25. Otra vez sin preguntarme
Otra vez sin preguntarme
Lo descubrí por una coma.
A las cinco y veinte de la tarde del jueves yo estaba en la mesa de trabajo de la floristería con las tres páginas delante, corrigiendo la cláusula tercera, que es la que dice quién responde de qué si algo sale mal.
Y en esa cláusula había una remisión: sin perjuicio de la estructura de participación prevista en el borrador de constitución de fecha…
Es una frase de relleno. La ponemos para que un documento pequeño no contradiga a uno grande. La escribí sin pensarla y al releerla me di cuenta de que no me sabía la fecha del borrador, y le mandé a Elvira un correo de dos líneas:
Necesito la fecha del borrador vigente y confirmarme que los porcentajes siguen como en la versión de julio. Es para una remisión.
Elvira Sanchis contesta los correos en once minutos. Es la cosa más previsible de la comarca.
A los cuarenta y cinco minutos no había contestado.
A los cincuenta llamé.
—Dime.
—La fecha del borrador.
No contestó.
Yo llevo once años trabajando con esta mujer y le conozco tres silencios: el de estar leyendo, el de estar con otro al teléfono y el de que algo va mal. Este era el tercero y encima venía sin ruido de teclado, y eso significa que había apartado las manos.
—Elvira.
—Alba, no te lo puedo confirmar.
—¿Cómo que no me lo puedes confirmar?
—Que la estructura de participación no está como en julio. La estoy modificando.
—¿Por orden de quién?
Y ahí hubo el silencio cuarto, que no le conocía.
—Del titular del Forn Salvat —dijo.
Me quedé mirando la coma de la cláusula tercera.
—Elvira, dime lo que has redactado.
—Te lo iba a mandar mañana por la tarde. Le di plazo a él hasta mañana por la tarde.
—Dímelo ahora.
Y me lo dijo, en el tono de las cosas que se dicen de corrido para no tener que decirlas dos veces: salida del accionariado, ni un punto a su nombre; asunción personal, con su patrimonio, de la devolución de las reservas si esto se cae; y el porcentaje que le correspondía repartido entre los once trabajadores.
—Elvira, ¿tú le has dicho lo que eso significa?
—Se lo he dicho dos veces y la segunda se lo he dicho con números.
—¿Y?
—Y me ha dicho que la sociedad no le iba a arreglar la vida, que se la iba a arreglar la reforma. —Se oyó una silla—. Y yo le he contestado que la reforma la paga la sociedad, y ha dicho «Elvira». Que es lo que dice él cuando ya no va a discutir.
Cerré los ojos.
—¿Cuándo te lo pidió?
—Esta mañana. A las siete y cuarto.
Miré el reloj del ordenador. Las seis y diez.
Once horas.
—¿Y a ti te parece bien? —dije, que es una pregunta que no se le hace nunca a la asesora de la otra parte.
—A mí me parece que es su patrimonio.
—Elvira.
—Me parece una barbaridad —dijo—. Y se lo dije. Y también le dije que te lo tenía que comunicar a ti y me pidió que esperase al sábado.
—¿Al sábado?
—Al sábado.
—Alba —dijo antes de que colgara—. Una cosa. Yo esto no te lo he contado por vosotros.
—Ya lo sé.
—Te lo he contado porque tú estás firmando remisiones a una estructura que va a cambiar, y eso, si sale mal, lo firmas tú.
—Elvira, que ya lo sé.
Colgué sin despedirme, que es lo que hace ella y que aquella tarde hice yo.
Candela estaba a dos metros, con el alambre en la mano, y no preguntó.
—¿Dónde está? —dije.
—En el obrador. Han entrado a las cuatro.
Lo primero que pensé, y lo escribo porque me avergüenza y porque es verdad, no fue nada de lo que se supone que se piensa.
Lo primero que pensé fue: se me cae la cláusula tercera.
Después, a los cuatro o cinco segundos, llegó lo otro.
En Beniflor, a las seis y cuarto de la tarde de un jueves de fiestas, no hay ningún sitio donde dos personas puedan discutir.
Esto lo digo en serio y lo comprobé aquella tarde una por una, andando, como quien busca aparcamiento.
