído la comarcal.
Joan llamó a la aseguradora aquella misma tarde.
Y en el programa de fiestas de Beniflor de 2026, en la página once, quedó impreso para siempre un acto que no se celebró.
Nadie nos gritó a nosotros dos.
Eso es lo raro, y me llevó meses entenderlo. En hora y media, en aquella plaza, nadie se dirigió a nosotros para insultarnos. Ni una persona.
Se gritaron entre ellos.
Se gritó mi tía Reme con el hermano de Vicent por lo del hotel.
Se gritaron dos primos por quién había dicho qué en 1986.
Se gritó la comisión con el ayuntamiento por el aforo.
Y a nosotros nos dejaron en el centro, de pie, con un ramo y una carpeta, como se deja un mueble en mitad de un salón mientras se discute la mudanza.
Porque en este pueblo la boda no era nuestra.
Llevaba sin ser nuestra desde el miércoles de los abanicos, y a lo mejor desde antes, y aquella mañana se vio perfectamente: cuatrocientas personas discutiendo su parte de una cosa a la que nosotros solo habíamos puesto los nombres.
A las doce y cuarenta y cinco, Nicolás me tocó el codo.
—Ven —dijo.
Y nos fuimos por el lateral, por detrás de las mesas del banquete, esquivando a la gente que estaba de pie, y entramos por la puerta de la derecha, y cruzamos el bar, y por el pasillo llegamos a la cocina del Forn Salvat, que a las doce y cuarenta y cinco de aquel sábado estaba vacía porque los once estaban fuera.
Cerró la puerta del pasillo.
Y por primera vez en once días no había nadie mirándonos.
De aquella plaza, en hora y media, había salido todo lo que este pueblo llevaba cuarenta años sin decir. Y nosotros dos estábamos en una cocina con el suelo mojado, con un traje y un vestido, sin haber dicho todavía ni una sola palabra de las nuestras.