14. Puri está en todas partes
Puri está en todas partes
Puri Albiol tiene una bolsa de tela del Banco de Alimentos que lleva quince años usando para todo, y aquel domingo la vi pasar por delante de mi puerta cuatro veces.
Los domingos de agosto yo estoy en el obrador de siete a dos y de seis a nueve, y por delante de esa puerta pasa el pueblo entero, así que ver pasar a alguien cuatro veces no es investigar: es estar.
Los viajes eran por las partituras.
En el casal de La Unió había entrado agua por el tragaluz y se les habían mojado dos carpetas del archivo, y Ximo Blasco, que el sábado por la mañana llevaba tres horas discutiendo por un muerto de 1989, el domingo por la tarde había mandado decir que les dejaba copias.
Aquí funciona así. Aquí uno se puede pasar cuarenta años sin dirigirle la palabra a alguien y presentarse en su casa a las dos horas de una desgracia. Y a la semana siguiente vuelve a no dirigirle la palabra, y las dos cosas son verdad, y el que venga de fuera que lo entienda como pueda.
Un archivo de banda es una cosa seria. Son las particellas: una hoja por instrumento, escritas o fotocopiadas, con las anotaciones a lápiz de todos los que han tocado ese papel desde que existe.
En la carpeta de las antiguas de La Unió hay papeles de los años cuarenta con marcas de tres músicos distintos.
Eso, mojado, es un desastre que no se arregla con dinero.
Puri hacía de correo, porque Puri hace de correo desde 1979 y porque los dos presidentes no se iban a ver la cara.
El primer viaje lo hizo a las cinco y media, de La Unió a La Lira, con la bolsa vacía. El segundo, a las seis, de vuelta, con la bolsa llena. El tercero, a las seis y cuarenta, otra vez para allá. El cuarto, a las siete y veinte.
Yo estaba despachando y la veía pasar por delante de la puerta, y cada vez que pasaba levantaba la mano y decía algo, y en el tercer viaje me dijo que en el casal de La Unió olía a humedad y que eso ya no se quita.
A las siete y veinte volvió del cuarto viaje y se paró en mi puerta a coger aire.
—Nicolás, dame agua.
Le di un vaso de agua. Dejó la bolsa de tela encima del mostrador de fuera, el de la terraza, y se sentó en la silla de la sombra.
—Cuatro veces —dijo—. A mi edad.
—Le digo a Kevin que se lo lleve.
—No, hijo, que hay cosas que no se dan a un chaval.
—¿Y a Rosa Marí no le da vergüenza pedirle copias a Ximo?
—A Rosa Marí le da vergüenza. A las partituras no. —Bebió—. Y además no se las ha pedido ella. Se las ha ofrecido él, que es distinto, y Rosa Marí ha dicho que bueno. Que es lo que se dice.
—Ya.
—Que aquí nadie pide nunca nada, hijo. Aquí se ofrece y se dice bueno.
Y ahí se levantó, dijo que iba un momento al baño y se metió dentro.
Estuvo dentro un minuto y veinte segundos. Los sé porque los conté, y los conté porque yo cuento las cosas cuando no sé qué hacer con ellas.
En la bolsa de tela había, encima de todo, dos cosas.
La primera era un fajo de partituras sujetas con una goma. Fotocopias, casi todas: papel blanco reciente, la pauta impresa gris. Se veía el borde de cinco o seis.
Las fotocopias eran de La Lira: llevan el sello redondo en la esquina, morado, con el año de fundación. Las conozco porque en ese casal aprendí a leer un pentagrama antes que a leer un albarán.
La segunda cosa era un sobre.
Un sobre blanco, tamaño folio doblado, cerrado, acolchado no. Y encima, escrito con bolígrafo azul y en mayúsculas apretadas: NEUS ORTELLS — SETMANARI. ENTREGAR EN MÀ.
Esa letra la conozco. La tengo doblada en cuatro en el bolsillo de atrás de un pantalón desde el jueves.
Voy a contar los treinta segundos siguientes con toda la exactitud de que soy capaz, porque llevo desde entonces repasándolos y porque no he encontrado nunca la manera de que salgan de otra forma.
Cogí el fajo de partituras.
Le quité la goma. Encima había cinco fotocopias, y debajo, la sexta, que no era fotocopia. Era papel pautado de verdad, del amarillo, del que se pone quebradizo por el borde, escrito a mano con tinta negra y con una caligrafía de copista que no he visto nunca fuera de un archivo de banda.
