Guerra de familia, amor de generación 10. Papel de estraza
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10. Papel de estraza

Papel de estraza

A la una y media subí al casal con las dos bandejas de las once, que habían vuelto medio llenas porque nadie come cuando hay bronca, y con la excusa de preguntar por el reparto del lunes.

La excusa era buena. La había pensado el viernes.

Yo he entrado en ese casal cuatrocientas veces. Fui a solfeo allí de los siete a los once años, en el aula de arriba, con una señora que se llamaba doña Pilar y que me dijo que yo tenía buen oído y ninguna paciencia. Lo dejé el año que empecé a bajar al obrador a las cinco.

Mi padre no dijo nada cuando lo dejé. Le pareció bien. Estas dos cosas caben las dos en la misma frase y en esta familia caben siempre.

El casal de La Lira tiene un salón grande con el escenario al fondo, una vitrina con el bombardino y, a la derecha, un cuarto que era el ropero y que en agosto es de la comisión de fiestas.

Ahí estaba Puri, con las cuatro cajas de programas ya dobladas, el portátil y una mesa de tres metros llena de cosas.

Cuando uno lleva veintidós años metiendo bandejas en sitios, lo primero que mira al entrar en una habitación es dónde apoyarlas. Yo entré, busqué un hueco en la mesa de tres metros y ahí es donde lo vi.

En la esquina derecha, junto a la caja de las cintas de la ofrenda, había un montón de rectángulos de papel de estraza. Cortados. Ocho o nueve, apilados, del tamaño de media cuartilla.

Del mismo marrón. Del mismo grosor.

Dejé las bandejas encima de la caja de las cintas, que estaba a treinta centímetros, y me quedé de pie.

Voy a explicar lo que pasa cuando ves una cosa así, porque en las películas la gente se abalanza y en la vida no.

Lo que pasa es que se te para el estómago y sigues hablando.

Yo llevaba desde el viernes por la mañana con un corte de tijera en un rollo del altillo y con la idea de que ese corte lo había hecho mi padre, y esa idea me había costado dos noches y tres desayunos sin tocar.

Aquello no era el rollo. Era el papel ya cortado, en la mesa de la comisión de fiestas, a la vista, en un casal por el que aquel sábado habían pasado ochenta personas.

Un hombre que hace algo malo no deja el material encima de una mesa.

Y esa fue la primera vez en toda la semana que se me pasó por la cabeza que a lo mejor yo no estaba entendiendo nada.

—El lunes a qué hora es el reparto —dije.

—A las siete de la tarde, en la plaza. —Puri no levantó la cabeza—. Y a las siete y media lee Joan el programa desde el balcón. Y luego hay orxata.

—¿Lee el programa entero?

—El programa entero no, hijo, que son cuarenta páginas. Lee los actos. Uno por uno, con la hora. —Pasó una hoja—. Y este año el orden lo hemos cambiado dos veces por lo de las sillas, así que el lunes se entera todo el mundo de todo.

—¿Y a qué hora se leerá lo del sábado?

—Pues cuando toque. —Puso una hoja a contraluz—. Va por orden de día. El sábado es el último día, así que lo último. Las ocho menos veinte, las ocho menos cuarto.

—¿Seguro?

—Nicolás, hijo, yo no sé lo que tarda Joan en leer cuarenta actos. Un año tardó veinte minutos y otro tardó cincuenta porque le dio por explicar la cucaña.

Las ocho menos veinte del lunes.

Eso fue lo que saqué de aquella conversación antes de ver el papel, y lo apunto porque durante dos días fue lo único que tuve: una hora aproximada. Cincuenta y seis horas.

Cogí uno de los rectángulos.

Era el mismo papel. Lo era en la mano, que es donde se sabe. La estraza de 2013 es más basta y tiene el reverso más claro, y el borde de aquellos rectángulos estaba cortado con tijera, ligeramente en diagonal, y uno de ellos tenía dos centímetros rasgados en la esquina.

—¿Y esto? —dije.

Puri levantó la cabeza.

—Eso es para la búsqueda.

—¿Qué búsqueda?

Y Puri Albiol, que en veintiséis años no ha dejado una frase sin terminar, terminó aquella y las tres siguientes, porque para Puri contestar es una forma de educación y callarse es una grosería que se comete con la gente de fuera.

—La de tu padre —dijo—. La de las pistas.

—¿Las pistas.

—Las que va dejando. Como las de las despedidas, que vas encontrando papelitos y cada uno te lleva a un sitio, y al final está la sorpresa. —Se rió—. Mira que le dije: Vicent, tú a tu edad con papelitos. Y me dijo que sí. Que él lo hacía a su manera.

