Guerra de familia, amor de generación 11. La tormenta
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11. La tormenta

La tormenta

La tormenta entró por el sur a las cuatro y veinte y en Beniflor la vio venir todo el mundo menos nosotros, que estábamos dentro.

Aquí la gente mira el cielo. Es una costumbre de pueblo agrícola que sobrevive en gente que no ha tocado la tierra en tres generaciones: se sale a la puerta, se mira hacia Corbera, se dice «va a caer», y se entra.

A las cuatro y cinco, Pepe Ripoll salió a la puerta del Cafè Ribes, miró hacia Corbera y dijo va a caer.

A las cuatro y veinticinco caía de una manera que no he visto muchas veces.

La degustación era a las cinco en el patio.

La degustación es la prueba oficial de la corona: se hace una entera delante de las dos familias, se corta, se prueba y se decide si esa es la que se presenta el sábado.

Llevábamos desde marzo con pruebas a puerta cerrada en el obrador y aquella era la primera que se hacía con las dos casas delante, porque la corona lleva la naranja confitada del Cafè Ribes y la almendra y la masa del Forn Salvat, y porque hasta ese día no había habido manera de que las dos mitades del ingrediente estuvieran en la misma habitación.

A las cuatro y media estaban en el patio: las dos estructuras de flor de Candela, cuatro cajas de la flor de Holanda que había llegado el viernes, la mesa larga, doce sillas, el equipo de sonido de La Unió, que se había quedado montado desde la mañana, tres bandejas de la degustación y once cajas de instrumentos, porque a la una y veinte nadie recoge un patio del que va a volver a las cinco.

La tormenta se llevó por delante todo eso en cuatro minutos.

Lo primero que se oyó fue el toldo. El toldo del Cafè Ribes tiene una barra de aluminio en el faldón y cuando entra el aire de golpe hace un ruido como de lata grande, y ese ruido en esta casa significa desde que yo tengo memoria una cosa: sal a recoger.

Salimos catorce personas a la vez por dos puertas distintas.

Un instrumento de madera mojado se raja. Esto lo aprendí aquella tarde, gritando debajo de un toldo, y lo aprendí porque Rosa Marí Ferrando llegó desde su casa en chanclas, cruzando la plaza a la carrera, y lo primero que dijo, antes de saludar, fue:

—Los clarinetes.

Y a partir de ahí hubo veinte minutos en los que nadie era Ribes ni Salvat.

Se entró todo por las dos puertas, porque en La Concordia hay dos puertas y no hay una.

Las cajas de instrumentos, once, entraron por la de la derecha, que es la del Forn Salvat, porque es la que estaba más cerca del rincón donde se habían quedado.

La flor entró por la de la izquierda, la nuestra, porque Candela la tenía apilada en nuestro lado del patio.

La mesa larga no entró: la volcamos y la dejamos apoyada contra la pared, y ahí sigue en las fotos que hizo alguien y que circularon el lunes.

Y entonces se hizo evidente el problema, que es un problema que este edificio tiene desde 1986 y que a nadie le había hecho falta resolver hasta las cuatro y treinta y cinco de aquel sábado.

Del Cafè Ribes al Forn Salvat no se pasa.

Hay un tabique. No tiene puerta, ni hueco, ni ventanuco, ni nada.

Es una pared de ladrillo enfoscada por los dos lados, con un enchufe en el nuestro y un cuadro de la Virgen en el suyo.

Para llevar una caja de flor del lado de los Ribes al lado de los Salvat hay que salir a la calle, andar metro y medio y entrar por la otra puerta.

Bajo aquella agua, metro y medio son metro y medio.

Lo hicimos catorce veces.

Lo sé porque las conté yo, y las conté porque a la sexta ya me había mojado dos veces la misma manga y empecé a llevar la cuenta como se llevan estas cosas cuando estás furiosa y no puedes decirlo.

A la séptima, Marisa salió al medio de los dos locales, se quedó de pie bajo el toldo con el pelo pegado a la frente y dijo, sin levantar mucho la voz:

—Se abren las dos puertas y no se cierra ninguna. De aquí a aquí se pasa de mano en mano. Nadie corre. —Señaló—. Tú, tú, tú, y la señora del pañuelo.

La señora del pañuelo era mi tía Reme, que había llegado de Castellón la noche anterior y que no conocía a Marisa de nada, y que se puso donde le dijeron.

Se hizo una cadena de siete personas desde la puerta del Cafè Ribes hasta la del Forn Salvat, bajo el toldo, pasándose cajas de flor y estuches de clarinete. Duró veintiséis minutos. En los veintiséis minutos no se mojó ni un instrumento más.

Marisa no dijo nada más en esos veintiséis minutos, salvo dos veces «esa de canto» y una vez «esa no».

Y hubo una cosa que vi desde el tercer puesto de la cadena y que no he contado nunca, ni siquiera a Candela.

Mi madre y Vicent Salvat estuvieron cuatro minutos seguidos pasándose cajas.

Ella la cogía del que tenía delante, se giraba media vuelta a la derecha y se la ponía en las manos. Él la cogía, se giraba a la izquierda y se la daba a Kevin. Cuarenta veces. Sin mirarse, sin hablar, sin equivocarse ni una vez en el sitio donde estaba la mano del otro.

