Guerra de familia, amor de generación DÍA −2 · JUEVES24. La renuncia25. Otra vez sin preguntarme26. La versión de Vicent27. La reparación pública
63%

DÍA −2 · JUEVES24. La renuncia25. Otra vez sin preguntarme26. La versión de Vicent27. La reparación pública

La renuncia

Llamé a Elvira Sanchis el jueves a las siete y cuarto de la mañana, desde el patio, con la manguera cerrada y el pedido de la comisión ya fuera.

—Muy temprano —dijo.

—Necesito que prepares tres cosas.

—Dime.

Y se las dije. En este orden, sin preámbulo y sin explicar por qué, porque llevaba dos noches ensayándolo y sabía que si empezaba a explicar no llegaba al final.

Uno: mi salida del accionariado de la sociedad. Que la parte que me corresponde a mí como titular del Forn Salvat no venga a mi nombre. Ni el treinta y ocho por ciento, ni el uno.

Dos: que yo asuma personalmente, con mi patrimonio, las devoluciones de las reservas si el proyecto se cae. Las seiscientas ochenta y siete. Yo.

Tres: que ese porcentaje mío vaya a los trabajadores. A los once. Con un mecanismo que ella sabrá cuál es y yo no, porque yo hago coques y no sé cómo se le da a once personas una parte de una empresa que todavía no existe.

Hubo un silencio largo, y en once años no le he oído a Elvira Sanchis un silencio.

Se oía una radio de fondo, muy baja, y una silla.

—¿Me lo repites?

Se lo repetí. Igual, en el mismo orden, sin cambiar una palabra, porque lo había ensayado.

—Nicolás, tú lo que me estás pidiendo es que redacte tu ruina.

—No es mi ruina. Sigo teniendo el obrador.

—Sigues teniendo un obrador de 1961 con un horno que cierra mal, sin la reforma, sin la distribución y con una deuda personal de ocho mil euros si esto se cae. —Se oyó una silla—. Y sin participación en la sociedad que iba a arreglarte la vida.

—La sociedad no la iba a arreglar. La iba a arreglar la reforma.

—La reforma la paga la sociedad.

—Elvira.

—Que sí, que ya lo hago. Que te lo digo porque cobro por decírtelo.

Escribió algo.

—¿Motivo?

—¿Cómo?

—Que en la nota tengo que poner un motivo. Para el expediente. Y para que dentro de un año, cuando alguien te pregunte por qué hiciste esto, haya un papel que lo diga.

Y ahí me quedé un rato con el teléfono en la oreja, en el patio de mi obrador, a las siete y veinte de la mañana, mirando la pared del fondo.

Y lo que me salió fue lo que llevaba dos días diciéndome por dentro, palabra por palabra, y al oírmelo en voz alta por primera vez me pareció más pequeño que en la cabeza.

—Que no quiero que nadie firme nada pensando que yo salgo ganando —dije.

Elvira lo apuntó. Se oyó el teclado.

—Nicolás, otra cosa. La segunda de las tres.

—Dime.

—Las devoluciones. Dime el número en voz alta.

—Ocho mil doscientos cuarenta y cuatro.

—Otra vez.

—Elvira.

—Que me lo digas otra vez.

—Ocho mil doscientos cuarenta y cuatro euros.

—Vale. —Se oyó una silla—. ¿Y tú tienes ocho mil doscientos cuarenta y cuatro euros?

Y ahí me tuve que sentar en el escalón del patio, porque no.

Tengo una furgoneta de 2016 pagada, un horno de 1988 que cierra mal, veintiséis mil euros en una cuenta que son para la parte de la reforma que no cubre el préstamo, y una nómina que me pongo yo y que es la más baja del cuadrante porque así lo decidí en 2019 y no se lo he dicho a nadie.

—Los tengo —dije.

—Los tienes hoy.

—Sí.

—¿Y en noviembre?

—En noviembre, si sale la reforma, no.

—Ya. —El teclado otra vez—. Entonces lo que me estás pidiendo es que te ponga por escrito una obligación personal por una cantidad que puedes cubrir esta semana y no dentro de tres meses.

—Sí.

—Y que no se lo diga a nadie.

—Sí.

—Nicolás.

—Elvira, hazlo.

Lo hizo.

—¿Y esto lo has hablado con alguien?

—No.

—¿Con nadie?

—Con nadie.

—Vale —dijo—. Y ahora te digo yo una cosa a ti.

—Dime.

—Esto se lo tengo que comunicar a Alba.

Y se me paró todo.

—No.

—Nicolás, Alba está revisando el acuerdo. Lleva desde julio revisándolo y esta semana me ha mandado tres correos. Si yo cambio la estructura del accionariado y no se lo digo, la que tiene un problema profesional es ella.

—Espérate.

—¿A qué?

—Al sábado.

Al otro lado se oía la radio de su oficina, muy baja, como todas las mañanas.

—¿Por qué al sábado? —dijo Elvira.

