Guerra de familia, amor de generación DÍA −5 · LUNES15. Cuando se lea el programa16. La fotografía
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DÍA −5 · LUNES15. Cuando se lea el programa16. La fotografía

Cuando se lea el programa

Yo dormí tres horas y media y a las cuatro y cuarto estaba abajo, y a las cinco entró Marisa y me dijo que me sentara un momento, cosa que Marisa no ha dicho nunca.

—Siéntate.

—Estoy bien.

—Nicolás, llevas seis días. Yo no sé qué te pasa y no te lo voy a preguntar más. Pero el sábado tú tienes que estar de pie doce horas y ahora mismo no llegas.

—Llego.

—El horno pequeño lo has vuelto a bajar.

—Lo he bajado a propósito.

—Ah. —Se ató el delantal—. Entonces bien.

Y no dijo nada más en toda la mañana, y a las nueve me dejó un plato al lado del ordenador con dos coques y no me miró mientras me las comía.

El lunes por la mañana repartieron los programas en los buzones y a la una del mediodía en Beniflor no quedaba una casa sin uno.

Los reparten seis personas en dos horas, de nueve a once, y este año lo hicieron las dos hermanas Ferri, el chaval de la tuba, un primo de Rosa Marí, Puri y Kevin, porque Kevin se ofreció y porque a Kevin le está gustando esto del pueblo más de lo que le conviene.

A las once y veinte, Kevin volvió al obrador y dijo:

—Salís en la once.

—Ya lo sé.

—Con foto no. Solo el nombre.

—Ya lo sé, Kevin.

—Es que os pone «Enlace matrimonial», que parece un anuncio de la luz.

Marisa, desde la mesa, dijo:

—Ponte a limpiar.

Mi padre no entró aquella mañana.

Es la primera vez en dos años que mi padre no entra entre las nueve y las diez a mirar el horno grande. A las once menos cuarto me di cuenta y salí a la puerta y miré hacia la esquina de Sant Roc, y lo que hay a esa hora en esa esquina es una furgoneta de reparto y una señora barriendo.

A las once y media volví a salir.

Eso también es una manera de que te digan algo.

El acto de la lectura era a las siete y media en la plaza, desde el balcón del ayuntamiento, con la megafonía municipal, que es la que Joan Borràs pone y enciende. A las siete se reparte la orxata y los fartons en dos mesas delante del casal, y a las siete y media Joan lee los actos uno por uno.

Yo llegué a las siete menos cinco con dos bandejas y una idea de la hora.

La idea de la hora me la había dado Puri el sábado: el sábado es el último día de fiestas, se lee por orden de día, luego lo nuestro va lo último, y eso son las ocho menos veinte o las ocho menos cuarto.

Cincuenta y seis horas. Las había contado el sábado y las había ido gastando de una en una.

Las mesas de la orxata las montan delante del casal, dos tableros sobre caballetes, y sirven cuatro mujeres de la comisión con jarras de dos litros que se van reponiendo desde dentro.

Es orxata de Alboraia, comprada, y todos los años alguien dice que la de antes era mejor y todos los años la de antes era la misma.

Puse las bandejas en el extremo de la segunda mesa y me quedé de pie detrás, que es donde se está cuando llevas veintidós años sirviendo en sitios en los que además vives.

A las siete y veinte, en la plaza había unas trescientas personas.

No exagero, y no lo digo por decir: había trescientas porque las conté por franjas, como se cuenta en una boda si has servido veinte años.

Cuatro filas delante del balcón, la terraza de La Unió llena, la del Cafè Ribes llena, la nuestra llena, gente de pie hasta la farmacia y los críos en la fuente.

Alba estaba en la segunda fila, con su madre a la izquierda y Candela a la derecha.

Y a la izquierda de su madre había una caja de cartón abierta.

Alba tenía la carpeta de plástico debajo del brazo. La misma. Con los dos folios dentro.

Los llevaba a las siete y media de la tarde a un acto de fiestas, en la plaza, con trescientas personas y orxata, porque llevaba desde el domingo por la mañana detrás de un hombre que no aparecía, y porque a Alba Ribes se le puede quitar todo menos la posibilidad de que alguien firme.

Amparo empezó a las siete y veinticinco. No los repartió: los enseñó. Sacó uno, lo abrió del todo con el ruido seco que hacen, y se lo puso delante a Neus Ortells, que había llegado a las siete con el móvil.

—Trescientos —dijo—. Y cincuenta más.

