Guerra de familia, amor de generación 27. La reparación pública
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27. La reparación pública

La reparación pública

El artículo tenía mil doscientas palabras y estaba bien escrito.

El problema no era ninguna frase.

El problema era la forma.

Un artículo tiene una forma antes de tener palabras, igual que un contrato. Y la forma de aquel era esta: hubo una boda que no se celebró, hubo cuarenta años de silencio, y ahora los hijos se casan y lo arreglan.

Principio, nudo y desenlace. Y el desenlace éramos nosotros.

«Cuarenta años después: la boda que cierra la herida de La Concordia.»

Debajo del titular, la fotografía a toda pantalla. Y debajo de la fotografía, un pie que decía: Amparo Ribes y Vicent Salvat, retratados días antes del enlace que nunca se celebró.

Días antes.

Yo tenía esa fotografía en las manos el sábado por la noche, sentada en el suelo de una trastienda, y le di la vuelta y leí la fecha del reverso. Una semana antes de las fiestas de 1986. Foto Miralles, Alzira.

Neus no había visto el reverso. Neus tenía un escaneo.

Y sin embargo la fecha era exacta.

Y no solo la fecha. En el cuerpo del artículo, en el párrafo cuarto, había una frase que decía que el retrato lo había encargado la familia de la novia. Eso no está escrito en ningún reverso, ni en ningún archivo de la comarca, ni lo sabe la sociedad musical.

Eso lo sabe la gente que estaba en aquella casa.

Alguien se la había dado, y alguien le había contado además quién la pagó.

De todo lo que había en aquel artículo, esa era la única línea que no podía salir de un archivo.

Mi madre bajó a las diez y cuarto con el móvil en la mano.

Yo estaba en la cocina de La Cambra. Nicolás se había ido hacía cuarenta minutos y encima de la mesa de formica había un sobre de plástico de farmacia que yo no había abierto.

Ella entró sin llamar, como entra ella, y dijo:

—¿Lo has visto?

—Lo he visto.

—Está muy bien escrito.

—Mamá.

—Que sí, que está bien. —Se sentó en la silla del respaldo suelto—. Yo esa foto no la había vuelto a ver desde que la guardó tu abuela.

—Amparo Ribes, veintitrés años —dijo, y giró la pantalla hacia mí, que no hacía ninguna falta porque yo la había visto antes que ella—. Mira qué recta.

—Mamá.

Y hasta ahí llegó lo de la foto.

Cuatro días llevaba esa fotografía en el bolsillo de su delantal. La sacó de mi mano el sábado por la noche en la trastienda, la miró siete u ocho segundos con cara de estar leyendo una factura, se la guardó y me dijo que la caja la subía ella.

El jueves a las diez y cuarto de la noche, sentada en mi cocina, mi madre me dijo que no la había vuelto a ver desde que la guardó mi abuela.

No le pregunté.

Escribo esto ahora y sé perfectamente lo que había que hacer allí, que era decir: mamá, esa foto la tenías tú. Y no lo hice, y no lo hice por una razón muy poco noble: porque llevaba cuatro horas sabiendo lo de la renuncia y lo del anillo y lo del sobre, y no me quedaba sitio.

Una persona puede sostener un número determinado de preguntas a la vez. Yo aquel jueves tenía tres y no me cabía la cuarta.

A las diez y media llamó a Neus.

La llamó ella. Con mi móvil, porque el suyo no tenía batería, y delante de mí, en mi cocina, y no me pidió permiso ni para el teléfono ni para lo otro.

—Neus, soy Amparo Ribes. La madre.

A partir de ahí estuve veinte minutos viendo trabajar a mi madre.

Yo he visto negociar a gente que cobra ochocientos euros la hora.

He estado en salas donde se han movido operaciones de nueve cifras.

Y no he visto a nadie construir una versión con la limpieza con que mi madre construyó la suya aquella noche, en una silla con el respaldo suelto, a las diez y media, sin una sola nota delante.

No mintió. Esto es importante y me costó dos días entenderlo.

Mi madre no le dijo a aquella periodista una sola cosa falsa. Ni una. Yo estaba a metro y medio con un vaso de agua y lo puedo firmar.

Dijo que sí, que la fotografía era del ochenta y seis. Dijo que sí, que la boda no se celebró. Dijo que en cuarenta años nadie de las dos casas había vuelto a sentarse en la misma mesa.

Y después dijo:

—Y el sábado firmamos.

Silencio al otro lado.

—¿Firman qué? —dijo Neus.

—La sociedad. La Corona de Beniflor. Los dos negocios y las dos familias. —Mi madre miraba la pared—. Se firma en el banquete, en la plaza, delante de la gente, después de la comida.

Yo levanté la cabeza tan deprisa que se me fue la silla hacia atrás.

Porque eso no estaba hablado.

Eso no estaba hablado con Joan, ni con Elvira, ni conmigo, que soy la que había redactado los tres documentos de aquella semana.

