23. Una licencia provisional
Una licencia provisional
El problema de las siete y media de la mañana del miércoles era que en La Cambra no hay impresora.
Lo digo así de plano porque así fue. Yo tenía en el ordenador un documento de tres páginas del que dependían seiscientas ochenta y siete cajas, ocho mil doscientos cuarenta y cuatro euros y la reputación profesional de la única persona de esta historia que cobra por saber de esto, y a las siete y media de la mañana mi problema concreto era dónde imprimir.
En el Cafè Ribes no hay. En el obrador hay una que solo saca albaranes en papel continuo y que Nicolás no cambia porque funciona.
En la floristería hay una que se atasca y que Candela golpea por el lado izquierdo.
En el ayuntamiento hay tres, y a las ocho menos cuarto le escribí a Empar, y Empar me contestó a las ocho menos trece:
Tráemelo en el pincho. Y no me lo traigas a las dos, que a las dos me voy.
Candela me preguntó a media mañana si había dormido y le dije que cuatro horas, que era verdad, y se quedó con eso.
Y esto es lo que quiero dejar por escrito de la mañana del miércoles: que a las siete y media yo estaba vestida, con el portátil abierto en la mesa de formica, buscando una impresora.
No me quedé mirando el otro lado de la cama. Me levanté a las siete menos cuarto, me duché en una bañera en la que no cabe nadie de más de metro sesenta, me vestí, hice la cama y me puse a resolver el problema de las tres páginas.
Nicolás llevaba tres horas abajo.
Bajé a las ocho con el portátil debajo del brazo, sin desayunar, y me crucé en la escalera con mi madre, que subía con una bolsa.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Te he traído leche.
—Gracias.
Y ya está. Eso fue todo. Mi madre subió y yo bajé, y yo llevaba en la cara lo que llevaba y ella no dijo nada, y hasta hoy no sé si lo vio.
Candela sí lo vio.
Me la encontré a las ocho y diez descargando dos cubos en la puerta de la floristería, me miró tres segundos y volvió a los cubos.
—¿Café? —dijo.
—No puedo.
—Vale.
Y no preguntó nada más en todo el día, que es lo que más le agradezco a mi prima de toda aquella semana.
El documento se llama, en el archivo, licencia-provisional-v4.docx , y lo que hace es esto.
Durante veintiún días, y solo para la producción comprometida en las reservas del lunes, el Forn Salvat, S.L.U.
, que tiene registro sanitario, actúa como operador responsable.
Elabora, envasa, etiqueta y responde. El Cafè Ribes suministra la naranja confitada como ingrediente, con albarán y factura, igual que se la compraría a cualquier proveedor.
Y Amparo Ribes y Vicent Salvat, como personas físicas, autorizan por escrito el uso de la fórmula para esa producción concreta, sin ceder nada, sin renunciar a nada y sin que eso prejuzgue lo que decidan después.
Tres páginas. Veintiún días. Una sola producción.
Y dos firmas al pie de la tercera, con dos nombres impresos debajo de las dos rayas: Amparo Ribes Sanchis y Vicent Salvat Marco , en ese orden y a la misma altura, que fue lo único de aquel documento que decidí con el estómago.
Es un documento feo. Lo digo con conocimiento: un abogado bueno redacta cosas que sirven cinco años, y aquello servía tres semanas y era una tirita. Pero era una tirita legal, y con ella se podía hornear.
Lo escribí entre las diez de la noche del martes y las siete de la mañana del miércoles, en cuatro tramos, y el cuarto tramo lo escribí de pie en la cocina de La Cambra con la luz de encima de los fogones, que a estas alturas es la luz con la que he hecho todo lo importante de esta historia.
Empar me lo imprimió a las ocho y veinticinco, en color, sin que se lo pidiera, y me lo dio con una grapa puesta.
—Dos copias —dijo—. Que aquí la gente firma una y luego dice que no tiene la suya.
—¿Va a firmar tu madre? —dijo.
—Sí.
—Ya.
A las nueve estaba en el obrador con las tres páginas.
Marisa las leyó de pie, enteras, las tres, sin saltarse nada, apoyada en el mármol y con las gafas de cerca, y tardó siete minutos.
En el minuto cuatro levantó la cabeza y dijo:
—¿Aquí pone que el responsable soy yo?
—Pone que el responsable es el Forn Salvat.
—El Forn Salvat en el turno de noche soy yo.
—Sí.
—Vale.
Y siguió leyendo.
—Vale —dijo—. Ahora los números.
Y cogió el bolígrafo del bote de las brochetas.