En la cabecera ponía el título.
AMPARO. Pasdoble.
Y debajo, en letra pequeña: A la Societat Musical La Lira de Beniflor. E. Roig, 1986.
Y arriba a la derecha, en el ángulo, con bolígrafo azul y en mayúsculas apretadas, una fecha.
El sábado de las fiestas de 1986.
La miré mucho rato. Miré la fecha y miré la cabecera y volví a mirar la fecha.
Debajo del título, en el pentagrama, hay una indicación que no es de tempo: Molt lligat, sense pressa . Muy ligado, sin prisa. Eso no lo pone un compositor en un pasodoble de plaza. Eso lo pone alguien que sabe a qué velocidad va a andar la persona que entra.
Y en el margen izquierdo, a lápiz, muy flojo, hay tres letras: cl. 1r .
Clarinete primero.
Esa es la anotación de quien reparte los papeles antes de un ensayo. Escribe en cada particella a quién le toca, y la de aquella hoja decía clarinete primero.
En 1986 el clarinete primero de La Lira era mi padre.
Me quedé con aquello en la mano en la terraza de mi obrador un domingo a las siete y veinticinco de la tarde, con dos mesas ocupadas a cuatro metros y un niño pidiendo un helado dentro.
Un pasodoble se dedica a una persona y lleva su nombre y se estrena en un sitio y en una fecha. Eso lo sé desde los siete años, de doña Pilar, en el aula de arriba de ese mismo casal. Y hay pasodobles que se escriben para una entrada.
Emili Roig escribió en 1986 un pasodoble que se llamaba Amparo , para La Lira, y alguien apuntó en un ángulo la fecha en que se iba a tocar.
Y no se tocó nunca, porque el sábado de las fiestas de 1986 no hubo boda.
Y mi padre era clarinete de La Lira hasta ese año.
Un pasodoble se estrena una vez. Después se toca todas las veces que haga falta, pero se estrena una sola, y en el archivo de una banda queda apuntado dónde y cuándo, y si no queda apuntado es porque no se estrenó.
Aquella hoja llevaba treinta y nueve años en una carpeta con la fecha de estreno escrita y sin estrenar.
Doblé el papel por la mitad, cosa que no se le hace a una partitura de 1986, y me lo metí en el bolsillo interior de la chaqueta de trabajo, que estaba colgada en la percha de la puerta.
Después me quedé mirando el sobre.
Estaba a treinta centímetros. Estaba cerrado. Ponía la misma letra que la nota de la tarta y que la fecha del ángulo. Lo levanté con dos dedos: era rígido y plano, y pesaba lo que pesa una cartulina o un papel fotográfico, y no sonaba a nada.
Y lo dejé donde estaba.
Aquí es donde tengo que ser exacto, porque en el capítulo de mi vida que vino después esto se ha contado como un descuido y no fue un descuido.
Yo pensé lo siguiente, en este orden, en unos ocho segundos:
Que aquello iba dirigido a una periodista, en mano, y que una periodista escribe en un semanario que sale los miércoles.
Que el miércoles es después del lunes.
Que el plazo que tenía yo encima se acababa el lunes a las ocho menos veinte, cuando Joan Borràs leyera el apartado del sábado.
Que si mi padre estaba mandando cosas a la prensa para que salieran el miércoles, lo que estaba haciendo era organizar su famosa búsqueda sentimental para después de la boda, y que por lo tanto ese sobre no me quitaba ni me daba una hora.
Y que abrir el correo de otra persona es una cosa que yo no he hecho nunca.
Cuatro razones. Las cuatro se sostienen si las dices en voz alta. Las cuatro las he dicho en voz alta, delante de gente, y la gente ha asentido.
Y hay una quinta que se me ocurrió también y que era la única que tenía algo de verdad práctica: que si abría aquel sobre y dentro había algo, yo ya no podía volver a cerrarlo, y Puri iba a llegar a la redacción con un sobre abierto, y a partir de ahí toda la investigación que llevaba cuatro días haciendo a escondidas se acababa en un pasillo.
La verdadera es la quinta y no me la dije.
