Guerra de familia, amor de generación VEINTIÚN DÍAS DESPUÉS33. La firma
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VEINTIÚN DÍAS DESPUÉS33. La firma

VEINTIÚN DÍAS DESPUÉS

La firma

Lo llevaba escrito y doblado en el bolsillo de la camisa desde el domingo, y me lo tumbaron en cuarenta segundos.

—No —dijo Marisa.

—Marisa.

—Que no.

Lo que yo llevaba escrito era esto: que mi porcentaje en la sociedad bajaba del treinta y ocho al veinticinco, que ese trece por ciento iba a los once, y que yo no figuraba como administrador.

Lo había redactado el domingo por la noche. Se lo mandé a Gemma Ferrandis el lunes y a Alba el lunes también, media hora después, que es lo que hay que hacer y que llevo tres semanas aprendiéndome.

Alba me contestó con dos líneas: Está mal, pero al menos me lo has mandado antes. Habla con ellos.

Hablé con ellos el martes, en el pasillo, con las bandejas fuera, y me dijeron que no. Y el miércoles me lo volvieron a decir. Y aquella mañana, a las ocho menos cuarto, con la asesora esperando, me lo dijeron por tercera vez.

—A ver si te enteras —dijo Marisa—. Nosotros no queremos el trece.

—Es que...

—Queremos el ocho, que es lo que se habló en septiembre con la asesora, y lo queremos con una valoración hecha y pagándolo a plazos de nuestro sueldo. Y queremos un puesto en el consejo y queremos las cuentas cada tres meses. —Se secó las manos—. Y te queremos a ti de administrador.

—Marisa, yo no puedo ser el administrador de una cosa después de lo que...

—¿Después de qué?

Y se me quedó mirando.

—Nicolás, aquí el que abre a las cuatro eres tú —dijo Rosana desde la mesa larga, sin levantar la cabeza de las cajas—. Si tú no eres el administrador, ¿quién responde? ¿Yo?

—Amparo.

—Amparo tiene un bar.

Y Amparo Ribes, que llevaba veinte minutos sentada en el taburete del despacho sin decir nada, dijo:

—Amparo tiene un bar.

—¿Y si esto sale mal? —dije.

—Pues sale mal —dijo Marisa—. Y entonces hay once personas que han puesto dinero y que pueden preguntar en el consejo por qué ha salido mal. Que es exactamente lo que no había en agosto.

Amadeu, que llevaba media hora sin abrir la boca y que tiene sesenta y dos años y treinta y ocho aquí, dijo:

—Yo el ocho por ciento lo pago a plazos y me lo descuento de la nómina, y quiero que ponga en algún sitio que si me muero pasa a mi hija.

Gemma Ferrandis levantó la cabeza.

—Eso lo pone.

—¿Ya lo pone?

—Página cuatro. —Le dio la vuelta al documento y se lo puso delante—. Es lo primero que se mira.

Estuve callado un rato.

Y esto es lo que quiero dejar escrito, porque tres semanas antes yo habría cogido aquel papel y lo habría firmado igual, y les habría dado el trece por ciento a once personas que me habían dicho tres veces que no lo querían, y me habría quedado tranquilísimo.

Lo que se me pasó por la cabeza en ese rato fue lo que llevo pensando desde entonces cada vez que alguien me dice que lo del año pasado fue muy duro.

Que a mí, en aquel obrador, en agosto, me habían dicho que no dos veces.

Marisa me lo dijo a las cinco de la mañana de un sábado y me llamó propina de la conciencia.

Y yo tres semanas después bajé con el papel otra vez, con el trece por ciento y con mi nombre fuera del cargo, escrito el domingo por la noche y yo solo.

Un hombre no cambia porque le den una lección. Cambia cuando le dan la misma lección tres veces y a la tercera está demasiado cansado para discutir.

Le pedí un bolígrafo a Gemma Ferrandis y taché el trece.

—Ocho —dije.

—Ocho.

—Con valoración.

—Con valoración.

—¿Y quién la paga?

—A medias —dijo Marisa—. Eso también se habló.

