DÍA −6 · DOMINGO12. La fotografía13. Derechos que no firman solos14. Puri está en todas partes
La fotografía
El escalón de mi puerta amaneció con dos dedos de barro y con la mitad de la palmera de la plaza encima.
Los domingos aquí no se hace nada más que despachar, así que a las siete y media yo estaba fuera con la manguera, y desde la manguera se veía lo demás.
La plaza estaba destrozada. Doce sillas de la terraza de La Unió por el suelo, una maceta partida delante del ayuntamiento y ramas por todas partes, y a las ocho ya había seis o siete personas recogiendo sin que nadie las hubiera organizado, porque aquí eso funciona así y es de las pocas cosas de este pueblo que no tengo nada que decir en contra.
A las ocho y media vino Rosa Marí Ferrando a por dos barras y me dijo que en el casal de La Unió había entrado agua por el tragaluz y que se les había mojado el archivo, que son las partituras. Me lo contó como se cuenta una desgracia: bajando la voz.
—¿Mucho?
—Dos carpetas. Y una es de las antiguas.
—Lo siento.
—Bueno. Ximo ha dicho que si hace falta nos deja copias.
—¿Ximo Blasco?
—Ximo Blasco.
Se llevó las barras y se fue, y yo me quedé pensando que hacía falta una tormenta de cuatro minutos para que el presidente de La Lira le ofreciera partituras al presidente de La Unió, y que el sábado por la mañana, a metro y medio de aquella misma puerta, los dos habían estado tres horas discutiendo por un muerto de 1989.
A las nueve entró mi padre.
No cruzó el obrador. Se quedó en la puerta de la calle, con la camisa del domingo, y dijo:
—Ven.
—Estoy despachando.
—Que està Kevin.
Kevin, desde el mostrador, dijo que estaba él.
Salí secándome las manos en el pantalón y con la manguera todavía puesta, y Kevin me dijo desde dentro que la cerraba él, y ese detalle lo pongo porque durante el resto de aquella mañana estuve oyendo el agua correr en la puerta de mi propio obrador sin que fuera verdad.
Fuimos por la calle hasta la puerta del medio, y yo pensé que subíamos a La Cambra y me puse a calcular a qué hora se levanta Alba los domingos, pero no subimos.
Mi padre abrió con su llave la puerta de la derecha, la nuestra, entró en el local del Forn Salvat, que estaba cerrado y a oscuras porque el bar no abre hasta las diez, y encendió solo la luz de la barra.
Después se fue hasta el fondo, hasta la pared del tabique, y se paró delante.
Yo he desayunado toda la vida en esa barra. He apoyado la espalda en esa pared cuatro mil veces. Y hasta aquella mañana no me había parado nunca a mirarla de frente, que es distinto.
Es una pared normal. Está enfoscada y pintada de un blanco que ya no es blanco, tiene el cuadro de la Virgen a la izquierda, un enchufe abajo a la derecha y una moldura de escayola en la parte de arriba que se corta a la mitad, porque la moldura era del local entero y alguien la partió con una radial en 1986 y no la remató.
Ese corte se ve. Se ve desde cualquier mesa. La escayola está cortada en seco, con dos dientes de yeso que sobresalen tres centímetros, y encima le dieron una mano de pintura por encima sin lijar, y la pintura hizo un pegote que sigue ahí.
Es la única obra mal terminada de este local. Todo lo demás está bien hecho, porque lo hicieron albañiles de aquí y porque mi abuelo era muy pesado. La única cosa mal rematada de la casa es la que separa a las dos familias.
Eso no lo pienso yo. Eso lo dijo una vez Marisa, hace años, y desde entonces no puedo mirar la moldura sin acordarme.
Mi padre se quedó mirando esa moldura.
—Ahí había una barra —dijo—. De pared a pared. Once metros.
—Ya lo sé.
—No lo sabes. La has visto en fotos.
Y tenía razón.
Yo he visto la barra en dos fotografías y en las dos está de lejos. Lo que yo conozco es esto: cinco metros y medio de barra que terminan en una pared. Para mí eso no es media barra, es una barra. Uno no echa de menos una longitud que no ha tenido nunca.
Mi padre sí. Mi padre se apoya todos los días en un mostrador que para él está cortado.
—La zinc era buena —dijo—. La tiraron.
—¿Quién la tiró?
—Los dos.
Estuvo un rato callado. Después dijo:
—Ayer tu suegra encontró un retrato.
—Ya lo sé.
