31. La boda que no fue
La boda que no fue
A las nueve de la mañana subieron a vestirme.
Vinieron Candela y mi tía Reme, y detrás Maribel con la bolsa, la peluquera, no la del bar, y las cuatro nos metimos en un piso de cincuenta metros con un solo baño y una bañera en la que no cabe nadie de más de metro sesenta.
Habían subido a las nueve porque a las nueve y media Maribel tenía a otra, que en fiestas la peluquería de Beniflor abre a las siete y no para.
Maribel me peinó sentada en la silla del respaldo suelto, en la cocina, delante de la mesa de formica donde seguían las dos cuartillas, la póliza de 1986 dentro de su sobre de plástico y el regalo de Nuria sin abrir.
Las apartó todas juntas con el antebrazo, sin preguntar qué eran, y puso encima el neceser.
—Levanta la barbilla.
Levanté la barbilla.
Estuve cuarenta minutos con una mujer que me ha cortado el pelo desde la comunión moviéndome la cabeza con dos dedos, y mi tía Reme contando por tercera vez lo del autobús de Castellón, y Candela sacando el ramo de la caja y girándolo para ver cómo caía la flor, y en esos cuarenta minutos no dije prácticamente nada.
El vestido lo había comprado en marzo, en Valencia, un jueves por la tarde, sola, porque a mi madre no se le podía enseñar hasta que estuviera y porque Candela trabajaba.
Es sencillo. No tiene cola, no tiene velo y tiene los hombros descubiertos, que fue lo único que mi madre comentó cuando lo vio, y lo comentó una vez.
Me lo puso Candela.
Y en el momento en que me subía la cremallera, con la puerta del dormitorio abierta y el sofá cama cerrado en el cuarto de al lado, me dijo al oído, muy bajito, en dos segundos:
—Alba.
—Qué.
—Que puedes no bajar.
Se lo agradecí y no le contesté, y ella no lo repitió.
A las once menos veinte se fueron las tres para que me quedara sola un rato, que es una cosa que se hace y que no sé quién inventó.
Me quedé de pie en la cocina de La Cambra, vestida de novia, con los hombros descubiertos, mirando por la ventana la mitad del letrero del Cafè Ribes.
Desde ahí arriba se veía la plaza entera.
Doscientas ochenta sillas en filas de diez, con el pasillo en medio.
El escenario al fondo, con los dos metros de más que había pedido mi madre, y encima el estrado de las bandas, vacío todavía.
La mesa larga delante del escenario, cubierta con un mantel blanco, con dos jarrones bajos de Candela y, en el centro, una carpeta.
Las mesas del banquete a la derecha, dieciséis, redondas, montadas desde las ocho de la mañana, con los nombres puestos.
Mi madre llevaba desde las once en la puerta, con la caja de cartón entre los pies, repartiendo abanicos a la gente que llegaba. Turquesa a los de nuestro lado, amarillo a los del suyo, y a los que no eran de ninguno de los dos lados les daba el que tenía más cerca.
A las once y cuarto subió Nicolás.
Subió a por el traje, que se lo habían bajado de casa de su padre el viernes y estaba colgado en el cuarto del sofá, y se cruzó conmigo en el pasillo.
Yo estaba vestida y él no.
Nos quedamos los dos parados delante de la puerta del baño, en un pasillo de un metro veinte, con la línea del suelo entre los dos, la junta de cemento de dos dedos que cruza el piso de pared a pared y que cae justo encima del tabique de abajo.
Él estaba de un lado y yo del otro. Ninguno de los dos lo hizo a propósito.
Nicolás me miró de arriba abajo sin ninguna prisa, como se mira una cosa terminada.
—Los hombros —dijo.
—¿Qué pasa con los hombros?
—Que hoy hace veintiocho grados a las once de la mañana. Que está bien.
—Alba.
—No —dije—. Ahora no. Ahora nos vestimos.
Me metí en el dormitorio.
A las once y media la plaza estaba llena.
No doscientas ochenta. Cuatrocientas o cuatrocientas cincuenta, contando a los de pie, porque desde el sábado anterior aquello era un acto público en vía pública y podía venir el que quisiera, y en Beniflor viene el que quiere.
Vi entrar a Ximo Blasco con la carpeta de anillas.
Vi a Rosa Marí colocando a los suyos por detrás del escenario.
Vi a Neus Ortells con el móvil en el trípode y a un chico con una cámara de verdad, que ese no era del semanario.
Vi a Joan Borràs con el traje azul que se pone para las bodas y para los plenos, hablando con el de la megafonía.
Vi a Elvira Sanchis, que había venido de Alzira un sábado, con una carpeta debajo del brazo y unas gafas de sol, mirando el móvil apoyada en la fachada del ayuntamiento.
Subió a la mesa larga, dejó la carpeta en el centro, la alineó con el borde y se apartó, y a mí desde arriba me pareció el gesto de una persona que ha hecho eso cuatrocientas veces y que aquella mañana no sabía dónde ponerse.
Vi a Candela pasar dos veces por delante del escenario mirando hacia arriba, hacia mi ventana.
Y a las doce menos cinco, en la esquina de la farmacia, vi a Toni con el bombardino montado.
Estaba solo, apartado de los suyos, con el instrumento cogido por el aro y la boquilla puesta, mirando la puerta del medio.