En una cadena de siete personas bajo un toldo se ve muy bien quién ha trabajado antes con quién.

A las cinco y diez saltó la luz.

Saltó porque el equipo de sonido de La Unió se enchufó en nuestro lado, en el enchufe del tabique, porque era el único que quedaba libre, y porque el equipo de sonido de La Unió es de 2004 y tiene un transformador que se lleva mal con todo.

Y saltó entero. Los dos locales.

—¡Que se ha ido la luz aquí también! —gritó Nicolás desde el otro lado del tabique, a través de la pared, a un metro y medio de mí y a diez metros por la calle.

Y mi madre, que estaba a mi lado con una caja de naranja confitada en los brazos, dijo la frase que llevaba yo desde el viernes por la noche esperando entender:

—El contador.

—¿Qué contador?

—El de 2004. —Dejó la caja en la barra—. Que se firmó un papel y quedó un contador y medio, y por eso cuando salta uno salta el otro. Y llevamos veinte años así.

—¿Y por qué no lo habéis arreglado?

Mi madre me miró.

—¿Con quién? —dijo.

Y se fue a por la caja de plomos con una linterna de las de la barra.

Tardó doce minutos en volver, y volvió con la luz puesta en nuestro lado y con la cara de haber tenido que gritar dos frases a través de un tabique a un hombre al que no le habla, para que él bajara el diferencial de su cuadro mientras ella subía el del suyo, que es la única manera de reponer un contador y medio.

Nadie hizo ningún comentario. Kevin, que tiene diecinueve años y lleva mes y medio en el pueblo, preguntó por qué había un contador y medio, y no le contestó nadie, y aprendió lo que se aprende aquí.

La degustación había que hacerla igual. Esto no lo decidió nadie: lo dijo Marisa a las cinco y veinte, con el agua todavía cayendo, mirando la caja de la naranja confitada que estaba encima de nuestra barra.

—La naranja está abierta. Si no se usa hoy, mañana está para tirar.

Y con eso se acabó la discusión sobre si se aplazaba la degustación, que era una discusión que mi madre y yo habíamos empezado dos veces.

La corona se hizo a oscuras y se hizo en el lado de los Salvat, porque el horno está allí y el horno es de gas.

Yo entré por la puerta de la derecha por primera vez en mi vida adulta.

No exagero: entro en el Forn Salvat a comprar, como todo el mundo, pero no había cruzado la puerta del obrador de los Salvat desde que tenía nueve años y me mandaban a por hielo.

Es el mismo edificio. Está a metro y medio. Tiene el mismo suelo.

Éramos seis en el obrador: Nicolás, Marisa, Kevin, mi madre, Vicent y yo.

Candela se quedó en el otro lado sacando flor de las cajas mojadas y tirando la que no servía, que fue mucha, y no dijo lo que costaba, y yo tampoco se lo pregunté aquella tarde, que es una de las tres o cuatro cosas de esa semana que haría distinto.

La corona de naranja y almendra lleva, por este orden: la masa, que reposa; la almendra marcona molida gruesa, que va en la masa; y la naranja confitada, que se pone al final, en el borde, y que se hace con la naranja de los Bosch en un almíbar que mi madre lleva haciendo desde antes de que yo naciera y que nadie más sabe hacer.

Nicolás pesó la almendra en una báscula que no se ve a oscuras, alumbrándola con el móvil que le sujetaba Kevin.

Marisa preparó la masa. Y mi madre abrió su caja, sacó su tarro y se puso en el otro extremo de la mesa larga del obrador, lo más lejos que se puede estar de otra persona en una habitación de seis metros.

Discutieron una sola vez, y fue por la temperatura.

—Eso lo estás poniendo en caliente —dijo mi madre desde su punta.

—Está a cuarenta.

—Está a más de cuarenta.

—Amparo, está a cuarenta, lo acabo de mirar.

—Pues el termómetro está mal.

Y el termómetro estaba mal. El termómetro del obrador marca doce grados de menos desde antes de que Nicolás llevara aquello, y está en un cajón, y aquella noche lo supe yo antes que él porque le vi la cara.

Y estuvieron veinte minutos trabajando así, cada uno en su punta, con dos linternas de móvil apoyadas en un bote de harina.

A los veinte minutos pasó lo siguiente, y lo cuento tal cual porque yo estaba a dos metros con una linterna en la mano.

Nicolás terminó la masa y la dejó en la mesa. Mi madre, sin levantar la cabeza y sin decir nada, alargó el brazo y le puso al lado un cuenco pequeño.

Nicolás cogió el cuenco, metió los dedos, sacó una pizca de algo y la echó en la masa.

Ninguno de los dos habló.

Yo no sabía qué era el cuenco. Se lo pregunté después, a las nueve, cuando volvíamos a La Cambra.

—Anís —dijo—. Un poco de anís en grano en la masa. Es de tu casa, eso. Nosotros no lo ponemos.

—¿Y cómo sabías que era anís?

—Porque me lo ha puesto al lado.