La firma de la sociedad era en el despacho de una asesora de Alzira, un día laborable, con una impresora buena y sin nadie mirando.

Así se firma una sociedad. Así es como se ha firmado siempre todo lo que yo he hecho en once años.

Mi madre acababa de trasladarla a una plaza, delante de la prensa comarcal, entre el segundo plato y el café.

—¿Y las bandas tocan? —dijo Neus.

—Las dos.

—Amparo, ¿y usted qué siente?

Mi madre se lo pensó de verdad. Tres segundos.

—Que ya era hora —dijo.

Y después, sin que se lo preguntaran, añadió:

—Y que a mí lo que me gustaría es que el sábado la gente se fije en las mesas.

—¿En las mesas?

—En cómo están puestas.

Neus lo apuntó. Yo me quedé mirando a mi madre y ella no me miró a mí.

Colgó y me devolvió el móvil.

—Mamá, la firma no se hace en un banquete.

—¿Por qué no?

—Porque es un acto jurídico. Porque hay que leer, comprobar identidades y que nadie tenga una copa delante.

—Alba, hija, yo he firmado la escritura de esta casa en una notaría con veinte personas esperando fuera.

—No es lo mismo.

—Es que si no lo ve la gente, no ha pasado.

Y se levantó, y en la puerta, sin volverse del todo, añadió:

—Y díselo a Elvira, que lo prepare.

Bajé a la plaza a las once y cuarto, cuando ya se había ido, y me senté en el escalón de la puerta del medio, que es donde se sentaban dos críos en una fotografía de 1978 que subió mi madre en una caja el domingo.

Estuve un rato pensando en una sola cosa, que era la frase de las mesas.

Mi madre le acababa de decir a una periodista comarcal que se fijara en cómo están puestas las mesas.

Las mesas de un banquete que ella ha dibujado a bolígrafo, dieciséis mesas de dieciséis, alternando un apellido y otro, silla por silla, como se ata un cordón.

Yo había visto ese plano el martes en el despacho de un concejal, y me había parecido una cabezonería de mi madre, y me había peleado con ella por el sitio de mi tía Reme.

Cuando le dices a la prensa que se fije en algo, es porque el algo es el mensaje.

El artículo circuló toda la noche y toda la mañana del viernes, y a las diez de la mañana ya no era el artículo: era la versión.

Voy a poner solo cuatro cosas, porque hubo trescientas.

Puri tuvo que cerrar los comentarios de Beniflor al dia a las once y cuarenta de la noche, por primera vez desde que administra la página.

No los cerró por insultos. Los cerró porque había cuarenta y seis comentarios discutiendo de quién había sido la culpa en 1986, y en esos cuarenta y seis había gente de las dos casas y sobrinos de las dos casas y dos personas que no son de aquí.

A las ocho de la mañana del viernes volvió a abrirlos, con un mensaje fijado arriba que decía: Los comentarios se han cerrado esta noche por respeto a las dos familias. Se vuelven a abrir. Rogamos no hablar del pasado.

Es la frase más de este pueblo que he leído en mi vida y la escribió una mujer de sesenta y siete años a las ocho de la mañana.

Joan Borràs me llamó a las nueve menos cuarto del viernes, encantado.

—Alba, buenos días. Oye, una cosa. ¿Lo de la firma es acto o no es acto?

—Joan...

—Que si es acto lo meto. Que en el programa pone «presentación de la Corona», y si además hay firma yo lo puedo llamar de otra manera.

—¿De qué manera?

—Acto de reconciliación. —Se le notaba en la voz que llevaba media hora dándole vueltas—. Que eso queda mejor, y además así justifico la megafonía.

Rosa Marí Ferrando vino al obrador a las diez y no dijo una palabra del artículo.

—Si hay firma, ¿tocamos antes o después?

—Rosa Marí, no lo sé.

—Es que si es después, mis músicos están dos horas con el instrumento en la mano.

Y Josefina Císcar , que tiene ochenta y un años y que fue a la escuela con mi madre, se me acercó el viernes por la mañana en la puerta del Cafè Ribes, me cogió del brazo y me dijo:

—Yo estaba aquí en el ochenta y seis, ¿eh.

—Ya lo sé, Josefina.

—Y aquello no fue así.

—¿Cómo fue?

Y Josefina Císcar se quedó un momento, y después me dio dos palmadas en el brazo y se metió a por el pan.

—Bueno —dijo—. Ahora ya da igual.

Y esa fue la única persona en todo Beniflor que dijo aquellos dos días que la historia no era esa, y lo dijo en una puerta, en cuatro segundos, y no volvió a decirlo.

Yo me quedé con el pan en la mano pensando que en 1986 había en este pueblo tres mil personas y que ahora quedan las que quedan, y que de las que estaban aquella semana y se acuerdan, unas cuantas siguen desayunando en una terraza o en la otra a doce metros de aquella pared.

