Guerra de familia, amor de generación 26. La versión de Vicent
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26. La versión de Vicent

La versión de Vicent

Aquella tarde cerré a las ocho y media, que es media hora tarde, porque el turno se había descuadrado entero y porque yo llevaba dos horas trabajando como se trabaja cuando no quieres estar en tu cabeza.

Mi padre vino a buscarme cuando estaba echando la llave a la puerta de la calle, y no dijo ven.

Dijo:

—¿Tens un moment?

Eso, en treinta y siete años, no me lo ha preguntado nunca.

Entramos por la puerta de la derecha, encendí la luz de la barra por costumbre y él dijo que no, que apagara, y encendió la de la trastienda.

La trastienda del Forn Salvat tiene dos metros y medio por cuatro. Hay estanterías de aluminio con los envases, dos sacos de harina de repuesto y, al fondo, la pared que da al Cafè Ribes.

Esa pared no es el tabique del bar. Es la otra.

En 1986, cuando partieron el local, no hicieron una pared: hicieron dos. Una en el bar, que es la del cuadro de la Virgen y la moldura cortada, y otra aquí atrás, en el sitio donde había una puerta entre las dos trastiendas. Esa puerta la tapiaron.

La tapiaron mal, o la tapiaron con prisa, porque a la altura del rodapié el enfoscado se acaba y se ve el ladrillo. Un palmo de ladrillo visto, a ras de suelo, debajo de una estantería que nadie mueve.

Yo he entrado en esa trastienda cuatro veces al día durante veintidós años y ese palmo de ladrillo lo he visto y no lo he visto nunca, que es lo que pasa con las cosas de tu casa.

Aquella noche mi padre entró en esa trastienda, dejó las llaves encima de un saco y se fue derecho al fondo.

Apartó la estantería veinte centímetros, con las dos manos y despacio, cogiéndola por el montante y no por el estante, que es como se mueve una estantería cargada, y se quedó de pie delante.

—Ahí había una puerta —dijo.

—Ya lo veo.

—Se pasaba de una trastienda a otra. —Se agachó un poco, con la mano en la rodilla—. Yo pasaba con las bandejas y tu abuelo me decía que cerrara.

—¿Por el frío?

—Per la farina. Que se iba a la otra parte.

Y después estuvo casi un minuto sin decir nada.

Voy a escribir lo que dijo mi padre aquella noche con las pausas incluidas, porque las pausas son la mitad.

Y las manos, porque a este hombre las manos se le mueven cuando la boca no puede.

Empezó tocando el canto de la estantería con dos dedos. Después se metió las dos en los bolsillos. Después sacó la derecha y la apoyó, abierta, en el enfoscado de la pared tapiada, a la altura del pecho, donde estaría el picaporte si la puerta siguiera ahí.

La dejó ahí casi todo el rato.

—Jo vaig firmar el préstec en juny —dijo.

—Ya lo sé, papá. Lo pone.

—No. —Levantó un dedo—. Lo que no pone es que no se lo dije.

Silencio.

—¿A quién?

—A ella.

Yo estaba de pie a dos metros con las manos en los bolsillos.

—Fui a Alzira un jueves por la mañana —dijo—. Con mi padre en el coche, que ya no conducía. Firmamos los dos. Y volví, y aquella tarde estuve aquí detrás colocando cajas.

—¿Y no se lo contaste?

—No.

—¿Esa semana no?

—Ni esa semana ni ninguna.

—¿Nunca?

Mi padre negó con la cabeza una sola vez.

—¿Por qué?

Y ahí se le atascó.

Mi padre, cuando se le atasca una palabra, hace una cosa muy concreta: se para, cierra la boca y espera. No mira al techo ni se toca la cara. Se queda quieto y espera a que la palabra venga, y si tú hablas por encima, se pierde.

Yo he hablado por encima de mi padre cientos de veces.

Aquella noche esperé.

Tardó ocho o nueve segundos.

—Perquè si li ho deia —dijo—, ella em preguntava per què.

—¿Y qué le ibas a decir?

—Res. —Se encogió de hombros—. Que compraba la mitad del local. Y ella me iba a decir: ¿y a Valencia?

—¿Y a Valencia qué?

—Que si compras esto, ya no hay Valencia.

—¿Y era verdad?

—Era verdad.

Y ahí se acabó la primera parte y empezó la que yo no sabía.

Porque en mi casa la historia se cuenta así: ella se sacó una plaza, se fue, y él se quedó. Y yo llevo treinta y siete años oyendo que mi padre se quedó.

Un hombre que se queda no compra nada. Un hombre que se queda sigue donde está.

—Papá.

—Digues.

—Tú lo que hiciste fue cerrarte la puerta a ti.

No contestó a eso.

Se quedó quieto delante del palmo de ladrillo, con las manos por delante, y a mí se me ocurrió una cosa muy tonta, que fue pensar que aquella pared la habían levantado dos albañiles en un día y que la puerta que hay detrás sigue siendo una puerta.