—¿Te lo ha dicho ella?
—Me lo ha dicho Alba.
—Ja.
Se metió las manos en los bolsillos.
Entonces mi padre me contó, en cuatro minutos y con dos pausas largas, la única versión de 1986 que yo había oído en mi vida, que es la que he oído siempre, que es la que se cuenta en esta casa desde antes de que yo naciera, y que aquella mañana, delante de aquella pared y con aquel hombre, sonó completamente distinta.
Que Amparo Ribes se sacó una plaza de formación en Valencia en junio del ochenta y seis. Dos años. Que no se lo dijo hasta que la tuvo. Que se lo dijo un domingo por la tarde, en el patio, sentados en el escalón, y que él estuvo un rato sin decir nada y después dijo que muy bien.
Que él tenía veinticinco años, un padre en la cama en la habitación de arriba y medio café.
Que la boda era el sábado de las fiestas y que ya estaba el retrato hecho.
—El retrato lo pagó su madre —dijo—. Cuatro mil pesetas.
—Papá.
—Y yo me quedé.
—Ya.
—Els demés se'n van i algú es queda.
—Papá.
—Alguien se queda —repitió, en castellano—. Siempre.
Yo estaba de pie a dos metros, con las manos todavía frías de la manguera.
—¿Y no hablasteis?
—Hablamos.
—¿Qué hablasteis?
Se quedó callado. Y esta vez el silencio no fue de buscar una palabra, porque cuando busca una palabra a mi padre le pasa una cosa en la mandíbula que yo conozco, y aquella vez no le pasó.
—Ella dijo lo que iba a hacer —dijo al final— y yo dije lo que iba a hacer yo. Y los dos esperamos.
—¿A qué?
—A que el otro dijera otra cosa.
Hasta ahí llegó, y no pasó de ahí, y a mí me faltaba media historia y tardé once días en tenerla.
En su versión no aparece por ninguna parte un préstamo. Eso lo digo ahora porque cuando me lo contó no lo eché de menos, y no lo eché de menos porque en esta casa la historia se ha contado siempre así y a las historias que uno oye desde los seis años no se les buscan los huecos.
Y voy a escribir aquí lo que noté, porque es lo único que saqué de aquella mañana y me costó dos semanas entenderlo.
Mi padre no contaba una historia de amor.
Ni siquiera contaba una traición. Contaba un reparto de trabajo.
En su versión no hay nadie que quiera a nadie: hay dos personas y un local y un padre enfermo, y una que sale y otro que se queda, y el que se queda no dice que le doliera, dice que le tocó.
Cuarenta años poniendo cafés a metro y medio de la puerta de ella y todavía no ha dicho en voz alta que le doliera.
Yo llevaba dos años haciendo exactamente lo mismo y llamándolo de otra manera.
Y hay otra cosa, y es más incómoda de escribir.
Mientras él hablaba yo estaba haciendo dos cosas a la vez. Escuchaba a mi padre contarme la única historia que no me ha contado nunca, y al mismo tiempo, por debajo, iba comprobando la lista.
El hombre que estaba delante de mí era el hombre de los seis puntos. El rollo, los rectángulos, la tijera, la llave del ropero, el cajón, el anillo. Y yo, mientras él buscaba la palabra «préstamo» y no la encontraba a la primera, estaba pensando: ahora. Ahora se lo pregunto.
Eso es lo que hice yo aquel domingo por la mañana. Mi padre me estaba abriendo por primera vez en treinta y siete años la puerta de una habitación en la que no había entrado nadie, y yo estaba esperando a que terminara para interrogarlo.
—Nicolás.
—Qué.
—Mírame.
Le miré.
—Yo no voy a dejar que tú hagas esto —dijo.
—¿Que haga qué.
—Que te cases el sábado porque hay once trabajando, y un préstamo, y un pueblo, y tu padre. —Le costó «préstamo»: la empezó dos veces—. Que eso lo llamas amor y después tienes setenta y cinco años.
Se me quedó la boca seca.
Y no fue por lo que dijo. Fue por el orden.
Once trabajando, un préstamo, un pueblo y tu padre. Cuatro cosas, en ese orden, dichas por un hombre que nunca ha sabido nada de mis cuentas y al que yo no le he explicado en mi vida cómo está montada la sociedad.
Ese es el orden exacto de la lista que hicimos Alba y yo el miércoles por la noche en la floristería, en el cuaderno de los pedidos de Candela.