—¿Y los repartís el sábado?

—A la entrada.

Y en cuatro minutos los tenía abiertos la mitad de la primera fila, porque cuando alguien abre un abanico en una plaza a treinta y dos grados el abanico se va solo.

Yo estaba a quince metros y vi la cosa desde fuera por primera vez.

Trescientos abanicos son trescientas manos.

Trescientas personas moviendo, el sábado a mediodía, un papel con mi nombre y el de ella impreso en dorado y una fecha debajo.

Yo había contado trescientos como se cuentan las cajas: cuatro cajas, altillo, humedad.

Aquella tarde, en la plaza, los conté como se cuenta la gente.

Alba me buscó con la mirada por encima de dos filas y no le sostuve la mirada más de un segundo, porque llevaba desde el domingo por la tarde sin poder mirarla más de un segundo.

A las siete y media, Amparo dejó la caja de los abanicos en el suelo, se limpió las manos en la falda y se puso en la segunda fila, al lado de su hija.

Y a mí, que estaba detrás de una mesa de orxata a quince metros, se me ocurrió una cosa que no tenía que ver ni con mi padre ni con el anillo ni con la sociedad.

Que aquella mujer llevaba seis semanas trabajando. De verdad. Presupuestos, listas, proveedores, la libreta del delantal, cuatro viajes a Xàtiva. Que había convencido a un ayuntamiento, a dos bandas y a un pueblo entero. Y que el sábado, a las doce del mediodía, todo aquello se iba a caer.

Y que cuando se cayera, la que se iba a quedar de pie en una plaza no era Alba.

Joan Borràs salió al balcón a las siete y treinta y cuatro.

—Buenas tardes, Beniflor.

Aplausos.

—Antes de nada, el programa lo tenéis todos en casa, así que esto es un formalismo.

—¡Pues no leas! —gritó alguien.

—Se lee —dijo Joan.

Y leyó.

Voy a describir lo que es esto, porque el que no lo haya vivido no se lo cree y porque aquella tarde fue el hombre más importante de mi vida durante cuarenta y un minutos.

Joan Borràs lee los actos de las fiestas de Beniflor por orden de día, del miércoles al sábado, con la hora y el lugar de cada uno. Son cuarenta y dos actos. Y Joan no lee: Joan explica.

Explicó que el pasacalle del miércoles sale de la calle Sant Roc y no de la plaza porque hay una obra en la farmacia. Explicó, durante tres minutos, el cambio de sentido del tráfico, con las manos, señalando calles que todo el mundo tiene a quince metros.

Explicó que este año los toros no son toros sino vaquillas y que eso no es un recorte de presupuesto, y ahí se le fue otro minuto y medio porque desde el fondo alguien dijo que sí era un recorte de presupuesto y Joan contestó que el que quisiera ver las cuentas las tenía a su disposición en el ayuntamiento en horario de atención al público.

—¡Que las traigas ahora! —dijo el mismo.

—En horario de atención al público —repitió Joan.

Explicó lo del castillo. Explicó que la discomóvil del viernes acaba a las tres y media y no a las cuatro por la ordenanza de ruidos, y le abuchearon, y siguió.

Y entre acto y acto, cada tres o cuatro, se paraba, bajaba el papel y decía «bueno», que es lo que dice él cuando ha perdido el sitio.

A las ocho menos veinte iba por el jueves.

Por el jueves por la mañana. Por la misa de las once del jueves, que no es la misa grande, que es la de la ermita, y que la explicó también.

A las ocho menos veinte, que era mi hora, Joan Borràs estaba explicando por qué la paella popular se hace a las dos y no a la una.

Y ahí es donde entendí que la hora no era una hora.

Voy a decirlo claro porque en su momento me costó veinte minutos: a mí me habían dado un plazo que dependía de cuándo un concejal llegara a un punto de una lista.

No de un reloj. De una lista que se había reordenado dos veces por el asunto de las sillas, leída en voz alta por un hombre que se para a explicar el sentido del tráfico.

Yo no tenía un plazo. Tenía una cola.

A las ocho menos diez busqué a Puri.

Estaba a la izquierda del balcón, debajo, con la carpeta del acta y el móvil en la mano. En la mano, no en el bolsillo. Y lo miraba cada poco, y cada vez que lo miraba se lo acercaba un poco más a la cara.

Yo he visto a Puri Albiol con el móvil miles de veces. Puri con el móvil trabaja: escribe, reenvía, contesta a doscientas catorce personas, y lo hace con los dos pulgares y sin mirar, como se hace todo lo que se hace mucho.