Se apoyó en la estantería, con la mano abierta encima de una caja de envases, y estuvo un rato mirando el palmo de ladrillo.

—¿Y qué pensabas que iba a pasar?

Ahí tardó otra vez, y esta vez tardó más, y me di cuenta de que llevaba cuarenta años sin decir esta parte en voz alta y de que no tenía las palabras hechas.

—Jo esperava que ella el rebutjara —dijo.

—¿Que rechazara Valencia?

—Sí.

—¿Y se lo pediste?

—No.

—¿Ni una vez?

—Ni una.

Y entonces dijo la frase por la que yo he vuelto a esa trastienda muchas veces desde entonces, con la luz apagada y sin ningún motivo.

—Jo ho anava a dir després —dijo.

Se lo iba a decir después.

Cuando estuviera hecho. Cuando el papel estuviera firmado y el local fuera medio suyo y ya no hubiera nada que discutir, se lo iba a decir, y entonces ella iba a entender que él lo había hecho por los dos.

Yo llevaba desde el jueves anterior diciéndome exactamente eso, con esas mismas palabras, delante de un escaparate, delante de una cámara frigorífica y delante de una puerta a la que había llegado con la mano en el marco y no había abierto.

No dije nada.

Él tampoco dijo nada más de eso, y creo que ni se dio cuenta.

—¿Y lo de que ella te dejó? —dije al rato.

—Eso lo dijeron ellos.

—Ellos quiénes.

—Els meus. —Movió la mano hacia la pared, hacia el bar, hacia toda la casa—. Mi padre. Mis tías. La gente.

—¿Y tú qué dijiste?

—Res.

—¿Y cuando lo decían delante de ti?

—Callaba.

—¿Y cuando lo decía el abuelo?

—Callaba más.

—Papá, tú no dijiste nada durante cuarenta años.

—No.

—Es que eso no es no decir nada. Eso es dejar que lo digan.

Y mi padre me miró por primera vez desde que habíamos entrado.

—Ja ho sé —dijo.

Y después, más bajo:

—Ella no ho va desmentir tampoc.

Y ahí, cuando iba a preguntarle qué quería decir con eso, se paró en seco y no siguió, y no había manera de que siguiera, y aquella fue la única cosa de toda la noche que me dejó con la sensación de que faltaba una habitación entera.

Lo último lo dijo con la estantería ya vuelta a su sitio.

—Nicolás, jo no em vaig quedar per ton pare.

—¿Por el abuelo no?

—Vaig tindre por.

Miedo. Lo dijo así, en dos palabras, con la mano en el estante.

Un chaval de veinticinco años que no había salido nunca de un pueblo de tres mil habitantes y al que le estaban proponiendo irse a Valencia con una mujer que tenía una plaza y un plan, y que en vez de decir tengo miedo, fue a Alzira un jueves por la mañana con su padre en el coche y compró la mitad de un local.

Y llamó a eso quedarse.

Cuarenta años después el pueblo entero lo llama deber, y un hijo suyo lleva dos años haciendo la misma operación con un obrador de 1961 y contándoselo a la gente en el mismo orden.

Yo no dije nada de eso.

Lo único que hice fue apartarme para que él pudiera volver a poner la estantería en su sitio, y me di cuenta, mientras la empujaba, de que me había puesto exactamente donde se pone él cuando yo trabajo: dos pasos atrás y a la derecha, con las manos cruzadas por delante.

—¿Papá?

—Digues.

—¿Se lo has contado esto a alguien alguna vez?

Mi padre cogió las llaves del saco.

—A ta mare —dijo—. Una vegada. Fa vint anys.

—¿Y qué te dijo?

—Que ja ho sabia.

Salí a la calle a las nueve y diez.

Mi padre se fue por Sant Roc y yo me quedé en la acera, y saqué el móvil para mirar la hora, y tenía catorce notificaciones.

La primera era del grupo grande.

El semanario de la comarca saca los miércoles el papel y cuelga cosas en la web cuando quiere. El miércoles había salido la media página nuestra, la de la feria y el cartel mal puesto y las aceitunas, y la había leído todo el pueblo y a mi padre le había parecido bien.

Aquello no era aquello.

«Cuarenta años después: la boda que cierra la herida de La Concordia.»

Debajo, ocupando la pantalla entera, en blanco y negro, una mujer de veintitrés años con un vestido de cuello alto y un hombre de veinticinco con una corbata fina, de pie, delante de una cortina, sin tocarse.

Yo esa fotografía no la había visto nunca.

Sabía exactamente lo que estaba mirando, porque el domingo por la tarde había tenido en la mano un sobre blanco, cerrado, rígido y plano, que pesaba lo que pesa una cartulina, dirigido a Neus Ortells y con la letra de mi padre en la etiqueta.

Y lo había dejado donde estaba.

Lo que hice a continuación es lo único de aquella semana que hice bien, y quiero que conste.