Y esa es la pregunta que me hizo una asesora mercantil de Alzira a las siete y veinticinco de la mañana de un jueves de agosto, y yo tenía preparadas cuatro respuestas para la gente de este pueblo y ninguna para ella.

—Porque estamos en fiestas —dije.

—Ya.

—Y porque el sábado se firma.

—Nicolás, el sábado tú te casas. La sociedad se firma después.

—Pues después.

Elvira Sanchis dejó de teclear.

—Te doy hasta el viernes por la tarde —dijo—. El viernes por la tarde tengo el borrador y se lo mando a las dos partes, porque es lo que tengo que hacer. Si quieres contárselo tú antes, tienes día y medio.

—Vale.

—Y una última cosa, y esta no te la cobro.

—Dime.

—Cuando alguien me pide que le quite su parte de algo y me pide que no se lo diga a su socia, normalmente es porque se va.

Y colgó.

Elvira Sanchis lleva llevándome la mercantil desde que me hice cargo del obrador. Me ha llamado idiota tres veces por escrito. Nunca me había dicho una cosa así, ni había colgado sin despedirse.

Colgué y me quedé en el patio con el teléfono en la mano.

Se va.

Eso es lo que había dicho Elvira, y lo había dicho de mí, y no era verdad y tampoco era del todo mentira, porque una cosa muy parecida a irse es quedarse habiendo puesto todas tus cosas en orden para que no dependan de ti.

Voy a explicar por qué lo hice, y lo voy a explicar como lo pensaba aquel jueves y no como lo veo ahora, porque si lo escribo como lo veo ahora no se entiende.

El domingo por la noche, en la floristería, Alba escribió una lista y yo le pedí que me pusiera a mí dentro. Le dije: si sale la sociedad, yo salgo ganando; si lo escribes como si esto fuera por once personas, lo estás escribiendo mal.

Y llevaba desde entonces sin poder quitarme aquello de encima.

Porque era verdad. Porque durante nueve días habíamos estado los dos mintiendo a dos familias y a un pueblo entero, y cada vez que alguien nos preguntaba por qué, la respuesta era once contratos, y los once contratos eran verdad, pero yo iba dentro.

Yo cobraba.

Y aquel jueves por la mañana se me ocurrió, con una claridad que me pareció limpísima, que había una manera de arreglarlo: quitarme.

Si yo no cobro, la mentira ya no es interesada. Si yo no cobro, cuando el sábado esto se caiga y todo el mundo pregunte, hay un papel firmado el jueves que dice que Nicolás Salvat renunció a su parte antes de que se cayera nada.

Si yo no cobro, no me parezco a mi padre.

Eso fue lo que pensé de verdad. Lo pensé con esas palabras.

Y me pareció generoso.

En ningún momento de aquella mañana, ni de aquel día, ni de los dos siguientes, se me ocurrió preguntarle a nadie.

Ni a Marisa, que lleva treinta y tres años y que iba a ser la responsable de producción de la sociedad de la que yo estaba saliendo.

Ni a los otros diez, que iban a recibir un porcentaje que ninguno había pedido.

Ni a Alba, que llevaba desde julio revisando el acuerdo que yo acababa de mandar cambiar por teléfono en cuatro minutos.

A ninguno.

Un hombre solo, en el patio de un obrador, a las siete y veinte de la mañana, decidiendo quién paga.

A las nueve y media mi padre no entró.

Segundo día. El lunes tampoco había entrado, el martes vine yo a buscarlo, el miércoles pasó por la puerta y siguió, y el jueves a las nueve y media yo estaba mirando la esquina de Sant Roc con una bandeja en la mano como un tonto.

En dos años no ha faltado ni el día del entierro de su hermano, que fue por la tarde.

Marisa me lo dijo sin levantar la cabeza del mármol.

—Tu padre no ha venido.

—Ya lo sé.

—Digo que lleva tres días.

—Ya lo sé, Marisa.

—Pues por saberlo yo también.

A las once vino Puri con la lista de los que sirven el sábado.

Se sentó en la silla de fuera, la de la sombra, sacó dos libretas y un móvil, y empezó a leerme nombres y horas, y a los cuatro minutos se paró en mitad de una frase y se puso a mirar la pantalla.

—Ay, otra vez.

—¿Qué pasa?

—Que me lo han vuelto a cambiar.

—¿El qué?

—Lo del sábado. —Le dio la vuelta al móvil y me lo enseñó, y me lo enseñó porque yo estaba allí y porque Puri Albiol enseña las cosas—. Mira. Este me dice una cosa y este me dice otra.

Había dos conversaciones abiertas.

Una era de un número guardado como Vicent Salvat .

La otra era de un número sin guardar. Sin nombre. Nueve cifras y nada más.

—¿Y ese quién es?

—Ese es el otro.

—¿Qué otro, Puri?

—Pues el que me escribe. —Se guardó el móvil—. Nicolás, a mí me escribe todo el pueblo. Yo no guardo a nadie.