Me apoyé en la mesa con las dos manos.

—¿Cuántos papelitos?

—Yo qué sé. Los que haga.

—¿Y tú se los das a alguien?

—Yo no doy nada. —Puri cogió el bolígrafo y se lo puso detrás de la oreja, que es lo que hace ella cuando decide que ha hablado bastante—. Yo le he cortado el papel porque él con las tijeras ya no puede, y le he dicho dónde va cada cosa y a qué hora está cada uno, que eso lo sé yo. Y ya está.

—¿Que él con las tijeras ya no puede?

—Con la mano izquierda. —Se dio dos golpecitos en el antebrazo—. Para sujetar. Que él corta bien, pero sujetar no.

Eso yo no lo sabía.

Eso es una cosa de mi padre, de la mano con la que empuja la puerta del horno, y me la estaba contando la secretaria de la comisión de fiestas en el ropero de un casal, un sábado a la una y media.

—¿Y desde cuándo lo prepara?

—Desde el miércoles.

—¿Del miércoles pasado?

—Del miércoles pasado, hijo, que fue cuando me lo dijo.

—Puri se recolocó las gafas—. Y mira, te voy a decir una cosa, ya que estamos.

A mí me pareció muy bien. Porque tu padre no ha hecho una cosa así en su vida.

Ni una. Y de repente viene un señor de setenta y cinco años y me dice que quiere preparar algo para su hijo, y yo digo: pues ya era hora.

Me quedé mirándola.

—¿Eso te dijo? ¿Para su hijo?

—Eso me dijo.

Y volvió a las cajas.

—Puri, ¿y dónde va cada cosa?

—Nicolás.

—Es que si es una sorpresa para nosotros, yo tendría que saber por lo menos si tengo que estar en algún sitio.

—Tú no tienes que estar en ningún sitio.

—¿Y Alba?

—Alba tampoco.

—Entonces ¿para quién es la sorpresa?

Puri me miró por encima de las gafas, con las dos manos en una caja de programas, y por primera vez desde que yo la conozco no supo qué contestarme.

—Pues para vosotros —dijo.

—Ya.

—Es que si te lo digo no es sorpresa.

—Si te lo digo no es sorpresa. —Se levantó y empezó a alinear las cajas de programas, que ya estaban alineadas—. Y además me ha dicho que a ti sobre todo no.

—¿Eso te ha dicho?

—Eso me ha dicho.

Y siguió alineando cajas.

Yo tenía en la mano un rectángulo de papel de estraza cortado con tijera, y tenía en el bolsillo de atrás, doblado en cuatro por las mismas rayas desde hacía dos días, otro rectángulo exactamente igual con tres líneas escritas en mayúsculas.

—Puri.

—Que no.

—No es eso. ¿Mi padre estuvo aquí el miércoles por la noche?

Se paró.

Se paró de una manera que no le había visto en mi vida, con las dos manos en una caja y sin darse la vuelta, y estuvo así lo que se tarda en contar hasta tres.

—El miércoles estuvimos aquí la comisión —dijo—. Y la banda ensayando. Y luego nos fuimos al bar.

—¿Y él?

—Él se fue antes.

—¿A qué hora?

—Hijo, yo no fitxe a la gente.

—Puri.

—Antes de las diez. —Dejó la caja—. Se fue antes de las diez porque me pidió la llave del ropero y me la devolvió a las diez menos algo. Y no me preguntes para qué la quería, que no lo sé y no lo pregunté, que este casal es más suyo que mío.

—¿Y esa llave de dónde más abre?

—De aquí. —Señaló la puerta—. Del ropero. ¿De dónde va a abrir?

De aquí. De la habitación donde estaban los rectángulos.

Miré la mesa de tres metros. La caja de las cintas de la ofrenda, las cuatro cajas de programas, el portátil, el montón de papel marrón. Y, al lado del portátil, una tijera.

No era del casal. Las tijeras del casal son las de la funda azul que hay colgadas junto a la puerta, y llevan ahí desde que yo iba a solfeo.

Era una tijera de mango naranja, de las que compramos nosotros por docenas y de las que hay cuatro en el obrador y dos en casa de mi padre.

Y entonces se abrió la puerta del ropero.

—Nicolás.

Mi padre estaba en el marco con la funda del clarinete en la mano, que es una funda que yo he visto toda mi vida y que él no abre desde 1986, y que sigue llevando al casal los sábados porque en La Lira lo tienen de socio y porque un hombre puede dejar de tocar y no dejar de ir.

—Deixa-la treballar —dijo.

—Estaba preguntando por el lunes.

—Ja.

