Guerra de familia, amor de generación 13. Derechos que no firman solos
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13. Derechos que no firman solos

Derechos que no firman solos

Los domingos por la mañana el Cafè Ribes tiene tres turnos de gente: los de misa de nueve, los del vermú y los que vienen a por el pan y se quedan. Mi madre los distingue por cómo entran.

Yo llevaba desde las siete en la mesa de la cocina de La Cambra con el ordenador y una taza que había cogido del armario de la izquierda sin pensarlo, y a las nueve me di cuenta de que era amarilla y la dejé donde estaba, porque a la novena mañana en una casa uno deja de hacer inventario.

Elvira Sanchis me mandó la carpeta a las diez y veinte de la mañana de un domingo, con un mensaje de dos líneas que decía: «Esto es todo. Si buscas más, no hay más.»

Tardé cuarenta minutos en entender que hablaba en serio.

En la carpeta había: el borrador de constitución, el modelo de subrogación de los once contratos, la ficha del préstamo, el contrato de distribución sin firmar y, en una subcarpeta llamada CORONA, tres documentos.

El primero era un correo de 2023 entre Elvira y Nicolás.

El segundo era una foto de una etiqueta.

El tercero era un escaneo, hecho con móvil y torcido, de una hoja cuadriculada.

Nada más.

Yo llevaba desde julio construyendo una operación sobre la base de que existían unos derechos que había que ceder.

Todo el mundo hablaba de la cesión: el banco hablaba de la cesión, el contrato de distribución tenía una cláusula entera sobre la cesión, mi madre había dicho el viernes delante de veintiséis personas que ella firmaba cuando le diera la gana.

Y en la carpeta de la asesora, debajo del nombre CORONA, había una hoja cuadriculada fotografiada torcida.

Llamé a Elvira. Un domingo. Lo cogió al segundo tono, porque Elvira Sanchis coge el teléfono siempre y eso es lo mejor y lo peor de ella.

—Es domingo —dijo.

—Ya lo sé.

—Lo digo por si no lo sabías.

—¿La marca está registrada? —dije.

—No.

—¿Ni solicitada?

—Se solicitó «Corona de Beniflor» en marzo y está en suspenso porque hay una oposición de una empresa de Novelda que tiene «Coronas de la Vega». Eso lo llevo yo y se resolverá.

—¿Y mientras tanto qué hay?

—Mientras tanto hay lo que tú tienes delante.

—Elvira, lo que yo tengo delante es un cuaderno.

—Pues eso.

Se oyó el teclado y se paró.

—A ver si nos entendemos —dijo—. Una receta no es de nadie.

Eso no lo digo yo, lo dice la ley. Tú no puedes registrar unos gramos de almendra.

Lo que se puede tener es una marca, que está en trámite, y un secreto, que se tiene mientras es secreto.

Y lo que se ceden en tu papel no son derechos: es el consentimiento de dos personas para que la sociedad use un nombre, una fórmula y una historia.

Cuando yo escribo «cesión de derechos» en un documento estoy poniendo un nombre técnico a un acuerdo entre tu madre y ese señor.

—O sea que la operación no depende de un título.

—La operación depende de que digan que sí.

—¿Y si no lo dicen?

—Entonces tienes una sociedad que fabrica un dulce que hace todo el mundo. —Se oyó el teclado—. Y un contrato de distribución con una cláusula que dice que el producto es exclusivo, firmado por un señor de Requena que se va a leer esa cláusula el primer día que le vaya mal.

—El contrato lo revisé yo.

—El contrato está perfecto. El problema no es el contrato.

—Elvira.

—Alba, esto lo sabes tú tan bien como yo. Lo que pasa es que llevas dos meses tratándolo como un expediente.

Colgamos y me quedé mirando el escaneo torcido de la hoja cuadriculada.

Yo he cerrado operaciones de ocho millones con menos papel del que tenía encima de aquella mesa, y en todas había, en algún punto de la cadena, un asiento registral, una inscripción, una fecha, algo que existiera fuera de la voluntad de las personas.

Eso es lo que hace mi trabajo soportable: que al final del pasillo hay un registro y en el registro hay una hoja y en la hoja pone quién.

Aquí no había pasillo.

Bajé al Cafè Ribes a la una.

Mi madre estaba en la barra haciendo la caja del vermú, con la calculadora de siempre y el bolígrafo detrás de la oreja, y a esa hora hay ocho personas y no hay manera de hablar de nada.

—Mamá, ¿dónde está la receta?

—¿Cuál?

—La de la corona.

—Arriba.

—¿Arriba dónde?

Cerró la calculadora.

Subimos al comedor del primer piso, el de las ocho cajas de abanicos, y mi madre abrió el aparador de abajo, el que tiene las llaves de todo lo que ya no se usa, y sacó una libreta.

Me la puso en las manos con las dos suyas, que es como se dan las cosas que pesan poco y valen mucho, y se quedó de pie al lado.

Es una libreta de espiral, de tapa azul, con las esquinas dobladas y una goma que ya no da. No es un recetario. Es una libreta de las de la papelería de la plaza, de las que se compraban por veinte pesetas, con las hojas cuadriculadas.