La plaza estaba llena: ochenta sillas ya montadas, el chico del ayuntamiento con la furgoneta abierta y dos de la comisión contando en voz alta.
La Cambra, no, porque mi madre sube cuando quiere y aquel jueves subió dos veces.
El patio, no, porque Candela tenía allí las dos estructuras y a un chaval de dieciséis años ayudándola.
El bar de Maribel, no. La terraza, no. La floristería, no, porque estaba mi prima trabajando y porque no se discute delante de la persona que te está sosteniendo.
Se me ocurrió el coche. Mi coche está aparcado desde el miércoles pasado en la calle de detrás del ayuntamiento, y en agosto, a las seis y cuarto de la tarde, un coche cerrado en esta comarca es un horno.
Y el obrador entero estaba en turno de tarde con seis personas dentro y las bandejas saliendo cada cuarenta minutos.
Aquello es un chiste y no me hizo ninguna gracia. Un pueblo de dos mil ochocientos habitantes, con una plaza, un patio, dos cafeterías, un casal, un ayuntamiento, cuatro calles y un río, y en agosto no hay cuatro metros cuadrados para dos personas que se tienen que decir una cosa.
Lo encontré en el pasillo del obrador con dos cajas.
—Ven.
—Estoy sacando.
—Ven ahora.
Me miró la cara y dejó las cajas en el suelo.
Y el único sitio de aquel edificio con una puerta que cierra, sin ventana y sin nadie dentro, es la cámara.
Nos metimos los dos en la cámara del Forn Salvat a las seis y veinte de la tarde de un jueves de agosto, con el pestillo bajado por dentro, a cuatro grados, entre las bandejas del pedido del viernes.
Duró once minutos. Sé que fueron once porque después miré la hora, y porque a los once minutos yo ya no me sentía las manos y él llevaba un rato hablando con el aire delante de la boca.
—Me lo ha dicho Elvira —dije.
—Le pedí que esperara.
—Ya lo sé. Hasta el sábado.
—Sí.
—Nicolás, yo llevo revisando ese acuerdo desde julio. Llevo esta semana mandándole tres correos. Y hoy he escrito una remisión a una estructura de participación que tú mandaste cambiar hace once horas.
—No lo pensé.
—Lo pensaste. Le pediste que se esperara al sábado. Eso es haberlo pensado.
Se apoyó en el estante de las bandejas.
—Yo lo hice para que nadie firmara nada pensando que yo salía ganando.
—Ya sé por qué lo hiciste.
—Alba, es que es verdad. Llevamos nueve días diciendo que esto es por once contratos y yo iba dentro. Yo cobraba.
—Ya lo sé. Me lo dijiste tú el miércoles pasado en la floristería y te lo apunté yo en un cuaderno.
—Pues eso.
—Pues eso no.
—Alba, tú me dijiste el domingo que lo escribiera en la lista. Que si no me ponía a mí dentro, la lista estaba mal.
—Y te lo puse.
—Pues yo he hecho que ya no haga falta ponerme.
—Tú has hecho que ya no haga falta discutirlo. Que no es lo mismo.
Y ahí es donde tuve que parar y buscar la manera de decirlo, porque lo que estaba a punto de decir sonaba, dicho deprisa, a que yo le estaba reprochando que fuera generoso, y no era eso, y todavía hoy me cuesta.
—Nicolás, tú no te has quitado el dinero. Tú te has quitado la discusión.
—¿Qué?
—Que si me lo cuentas esta mañana, discutimos.
Yo te digo que es una barbaridad, tú me dices que no, hablamos dos horas y a lo mejor sale otra cosa: a lo mejor te quitas la mitad, o te quedas y lo pones por escrito, o se lo preguntamos a Marisa.
—Me sujeté los codos, que a cuatro grados es lo que se hace—.
Y como lo firmas tú solo a las siete y cuarto de la mañana, ya no hay nada que hablar.
Ya está hecho y ya es bueno y el que discuta queda como un miserable.
Se quedó callado.
—¿Tú sabes lo que voy a tener que hacer yo mañana?
—dije—. Voy a tener que escribirle a Elvira y decirle que sí, que la remisión de la cláusula tercera la cambio, y que ya sabía yo lo del accionariado.