Aquella tarde no escribía. Lo tenía en la palma, boca arriba, y le daba la vuelta cada minuto para ver si se había encendido.

Estaba esperando.

Y a partir de ese momento hice lo único que se puede hacer cuando has decidido no contarle a nadie lo que sabes, que es mirar a la gente.

Miré a Puri, que esperaba.

Miré a Amparo, que le estaba enseñando un abanico a la mujer del médico.

Miré a Alba, que tenía la carpeta de plástico con dos folios debajo del brazo en un acto público de fiestas, porque llevaba desde el domingo buscando a un hombre que no aparecía.

Miré a Marisa, que había venido con su marido y que se había puesto a la sombra del árbol y que no había cogido orxata.

Y busqué a mi padre.

Estaba a la derecha de la plaza, contra la pared del ayuntamiento, de pie, con las manos cruzadas por delante, en el sitio en el que se pone él, que es siempre donde da la sombra y hay pared detrás.

Estuvo así hasta las ocho menos cinco.

A las ocho menos cinco, Joan Borràs dijo:

—Y vamos ya con el sábado, que es el día grande.

Y mi padre se apartó de la pared y se fue.

No se fue rápido. No miró atrás. Cruzó por detrás de la última fila, salió por la esquina de la farmacia y desapareció por Sant Roc, con el paso corto que tiene desde hace dos años, y a mí me dio tiempo a levantar la mano y no la levanté.

Un hombre que se va de la plaza justo antes de que lean tu nombre puede ser un hombre que no quiere oírlo.

O puede ser un hombre que sabe lo que va a pasar cuando lo lean y no quiere estar delante.

Las dos cosas caben en la misma espalda, y yo estaba a treinta metros mirándola.

Aquí está el problema de haber decidido callarte, y no lo entendí hasta ese momento, con doscientas noventa y nueve personas delante y una mujer a doce metros a la que no podía decirle nada.

Yo no podía avisar a Alba.

No podía tocarle el brazo y decirle prepárate. Porque el paso siguiente de esa frase es «¿prepararme para qué?», y el paso siguiente es «desde cuándo lo sabes», y el paso siguiente era el jueves a las once menos veinte de la mañana.

Llevaba cuatro días construyendo, ladrillo a ladrillo y con mucho cuidado, una situación en la que la única persona a la que quería proteger era la única a la que no podía avisar.

Joan leyó el sábado entero.

Ofrenda a las diez. Misa a las once. Y entonces cogió el papel con las dos manos, que es lo que hace la gente cuando va a leer algo que le importa, y se acercó al micrófono.

—A las doce del mediodía, en la plaza mayor. Enlace matrimonial de Alba Ribes Ferrer y Nicolás Salvat Peris, y presentación pública de la Corona de Beniflor, con la actuación conjunta de las dos sociedades musicales de la localidad.

Levantó la vista del papel.

—Y esto lo digo yo, que no está escrito: cuarenta años.

La plaza aplaudió.

Aplaudieron trescientas personas a las ocho y dos minutos de un lunes de agosto, con la orxata en la mano y un abanico con nuestros nombres, y aplaudió Amparo con los ojos brillantes, y aplaudió Rosa Marí Ferrando, y aplaudió Ximo Blasco, y aplaudió Kevin, que lleva mes y medio aquí.

Alba aplaudió también. La vi.

Y después, mientras todavía sonaban las palmas, empezó lo otro.

No fue de golpe. Fue como cuando cae granizo en un patio: primero uno, luego dos, luego cuatro, luego ya no se distinguen.

Un móvil. Otro. Tres. Doce.

Delante de mí, un hombre al que no conozco sacó el móvil, lo miró y le dio con el codo al de al lado.

Puri levantó el suyo a la altura de la cara y se quedó completamente quieta.

Y entonces la plaza hizo un ruido que yo no había oído nunca y que no sabría escribir. No fue un grito. Fue trescientas personas dejando de aplaudir a destiempo.

Yo tenía el móvil en el bolsillo del pantalón. Lo noté vibrar dos veces, y después una tercera, y después se quedó vibrando de una manera continua que no había hecho nunca.

No lo saqué.

Lo que hice fue mirar la esquina de la farmacia, por si mi padre volvía.

No volvió.

Levanté la cabeza y busqué a Alba entre dos filas, y Alba ya me estaba mirando a mí.