Yo le había visto salir del obrador a las cinco y media de la mañana con las manos de harina y con la cara de un hombre que no había podido dormir en dos noches.
A las doce menos cinco estaba en una esquina, con el uniforme de La Unió, esperando a que se abriera una puerta.
Bajé a las doce menos tres.
Los catorce escalones los bajé sola, con el ramo en una mano y la falda en la otra, agachando la cabeza en el cuarto escalón, que en esa escalera se agacha todo el mundo y aquella mañana la agaché con un vestido de novia.
En la puerta del medio estaba mi padre.
Mi padre no ha salido en esta historia y no es por casualidad.
Se llama Ramón, lleva desde 1998 con una empresa de transporte y desde 2001 duerme cuatro noches por semana fuera.
Se separó de mi madre en 2009, sin ruido, y siguen hablándose.
Vino el jueves por la noche desde Requena y se alojó en casa de su hermana.
Es un hombre bueno y ausente, y aquella mañana estaba en la puerta con una corbata mal hecha esperando para llevarme del brazo por un pasillo de doscientas ochenta sillas.
Llevaba un abanico turquesa en la mano, porque se lo había dado mi madre en la puerta como a todo el mundo.
—Papá.
—¿Qué?
—Nada.
Le quité el abanico, se lo abrí, se lo puse en la mano derecha y le arreglé el nudo de la corbata, que es lo que llevaba treinta y cinco años queriendo hacer y nunca hago.
—Estás muy guapa —dijo.
—Gracias, papá.
—¿Vamos?
Y salimos.
Voy a contar la entrada porque tengo que contarla, y porque llevo desde entonces sin poder pensar en ella sin que me pase algo por dentro.
En cuanto pisamos la plaza, La Lira empezó.
Entraron ellos delante, alfabético, como la ofrenda, como había decidido una señora enfadada en el ropero de un casal el viernes por la tarde.
Treinta y cuatro músicos por la izquierda del pasillo.
Y detrás, a ocho compases, entró La Unió por la derecha, cuarenta y dos, y las dos filas se cruzaron delante del escenario y se colocaron a los dos lados, y en el sexto compás estaban tocando las setenta y seis personas a la vez.
Nunca lo habían hecho.
En ciento catorce años de historia, las dos sociedades musicales de Beniflor no habían tocado juntas una sola vez, ni en la ofrenda, ni en un entierro, ni en la visita del obispo del noventa y cuatro.
Y sonó.
Sonó de una manera que no se puede escribir y que estuvo dos meses saliéndome en sitios raros, conduciendo, o en una reunión, o a las cuatro de la mañana en un piso de Bruselas.
Trescientas personas abrieron trescientos abanicos a la vez, y ese ruido, el de las varillas, se oyó por encima de la banda durante dos segundos.
Mi madre estaba en la primera fila, de pie, con las manos juntas delante de la boca.
Nicolás estaba al lado de la mesa larga, con un traje que no había ido a la tintorería, mirándome venir por el pasillo con la cara de un hombre que no ha dormido en veintiséis horas.
Yo hice sesenta metros.
Y en esos sesenta metros, y esto lo digo con toda la vergüenza y con toda la exactitud, yo pensé que sí.
Pensé que sí en el metro veinte, cuando pasé por delante de Josefina Císcar, que tiene ochenta y un años y que se puso a llorar.
Y en el metro treinta, con las mesas del banquete a mi derecha: dieciséis mesas redondas con los nombres puestos, un Ribes y un Salvat, un Ribes y un Salvat, silla por silla, y en la mesa ocho, sentados a metro y medio y hablando, Ximo Blasco y Rosa Marí Ferrando.
Y en el metro cuarenta pensé la frase entera, con sujeto y predicado, como pienso yo las cosas.
Que solo era una hora.
Que a las tres y media aquellos dos firmaban, y que a las cuatro estaba todo salvado, y que en septiembre, desde otro país, se decía que la pareja lo había dejado, y que este pueblo tiene una capacidad infinita para digerir lo que le llega en el orden correcto.
Llegué al final del pasillo con esa idea en la cabeza y con mi padre soltándome el brazo.
Y me paré delante de la mesa larga.
Nicolás estaba a metro y medio. No me dijo nada y yo no le dije nada, y llevábamos así desde la cámara del jueves.
Y ahí, mirando aquella mesa, se me cayó la cuenta entera.
Porque encima del mantel blanco estaba la carpeta de Elvira, y dentro de la carpeta estaban mis tres páginas, y en la tercera hay dos rayas con dos nombres impresos debajo, a la misma altura, Amparo Ribes Sanchis y Vicent Salvat Marco , que es la única cosa de aquel documento que decidí con el estómago.
A mi derecha, a doce metros, había dieciséis mesas redondas con las dos familias sentadas alternadas, hablando, sirviéndose agua, quejándose del sol.
Detrás de mí había setenta y seis músicos de dos bandas que llevaban ciento catorce años sin tocar juntas y que acababan de tocar juntas.
Mi madre puso una condición hace nueve días, delante de veintiséis personas, en el salón de plenos del ayuntamiento. Dijo: yo firmo cuando vea a los Ribes y a los Salvat sirviendo la misma mesa.
Y estaban en la misma mesa.
Ya estaban.
Y no era por mí.