No es que la hubiera leído. No pudo leerla. Es que un hombre que llegó a esa misma lista hace cuarenta años la recita en el mismo orden sin haberla visto, porque las listas de este tipo salen siempre iguales.
Y eso, que debería haberme dado lástima, me dio miedo.
Y ahí es donde tenía que haberme callado, porque lo que hice a continuación lo hice sabiendo que no iba a servir de nada.
—¿Pusiste tú el anillo en la tarta?
Mi padre no se movió.
No se movió nada, ni las manos, ni la cara. Y esperó. Y yo esperé, porque yo llevo toda la vida esperando dos segundos, y aquella mañana esperé nueve.
—Jo no he trencat res —dijo.
—No te he preguntado eso.
—Ja ho sé.
—Papá, te he preguntado si lo pusiste tú.
—I jo t'he contestat.
No había manera. Yo llevo treinta y siete años con este hombre y sé perfectamente cuándo se ha acabado, y aquello se había acabado en el momento en que abrió la boca.
Se dio la vuelta y fue hacia la puerta de la calle.
Yo me quedé delante del tabique, delante de la moldura partida por la mitad.
En la puerta, con la mano en el picaporte, mi padre se paró.
—El lunes voy yo también —dijo—. A lo del programa.
—Vale.
—A las siete y media lee Joan los actos.
—Ya lo sé, papá.
—Ja.
Abrió.
Y entonces, con medio cuerpo fuera y sin girarse del todo, dijo la cosa por la que llevo tres años acordándome de aquella mañana entera.
—El traje no lo lleves a la tintorería —dijo—. Está bien así.
Y cerró.
Me quedé un rato solo en el bar a oscuras, con la luz de la barra encendida y el ruido de la gente que estaba recogiendo ramas en la plaza.
Estuve dos o tres minutos sin entender por qué se me había quedado algo mal puesto, como cuando cierras una cámara y sabes que has dejado una bandeja fuera y no te acuerdas de cuál.
Después me acordé.
El traje es el mío. Es el que me compré en abril y el que está colgado en casa de mi padre, en el armario del cuarto que era mío, porque en La Cambra no hay sitio y porque en La Cambra lo iba a ver Alba.
Yo lo iba a llevar a la tintorería el martes. Lo habíamos hablado él y yo en junio, en la cocina, porque él dice que las cosas nuevas hay que llevarlas una vez antes de ponérselas. Es una cosa suya. Lo dice de los trajes, de los zapatos y de las sartenes.
Y aquel domingo por la mañana, a las nueve y veinte, mi padre me dijo que no hacía falta.
No lo dijo como quien cambia de opinión, ni como quien te ahorra un viaje, ni como quien piensa que ese traje está bien. Lo dijo como se dicen las cosas de logística cuando ya sabes que el acto no se va a celebrar: sin darles importancia, al salir, con medio cuerpo en la calle.
Yo llevo veintidós años dando y recibiendo instrucciones de ese tipo. «Ese pedido no lo prepares.» «La furgoneta no hace falta que la cargues.» «No pidas más naranja.» Cuando alguien te dice que no hagas un preparativo, lo que te está diciendo es que sabe algo del acto.
Es la única frase de toda aquella semana que no tenía ninguna otra lectura, y me la dijo mi padre de espaldas.
Y yo me quedé allí de pie, delante de una moldura de escayola cortada por la mitad, entendiendo dos cosas a la vez y sin poder hacer nada con ninguna.
Que mi padre lo sabía.
Y que la primera persona a la que tenía que contarle eso estaba a ocho metros de mí, encima de aquel mismo techo, y que yo llevaba tres días sin contárselo y que cada hora que pasaba costaba más.
Subí.
Subí de verdad, esta vez. Abrí la puerta del medio con mi llave, subí los catorce escalones, agaché la cabeza en el cuarto y llegué al rellano, y desde el rellano oí el agua del baño.
Me senté en el escalón de arriba a esperar a que saliera, con la espalda contra la barandilla, y estuve allí sentado once minutos ensayando la primera frase.
Cuando Alba salió del baño llevaba el pelo mojado y el móvil en la mano y me dijo, antes de verme:
—Mi madre ha subido la caja de fotos y me la ha dejado en la cocina. Sin la foto.
—¿Sin cuál?
—Sin esa.
Se sentó en el escalón de abajo, con la espalda apoyada en mi rodilla, sin pensarlo, como se sentaba antes.
Y yo me quedé con las once frases que había ensayado y no dije ninguna.