9. Dos bandas y ninguna paz
Dos bandas y ninguna paz
En Beniflor hay dos sociedades musicales y ninguna de las dos tiene nada que ver con mi familia.
Es decir: dos guerras completamente distintas que llevan un siglo pasando por la misma plaza sin mezclarse, y a mi madre se le había ocurrido que tocaran juntas.
El ensayo era a las diez en el patio de La Concordia, que es el patio de atrás, el que comparten los dos locales y que está dividido por una barandilla de obra desde los noventa. Llegué a las diez menos cinco y ya había sesenta y una personas.
Sesenta y una. Las conté después, con Puri, cuando hubo que decidir cuántas sillas.
—Cuarenta y dos de La Unió y treinta y cuatro de La Lira —me había dicho Puri el jueves—. Pero de La Unió no vienen todos porque hay cuatro en Benicàssim.
—¿Y los otros?
—Los otros son el director de La Lira, que es de Carcaixent, y la novia del director, que viene con él a todo.
Los dos directores se colocaron cada uno con los suyos, en las dos mitades del patio, con la barandilla en medio, y estuvieron veinte minutos afinando a la vez sin mirarse.
Sesenta y un instrumentos afinando simultáneamente en un patio de doce por ocho es un ruido que no se puede describir y que Candela, que estaba montando dos estructuras de flor en la esquina, describió perfectamente diciendo:
—Esto es una obra.
A las diez y cinco los dos directores tocaron una vez. Una sola. Los sesenta y uno a la vez, dieciséis compases de un pasodoble que yo he oído toda la vida sin saber cómo se llama, con el metal entrando tarde por el lado de La Lira y el bombo de La Unió llevándoselo todo por delante.
Sonó bien.
Sonó tan bien que Candela dejó el alambre encima de la caja y se quedó quieta, y que mi tía Reme se puso a llorar en la puerta, y que yo, que llevaba cuatro días con el pecho cerrado, tuve que mirar mucho rato una maceta.
Duró dieciséis compases. Después el director de La Lira levantó la mano y dijo:
—Otra vez, pero vosotros a tiempo.
Y ya no se volvió a tocar en tres horas.
Neus llegó a las diez y diez con el móvil grabando.
Y a las diez y cuarto empezó lo primero.
Uno.
Lo planteó Ximo Blasco, presidente de La Lira, un hombre de setenta años con una carpeta de anillas y una manera de hablar que consiste en decir cosas evidentes muy despacio.
—Vamos a ver. Si tocamos las dos, alguien entra primero.
—Nadie entra primero —dijo mi madre—. Tocáis juntas.
—Amparo, tocar juntas es tocar juntas. Entrar es entrar. Y a la plaza no caben las dos filas a la vez.
—Pues que entren de dos en dos.
—¿De dos en dos cómo? ¿Uno de cada?
—Sí.
Se hizo un silencio.
—¿Un músico de La Lira y uno de La Unió, cogidos del brazo? —dijo Rosa Marí Ferrando, presidenta de La Unió, que tiene cincuenta y muchos y una voz de sacar niños de un autobús—. ¿Como en la ofrenda?
—Como en la ofrenda no —dijo Ximo.
—Es que en la ofrenda es alfabético.
—En la ofrenda es alfabético desde el año pasado y por eso está el problema.
—El problema del año pasado no era ese.
—El problema del año pasado era exactamente ese.
Ahí ya llevaban ocho minutos y de volver a tocar no se había vuelto a hablar.
Puri, mientras tanto, iba y venía.
Había llegado a las diez menos veinte con una libreta y con encargos, y a las once los encargos ya no eran los mismos que a las diez, y ella los repartía todos con la misma seguridad.
Le dijo al director de La Unió que Ximo había dicho que empezaran ellos, cuando lo que Ximo había dicho era que empezaran ellos si iban detrás.
Le dijo a Rosa Marí que mi madre quería el pasodoble largo, cuando mi madre lo que había dicho era que quería que aquello se acabase antes de la una.
Y le dijo a Candela que la flor iba en la entrada, y a los diez minutos que la flor iba en el fondo, y las dos veces con la misma frase:
—Me lo acaban de decir.
Candela movió las dos estructuras. Pesan catorce kilos cada una.
La Lira alegaba antigüedad: 1889. La Unió alegaba número: cuarenta y dos contra treinta y cuatro, y añadía, con muchísima educación, que en 1889 La Lira no era una banda sino «unos señores con instrumentos».
Ximo dijo que eso lo dijera fuera del casal.
Rosa Marí dijo que lo decía donde hiciera falta.
Neus lo estaba grabando todo con una cara de agradecimiento que no se le fue en dos horas.
—Que entre La Lira delante —dijo mi madre—, que son menos y se acaba antes.
Y ese fue el primer error de mi madre en toda la semana, porque a Ximo Blasco se le puede quitar el orden de entrada pero no se le puede conceder por lástima.
—¿Cómo que somos menos?
Dos.
Lo de la pieza empezó a las once menos veinte y fue peor, porque lo de la pieza es de verdad.
Para tocar juntas hay que tocar lo mismo. Los dos directores lo tenían claro y trajeron cada uno su propuesta. El de La Unió, que es de aquí y tiene treinta años, propuso el pasodoble Beniflor . El de La Lira, que es de Carcaixent, dijo que perfecto.
Y entonces Rosa Marí Ferrando dijo:
— Beniflor lo escribió Emili Roig.
—Ya lo sé.
—Emili Roig era de La Unió.
—Emili Roig se fue de La Unió en el setenta y cuatro y se murió siendo de La Lira —dijo Ximo—, así que si lo miramos así, es nuestro.
—Emili Roig se fue de La Unió porque no le dejasteis dirigir.
