22. Lo que no arregla una cama
Lo que no arregla una cama
Llevábamos nueve noches solos. Era la primera vez que dejábamos de actuar también el uno para el otro.
Eso no lo entendí aquella noche. Lo entendí en septiembre, en un piso de Bruselas, con una taza de té y sin poder dormir, haciendo la cuenta de todas las cosas que habíamos hecho en La Cambra durante nueve días: cerrar el sofá en cuarenta segundos, lavarnos los dientes por turnos, apagar la luz del pasillo desde el otro cuarto, decir buenas noches a través de una pared.
Nueve noches solos, sin un solo testigo, y las nueve actuando.
Yo dejé el bolso en la silla y me quedé de pie en la cocina, con la luz de encima de los fogones encendida, que es la que se enciende cuando no se quiere encender la luz.
Todavía llevaba puesta la ropa de la despedida y todavía tenía en la mano el regalo de Nuria sin abrir, y lo dejé encima de la mesa de formica y me quedé mirándolo un rato más largo de lo que hace falta para dejar un paquete.
—¿Quieres agua? —dijo.
—No.
Abrió el armario de la izquierda, el de las tazas amarillas, cogió una y la llenó del grifo.
Nueve días llevábamos en aquella casa. Nueve días abriendo el de la izquierda o el de la derecha con una precaución ridícula. Y aquella noche, a la una y cuarenta de la madrugada, cogió una amarilla porque era la que tenía delante, y me la puso a mí en la mano sin preguntarme otra vez.
Bebí.
—Yo firmé Bruselas esperando que me lo pidieras —dije.
Lo dije al vaso. No lo dije a él. Llevaba nueve días buscando el orden correcto de esa frase y salió sola y salió mal, mirando una taza amarilla en una cocina prestada.
Nicolás no dijo nada.
—No que me lo prohibieras —seguí—. Que me lo pidieras.
Que dijeras: no te vayas. Firmé el ocho de julio, a las cuatro de la tarde, en la oficina de Bruselas, y te llamé a las cuatro y diez y no te lo dije, y en el tren de vuelta estuve dos horas pensando en cómo se lo digo, y lo que pensaba en realidad era: a ver qué hace.
—Alba.
—Déjame acabar, que si me paras no sigo.
Y me paró igual.
—¿Por qué no me lo pediste tú?
—¿El qué?
—Que me fuera contigo. —Se apoyó en el marco con el hombro—. Tú dices que esperabas que yo te lo pidiera. Yo te digo lo mismo. ¿Por qué no me lo pediste tú?
Y esa es la pregunta, y me la hizo a las dos menos veinte de la madrugada de un miércoles, de pie en la puerta de una cocina, y yo tardé en contestar más de lo que he tardado en contestar nada en mi vida profesional.
—Porque si te lo pedía y decías que no, ya estaba —dije.
—Ya estaba ¿qué?
—Ya sabía. Y prefería no saberlo.
Se quedó quieto.
—Pues yo tampoco te lo pedí por eso mismo —dijo.
Y ahí nos quedamos los dos, cada uno con su silencio, que resultaron ser el mismo silencio.
Se apoyó en el marco de la puerta.
—Yo no te dejé un papel firmado encima de la mesa para que lo vieras —dije—. Peor. Lo firmé y me lo callé tres semanas para poder mirarte tres semanas y ver si me lo pedías. Te estuve examinando.
—¿Y qué nota saqué?
—Ninguna. No me lo pediste.
—Alba, ¿tú sabes lo que estuve haciendo yo en julio?
—Dímelo.
—Mirando pisos en Bruselas.
Se me cayó algo por dentro y se me quedó cayendo un rato.
—¿Cuándo?
—A finales de julio. Dos semanas. En el móvil, por la noche.
—¿Y por qué no dijiste nada?
—Porque no sabía que te habías ido a firmar. —Se pasó la mano por la nuca—. Yo miraba pisos porque tú estabas rara, y pensaba: si me lo pide, voy. Y no me lo pediste.