—Vale.

Y Rosana Peris, desde la mesa larga, dijo:

—Ya era hora, hostia.

Gemma Ferrandis es de Carcaixent, tiene cincuenta y tantos años y la pagamos a medias entre las dos casas, que fue una de las cinco cosas que se votaron a las cinco y media de la madrugada de un sábado de agosto en aquel mismo pasillo.

Trabaja distinto de Elvira. Elvira Sanchis habla como si le cobraran por minuto porque le cobran por minuto. Gemma Ferrandis lee en voz alta y pregunta cada dos párrafos si alguien tiene algo que decir, y cuando nadie dice nada, espera un poco más.

A las nueve menos veinte, cuando llevábamos cuarenta minutos, se paró en mitad de un párrafo y preguntó si alguien sabía si aquello se oía bien por la pantalla, y Alba dijo que se oía menos cuando hablaba el horno.

Y Marisa dijo:

—Pues el horno no lo apago.

Gemma Ferrandis dijo que muy bien y se movió con la silla veinte centímetros hacia el portátil, y allí se quedó las dos horas siguientes, incómoda, leyendo más alto.

Aquella mañana estuvo dos horas y cuarto en un obrador con el horno grande encendido.

Porque el horno no se paró.

Eso fue lo primero que dijo Marisa cuando se planteó hacer la firma allí: que se hacía a las ocho, en la mesa larga, y que ella a las ocho tenía la primera hornada dentro y no la iba a sacar por un papel.

Así que la constitución de La Corona de Beniflor, S.L., se firmó con el horno andando, con la campana puesta, con Kevin entrando dos veces a por bandejas y con las siete personas sentadas separando las carpetas del mármol para que no se mancharan de harina.

Estábamos siete alrededor de la mesa larga y otros cuatro trabajando a dos metros.

Gemma en la cabecera con las carpetas. Mi padre a su derecha, con la camisa del domingo un martes.

Amparo enfrente, en el taburete del despacho, que lo sacó ella al pasillo.

Marisa de pie, porque Marisa no se sienta en su horario.

Amadeu y Rosana en dos sillas de la terraza que subió Kevin. Y yo al lado del portátil.

Elvira Sanchis vino de Alzira y se sentó al fondo con las manos encima del bolso.

Elvira no dirigía nada aquella mañana. Elvira es mi asesora, es parte, y aquello lo llevaba otra. Y estuvo dos horas y cuarto sin decir prácticamente nada, y cuando salió me dijo en la puerta:

—Ha estado bien.

—¿Sí?

—Ha estado lento —dijo—. Que no es lo mismo, pero esta vez sí hacía falta.

Alba entró a las ocho y veinte.

Entró en la pantalla del portátil de Gemma, que estaba apoyado en un bote de harina, y entró desde una mesa de una oficina de Bruselas con una taza en la mano y con la luz de allí, que en septiembre a las ocho y veinte de la mañana es una luz gris que aquí no existe.

—Buenos días.

—Buenos días —dijo media cocina.

Se veía la mitad de una pared blanca y el canto de un archivador.

Alba no firmó nada.

No es socia. No es parte. Está allí porque es hija de una de las dos personas que ceden la licencia y porque redactó las tres páginas de agosto en la mesa de formica de un piso prestado, y porque Gemma le preguntó si quería estar y ella dijo que sí.

Estuvo dos horas y cuarto en una pantalla apoyada en un bote de harina, y en dos horas y cuarto habló tres veces.

La primera fue para decir que la cláusula de resolución tenía que decir doce meses y no un año, porque un año no es un plazo.

La segunda fue para preguntarle a Gemma si la representación de los trabajadores en el consejo estaba redactada de manera que no dependiera de que Marisa siguiera allí.

Y la tercera fue a las nueve y media, cuando Vicent cogió el bolígrafo.

Mi padre y Amparo firmaron a las nueve y media, la cesión de uso de la fórmula, uno detrás de otro, en la misma hoja, con dos rayas y dos nombres impresos debajo a la misma altura.

Firmó ella primero.