—Esta —dijo.

La abrí.

En la primera página hay una lista de la compra. En la segunda, dos números de teléfono de cinco cifras. En la tercera empieza.

Y en la tercera hay dos letras.

Una es la de mi madre. La conozco desde que aprendí a leer: apretada, en mayúsculas, con los números muy cerrados. La otra es más inclinada, más grande, con las erres abiertas, y hace las eses de una manera que no se enseña ya en ningún sitio.

Las dos letras se alternan en la misma página. Una escribe «almendra marcona, gruesa, 180». La otra tacha «180» y escribe «200». La primera escribe «no». La segunda escribe «prueba 3 mejor». La primera escribe «anís» y lo subraya dos veces.

Cuatro páginas así.

En la tercera hay un dibujo. Lo hizo la letra grande: una circunferencia con ocho marcas, como las horas de un reloj, y al lado, una flecha y la palabra «trena». Y debajo, con la letra de mi madre: «no. redona».

Redonda. Y redonda se quedó, porque la corona que yo he comido toda mi vida es redonda.

En la cuarta hay dos precios tachados y un tercero que no está tachado, en pesetas, y al lado, otra vez la letra de mi madre: «con la naranja de los Bosch. si no, no».

Y en la última, abajo, una sola línea escrita por la letra grande:

Corona. La de los dos.

Cerré la libreta.

—Mamá.

—Qué.

—¿Esto lo ha visto Elvira?

—Le mandé una foto.

—Elvira te pidió el título de propiedad y tú le mandaste una foto de esto.

—Es lo que hay.

Y no lo dijo a la defensiva. Lo dijo como quien enseña una escritura.

—Mamá, ¿esto lo escribisteis juntos?

Cerró el aparador.

—Eso lo escribimos en la cocina de arriba de este mismo edificio —dijo—, en el ochenta y cinco, entre septiembre y noviembre, con la radio puesta.

—¿Y él tiene una copia?

—Él no tiene nada. La libreta era mía. La compré yo en la papelería de la Rosita.

—Entonces la letra grande es la suya y el cuaderno es tuyo.

—Sí.

—Vale.

Y ahí, mientras yo pensaba en cómo se escribe eso en dos folios, mi madre añadió, ya en la puerta del comedor:

—Y el anís lo puse yo, ¿eh. Que lo pone.

—Lo pone, mamá.

Voy a explicar lo que pasó dentro de mi cabeza en los quince minutos siguientes, porque es la única parte de aquella semana que tiene que ver con mi trabajo y no con mi vida, y porque en los quince minutos siguientes dejé de saber hacer mi trabajo.

Un secreto industrial se protege mientras es secreto. Ese lo sabe medio pueblo. Una marca se protege cuando está registrada, y esa está en suspenso por una empresa de Novelda. Una receta, en sí, no se puede tener.

Lo único que existía era una libreta de veinte pesetas con dos letras dentro, y la libreta no prueba nada por sí sola, porque una libreta no dice quién escribió qué salvo que las dos personas que escribieron digan: esto lo escribimos nosotros.

Es decir: el activo entero de la operación era que dos personas de sesenta y tres y setenta y cinco años declararan por escrito, juntas y en la misma frase, que aquello lo habían hecho a medias.

Lo redacté esa misma tarde. Dos folios.

Un reconocimiento conjunto de coautoría y de origen, una licencia de uso gratuita y revocable a favor de la sociedad, un compromiso de confidencialidad sobre la fórmula y una cláusula de resolución a doce meses.

Sin cesión. Sin renuncias. Sin dinero. Dos folios que no le quitaban nada a nadie y que solo pedían una cosa: dos firmas al pie del mismo párrafo.

Lo escribí en la mesa de la cocina de La Cambra con la libreta abierta al lado y con una precaución que no había tenido en mi vida: no puse la palabra «cesión» en ningún sitio.

La palabra «cesión» implica que alguien tiene algo y lo entrega. Y en aquellos dos folios lo único que se entregaba era una frase.

Los abajo firmantes declaran conjuntamente haber elaborado y desarrollado, entre septiembre y noviembre de 1985, la fórmula conocida como corona de naranja y almendra, sin que ninguno de ellos pueda atribuirse su autoría exclusiva.

Lo leí cuatro veces. Cambié «desarrollado» por «trabajado». Volví a poner «desarrollado». Miré la línea de la última página de la libreta.

Corona. La de los dos.

Y me di cuenta de que llevaba una hora intentando redactar en lenguaje jurídico una cosa que ya estaba escrita, mejor, en una libreta de veinte pesetas, hacía cuarenta años, por un hombre que ahora no me cogía el teléfono.

Se lo llevé a mi madre a las siete.

Lo leyó de pie, en la barra, con las gafas en la punta de la nariz y moviendo los labios en la parte de la confidencialidad.

—Esto está bien —dijo.

—¿Lo firmas?

—Cuando lo firme él.

—Mamá.

—Alba, yo no firmo un papel que dice «los dos» y luego resulta que el otro no ha firmado. Que ya me pasó.

—¿Cuándo te pasó?

Se apoyó en la barra con las dos manos.