Nos quedamos los dos callados en una cocina de cuatro metros cuadrados.
Dos personas adultas, con carrera y con negocio, mirando cada una por su lado y en secreto la misma ciudad durante el mismo mes, esperando cada una a que la otra hablara primero.
—Porque no lo sabía.
—Ya lo sé. Ese es el problema, Nicolás. Te puse un examen que no sabías que estabas haciendo y luego te suspendí.
Se quedó callado bastante rato.
—Yo rechacé Valencia en marzo del año pasado —dijo.
—Ya lo sé.
—No sabes cómo.
—Pues dímelo.
Se apartó del marco y se sentó en la silla de la cocina, que tiene el respaldo suelto, y se pasó las manos por la cara una vez.
—Me llamaron un martes. Era el obrador de los Lloret, en Benimaclet, para llevarles la producción. Buen sueldo. Empezar en septiembre. —Se paró—. Y yo dije que no en la misma llamada. Sin colgar. Sin pensarlo.
—¿Por qué?
—Porque mi padre llevaba cuatro meses del ictus.
—Nicolás, tu padre estaba andando en marzo.
—Estaba andando.
—Estaba andando y bajaba a mirarte el horno todas las mañanas.
—Eso también es verdad. —Apartó la silla del respaldo suelto y se sentó del todo—. Alba, ¿tú sabes por qué no te lo conté?
—Dímelo tú.
—Porque si te lo contaba, tú me ibas a decir que lo cogiera.
Y ahí me tuve que sentar en la otra silla.
—Y si tú me decías que lo cogiera —siguió, muy despacio, mirando la mesa—, yo lo cogía. Y en algún momento, dentro de diez años, en una discusión, te lo iba a echar en cara. Y yo eso no lo quería.
—O sea que decidiste no deberme nada.
—Decidí no cobrártelo nunca.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
—Nicolás, es exactamente lo mismo con mejor letra. Tú no me quisiste deber nada porque no querías tener que perdonarme un día. Y para eso decidiste tú.
—Yo decidí sobre mi trabajo.
—Decidiste sobre mi vida.
—Alba, era una oferta mía.
—Era una oferta que nos habría puesto a los dos en la misma ciudad, y la contestaste sin colgar el teléfono.
Y ahí se calló, y fue un silencio distinto de los suyos, porque en los suyos él está esperando y en aquel no estaba esperando nada.
Él dijo que sí. Dijo «ya» y luego dijo «vale» y luego se quedó callado, y yo esperé a que dijera lo otro, la parte que le tocaba a él, la de que llevaba dos años decidiendo por los dos y que lo sabía.
No la dijo.
No la dijo aquella noche, y yo tampoco dije la mía entera. A las dos de la mañana de un miércoles de agosto los dos dijimos la mitad, y la mitad ya fue más de lo que habíamos dicho en tres años, y nos pareció suficiente.
—Nicolás.
—Dime.
—Yo no te lo pedí porque tenía miedo de que dijeras que sí.
—Ya lo sé.
—No es lo que crees. —Me quedé un momento buscando la manera y no la encontré, así que lo dije mal—. Tenía miedo de que dijeras que sí y de que después, dentro de quince años, tú fueras un señor que dejó su obrador y yo la que se lo hizo dejar.
Nicolás asintió despacio.
—Pues eso es exactamente lo que pensé yo en marzo del año pasado —dijo—. Al revés.
Y ahí, por primera vez en toda la noche, se rieron los dos, mal y poco, de una cosa que no tenía ninguna gracia.
Se me acercó a la mesa.
No dijo nada. Se puso de pie a mi lado, con la mano en el respaldo de mi silla, y esperó.
Esa fue la primera cosa nueva de la noche, porque Nicolás Salvat, que decide por mí lo que me conviene desde hace tres años, aquella noche se quedó de pie al lado de una silla esperando a que yo levantara la cabeza.
Levanté la cabeza.