Nadie le pidió que firmara primero. Gemma Ferrandis puso el papel en el centro de la mesa y dijo «cuando queráis», y Amparo Ribes alargó la mano, cogió el bolígrafo y firmó.

Y después se lo pasó a él.

Y eso fue todo, y duró ocho segundos, y en la pantalla del portátil se vio a Alba llevarse la mano a la boca.

La licencia no dice nada de nosotros. Lo miré tres veces mientras Gemma leía.

No hay una sola línea que hable de matrimonio, ni de familia, ni de reconciliación, ni de nada que no sea una fórmula de naranja y almendra desarrollada entre septiembre y noviembre de 1985 por dos personas físicas que la ceden a una sociedad limitada por tiempo indefinido y de manera irrevocable.

Es un papel aburridísimo.

Es el papel más aburrido que ha firmado nadie en este pueblo en cuarenta años y por eso vale.

Lo que sí dice, en la exposición de motivos, en cuatro líneas que redactó Gemma y que nadie discutió, es que la fórmula fue desarrollada conjuntamente por ambas partes entre septiembre y noviembre de 1985, sin que ninguna de ellas pueda atribuirse su autoría exclusiva.

Eso lo escribió Alba en agosto, en una mesa de formica, y no ha cambiado ni una palabra en tres semanas.

En la última página, en el anexo, va escaneada la libreta. Las cuatro hojas cuadriculadas con las dos letras alternándose, la que tacha el ciento ochenta y pone doscientos, la que dice «no», la que subraya el anís dos veces y la última línea de la letra grande.

Eso lo pidió mi padre.

Fue lo único que pidió en tres semanas.

Las coronas empezaron a las once.

De las seiscientas ochenta y siete, treinta y nueve pidieron el dinero en las dos primeras semanas, y se les devolvió, y a uno de Alicante le devolvimos veinticuatro euros y nos escribió para decir que le habíamos devuelto de más y que le devolviéramos doce, y aquello nos costó media mañana.

Quedaron seiscientas cuarenta y ocho.

Y salieron.

Salieron porque en septiembre hay naranja, que es una cosa que sabe aquí cualquiera y que en agosto no le sirvió a nadie.

Mi suegra empezó a confitar el veintinueve de agosto, tres días después de aquel sábado, con la primera de los Bosch, y estuvo once días con ella, que es lo que dura, y el nueve de septiembre tenía noventa y un tarros de kilo en la trastienda del Cafè Ribes.

Yo la vi entrar aquella mañana con la primera caja de doce.

Vino por la calle, metro y medio de acera, y entró por nuestra puerta con la caja en los brazos, y la dejó en el mármol al lado de la báscula, y no dijo nada, y se fue a por la segunda.

Hizo ocho viajes.

Yo estaba en la báscula y la vi hacer los ocho, y a la cuarta le dije que la ayudaba y me dijo que no.

—¿Por qué no?

—Porque son mías hasta que estén ahí —dijo, y volvió a salir.

Las primeras cuatro salieron a las once y cuarenta.

La primera la sacó Marisa, la puso en la rejilla y se quedó mirándola sin tocarla, y detrás de ella se pusieron Kevin y las dos Ferri, y nadie dijo nada durante unos segundos porque una corona recién salida no se toca y porque llevábamos desde marzo haciéndolas a puerta cerrada.

Aquella era la primera que salía de aquel horno con un papel detrás.

—Ya está —dijo Marisa.

Y se fue a por la segunda bandeja.

Puri llegó a las once y media, cuando ya estaba la primera hornada dentro.

Llegó con el bolso cerrado y con el móvil dentro del bolso, y estuvo veinte minutos en el obrador sin sacarlo.

Esto en Beniflor es una noticia.

—¿Hago la foto? —dijo al final.

—Haz la foto, Puri.

—No. —Dejó el bolso encima de una silla—. Que yo pregunto si la hago y luego pregunto si la pongo, y son dos preguntas.

Las hizo las dos.

Preguntó una por una. A Gemma, que dijo que ella no salía.

A mi padre, que dijo que bueno. A Amparo, que dijo que sí.