Porque si le digo que me he enterado once horas después que ella, entonces la que queda como una idiota en su expediente soy yo.
—Eso no lo había pensado.
—Ya sé que no lo habías pensado. Es que ese es el problema, Nicolás. Que cuando tú decides solo, siempre hay una parte que no has pensado, y siempre me toca a mí.
Se pasó la mano por la nuca.
—Me has dejado sin sitio para enfadarme —dije—. Eso es lo que has hecho hoy.
—Yo no...
—Porque tú no has hecho una cosa mala. Has hecho una cosa buena, tú solo, sin avisar, y ahora yo estoy en una cámara a cuatro grados explicándole a un hombre que se acaba de quitar todo lo que tenía por qué me parece mal.
—Alba, yo no lo he hecho para eso.
—Ya lo sé. —Y esto es lo que me costó más decir en toda la semana—. Ya sé que no lo has hecho para eso. Y da igual, porque el resultado es el mismo.
—No es el mismo.
—Es exactamente el mismo de siempre, pero con mejor factura.
Ahí sí bajó la cabeza.
—Vale —dijo—. En eso tienes razón.
Y lo dijo bien, y lo dijo entero, y si aquella conversación se hubiera acabado en ese punto yo habría subido a La Cambra enfadada y se habría arreglado el viernes.
Lo que pasó fue que le pregunté por qué hoy.
—¿Por qué esta mañana? —dije—. ¿Por qué a las siete y cuarto de un jueves y no la semana pasada, ni el sábado?
—Porque se me ocurrió ayer.
—Ayer estuvimos juntos todo el día.
—Alba.
—Que ayer te enseñé una pantalla con lo de Bruselas y me dijiste vale. Y a las siete y cuarto de la mañana siguiente llamaste a una asesora para desmontar tu parte de una sociedad. —Me acerqué medio paso—. Eso no es una idea que se te ocurre. Eso es una idea que llevas trabajando.
Y él dijo, mirando el estante:
—Es que hay más cosas.
Yo me quedé quieta.
—¿Qué cosas?
—Hay tres.
—Dime una.
Y ahí Nicolás Salvat cogió aire, y aquello que hizo con el aire yo se lo he visto hacer a su padre, y en aquel momento no lo relacioné.
—Creo que el anillo lo puso mi padre en la tarta —dijo.
Cuatro grados.
—¿Desde cuándo?
—Desde el principio.
—¿Qué es el principio, Nicolás?
—Desde que apareció.
—Nicolás, el jueves pasado había siete personas en tu obrador delante de una tarta rota.
—Ya lo sé.
—Y yo pregunté en voz alta quién tenía llaves.
—Me acuerdo.
Yo hice la cuenta allí de pie, entre dos estanterías de bandejas, y me salió a la primera porque es la clase de cuenta que me sale siempre.
Siete días.
Siete días desde el jueves pasado a las once menos veinte de la mañana, con el hueco abierto y siete personas alrededor y yo preguntando en voz alta cuántos juegos de llaves había.
—Tú me contestaste que tres —dije—. Delante de mi madre.
—Y eran tres.
—De la puerta de la calle.
—Sí.
—¿Y del cajón donde estaba el anillo?
—Dos.
Y lo dijo sin levantar la voz y sin apartar la vista, y eso fue lo peor de todo, porque no era un hombre pillado. Era un hombre que llevaba siete días con la respuesta preparada.
—La cuarta regla era no mentirnos —dije.
—No te mentí.
—Ya lo sé. —Y ahí me salió la voz rara y me dio igual—. Sabías algo que podía cambiar todas mis decisiones y elegiste administrármelo. No necesitas decir una mentira para volver a decidir por mí.
No contestó.
—Dime una sola cosa —dije—. En estos siete días, ¿has estado alguna vez a punto?
Y él dijo que sí.
Dijo que sí sin pensarlo, que es lo único que le agradezco de aquella conversación.
—El viernes por la mañana —dijo—. Llegué a la puerta del medio y puse la mano en el marco.
—¿Y?
—Y me imaginé la conversación entera y me fui.