—¿Y qué te dicen? —dije.

—Este —señaló el guardado— me dice que a las once y media. Y este —señaló el otro— me dice que a las doce menos cuarto y que hay que avisar a las dos bandas por separado.

—¿Avisarlas de qué?

—Del orden.

—Puri, el orden todavía no está decidido.

Puri me miró por encima de las gafas.

—El orden lo decido yo, Nicolás. Y llevo desde el sábado sin decidirlo porque en cuanto lo diga se enfada uno de los dos, y yo la semana de fiestas prefiero que no se enfade nadie hasta el domingo.

Y siguió con la lista de los que sirven el sábado.

Yo me quedé de pie con dos bandejas en la mano.

Mi padre tiene dos teléfonos. Tiene el suyo, que es de los normales y en el que le tengo puesto el nombre, y tiene el de mi madre, un Alcatel de tapa gris que está en su mesilla desde 2014 y con el que hizo la fotografía de la tarta. Me lo dijo él, el martes, en la barra, con una taza en la mano.

Dos números.

Un hombre con dos teléfonos escribiéndole a la misma señora sobre la misma boda, uno con su nombre y otro sin guardar, y encima diciéndole cosas distintas por cada uno.

Eso es lo que vi yo aquel jueves a las once y cuarto de la mañana, y me pareció que por fin lo entendía todo.

Y lo apunté en la cabeza, en la lista, la séptima cosa.

Un obrador funciona porque las cosas van en un orden. Si te falta un dato, no sigues: paras y lo buscas. Y si haces la cuenta con un dato mal, sale todo mal y no se nota hasta el final, cuando ya has gastado la harina.

Aquel jueves yo tenía siete datos y seis eran ciertos.

El séptimo era que aquellos dos números eran el mismo hombre.

A la una tenía el correo de Elvira en el móvil. Asunto: Borrador salida accionariado — Forn Salvat SLU. Cuatro adjuntos.

No lo abrí.

A la una y media pasé por delante de la floristería y Alba estaba dentro con Candela y con las tres páginas encima de la mesa de trabajo, señalando algo con un bolígrafo.

Me paré en la acera de enfrente unos segundos.

Estaba con el pelo recogido y la manga subida, señalando un párrafo con el capuchón del bolígrafo, y Candela asentía y apuntaba algo en un cuaderno. Llevaban las dos así desde por la mañana.

Yo tenía en el bolsillo el móvil con el correo de Elvira sin abrir.

Y pensé una cosa muy concreta, y la escribo tal cual: si entro ahora y se lo cuento, se acaba la semana.

No se acaba la mentira, ni la boda, ni el problema de la naranja.

Se acaba la semana: se acaba esto de bajar a las cuatro y cuarto, y de cenar de pie en una cocina, y de subir catorce escalones detrás de ella.

Porque en cuanto yo dijera lo de mi padre y lo de la partitura y lo del accionariado, aquello se convertía en otra cosa, y esa otra cosa duraba hasta el sábado y después no había nada.

Y yo quería los dos días.

Esa es la verdad y no hay ninguna más digna debajo.

Tenía día y medio.

Tenía a la asesora avisada, un borrador en marcha, un papel de mi padre en un bolsillo, una partitura en un cajón de herramientas y una mujer a doce metros con la que me había acostado treinta y seis horas antes y a la que no le había contado nada de nada de las cinco cosas anteriores.

Y me dije lo que me llevaba diciendo desde el jueves anterior: se lo cuento cuando esté hecho.

Cuando esté hecho, cuando haya un documento, cuando pueda enseñárselo y decir mira, ya no cobro, ya no estoy dentro, ya se puede confiar en mí.

Candela me vio.

Levantó la cabeza del cuaderno, me miró a través del escaparate, y no me saludó. Se quedó un segundo, volvió a bajar la cabeza y siguió apuntando.

Yo llevo conociendo a Candela Ribes desde que tenemos ocho y nueve años y sé perfectamente lo que es eso. Eso es: te he visto ahí parado.

No entré.

Y a las dos menos veinte, andando hacia el obrador, me di cuenta de una cosa que llevaba dos días sin ver: que yo ya no estaba escondiéndole a Alba lo de mi padre.

Le estaba escondiendo cinco cosas, y una de ellas la había hecho yo aquella misma mañana, y ninguna tenía que ver con Vicent Salvat.

Fui al obrador, saqué las bandejas del horno grande y estuve hasta las nueve de la noche haciendo coronas que no íbamos a poder entregar, y a las nueve subí a La Cambra y cenamos los dos de pie en la cocina.

Ella me contó lo de los cuarenta y un tarros. Me dijo el número de coronas que salen y me dijo lo de los once días, y lo dijo entero, sin quitarle nada, como cuenta ella las cosas malas.

Yo le dije que se podía comprar confitada en Alzira.

Ella me dijo que no.

Y yo dije vale.

Después fregamos los dos platos, y ella se fue a la habitación, y yo abrí el sofá en cuarenta segundos.