31. La boda que no fue #2
Eso es lo que se me cayó encima en el segundo y medio que estuve mirando un mantel blanco.
Que la condición estaba cumplida, y que la había cumplido una tormenta, y una cadena de siete personas bajo un toldo, y un contador y medio, y un cuenco de anís que una mujer le puso al lado a un hombre sin decirle nada, y un plano de mesas dibujado a bolígrafo, y Ximo Blasco ofreciéndole partituras a la mujer con la que llevaba una semana sin hablarse.
Todo eso había pasado de verdad.
Lo único de aquella plaza que era mentira éramos nosotros dos.
Joan Borràs se acercó al micrófono, se colocó la carpeta y dijo:
—Buenos días. Vamos a empezar.
Y yo alargué la mano y cogí la carpeta de Elvira.
La cogí de encima del mantel, con las tres páginas y la escritura dentro, y me la puse debajo del brazo.
Y después me quité el anillo.
Lo hice con la mano derecha, sin mirar, tirando de él con el pulgar y el índice como se ha tirado siempre de ese anillo desde marzo, y lo dejé encima del mantel, en el sitio donde había estado la carpeta.
Sonó.
Un anillo encima de una mesa con mantel no debería sonar y sonó, porque el micrófono estaba a cuarenta centímetros y estaba encendido.
Joan me miró.
—Alba.
—Déjame el micrófono, Joan.
—¿Qué?
—Que me lo dejes.
Joan Borràs, que es perito de una compañía de seguros en Alzira y concejal de Fiestas desde 2015, me miró dos segundos y me lo giró.
Lo que dije lo tengo escrito porque me lo pidió Elvira una semana después, para el expediente, y porque yo aquella noche lo escribí en una servilleta antes de que se me olvidara.
—Buenos días. Perdonad.
Cuatrocientas personas.
—Aquí encima había una carpeta con tres páginas y una escritura. Las he cogido yo. Esas tres páginas son un permiso para que las dos casas puedan hacer juntas la corona, y esta tarde las iban a firmar mi madre y Vicent Salvat, delante de vosotros.
Se oía la megafonía y nada más.
—No las van a firmar hoy. Y no las van a firmar hoy porque las iban a firmar creyendo una cosa que no es verdad, y yo llevo once años cobrando por evitar exactamente eso.
Miré a Nicolás.
Nicolás dio un paso y se puso a mi izquierda, que es donde se pone él desde el jueves de la tarta.
—Alba y yo rompimos hace once días —dijo—. El martes de la semana pasada, por la noche, en Valencia.
No dijo nada más.
No dijo por qué, ni de quién había sido, ni pidió perdón, ni explicó nada. Se acercó al micrófono, dijo doce palabras y se apartó, y eso fue todo lo que dijo Nicolás Salvat aquella mañana.
Yo terminé.
—Lo hemos ocultado once días. Hemos dejado que esto se montara. Y esta boda se ha usado para que las dos familias llegaran hasta hoy sin volver a pelearse.
Y me callé.
Y hubo silencio.
No es una manera de hablar. Hubo silencio absoluto en la plaza mayor de Beniflor durante un tiempo que yo calculo en cinco o seis segundos y que la gente de aquí sigue contando en veinte.
Cuatrocientas personas al sol, con un abanico en la mano y la boca cerrada.
No se movió ni un abanico. Eso es lo que más recuerdo: que dejaron de moverse.
Después empezó lo otro, y lo otro no fue una cosa. Fueron muchas a la vez y llegaron por orden.
Primero las familias.
Las familias no gritaron a la vez, que es lo que me esperaba yo. Empezó una sola voz, desde la mesa cuatro, y era mi tía Reme.
—¿Y para qué me habéis hecho venir?
Setenta y ocho años. Once personas en un coche desde Castellón el viernes. Tres días durmiendo en mi cuarto.
—Tía...
—Que yo he venido desde Castellón, Alba.
Y a partir de ahí sí.
A partir de ahí hablaron todos y hablaron a la vez, y las dos familias, que llevaban cuarenta años sin dirigirse la palabra y dos horas sentadas alternadas, se pusieron de acuerdo por primera vez en cuarenta años para estar enfadadas con lo mismo.
Se levantó el hermano de Vicent. Se levantaron los primos de Alicante. Alguien dijo lo del hotel. Alguien dijo lo del regalo. Una prima mía dijo que había cogido tres días y que era autónoma, y lo dijo llorando, y no de pena.
Y lo que decían no era lo que yo esperaba.
Yo esperaba «cómo habéis podido». Yo llevaba once días temiendo «cómo habéis podido», que es una frase de novela.
Lo que decía la gente era: yo he venido desde Castellón. Yo he pagado un hotel en Alzira dos noches. Yo tengo el regalo en el coche. Yo le he dicho que no a una comunión en Cullera. Yo me he comprado un traje.
Cuarenta años de guerra y una boda cancelada, y lo que salió en aquella plaza fue una cuenta.
Desde la mesa once, un sobrino de Vicent, un chaval de treinta y pocos que trabaja en Valencia y que ha venido a Beniflor cuatro veces en su vida, dijo lo que llevaba media plaza pensando:
—¿Y los once del obrador qué? ¿Con los puestos de trabajo también habéis jugado?
Y yo abrí la boca para contestar.
Y no me dio tiempo, porque Marisa Giner estaba a seis metros, de pie, con el delantal puesto y una bandeja en la mano, porque el catering lo llevamos nosotros y porque a las doce y cuarto de aquel sábado once personas del Forn Salvat estaban trabajando.
