Guerra de familia, amor de generación 30. Once personas
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30. Once personas

Once personas

A las cuatro y diez de la mañana del sábado el obrador olía a naranja y estábamos trabajando once personas.

Habíamos empezado a las tres. Toni y Rosana con las bandejas de salado del banquete, las hermanas Ferri con los rollos, Amadeu y Dolo con las cajas y el reparto, Alícia lavando, Vicenta y su cuñada, que vienen para fiestas y para Navidad desde antes que yo, cortando la naranja.

Kevin en el horno pequeño porque el horno pequeño lo lleva él desde hace dos semanas y lo lleva bien.

Marisa en el horno grande, con el cuadrante plastificado a su espalda y su nombre en rojo en el cuadro del sábado por la mañana.

Doscientas ochenta personas comen mucho.

Doscientas ochenta personas son, en números de este obrador: ciento cuarenta docenas de salado, cuarenta bandejas grandes, ochenta kilos de arroz que hace el de la paella y no nosotros, y una tarta de tres pisos que estaba montada desde el viernes por la tarde en la cámara, la de verdad, con la fruta fresca, y que no tenía ningún agujero.

Esa la había hecho yo el viernes entre las seis y las nueve y media de la tarde, después de salir del casal y antes de subir a la cocina de mis suegros a enterarme de lo del ochenta y seis.

Yo llevaba desde las once y media de la noche sin dormir, y a las cuatro y diez, cuando salió la primera hornada, apagué la radio.

Eso aquí significa una cosa y la significa desde antes de que yo naciera.

Se pararon los once.

La radio en un obrador se apaga cuando alguien se ha muerto, cuando hay una inspección o cuando hay que decir algo. Yo la he apagado tres veces en mi vida. Las otras dos fueron por mi madre y por mi padre.

Alba estaba en la puerta del pasillo. Había bajado a las cuatro con la carpeta de plástico y con la libreta de mi cuaderno de cámara, y llevaba una camiseta y unas zapatillas, y el vestido estaba colgado arriba en La Cambra, en el marco de la puerta del dormitorio, tapado con una funda, donde lo había dejado su madre el jueves.

—Cuatro cosas —dije—. Y os las digo yo porque tenía que habéroslas dicho el jueves pasado.

Voy a decir cómo se lo dije, porque he pensado mucho en eso.

No hice un discurso. Me puse al lado del horno grande, con la manopla todavía en la mano izquierda, y lo dije como se dan aquí las malas noticias, que es rápido y sin preparar a nadie, porque preparar a la gente es alargarle el susto.

Y las dije.

Que Alba y yo habíamos roto el martes de la semana anterior, once días antes.

Que llevábamos desde entonces fingiendo delante del pueblo y delante de las dos familias.

Que las seiscientas ochenta y siete reservas del lunes se habían vendido sin empresa, sin licencia y sin etiquetado, y que estaban pagadas, y que el dinero estaba en la cuenta de la comisión de fiestas.

Y que a las tres y media de la tarde, en el banquete, Amparo Ribes y Vicent Salvat tenían que firmar tres páginas para que Marisa pudiera encender el horno el lunes.

Nadie dijo nada.

Fue el silencio más largo que he oído en ese obrador, y he oído unos cuantos, y duró lo que dura una hornada de rollos, que son doce minutos, y esos doce minutos no fueron de silencio en realidad, porque el horno grande seguía andando y porque la campana no se apaga.

La primera que habló fue una de las hermanas Ferri, la mayor.

—Nicolás.

—Dime.

—¿Esto son cuatro minutos o son media hora?

—No lo sé.

—Es que tengo la masa de las nueve fuera.

—Métela —dijo Marisa.

La metió, y volvió, y a partir de ahí la conversación se tuvo mientras se trabajaba, que es como se tienen aquí todas.

Las preguntas llegaron en este orden y las apunto tal cual.

Y hubo una cosa que no esperaba, que fue que nadie preguntó por qué.

Ni uno. En once personas, nadie me preguntó por qué habíamos roto, ni desde cuándo, ni de quién había sido. En este pueblo eso no se pregunta a la cara: se pregunta al de al lado dentro de tres días.