—Con esto puedo meter turno de noche, porque ya no es una chapuza. —Escribió—. Yo entro a las cuatro, Toni y Rosana a las cuatro, Dolo a las ocho y las Ferri a las ocho. Kevin dobla el jueves y el viernes, y el chico de Alzira que vino en Navidad viene si le pago el desplazamiento.
—Págaselo.
—Ya se lo he dicho. Ayer.
—¿Ayer?
—Alba, hija, yo el lunes por la noche ya sabía que esto había que hacerlo. —Siguió escribiendo—. Lo que no sabía era si me ibas a traer un papel o una excusa.
Escribió una columna.
—Cinco días, contando hoy. Miércoles, jueves, viernes, sábado y lunes, porque el domingo no abre nadie y no quiero abrir. Ciento diez el miércoles, ciento veinte el jueves, ochenta el viernes, que hay discomóvil y no viene ni Dios, cero el sábado y doscientas el lunes con los dos turnos.
Sumó.
—Quinientas diez.
—Faltan ciento setenta y siete.
—Faltan ciento setenta y siete —dijo—. Y ahora te digo lo otro.
Y dejó el bolígrafo.
—La naranja.
La naranja confitada de mi madre se hace en septiembre, con la naranja de los Bosch, y dura un año en tarro. Cada corona lleva ciento diez gramos. Un tarro de kilo da nueve coronas.
Seiscientas ochenta y siete coronas son setenta y siete tarros.
Mi madre tenía cuarenta y uno.
—¿Y no se puede hacer más? —dije.
—En agosto no hay naranja, Alba. Y aunque la hubiera, la confitada de tu madre son once días.
—¿Once?
—Once. Y no once de fuego. Once de dejarla estar.
—¿Y si empezamos hoy?
—Si empezamos hoy, está el domingo veinticuatro.
Nos quedamos las dos mirando el papel de horno.
Marisa hizo la cuenta a mano, en el papel de horno, y la hizo dos veces porque la primera se equivocó y no le gustó equivocarse.
Trescientas sesenta y nueve coronas. Eso es lo que daban cuarenta y un tarros. Ni con turno de noche, ni con el chico de Alzira, ni con todos los hornos de la comarca.
Poco más de la mitad.
—¿Y si se compra confitada? —dije.
Marisa me miró.
—Se puede comprar confitada industrial en Alzira mañana por la mañana —dijo—. Doscientos kilos si hace falta.
—¿Y?
—Y no es la de tu madre.
—Ya lo sé.
—No, Alba, es que no lo sabes. —Se quitó las gafas—.
La de tu madre lleva once días y una piel que se corta a mano.
Lo que compres tú mañana lleva glucosa y sale amarillo.
Y la gente de esta comarca que ha pagado doce euros por una cosa que se llama Corona de Beniflor se la va a comer el lunes y va a decir: pues no era para tanto.
Y ese fue el momento en el que dejé de tener un problema jurídico.
Yo puedo redactar tres páginas que hagan legal una producción conjunta. Puedo montar una intermediación en once minutos apoyada en un armario de persiana. Puedo congelar una campaña, blindar una cuenta y escribir a seiscientas ochenta y siete personas sin que ninguna me pueda reclamar nada.
Lo que no puedo es poner once días de septiembre dentro de una semana de agosto.
Marisa recogió el papel de horno, lo dobló en cuatro y se lo metió en el bolsillo del delantal, y en ese gesto, que es el de mi madre, entendí que aquella mujer llevaba desde el lunes por la noche sabiendo esto y esperando a que lo supiera yo.
A las diez y media le mandé a Elvira las tres páginas y me contestó en once minutos con una sola línea: Bien. Que firmen hoy.
Y debajo, cuatro minutos después, otra: Hoy, Alba.
A las once fui a por las firmas.
Mi madre leyó las tres páginas en la barra, con las gafas en la punta de la nariz, y a la tercera dijo:
—Esto está mejor que lo otro.
—Es lo mismo. Es más corto y para veintiún días.
—Pues está mejor.
—¿Lo firmas?
Cerró el documento y lo dejó encima de la barra, encima del bote de los palillos y no debajo, que en mi madre es una diferencia.
Se quitó las gafas, las dobló y las dejó encima del documento, para que no se lo llevara nadie.
—El sábado —dijo.
—¿Cómo que el sábado?
—Lo firmo el sábado, en el banquete, con él, delante de la gente.
—Mamá, si lo firmas el sábado no llegamos. Marisa necesita hornear desde hoy. El sábado ya han pasado tres días.
—Pues que hornee.
—No puede hornear sin esto, mamá, es que es exactamente para eso.
Y mi madre, que lleva cuarenta años levantándose a las cinco y media y que sabe perfectamente lo que es no poder hacer una cosa hasta que llega un papel, me dijo:
—Alba, yo he esperado cuarenta años. Que espere el horno tres días.