—Tráemelo con su firma —dijo.

—Mamá, es que el orden da igual. Si firmas tú primero, el documento no vale hasta que firme él, y si no firma él, tu firma no produce ningún efecto. Está diseñado así a propósito.

—Ya.

—O sea que no arriesgas nada.

—Ya.

—Entonces fírmalo.

Mi madre cogió el bolígrafo, lo dejó otra vez encima del papel y lo empujó dos centímetros hacia mí.

—¿Cuándo te pasó, mamá?

Se quitó las gafas.

—Tráemelo con su firma y firmo yo —dijo—. Delante de ti. Ahora mismo si hace falta.

Y volvió a la caja.

Y no me contestó. Se puso las gafas otra vez, cogió la calculadora y me dijo que a las ocho tenía el vermú de los Bosch, que llegaban seis.

Vicent Salvat no estaba en su casa a las siete y veinte. No estaba en el garaje. No estaba en el casal, que estaba cerrado.

A las ocho menos cuarto lo vi.

Estaba en la barra del Forn Salvat, de espaldas, con un café, hablando con Kevin. Yo entré por la puerta de la derecha con los dos folios en una carpeta de plástico y me quedé en el umbral, y no llegué a decir su nombre.

Cogió la taza, se levantó y se metió por el pasillo del fondo.

Esperé cuatro minutos.

—Ha salido por el patio —dijo Nicolás desde la puerta de la cocina, secándose las manos.

—Ya lo veo.

—Alba.

—No pasa nada.

—Es que él por el patio no sale nunca.

Lo dijo mirando el pasillo, y hubo algo raro en cómo lo dijo, y yo lo achaqué a que estaba tan cansado como yo.

—¿Puedes decírselo tú?

—¿El qué?

—Que solo tiene que firmar debajo de mi madre. Que no cede nada. Que es una declaración de lo que ya pasó.

Nicolás cogió el trapo de la barra y lo dobló en cuatro.

—Se lo digo —dijo.

—¿Cuándo?

—Mañana.

—Es que el lunes ya es lunes, Nicolás.

—Ya lo sé.

Y siguió doblando el trapo, que ya estaba doblado.

Volví a la floristería a las nueve, porque no quería subir todavía a La Cambra y porque cuando algo me sale mal voy a sitios donde hay gente trabajando.

Candela estaba montando los alfileres de los ramilletes, cien alfileres, uno a uno.

—¿Ha firmado? —dijo.

—No.

—¿Ninguno?

—Mi madre firma cuando firme él. Y él se ha ido por un patio por el que no sale nunca.

Dejé la carpeta encima de la mesa y me senté en el taburete alto, el de Nicolás.

—Yo puedo escribirles cualquier cosa —dije—. Puedo repartirles los porcentajes, los beneficios, las responsabilidades, quién paga la luz y quién pone el coche. Puedo dejarles un documento en el que no se puedan hacer daño ni queriendo.

—Ya.

—Lo único que no sé convertir en una cláusula es la voluntad de compartir un horno.

Candela pinchó otro alfiler.

—¿Y eso quién lo consigue?

—No lo sé. Nadie, a lo mejor.

—Alba, eso lo consiguió alguien en el ochenta y cinco.

—Y en el ochenta y seis lo deshicieron.

—Bueno —dijo—. Pues ya tienes una cosa clara.

—Tengo dos. La otra es que llevo cuatro días trabajando gratis para una sociedad de la que me voy a ir el lunes que viene.

—Alba.

—¿Qué.

—Mírame un momento.

La miré.

—No estáis mintiendo solo por ellos —dijo.

—Hay once puestos de trabajo.

—Y el negocio de Nicolás. Y tu acuerdo. Y tu reputación. —Dejó los alfileres—. No hace falta que seáis desinteresados para hacer algo bueno, Alba. Pero sí hace falta que dejéis de llamarlo sacrificio.

Y yo, que llevaba desde el martes anterior sin llorar, que llevaba cuatro días haciendo tablas y listas y calendarios, que había escrito dos folios preciosos y una cláusula de resolución a doce meses, me quedé mirando a mi prima con la boca abierta como una idiota.

Porque lo peor de Candela no es que tenga razón. Lo peor es que ha estado escuchando. Lleva escuchándome desde que teníamos ocho años y sabe exactamente en qué orden pongo yo los argumentos, y sabe cuál es el primero que digo cuando quiero que no me pregunten por el segundo.

Yo digo «hay once puestos de trabajo».

Lo digo siempre. Lo dije el miércoles en su taller, lo dije el viernes en el salón de plenos y lo había dicho esa misma mañana por teléfono a una asesora que cobra por minuto.

Y las tres veces lo dije primero.

Yo tenía tres respuestas. Las tres eran buenas y las tres eran verdad, y ese es exactamente el problema que tengo yo con las respuestas.

No dije ninguna.

Me quedé en el taburete de Nicolás mirando cien alfileres pinchados en una plancha de espuma, y mi prima siguió trabajando, y a las nueve y media me levanté y le dije que me iba.

—Vale —dijo Candela.

Y como no dije nada más, no me lo volvió a preguntar.