Lo que preguntaron fue todo lo demás.

Kevin. —¿Y yo mañana vengo o no vengo?

—Mañana es domingo, Kevin.

—El lunes.

—El lunes vienes.

—Vale. —Y siguió con el horno pequeño, y no volvió a hablar en toda la reunión, y cuando terminó todo se me acercó y me dijo que él pensaba que lo del beso había sido de verdad. Y me lo dijo en serio.

Toni. —Yo mañana toco.

—Ya lo sé.

—No, Nicolás. Que yo mañana toco a las doce, en la plaza, en la entrada. Que llevo la partitura desde el lunes y que hemos ensayado dos veces esta semana. —Dejó la bandeja—. Y si vosotros no salís por esa puerta, yo estoy ahí de pie con el bombardino delante de todo el pueblo.

—Ya lo sé.

—Es que yo no sé si me estás diciendo que no toque.

—No te estoy diciendo que no toques. No te estoy pidiendo nada.

—Pues eso es lo que quiero saber.

María Ferri , la mayor, volvió de meter la masa y preguntó lo suyo.

—¿El banquete se hace?

—El banquete está pagado y está hecho.

—Digo si lo servimos.

—Eso mañana.

—Nicolás, yo tengo a mi madre viniendo de Castellón.

—Ya lo sé.

—Digo por saber si le digo que venga o no.

—Que venga.

Amadeu , que tiene sesenta y uno y que lleva aquí desde el ochenta y ocho, no preguntó por la boda.

—¿Los pedidos se devuelven o no se devuelven?

—Trescientos dieciocho se devuelven.

—¿Y quién los devuelve?

—Yo.

—¿Con qué?

Ahí es donde salió lo otro, y lo sacó Alba, y lo sacó bien, sin adornarlo.

—Nicolás pidió el jueves a la asesora que preparase su salida del accionariado de la sociedad —dijo—. Y que asumiera él, con su patrimonio, las devoluciones si esto se cae. Y que su porcentaje fuera para vosotros.

Se paró Vicenta con el cuchillo en la mano.

Se paró Dolo.

Y Marisa Giner soltó la manopla encima del mármol y se giró.

—¿Qué has hecho?

—Marisa...

—¿Que qué has hecho, Nicolás?

—Que no quiero cobrar por una cosa que hemos sacado adelante mintiendo.

—¿Y me lo das a mí?

—Os lo doy a los once.

Marisa cogió la manopla otra vez y la volvió a dejar.

—Yo no quiero un porcentaje que me das tú a las siete y cuarto de la mañana porque te sientes mal —dijo—.

Yo llevo treinta y tres años aquí. Si algún día hay algo mío en esta casa, quiero que sea porque lo hemos hablado y porque me lo he ganado, y quiero saber lo que vale y quiero saber quién manda.

Y esto no es eso. Esto es una propina de la conciencia.

—No es una propina.

—Es una propina —dijo Rosana, desde el fondo, y fue la primera vez que habló.

Rosana Peris tiene treinta y ocho años, dos hijos y es la que dijo que no a un mes de temporada en Cullera para estar aquí esta semana. Yo eso lo supe por Marisa el viernes de la semana anterior y desde entonces no había sido capaz de decírselo a la cara.

—A mí lo del porcentaje me da igual —dijo—. Yo lo que quiero saber es si en septiembre hay obrador.

—En septiembre hay obrador.

—¿Con reforma o sin reforma?

—Si mañana firman, con reforma. Si no firman, sin reforma y con el horno pequeño cerrando mal.

—¿Y contrato?

—Contrato hay igual.

—Vale. —Se puso otra bandeja debajo del brazo—. Pues entonces yo ya sé lo que necesitaba saber.

Y volvió a la mesa.

Dolo preguntó por el dinero, y lo preguntó de la manera exacta.

—El dinero de la gente, ¿está?

—Está entero.

—¿En una cuenta?

—En la de la comisión, identificado, y firmado que no se toca.

—Vale.

Y volvió al lavado.