Podía haber ido a por mi padre. Estaba a treinta metros, andando despacio por Sant Roc.

Podía haberme quedado en la acera diez minutos calculando qué parte contar.

Fui a por Alba.

Estaba en La Cambra. Había subido a las nueve y media y estaba en la cocina, de pie, con el móvil en la mano y el artículo abierto, y cuando entré levantó la cabeza y me miró con una cara que no le había visto en tres años.

—El domingo por la tarde —dije, y lo dije desde la puerta, sin quitarme nada y sin sentarme— vi ese sobre en la bolsa de Puri. Estaba cerrado. Ponía «Neus Ortells, entregar en mano». La letra era la de la nota de la tarta. Y lo dejé donde estaba.

Alba no dijo nada.

—Y en la misma bolsa había una partitura de 1986 —seguí—.

Un pasodoble que se llama Amparo, escrito para La Lira, con la fecha del sábado de las fiestas de aquel año apuntada en el ángulo, con esa misma letra.

Esa sí la cogí. La tengo en el cajón de las herramientas del obrador desde el domingo por la noche.

Alba no se movió.

—Y la tercera es que el martes mi padre me dio la póliza del préstamo que firmó en junio del ochenta y seis, y me dijo que no se la enseñara a nadie, y no se la he enseñado a nadie. La llevo aquí.

La saqué del bolsillo de atrás y la puse encima de la mesa de formica, al lado del regalo de Nuria, que seguía sin abrir.

Y hubo un silencio en el que yo esperaba cualquier cosa menos lo que pasó.

Yo esperaba que preguntara desde cuándo. Que me dijera lo del domingo, o lo del sobre, o que me preguntara si el sobre lo habría abierto ella. Tenía preparadas tres respuestas y las tres eran malas.

Alba miró el sobre de plástico y no lo tocó.

—Vale —dijo.

—Alba...

—Vale, Nicolás. —Se guardó el móvil—. Ahora eso ya no es lo más urgente.

Y ahí, en aquella cocina, a las nueve y veinte de la noche de un jueves, mi ex prometida me quitó de encima la única cosa que yo llevaba dos horas queriéndome quitar, y no me la quitó perdonándome. Me la quitó dejándola en el suelo.

Bajé y fui a casa de mi padre.

Estaba en el garaje, todavía con la persiana medio subida, sentado en la silla de anea y sin la luz encendida.

Le puse el móvil delante con la fotografía en la pantalla.

—¿Esto lo has mandado tú?

Mi padre miró la pantalla. La miró de verdad, cinco o seis segundos, con esa cara suya de mirar las cosas antes de tocarlas.

—No.

—Papá.

—No.

—El domingo por la tarde había un sobre en la bolsa de Puri con tu letra dirigido a esa periodista.

—Ja.

—¿Y qué había dentro?

—Jo no he enviat res a cap periodista —dijo.

Ahí es donde tuve que sentarme en la silla de anea de mi abuelo.

Porque mi padre me ha mentido esta semana. Me ha mentido con silencios, con «jo no he trencat res» y con no contestar. Pero cuando este hombre dice que no, dice que no de una manera que yo conozco desde que tengo cuatro años.

Yo llevaba una semana construyendo un caso contra este hombre. Tenía siete cosas apuntadas en la cabeza y las repasaba cargando la furgoneta. Y aquella noche, en un garaje, con una fotografía en la pantalla de un móvil, se me cayó la séptima.

Porque si mi padre no mandó ese sobre, mi padre no tiene dos teléfonos escribiéndole a Puri.

Y esa fotografía no la mandó él.

—Papá, mírala otra vez.

—Ja l'he vista.

—Mírala. Es la vuestra. Es la del estudio de Alzira.

—Ja ho sé.

—¿Y cómo llega esa foto a una periodista un domingo por la tarde en un sobre con tu letra?

Y mi padre dijo, muy despacio:

—La lletra no és meua.

—¿Cómo que no?

—Que jo escric en majúscules perquè no se m'entén. —Levantó la mano derecha y la giró, y en aquella mano hay dos dedos que no cierran del todo desde hace dos años—. I ella també.

—¿Ella quién?

Y no me contestó.

—¿Y quién? —dije.

Mi padre se quedó mirando la persiana medio bajada.

—Eixa foto n'hi havien dues —dijo.

—¿Cómo?

—Que de esa foto se hicieron dos. Una para su casa y otra para la mía.

—¿Y la tuya dónde está?

Y por primera vez desde el jueves de la tarta vi a mi padre asustado.

—A dalt —dijo—. En un caixó.

—¿Y cuándo la viste por última vez?

Mi padre se quedó mirando la persiana, y tardó, y esta vez no era la palabra.

—Fa dos anys —dijo—. Quan vaig eixir de l'hospital.

Yo me levanté de la silla de anea.

—Papá, ¿la tienes o no la tienes?

—Ara mateix no ho sé.

Y aquella fue la primera vez que mi padre me dijo que no sabía una cosa.