—Te la imaginaste tú solo.
—Sí.
—Y decidiste tú solo cómo iba a salir.
—Sí.
Estuvimos unos segundos en silencio, en una cámara frigorífica, con el motor arrancando y parando.
—Yo te enseñé la nota el mismo día —dije—. En el patio. A la una y cuarto. Y te dije en voz alta que te la enseñaba el mismo día porque lo habíamos dicho.
—Ya lo sé.
—Y tú me dijiste «ya lo sé» y volviste a abrir el grifo.
—Alba.
—Y el miércoles por la noche me preguntaste si estaba aquí.
Y eso fue lo único que dije aquella tarde para hacer daño, y funcionó, y no me arrepiento y me habría gustado no decirlo.
—¿Cuáles son las otras dos? —dije.
—Alba...
—Que cuáles son las otras dos.
Y entonces llamaron a la puerta de la cámara.
Dos golpes con el dorso de la mano, que es como llama Marisa.
—El horno grande. —A través de sesenta milímetros de puerta—. Que hay que sacar.
—Voy —dijo él.
Y no se movió.
—Ve —dije.
—Alba, si me dejas te lo cuento ahora.
—No.
—Son dos minutos.
—Que no, Nicolás. —Abrí el pestillo—. Que hay seis personas ahí fuera sacando bandejas a las seis y media de la tarde para unas coronas que no vamos a poder entregar, y que tú y yo llevamos nueve días robándole tiempo a todo el mundo, y hoy no.
—Alba.
—Que no.
—Es que las otras dos son de esta semana y las dos son mías.
—Nicolás, si me las dices ahora, me las quedo aquí dentro con lo demás y no me caben.
Y esa es la frase con la que aquel jueves por la tarde cerré una puerta y no la volví a abrir hasta que él la abrió por su cuenta tres horas después.
Salí yo primero.
Marisa estaba en el pasillo con las manoplas puestas y no dijo nada, y no miró, y treinta segundos después estaba dándole la vuelta a una bandeja como si en la cámara de su obrador no hubiera habido nadie en toda la tarde.
A las siete menos veinte estaba otra vez en la floristería.
Candela seguía con el alambre. Había apagado la radio, que es lo único que hizo.
Estuve veinte minutos sin hablar, sentada en el taburete alto, con las manos entre las rodillas hasta que se me calentaron.
Candela me puso un vaso de agua delante y no me lo dijo, lo puso y ya está, y siguió con el alambre.
—Once horas —dije al final—. Y me he enterado por la asesora.
—Ya.
—Y no es lo de las once horas.
—No.
—Es que no es eso.
—Si ya lo sé, Alba.
—Está haciendo lo mismo que su padre —dije al final.
Candela no levantó la vista.
—No sé —dijo.
—¿Cómo que no sabes?
—Que no sé. —Cortó un tallo—. Que a mí lo de si él es su padre o no es su padre me da un poco igual, Alba. Yo lo que veo es a dos personas que llevan diez días teniendo cada una la mitad de una conversación.
—Yo se lo enseñé el mismo día.
—Sí.
—Yo cumplí.
—Ya lo sé. —Metió el tallo en el cubo—. Y también sé que ayer tú le enseñaste una pantalla con la fecha de Bruselas y no le preguntaste nada.
Me quedé callada.
—No estoy diciendo que sea lo mismo —dijo Candela—. Estoy diciendo que yo no tengo que decidir cuál es peor. Y tú tampoco.
—Entonces qué hago.
—Eso tampoco te lo voy a decir.
—Candela.
—Alba, yo llevo desde el miércoles pasado escuchándoos a los dos por separado y no pienso ser el juez de nadie a las siete de la tarde. —Cortó otro tallo—. Además tengo cien alfileres y ochenta ramilletes.
—Perdona.
—No me pidas perdón. Siéntate ahí y no hables un rato, que eso sí te lo dejo hacer.
Aquella noche subí sola a La Cambra a las nueve y media, con la sensación de estar volviendo a una casa que no era mía y que nunca lo había sido.
El sofá estaba abierto.
Lo había abierto él antes de bajar al turno de tarde, a las cuatro, dos horas antes de que yo me enterara de nada.