Vicenta , que tiene setenta años y que viene para fiestas y para Navidad desde antes que yo, no preguntó nada. Estuvo cortando naranja toda la reunión, dándonos la espalda, y al final dijo, sin girarse:

—Yo a tu abuelo lo conocí.

No dijo más, y todavía no sé del todo qué quiso decir, y creo que ella tampoco.

Alba estuvo veinte minutos explicando lo que se podía y lo que no. La explicó como se lo explicaría a un cliente, sin bajarla de nivel, y eso a las cinco menos cuarto de la mañana y delante de once personas con las manos llenas resultó ser exactamente lo que hacía falta.

Explicó lo de la licencia de veintiún días.

Explicó por qué el Forn Salvat tiene que ser el que responda y por qué la naranja tiene que entrar con albarán.

Explicó lo del etiquetado y lo de la almendra, y ahí Marisa la interrumpió una vez para decir que el alérgeno lo pone ella en la caja y que lleva poniéndolo desde 2019.

Explicó lo de los catorce días de devolución.

—Entonces la gente puede pedir el dinero aunque le llegue la caja —dijo Amadeu.

—Puede.

—¿Y la pedirá?

—Aquí no. En Alicante a lo mejor.

—Aquí no —dijo Amadeu—. Aquí la gente se la come y luego dice que estaba dura.

Y hubo cuatro o cinco risas, las primeras de la noche, y a mí aquello me sentó como un vaso de agua.

A las cinco y diez, cuando ya no quedaba nada por preguntar, Amadeu dijo:

—Bueno. ¿Y qué votamos?

Se hizo otro silencio.

Y Marisa Giner se apoyó en el mármol con las dos manos, como se apoya ella, y dijo la única cosa que yo no había previsto en toda aquella noche.

—Nos preguntáis qué hacemos con los pedidos y os contestamos —dijo—. Si os casáis, mentís o salís corriendo, eso no se decide levantando la mano.

—Marisa, es que si nosotros mañana...

—Nicolás. —Levantó un dedo—. Tú nos has traído aquí a las cuatro de la mañana para contarnos una cosa que llevabas once días sin contarnos, y has hecho bien. Y ahora nos estás pidiendo que te digamos lo que tienes que hacer a las doce.

—No.

—Sí.

Y tenía razón.

Yo llevaba desde las once y media de la noche montando aquello, y me lo había dicho a mí mismo de mil maneras, y todas eran verdad: que tenían derecho a saberlo, que su trabajo estaba en juego, que era lo que había que hacer.

Y debajo de las mil, la mil y una: que si once personas me decían callad, yo me callaba, y ya no era mío.

—Vale —dije.

—Vale —dijo Marisa.

Lo que sí votaron fue lo otro, y lo votaron a mano alzada, con las manos manchadas, entre las cinco y cuarto y las cinco y media, y Alba lo fue apuntando en mi cuaderno de la cámara, debajo de la línea del miércoles que dice tarta prueba, 3 pisos, terminada 21:40 .

Uno. No se aceptan más reservas ni se anuncia nada nuevo hasta que haya producto. Once a favor, y Alícia, que tiene veintitrés años y que no había abierto la boca, dijo que ella podía quitar el formulario si le daban la clave.

Dos. Si hay licencia provisional, se produce con turno de noche desde el lunes, hasta donde llegue la naranja. Once a favor.

Tres. Se prepara el sistema de devoluciones esa misma semana, con carta y plazo, lo firme quien lo firme. Once a favor.

Cuatro. La participación de los trabajadores en la sociedad, si la hay, se negocia con ellos delante, en septiembre, con un asesor que paguen a medias las dos partes. Once a favor, y Marisa pidió que constara que eso no era lo mismo que lo del jueves.

Cinco. Y esto lo propuso Dolo, que es la que menos habla.

—Que no se diga por ahí que lo habéis hecho por nosotros.

—¿Cómo?

—Que cuando se sepa lo vuestro, sea lo que sea, no salga en el pueblo que vosotros habéis aguantado por los once del Forn Salvat. —Se limpió las manos en el delantal—. Que yo tengo que seguir viviendo aquí, y mis hijos van al colegio con los de la Candela.