Le puse la mano en la muñeca, en la misma muñeca del lunes, y él la giró para que yo pudiera cogerle la mano entera, y tiré, y se agachó.
En el dormitorio no encendimos nada. Entra luz de la plaza por la persiana, la de la farola de la esquina de la farmacia, que es blanca y está mal orientada desde 2019, y esa luz llega hasta la mitad de la cama y no más.
Nos desnudamos como se desnuda uno cuando ya lo ha hecho seiscientas veces: sin ceremonia y sin mirar, hablando de otra cosa hasta la mitad.
Él dejó el cinturón encima de la mesilla alta y yo pensé, medio segundo, que ese era el lado que no habíamos decidido, y después dejé de pensar en las mesillas.
Sabía exactamente lo que iba a pasar y lo sabía él también. No hubo ningún momento en que ninguno de los dos se preguntara nada.
Lo que no sabía era lo otro.
—¿Puedo? —dijo.
Y ahí está.
Ahí está todo, y por eso lo escribo con esta palabra y no con otra.
Llevábamos tres años acostándonos. Este hombre sabe dónde tengo las cicatrices y de qué lado me duele la espalda en invierno y qué hago con los pies cuando tengo frío.
Y aquella noche, en un piso que era de otros, después de nueve días de mentira y dos horas de decir la mitad de la verdad, me preguntó si podía.
—Sí —dije.
Y lo dije en voz alta.
Después fue despacio, y fue despacio por decisión y no por prudencia. Yo he estado con este hombre en noches en las que no ha habido tiempo de llegar al dormitorio, y no era eso. Aquella noche cada cosa duró lo que tenía que durar y una más.
Me besó donde me besa siempre, debajo de la oreja, en el sitio en que le he dicho mil veces que no me haga eso cuando tengo prisa.
Después no siguió por donde sigue siempre.
—¿Aquí? —dijo.
—Un poco más abajo.
Y lo hizo. Y a mí me pasó una cosa muy rara, que fue caer en la cuenta de que yo eso no lo había dicho nunca en voz alta.
Ni con él ni con nadie. Llevo treinta y cinco años en el mundo y once ganándome la vida hablando, y llevaba tres años esperando que un hombre adivinara y calificándolo por el resultado.
Se lo dije otra vez. Le dije dónde y le dije cómo, con las mismas palabras con las que le digo a un cliente que una cláusula está mal colocada, porque no tengo otras y porque a las dos de la mañana ya no tenía nada que defender.
A la tercera me paré en mitad de una frase porque me dio vergüenza, y él esperó.
Esperó de verdad. No siguió por su cuenta, no me tapó la boca con otro beso, no hizo ninguna de las cosas que se hacen para que la otra persona no tenga que terminar una frase incómoda.
Esperó con la mano quieta y la cara a un palmo.
Y yo la terminé.
Escribo esto y me parece poca cosa. Una mujer de treinta y cinco años termina una frase en una cama. Pero es que yo he terminado todas las frases de mi vida. Termino las de los demás. Me pagan por terminarlas en el momento exacto en que la otra parte se está pensando si conviene.
Aquella era la única clase de frase que yo no había terminado nunca, y no la terminé porque me diera valor, sino porque él se quedó quieto el tiempo suficiente para que no me quedara otra.
Hubo un momento en el que le puse la mano en el pecho para que se estuviera quieto, y se estuvo quieto, y a mí eso me pareció más íntimo que todo lo anterior.
De lo demás voy a contar tres cosas.
Y hubo un momento, hacia la mitad, en que él paró del todo, se apoyó en el codo y me miró en aquella luz de farola mal orientada.
—¿Estás aquí? —dijo.
No era una pregunta retórica. Es una que me ha hecho otras veces, cuando se me va la cabeza a un expediente en el peor momento, y yo siempre le contesto que sí sin pensarlo.
Aquella noche me lo pensé.
—Sí —dije—. Estoy aquí.
Y era verdad, y fue la única frase enteramente verdadera que dije en aquella casa en diez días.