La quinta es que yo aquella tarde estaba buscando pruebas contra mi padre y me acababa de encontrar una en la mano, con su fecha y su letra, y que un hombre que acaba de encontrar lo que buscaba deja de buscar. Cogí lo que servía para lo mío y dejé lo que no me servía a mí.
Y hay una cosa más y quiero dejarla escrita, aunque quede fea.
Yo no sentí lástima.
Un hijo normal, delante de una hoja así, siente lástima.
Yo sentí lo que se siente cuando encuentras la pieza que llevas dos días buscando: se me quitó el peso del pecho y me puse contento.
Contento. Durante unos ocho segundos, en la terraza de mi obrador, estuve contento de tener una prueba contra mi padre.
Después me duró toda la semana.
Puri salió del baño a las siete y veintisiete.
—¿Te ayudo? —dije.
—Ay, sí. Llévamela hasta la esquina.
Le llevé la bolsa hasta la esquina de Sant Roc, con el sobre dentro, y en la esquina me la quitó de la mano y siguió sola hasta el casal de La Unió.
En la esquina, antes de soltarla, hice una última cosa, y esta la hice deprisa y sin pensarla, y por eso me acuerdo mejor de esta que de las otras: le miré el peso a la bolsa. La levanté dos centímetros con la mano derecha y la volví a bajar.
No sé qué esperaba averiguar. No hay manera de saber lo que hay en un sobre por lo que pesa una bolsa de tela.
Lo hice porque quería poder decirme después que había hecho algo.
A las ocho y media pasó Neus Ortells con el coche, aparcó en doble fila delante del casal y estuvo dentro seis minutos. Salió con el programa cerrado debajo del brazo, un bolso grande y, entre las dos cosas, algo blanco.
Levantó la mano al verme.
—¡El miércoles sale! —gritó desde el coche—. ¡Media página!
—Muy bien.
—¡Y os mando el enlace!
Se fue.
Y hay una cosa que tengo que apuntar aquí, aunque en aquel momento me pareció un detalle sin importancia: Neus Ortells salió del casal de La Unió y no del de La Lira.
Puri se había llevado la bolsa a La Unió. Y en La Unió, además de las partituras, entregó lo otro.
Eso significa que el sobre no iba a ninguna redacción por correo ni por mensajería: iba a las manos de una persona, en un casal, un domingo por la tarde, aprovechando un viaje que existía por otra razón.
Es exactamente lo que hago yo cuando llevo un pedido a Gandia y aprovecho para pasar por el proveedor. No se organiza un viaje: se cuelga una cosa de un viaje que ya está hecho.
A las nueve cerré, subí a La Cambra y Alba estaba en la mesa de la cocina con dos folios delante y un bolígrafo que no estaba usando.
—Se ha ido por el patio —dijo.
—Ya me lo has dicho.
—Ya.
Me senté enfrente. Puse las manos encima de la mesa. Tenía en el bolsillo interior de la chaqueta, colgada a tres metros, en la percha de la entrada, una partitura de 1986 con el nombre de su madre en la cabecera y una fecha escrita con la misma letra que la nota que teníamos los dos.
Es lo más grande que he tenido nunca para darle a nadie.
Y yo tenía a tres metros la única cosa de aquella semana que le habría cambiado el día a Alba Ribes, y que además no era una acusación: era un pasodoble con el nombre de su madre.
Podía haberlo puesto encima de aquella mesa sin decir de dónde salía. Podía haber dicho: mira lo que había en el archivo. Y ella lo habría cogido, y se le habría puesto la cara que se le pone cuando algo encaja, y a lo mejor aquella noche habríamos hablado de otra cosa.
Y no lo hice, porque si sacaba la partitura tenía que explicar de dónde la había sacado, y para explicar de dónde la había sacado tenía que explicar por qué estaba yo mirando dentro de la bolsa de Puri Albiol.
—¿Tú cenas? —dije.
—No tengo hambre.
—Pues hago algo igual.
Y me levanté a hacer algo igual, que es lo que hago yo, y no dije nada, y aquella fue la sexta.
A las once, cuando ella se acostó, saqué la chaqueta al rellano, saqué la partitura y la guardé en el cajón de las herramientas del obrador, debajo de la caja de las brocas, que es el único sitio de este pueblo donde no busca nadie.
Y me acordé, con la mano dentro del cajón, de que exactamente eso había hecho yo el martes de la semana anterior con un anillo, y de cómo había acabado.