Puri, de espaldas, dijo:

—Que ha traído las bandejas.

—Ja ho veig.

—Puri, última cosa y te dejo.

—Dime.

—El orden de entrada de las bandas.

—Ay. —Cerró el portátil de golpe—. No me hables.

—Ximo ha dicho que lo decide la comisión.

—Ximo ha dicho que lo decide la comisión y Rosa Marí ha dicho que lo decide la comisión, y los dos me han llamado esta tarde a mí, uno a las tres y otro a las tres y cuarto, para explicarme cómo lo decide la comisión.

—¿Y qué vas a hacer?

—Lo que hago siempre —dijo Puri—. Esperar a que se me ocurra algo o a que se muera alguno.

Y ahí se acabó la conversación, y no he podido retomarla nunca, porque a partir de aquel sábado Puri Albiol fue, para mí, una mujer que contestaba a todo menos a una cosa.

Salimos los dos al salón grande, y del salón a la calle, y mi padre echó a andar por Sant Roc sin preguntarme si iba con él, que es como anda mi padre, y yo fui detrás como voy yo.

Anduvimos ochenta metros sin hablar. Él delante, con la funda en la mano derecha. Yo detrás, a paso corto, porque mi padre anda despacio desde hace dos años y porque yo llevo dos años acortando el paso sin decirlo.

En la puerta del número once salió la señora de los Bosch a saludar y él levantó la mano. En la esquina de la farmacia se paró a mirar una obra que llevan tres meses con ella. Es su calle. Nació en el número cuatro.

Paró en la esquina, a la sombra del alero, y dejó la funda del clarinete en el suelo, apoyada contra la pared.

Mientras andábamos yo iba con una lista en la cabeza.

Es lo que hago. Cuando algo se rompe, cuento por dónde.

Un rollo cortado en mi altillo. Ocho rectángulos en una mesa a la que él tiene llave.

Una tijera de mango naranja que no es de allí.

Una llave pedida y devuelta el miércoles antes de las diez.

Un cajón que abre él. Un anillo dentro de una tarta.

Seis cosas. En cualquier otro asunto de mi vida, con seis cosas así yo ya habría llamado a quien tuviera que llamar y le habría dicho lo que pasaba.

Y llevaba tres días sin decírselo a la única persona que tenía derecho a saberlo. Ahí, andando por Sant Roc detrás de mi padre, entendí por qué, y no me gustó nada.

Porque si se lo contaba a Alba, se acababa. Ella iba a ir a por él. Iba a ir a por él con razón, con educación y sin levantar la voz, y en cuarenta minutos mi padre iba a estar sentado en una silla explicándole a la mujer que ya no era su nuera qué había hecho y por qué.

Y yo quería llegar antes.

No para protegerlo. Para llegar antes.

—Nicolás.

—Qué.

—¿Tu et cases perquè vols?

Yo estaba a metro y medio, con el sol dándome en un lado de la cara.

—¿Qué?

—Que si te casas porque quieres —dijo, en castellano, despacio, buscando las dos últimas palabras y encontrándolas— o porque todos lo necesitamos.

Y no dijo más.

No dijo lo sé, ni sé que ha pasado algo, ni me han contado.

No dijo una sola cosa que yo pudiera coger y ponerle delante.

Se quedó ahí, con la funda del clarinete apoyada en la pared, mirándome con esa paciencia suya que a mí de pequeño me parecía cariño y que a los treinta y siete he aprendido a llamar por su nombre, que es esperar a que el otro se canse.

Tenía cuatro respuestas. Las tuve todas a la vez, como se tienen las cosas cuando llevas dos días sin dormir bien.

Podía decirle que sí, y era mentira.

Podía decirle que no, y entonces se lo estaba contando.

Podía preguntarle a qué venía eso, y él me iba a devolver la pregunta sin contestarla, porque lleva haciendo eso desde que yo tengo memoria.

Y podía preguntarle lo otro. Lo del anillo. Y si se lo preguntaba en aquella esquina, a la una y cincuenta de un sábado, con la funda del clarinete apoyada en la pared, ya no había manera de volver atrás en toda mi vida.

Y había una quinta, que era la verdadera y que consistía en decirle: papá, ¿tú qué sabes?

Cuatro palabras. Llevo desde entonces sabiendo cuáles eran.

—Me caso el sábado —dije.

Mi padre asintió una vez.

Después cogió la funda del suelo, se la cambió a la otra mano y se fue por Sant Roc hacia el garaje, y a mitad de calle levantó la mano sin girarse, sin decir adiós, y yo me quedé en la esquina con el sol en la cara y con un rectángulo de papel de estraza en cada bolsillo.