La primera es que se rió. En algún momento algo no salió, uno de los dos se movió mal, y en vez de seguir como si nada nos quedamos parados y se rió contra mi hombro, y yo también, y después seguimos, y no perdimos nada.
Eso, con veinte años, habría arruinado la noche.
Con treinta y cinco es exactamente al revés.
La segunda es que le pregunté yo también. Le pregunté si quería, y cómo, y él me contestó con una frase entera y no con un ruido, y me di cuenta de que tampoco se lo había preguntado nunca en tres años. Ni una vez. Yo, que le pregunto a la gente cosas para ganarme la vida.
Y él contestó a la primera y sin pensarlo, lo cual quiere decir que llevaba tres años sabiendo la respuesta y esperando la pregunta.
Y la tercera es que en ningún momento de aquella hora tuve la sensación de estar arreglando nada.
Eso es lo que me sorprendió después. Yo esperaba, si alguna vez me lo hubiera imaginado, que acostarnos fuera una manera de decir lo que no habíamos dicho.
Y no lo fue. No dijimos nada que no supiéramos.
Simplemente, durante una hora, dos personas que llevan tres años decidiendo la una por la otra estuvieron preguntando y contestando cada tres minutos.
Se nos daba muy bien.
Se nos daba tan bien que da rabia.
Después nos quedamos quietos, sin decir nada, con la persiana entrando en diagonal hasta la mitad de la cama.
Él tenía un brazo debajo de la cabeza y el otro estirado, y yo estaba mirando el techo, que en La Cambra tiene una grieta que va de la lámpara a la esquina y que alguien pintó por encima en junio sin taparla.
Y ahí abajo, a través de un forjado de 1948, se oía la cámara del Forn Salvat.
Llevaba nueve noches oyéndola sin saber lo que era.
La primera noche pensé que era un aire acondicionado.
La cuarta ya no la oía. Y aquella noche, a las tres menos veinte de la madrugada, con la mano de un hombre boca arriba en el colchón a medio palmo de la mía, la oí perfectamente y supe exactamente lo que era, porque llevaba tres años oyéndola por teléfono a las cinco de la mañana y no lo había juntado hasta entonces.
Es lo que suena en su casa. Yo he dormido nueve noches encima del ruido de fondo de la vida de Nicolás Salvat sin reconocerlo.
Y entonces él hizo lo de siempre.
Se giró, me pasó el brazo por encima y me puso la mano abierta en el esternón. Así duerme Nicolás desde el primer invierno: de lado, detrás, con la palma plana en el centro del pecho, y a mí eso me ha gustado siempre y él lo sabe.
Le cogí la muñeca y se la bajé.
No con brusquedad. Se la bajé y se la dejé en el colchón, entre los dos, y él no dijo nada y no la volvió a subir.
—Nicolás.
—Dime.
—Mañana sigo teniendo que estar en Bruselas y tú sigues teniendo un obrador.
—Ya lo sé.
—Y seguimos sin haber contado nada a nadie.
—Ya lo sé, Alba.
—Solo lo digo para que ninguno de los dos se levante mañana pensando que esto ha sido una respuesta.
Se quedó un rato callado.
—No he pensado eso —dijo.
Y no era verdad, y yo lo sabía, y me callé.
Nos dormimos así, con medio palmo entre los dos y su mano boca arriba en el colchón.
Aquella fue la primera noche de las diez que dormimos en la misma cama, y la última que dormimos en aquella casa, aunque eso entonces no lo sabía ninguno de los dos.
A las cuatro y cuarto sonó su alarma y la quitó antes del segundo pitido.
Se levantó, se vistió a oscuras y en el orden de siempre: pantalón, camiseta, reloj, y el cinturón el último y de pie junto a la mesilla alta.
Yo estaba despierta y él lo sabía y ninguno de los dos dijo nada, y esa fue la primera vez en tres años que ese silencio no me pareció cómodo.
En la puerta del dormitorio se paró.
—El sofá lo dejo abierto —dijo.
—¿Por qué?
—Por si sube tu madre.