A Marisa, que se quitó el delantal para salir y luego se lo volvió a poner porque le dijeron que así estaba mejor.

A Rosana, a Kevin, a Dolo, a Amadeu y a las dos Ferri.

Y a Alba, por la pantalla, que dijo que sí y que la giraran un poco a la izquierda porque le salía la nuca a Gemma.

Once personas y una pantalla apoyada en un bote de harina.

Después Puri se sentó en la silla del despacho, sacó el móvil y estuvo cuatro minutos dándole.

—Ya está —dijo.

—¿Qué has hecho?

—Os he vuelto a meter.

—¿A quién?

—A tu padre y a tu suegra. —Se guardó el móvil—. Que los saqué del grupo el domingo siguiente, y ya llevan tres semanas fuera, y en tres semanas no me ha escrito ninguno de los dos para preguntarme por qué.

Amparo, desde el taburete, dijo:

—Ya lo sabía yo.

—Pues eso.

Puri se levantó y se puso el bolso en el brazo, y desde la puerta del pasillo, con la voz que usa para las cosas de la comisión, dijo:

—Una más y os silencio hasta 2030.

Nadie contestó, que es lo que hay que hacer.

Lo subió a las doce y diez.

La fotografía salió en Beniflor al dia con un pie de cinco líneas explicando qué se había firmado, quién lo había firmado y que la corona se entregaba a partir del lunes en los dos establecimientos.

Y debajo, un aviso:

Los comentarios permanecerán desactivados durante veinticuatro horas por prescripción administrativa.

Eso no existe. No hay ninguna prescripción administrativa que obligue a nadie a desactivar los comentarios de un Facebook durante veinticuatro horas.

Puri Albiol se lo inventó aquella mañana, lo escribió con dos palabras que ha oído toda la vida en un ayuntamiento, y en este pueblo nadie se lo ha discutido nunca.

A la una y media se fue todo el mundo.

Marisa se quedó con la segunda hornada, Kevin fregando y las Ferri montando. Gemma Ferrandis se llevó las carpetas a Carcaixent. Mi padre se fue a su casa por Sant Roc, andando despacio, y Amparo bajó la persiana del Cafè Ribes a la misma hora de siempre.

Yo me quedé en el despacho con el portátil de Gemma, que me lo dejó ella para que lo devolviera el lunes.

Y Alba seguía ahí.

Habían pasado cinco horas en Bruselas. Se había quitado la chaqueta. Tenía otra taza.

—Se ha firmado —dije.

—Se ha firmado.

—Ha durado dos horas y cuarto.

—Ya lo sé, lo he visto entero.

—¿Entero?

—Tenía una reunión a las diez y la he movido.

Estuvimos así unos segundos, que en una videollamada son largos y que se notan porque se ve la cara del otro esperando.

—Estás cansado —dijo.

—Sí.

—¿Has comido?

—A las cinco de la mañana.

—Nicolás.

—Ahora subo.

Y ahí hubo el silencio ese, el que se hace en las videollamadas cuando ya se ha dicho lo que había que decir y no se cuelga.

Yo me tomo eso muy mal. Lo he pensado mucho en estas semanas. En una cocina, cuando se acaba una conversación, cada uno se pone a hacer algo. En una pantalla no hay nada que hacer: o hablas o cuelgas.

—El once —dijo.

—El once.

—Sale a las siete y cuarto y llego a las diez menos veinte. Y ya lo he cambiado una vez, así que no lo cambio más.

—Vale.

—Y llévame coques, pero envueltas de otra manera, que las últimas llegaron hechas polvo.

—Es que van en la maleta.

—Pues ponlas encima.

—Encima se aplastan igual.

—Nicolás, ponlas encima.

—Vale.

—Nicolás.

—Dime.

—Que se ha firmado.

—Ya lo sé, lo he visto entero.

Y nos reímos los dos, y ninguno colgó todavía, y estuvimos otros veinte segundos así, ella con la luz gris de allí y yo con la campana del horno de fondo.

Y colgó ella, que es lo que hacemos, porque si tengo que colgar yo no cuelgo.