Dejó la bandeja en una mesa.
—Los once del obrador estábamos informados desde las cuatro y diez de esta mañana —dijo—. Nos han contado lo de los pedidos, lo del dinero y lo de las licencias, y hemos votado lo que teníamos que votar, que es lo de la empresa.
—¿Y lo demás?
—Lo demás no lo hemos votado.
—¿Cómo que no?
—Que no —dijo Marisa—. Que nosotros somos once que trabajamos aquí, no once razones.
Cogió la bandeja y se fue a la cocina.
Yo la vi irse y me acordé de una cosa que había propuesto Dolo a las cinco y veinticinco de la madrugada y que once personas habían votado a favor, y me callé lo que iba a decir, que era exactamente lo que ella había pedido que no dijéramos.
Después vino Puri.
Puri Albiol no estaba organizando nada aquel sábado. Estaba en la tercera fila, sentada, con un abanico amarillo, como todo el mundo, porque lo había dicho el viernes y porque lo cumplió.
Se levantó.
—Yo el lunes por la noche, en esta plaza —dijo, y no hacía falta micrófono porque la plaza estaba callada—, le dije a media Beniflor que la fotografía de la tarta no la había puesto yo.
Nadie contestó.
—Y me lo preguntó ella delante de siete personas. —Me señaló con el abanico cerrado, sin ninguna violencia, como se señala a alguien en una reunión—. Y yo le enseñé el móvil.
—Puri...
—Y llevo desde el miércoles pasado llevándoos recados. A los cuatro. —Se giró y miró a mi madre, y después a Vicent, que estaba de pie al lado del escenario—. Papel cortado, sobres, la página, el bar, los programas y las bandas. Yo. Con mi nombre.
Y se sentó.
El presidente de la comisión de fiestas, que es un señor que se llama Ferran y que en toda esta historia no ha aparecido porque en agosto la comisión es Puri, se levantó y dijo dos frases que fueron peores que las de Puri porque no tenían ninguna emoción.
—Nosotros hemos puesto esto en el programa. Cuatro mil ejemplares.
Joan Borràs bajó del estrado.
Y Joan hizo lo que hace Joan, que es lo que le habíamos dejado hacer todos aquella semana, que es ser el único adulto con una carpeta.
Se puso al micrófono con los folios en la mano y empezó a leer, y no leía una lista escrita: iba sacando las cosas de la cabeza en el orden en que le venían.
—Vamos a ver lo que hay —dijo—. Hay un corte de tráfico pedido a la Policía Local desde el martes.
Hay un plan de aforo que he tenido que consultar a la Diputación con cuatro días cuando se pide con quince.
Hay una póliza de responsabilidad civil de las fiestas que cubre los actos que están en el programa, y esto está en el programa, en la página once, y yo soy el que firma el programa.
Hay megafonía municipal, que la pongo yo.
Hay dos operarios del ayuntamiento que llevan desde ayer con las vallas.
Pasó un folio.
—Y hay una asociación sin ánimo de lucro, la comisión de fiestas de este pueblo, que tiene en su cuenta ocho mil doscientos cuarenta y cuatro euros de seiscientas ochenta y siete personas.
Levantó la vista.
—La libertad sentimental me parece estupenda —dijo—. También me habría parecido estupendo que alguien avisara antes de alquilar doscientas ochenta sillas.
Y la plaza no se rió.
En cualquier otro momento de aquella semana la plaza se habría reído, y a mí me habría dado igual, y aquella mañana no se rió nadie, y eso fue lo que me hizo entender de verdad dónde estábamos.
Joan bajó los folios.
—Yo esto ahora lo tengo que parar —dijo—. Y no lo digo por vosotros dos. Lo digo porque tengo que llamar a la Policía Local, tengo que decirle al de la megafonía que se quede, tengo que saber si el acto de las tres y media existe o no existe, y tengo que llamar esta tarde a la aseguradora.
Y en mitad de aquello, mientras Joan hablaba de pólizas, yo miré a Nicolás.
Estaba a metro y medio, con las manos delante, mirando el estrado.
Me di cuenta de que llevaba veinte minutos exactamente ahí, sin moverse, sin defenderse, sin explicar nada y sin buscar a nadie con la mirada. Doce palabras había dicho aquel hombre en toda la mañana, y todas eran ciertas, y ninguna era una excusa.
Y entonces mi madre se levantó de la primera fila.
Nadie la llamó. Nadie le dio el micrófono. Se levantó, cruzó los cuatro metros que había hasta el estrado con el abanico en la mano y le quitó el micrófono a Joan Borràs de la mano, y Joan se apartó como se aparta uno cuando le quitan una cosa que ya no quiere.
—Amparo Ribes —dijo—. La madre.
Se oyó una vez el acople.
—Aquí lleva cuarenta años contándose una cosa —dijo— y la cosa no es esa. Y como esta semana ha salido en el periódico con una fotografía mía, la voy a contar yo.
Yo estaba a seis metros con una carpeta debajo del brazo y me quedé sin aire.
—El tres de junio del año ochenta y seis yo acepté una plaza en Valencia. Dos años. En un laboratorio, que entonces éramos seis en toda la provincia. —Miraba al fondo de la plaza, por encima de la gente—. La acepté sin decírselo a nadie. Ni a mi madre ni a él.
Silencio.