—¿Y cómo sabía ella que tú lo ibas a echar?

Nicolás se quedó callado un momento.

—Eso pregúntaselo a ella.

Vicent estuvo todo el rato de pie junto a la puerta del pasillo, sin quitarse la chaqueta mojada, mirando. En un momento dado le dijo algo a Kevin en valenciano y Kevin movió una bandeja veinte centímetros a la izquierda, y la bandeja estaba mejor ahí.

Kevin, que llevaba dos horas sujetando móviles, preguntó a las seis y media si la corona se llamaba así por la forma o por otra cosa.

—Por la forma —dijo Nicolás.

—Por la corona de la reina —dijo mi madre desde su punta de la mesa, sin levantar la cabeza—. De la fiesta del noventa. Le pusimos así porque aquel año la reina de fiestas era la hija de los Bosch y nos daban la naranja.

Nicolás se paró un segundo con la báscula en la mano.

—Eso no lo sabía —dijo.

—Pues es así.

Y no dijeron nada más ninguno de los dos, y yo apunté aquello en algún sitio de la cabeza junto a otras cuatro cosas de esa semana que en su momento me parecieron anécdotas.

A las siete volvió la luz y a las siete y cuarto se cortó la corona en la barra del Cafè Ribes, de pie, con doce personas, sin ceremonia ninguna, y estaba buena.

Estaba muy buena. Eso lo dijeron todos, y lo dijo Ximo Blasco, que se había quedado, y lo dijo mi tía Reme, y lo dijo Rosa Marí Ferrando con la boca llena, y Neus, que había vuelto a las seis y media con un chubasquero prestado, sacó una foto de la corona cortada y nadie se lo impidió.

Mi madre no la probó delante de nadie. Cortó, sirvió, y se llevó su trozo a la trastienda.

Vicent Salvat sí la probó, de pie, en el rincón, con el plato en la mano, y estuvo mirando el trozo antes de comérselo el tiempo suficiente para que yo me diera cuenta de que lo estaba mirando.

A las ocho y media empezamos a recoger.

La trastienda del Cafè Ribes tiene dos metros por tres y no se ha vaciado nunca. Hay que meter allí las once cajas de instrumentos hasta el lunes, porque en el casal ha entrado agua, y para meter once cajas hay que sacar lo que hay, y lo que hay son cajas de cartón con la letra de mi abuela.

Las sacamos Candela y yo.

Vajilla de la que ya no se usa. Manteles. Una caja de facturas de los noventa. Una caja con dos ceniceros de propaganda y un teléfono de rueda. Y al fondo, contra la pared, una caja de zapatos con una goma elástica que se rompió al tocarla, con LA CONCORDIA escrito en la tapa con rotulador.

Dentro había fotos.

Cuarenta o cincuenta, en blanco y negro y en color, del local entero, de cuando el local era un local: la barra larga que iba de pared a pared, sin tabique.

Una comunión en 1971. Un grupo de hombres con la copa levantada.

Mi abuelo con delantal. El padre de Vicent, que se llamaba Nicolau y del que mi madre no ha hablado nunca, apoyado en la misma barra que ahora está cortada por la mitad.

En una de ellas, de 1978 o por ahí, salen dos críos sentados en el escalón de la puerta del medio comiendo algo. Uno es mi madre a los quince años. El otro no lo sé.

Y en el fondo de la caja, boca abajo, una sola.

Le di la vuelta.

Amparo Ribes tenía veintitrés años y llevaba un vestido blanco con el cuello alto y las mangas hasta el codo, y estaba de pie, muy recta, con las manos cogidas por delante.

Vicent Salvat tenía veinticinco y llevaba un traje oscuro y una corbata fina y estaba a su lado, sin tocarla, mirando a la cámara con la misma cara con la que aquella tarde había estado de pie junto a la puerta del pasillo.

Estaban en un estudio, delante de una cortina.

No sonríen. En 1986 la gente ya sonreía en las fotos, así que aquello no era la época: era ellos, o era el fotógrafo, o era aquella tarde.

Le di la vuelta otra vez. En el reverso, con sello azul: Foto Miralles — Alzira . Y a bolígrafo, en mayúsculas apretadas, una fecha.

Faltaba una semana para las fiestas de 1986.

Yo me quedé sentada en el suelo de la trastienda con la foto en las dos manos, y no sé cuánto tiempo, porque Candela estaba en el otro extremo con una caja de manteles y no dijo nada.

—Alba.

Mi madre estaba en la puerta.

No la había oído entrar. Tenía el trapo de la barra en la mano y el pelo todavía mojado de las cuatro y media, y se quedó ahí mirando la foto desde metro y medio sin acercarse.

Después entró, alargó la mano y me la cogió.

No me la quitó. Yo se la di.

La miró. Le dio la vuelta, leyó la fecha, y la volvió a girar. Y estuvo mirándola siete u ocho segundos con la misma cara con la que mira una factura.

Después se la metió en el bolsillo del delantal, que es donde mi madre guarda lo que ya no se discute.

—Esta caja la subo yo mañana —dijo.

Y salió a cerrar la puerta de la calle.