—Mamá, ¿tú sabes lo que estás diciendo?
—Sé lo que estoy diciendo.
—Estás diciendo que prefieres que se caigan seiscientas ochenta y siete cajas a firmar un papel un miércoles en una barra.
—Estoy diciendo que lo firmo el sábado.
—¿Y si el sábado él no firma?
Y mi madre, que estaba secando un vaso, se paró.
Fue medio segundo. Menos. Lo vi porque estaba mirándole las manos y no la cara, que es donde se le ven las cosas a mi madre.
—Firmará —dijo.
Y siguió secando.
Vicent no dijo ni que sí ni que no.
Fui a las doce, con las tres páginas y con un bolígrafo azul en la mano, como una idiota. Estaba en el garaje, con la persiana subida un metro. Le expliqué lo que era en cuatro frases y en las cuatro frases no me interrumpió.
Después cogió las páginas, las miró por encima y las dejó en el banco de trabajo, encima del papel de estraza que forra la madera.
—Me lo miro —dijo.
—Vicent, esto es para poder hacer las coronas.
—Ja ho sé.
—Son veintiún días. El catorce de septiembre esto ya no vale nada.
—Ja ho sé.
—¿Y entonces?
Vicent Salvat cogió un destornillador del banco, lo miró, lo dejó donde estaba y se sentó en la silla de anea.
—Es que no es una cesión. No cedes nada. Es un permiso de tres semanas.
—Ja ho sé, filla.
Y me llamó hija, y me lo dijo bien, y no me firmó.
Le insistí dos veces más. La primera le dije que si le preocupaba algo del texto se lo cambiaba allí mismo, a mano, y lo firmábamos con la corrección al margen. La segunda le dije la verdad, o una parte: que sin ese papel el sábado había seiscientas ochenta y siete personas esperando una caja.
Y a lo segundo contestó.
Tardó. Cogió aire dos veces, que es lo que hace cuando la palabra no le sale a la primera y no quiere que se le note.
—Eixes no són el problema —dijo.
—¿Y cuál es?
No me lo dijo. Se levantó, subió la persiana otro palmo para que entrara aire y se quedó de pie mirando la calle.
Eso lo hace mi madre cuando quiere que te vayas.
La videollamada con Bruselas era a la una y media y la cogí en el patio de la floristería porque en La Cambra hay eco.
Duró once minutos.
Lo importante fueron los dos últimos.
Mi incorporación estaba prevista para el veinticuatro, que es dos semanas después de la boda.
En julio me dijeron que había flexibilidad.
En la videollamada del miércoles, una mujer muy amable de recursos humanos me explicó que el expediente que me han asignado empieza con una reunión con la parte húngara el martes a primera hora, y que la sesión preparatoria es el lunes por la tarde, y que si yo no estoy en Bruselas el lunes por la tarde no estoy en el expediente.
—¿El lunes?
—El lunes. ¿Hay algún problema?
Yo me caso el sábado a las doce del mediodía.
—Ninguno —dije.
Dije «ninguno» con la misma voz con la que digo «buenos días», y no me tembló, y me pareció una barbaridad que no me temblara.
Y colgué, y me quedé sentada en el escalón del patio de la floristería con el móvil en la mano, haciendo la única cuenta que sé hacer siempre y que aquella tarde salió a la primera.
Del sábado a las doce del mediodía al lunes por la tarde hay cuarenta y ocho horas.
Cuarenta y ocho horas para casarse o no casarse, cancelar o no cancelar, decírselo a dos familias, a un pueblo, a un concejal y a seiscientas ochenta y siete personas que han pagado por adelantado, entregar lo que se pueda entregar, devolver lo que no, y coger un avión.
Llamé a Elvira desde el mismo escalón.
—Necesito saber una cosa y necesito que me la digas rápido —dije—. Si la sociedad se constituye la semana que viene y yo estoy en Bruselas, ¿yo tengo que estar?
—Tú no eres socia.
—Ya lo sé. Digo si tengo que estar.
—Alba, tú no pintas nada en esa firma. —Se oyó el teclado, y después dejó de oírse—. ¿Por qué me lo preguntas?
—Por saberlo.
—Ya.
Colgó ella primero, como siempre, y yo me quedé con la sensación de haberle hecho a una asesora mercantil de Alzira, a la una y cuarenta y dos de un miércoles, la pregunta que no le había hecho a nadie más: si después del sábado yo seguía teniendo algo que hacer en este pueblo.
Volví al obrador a las dos y media y le enseñé la pantalla a Nicolás.
La leyó. Me la devolvió.
—Vale —dijo.
Y a mí, doce horas después de la noche que habíamos pasado, aquel «vale» me llegó exactamente igual que todos los anteriores.