Once a favor.

Y hubo una sexta cosa que no se votó porque no hacía falta.

A las cinco y veinticinco, cuando Alba estaba apuntando la cuarta, Toni dejó la bandeja y dijo:

—Yo lo del bombardino sigo sin saberlo.

—Toni...

—Que no es por fastidiar. Es que yo mañana a las doce menos cinco tengo que estar en la esquina de la farmacia con el instrumento montado. —Se limpió las manos—. Y si tú a las doce no sales, yo me tengo que quedar allí de pie.

—Toni, tú toca —dije.

—¿Y si no salís?

—Tú toca igual.

Toni se quedó pensándolo dos segundos.

—Vale —dijo—. Es que es la primera vez en la historia que tocan las dos juntas y yo llevo desde los once años en la banda.

Y volvió a la mesa, y a mí eso me dolió más que todo lo demás de aquella noche, y no lo dije.

A las cinco y media Marisa llamó a la hornada y aquello se acabó porque tenía que acabarse.

Yo me quedé en el pasillo con Alba y con el cuaderno.

—Ha ido bien —dijo ella.

—No ha ido bien.

—Ha ido como tenía que ir. —Cerró el cuaderno—. Eso no es lo mismo que bien.

—Retiro lo de la asesora —dije.

—¿Todo?

—Lo del accionariado. Lo de las devoluciones no.

—Eso también hay que hablarlo.

—Pues lo hablamos.

Y esa fue, contando bien, la primera vez en once días que dije «lo hablamos» y significaba lo que significa.

Antes de subir me quedé un momento en el pasillo mirando el cuadrante plastificado de la pared.

Once nombres. Marisa, Kevin, María y Loli Ferri, Toni, Rosana, Dolo, Amadeu, Alícia, Vicenta y su cuñada. Las horas escritas a rotulador de pizarra encima del plástico, con la letra de Marisa, hechas un domingo por la noche en su casa.

En el cuadro del sábado por la mañana, mi nombre tachado y una M en rojo.

Lo tachó ella hace once días, cuando pensaba que yo me casaba.

A las seis menos veinte salí a la puerta a por aire.

La plaza estaba montada. Doscientas ochenta sillas en filas, el escenario al fondo con los dos metros que había pedido Amparo, la mesa larga delante, y la megafonía municipal encendida desde el viernes porque Joan la deja encendida para no tener que subir.

Faltaban seis horas.

En la esquina de la farmacia había dos operarios del ayuntamiento poniendo las vallas del corte de tráfico.

El de la megafonía había dejado un cable cruzando la plaza con cinta amarilla por encima.

Y delante del Cafè Ribes, apoyada en la pared, estaba la caja de cartón de los abanicos, abierta, que alguien había bajado por la noche y que nadie había subido.

Y por primera vez en once días, nadie en el mundo me estaba diciendo lo que teníamos que hacer.

Once días llevaba yo quejándome de eso por dentro. De mi padre, de Amparo, de Puri, del programa, de las cuatro mil papeletas y de una plaza con doscientas ochenta sillas.

Y a las seis menos veinte de la mañana del sábado, en la puerta de mi obrador, se me había quedado todo el sitio libre y no me servía de nada.

Ni mi padre, que se había ido a su casa la noche anterior después de decir que lo demás le daba igual.

Ni Amparo, que a las once en punto iba a estar en la plaza con trescientos abanicos.

Ni Puri, que había dicho que ella el sábado no organizaba nada.

Ni once personas con las manos manchadas, que acababan de negarse por escrito a decidirlo.

Marisa me vio salir y no me dijo nada, y a las seis menos cuarto me dio con el codo al pasar con una bandeja.

—Sube —dijo.

—Falta la de las siete.

—Sube, Nicolás.

Subí a La Cambra a las seis menos diez.

El vestido seguía colgado en el marco de la puerta del dormitorio, dentro de su funda, y Alba estaba de pie delante, mirándolo, con las llaves todavía en la mano.

—¿Bajas a las once? —dijo.

—Bajo a las once.