Ninguna había abierto la boca en cuarenta años, y no iban a abrirla ahora que la historia por fin tenía un final bonito.

Eso es lo que hace una buena versión. No tapa a los que saben: los deja sin ganas.

El viernes a mediodía me senté sola en el patio de la floristería con un papel.

No con el ordenador. Con un papel, que es lo que hago cuando ya no quiero que quede registro.

Aquel patio tiene una mesa de obra, dos cubos, una manguera enrollada y una silla de plástico verde. Ahí estuvo mi prima cogiendo cuarenta y una llamadas el lunes por la noche. Ahí me senté yo el miércoles a que me dijeran desde Bruselas que tenía que estar allí el lunes por la tarde.

Y ahí, el viernes a mediodía, con el ruido de las sillas que estaban montando en la plaza a doscientos metros, escribí la cuenta.

Si el sábado a las doce entramos en la plaza y no decimos nada, pasa lo siguiente.

Se casan Alba Ribes y Nicolás Salvat, o no se casan, eso puedo mirarlo después.

A las tres y media, después de la comida, en la mesa larga, delante de la prensa comarcal y de dos bandas, Amparo Ribes y Vicent Salvat firman tres páginas y una escritura.

Con esas firmas: la licencia provisional es válida, Marisa hornea el lunes, las trescientas sesenta y nueve coronas salen legalmente y las otras se devuelven con una carta que puedo escribir yo en veinte minutos.

La sociedad se constituye en plazo. El banco desembolsa en noviembre.

Se subrogan once contratos y Rosana no se queda sin nada.

El contrato de distribución no se cae. Y yo cojo un avión el domingo y me presento el lunes por la tarde en Bruselas con un expediente húngaro y sin un solo problema profesional a mis espaldas.

Y después, en septiembre, desde otro país, con calma, se dice que la pareja lo ha dejado.

Lo escribí con dos columnas, que es como lo escribo todo. A la izquierda, lo que se gana. A la derecha, lo que cuesta.

En la izquierda escribí los once nombres. Los escribí uno a uno, no «once contratos», que es como los había escrito toda la semana. Marisa Giner. Kevin. María y Loli Ferri. Toni. Rosana Peris. Dolo. Amadeu. Alícia. Vicenta y su cuñada.

Debajo, los seis proveedores, y esos también con nombre: Pepe Ripoll, los Bosch, el vino, las sillas, el sonido y mi prima.

Debajo, el préstamo de la reforma, con el desembolso de noviembre y la fecha en que se cae si la sociedad no se constituye.

Debajo, el contrato de distribución con el señor de Requena.

Debajo, trescientas sesenta y nueve cajas que sí se pueden hacer y trescientas dieciocho que no, con una carta de devolución que puedo redactar en veinte minutos y que va a decir que sentimos las molestias.

Y al final de la columna, porque una lista honrada se hace entera, escribí lo mío: un expediente húngaro que empieza el martes, once años de currículum y ni un solo asunto detrás del que haya que dar explicaciones.

La columna de la izquierda ocupaba media página.

En la derecha escribí una palabra y la taché.

Miré el papel un rato largo.

Una hora. Del principio de la ceremonia a la firma pasan tres horas y media, pero lo que hay que aguantar de verdad son la entrada, el sí y el corte de la tarta. Una hora bien contada.

Yo llevaba nueve días diciéndole a todo el mundo, incluida yo, que esto lo hacíamos por once contratos. Y Candela me había dicho en aquel mismo taller, el domingo, que dejáramos de llamarlo sacrificio.

Aquel viernes a mediodía, en el patio, sola, con un bolígrafo y un papel, hice la cuenta entera y salió que sí.

Salía que sí por todos lados.

Y no salía que sí por egoísmo, que habría sido más fácil de tirar. Salía que sí porque, contadas una por una, todas las personas que salen perdiendo si el sábado decimos la verdad son personas que no han hecho nada.

Rosana, que dijo que no a un mes en Cullera.

Pepe Ripoll, que contrató a su sobrino.

Candela, que tiene cuatrocientos veinte euros de flor holandesa y once días de agosto sin coger a nadie más.

Marisa, que lleva desde el lunes durmiendo cinco horas.

Y seiscientas ochenta y siete personas de esta comarca que pagaron doce euros por una caja el lunes por la noche porque les hizo ilusión.

Y lo peor no fue eso.

Lo peor fue que, al terminar de escribirla, lo primero que pensé no fue si aquello estaba bien o estaba mal.

Lo primero que pensé fue: esto no se lo puedo contar a Nicolás, porque si se lo cuento, lo va a decidir él.

Y lo segundo, medio segundo después, fue lo que llevo desde entonces sin poder quitarme del todo.

Que a lo mejor lo que me molestaba no era que decidiera él.

Que a lo mejor lo que me molestaba era que decidiera otra cosa.