—Nosotros no le dejamos ni le dejamos de dejar. Nosotros le hicimos socio de honor.
—En el noventa y uno.
—¿Y qué?
—Que se murió en el ochenta y nueve.
Un trombón probó dos notas al fondo del patio y se calló solo.
—Eso no es así —dijo Ximo.
—Está en el libro.
—El libro lo hicisteis vosotros.
—El libro lo hizo la Diputación.
—Con vuestros datos.
—Con los datos que había.
El director de La Lira, que es de Carcaixent y que llevaba media hora con la batuta debajo del brazo como quien espera un autobús, dijo entonces la única cosa razonable de toda la mañana:
—Yo puedo dirigir a los dos.
Y se hizo un silencio de los que se oyen.
—Tú eres de La Lira —dijo Rosa Marí.
—Yo soy de Carcaixent.
—Tú cobras de La Lira.
—Yo cobro de La Lira porque me contrató La Lira. Si me contratáis vosotros, cobro de vosotros.
—¿Y entonces de quién eres?
El hombre se lo pensó de verdad. Cuatro o cinco segundos, delante de sesenta y una personas y con una periodista grabando.
—De la música —dijo.
Lo dijo en serio, sonó fatal, y Ximo Blasco se giró hacia mi madre.
—¿Ves? Esto es lo que pasa cuando los traes de fuera.
Miré a Nicolás, que había llegado a las once menos veinte con dos bandejas y que estaba de pie contra la pared del fondo, con las bandejas todavía en la mano, sin dejarlas en ningún sitio porque no había ningún sitio de nadie donde dejarlas.
Levantó las cejas medio centímetro.
Y yo, por primera vez desde el martes, tuve que morderme la cara por dentro para no reírme delante de sesenta y una personas.
A todo esto, cada quince minutos, alguien preguntaba cuándo se ensayaba.
Lo preguntaban los músicos, que son sesenta y uno y que habían dejado un sábado por la mañana para estar allí.
Lo preguntó tres veces un chaval de catorce años con una tuba que le llegaba al pecho.
Lo preguntó mi tía Reme, que no es de ninguna banda.
Y cada vez que alguien lo preguntaba, los dos presidentes decían «ahora», y volvían al orden de entrada.
Tres.
A las once y cuarto llegó Joan Borràs con el plano del patio.
Lo trajo en un tubo de cartón, lo desenrolló encima de la mesa de la barandilla, le puso una piedra en cada esquina y dijo:
—Vamos a ver dónde va cada uno.
Ahí se acabó la comedia y empezó la geometría, que es peor.
El patio son noventa y seis metros cuadrados.
En noventa y seis metros cuadrados hay que meter doscientas ochenta sillas, una mesa larga para la firma de la sociedad, dos estructuras de flor de dos metros de alto que Candela ya tenía montadas, la mesa del banquete, que es la que tiene que llevar los dos apellidos, y sesenta y una personas con instrumentos, cuatro de ellos de metal grande.
Joan hizo los números en voz alta, que es como los hace él, y le salió que no.
—No caben —dijo.
—Pues quita sillas —dijo Ximo.
—Las sillas están contadas.
—Pues que toquen menos.
—Ximo —dijo Rosa Marí.
—Digo los dos. Que toquemos menos los dos.
—Ah.
—¿Y la mesa del banquete? —dijo Joan.
—La mesa del banquete va en medio —dijo mi madre.
—Amparo, si la mesa va en medio, las bandas no tienen por dónde entrar.
—Pues que entren por los lados.
—¿Las dos por los lados?
—Una por cada lado.
Joan Borràs dejó el lápiz encima del plano y se quedó mirándola, y en aquel segundo yo le tuve muchísimo respeto, porque el hombre entendió antes que yo lo que acababa de proponer mi madre.
—Amparo, si entran una por cada lado, se van a encontrar en el centro.
—Pues muy bien.
Candela, que llevaba dos horas sin decir nada porque llevaba dos horas trabajando, se limpió las manos y se acercó al plano.
—Si la flor va aquí y aquí —dijo, señalando—, tenéis tres metros más de fondo. Pero entonces la mesa de la firma no se ve desde las filas de atrás.
—La mesa de la firma tiene que verse —dijo mi madre.
—Pues entonces no hay tres metros.
—La mesa de la firma tiene que verse, Candela.
Y lo dijo dos veces, y esa fue la primera pista de la semana, y yo la tuve delante y no la cogí.
Y entonces.
A las once y media, Neus se acercó al plano con el móvil por delante y preguntó, con toda la inocencia del mundo:
—Perdona, ¿y esto lo vais a resolver o se queda así?
Mi madre se giró hacia mí y me dijo, en valenciano y muy deprisa:
—Digues-li que ho tenim tot parlat i que se'n vaja a fer la mà.
Neus me miró.
—Dice mi madre que está todo hablado y que le agradece muchísimo el interés.
—Ay, qué bien.
—Muchísimo —dije.
Nicolás, contra la pared, cambió el peso de una bandeja a la otra.
Y ahí mi madre hizo lo que hace mi madre cuando un problema no se puede resolver, que es agrandarlo hasta que el problema sea de otro.
—Joan.
—Amparo.
—En el patio no caben.
—No caben.
—Pues lo hacemos en la plaza.
Joan Borràs levantó la cabeza del plano muy despacio.
—¿La boda?
—La boda, el banquete y la firma. En la plaza. Que hay sitio, hay sombra a esa hora y las dos bandas caben en el lado del ayuntamiento.
—Amparo, la plaza es vía pública.
—Ya lo sé.
—Que si es en la plaza, es acto público.
—Ya lo sé.
—Que si es acto público, no puedo cortarle la entrada a nadie. Que viene el que quiere.
—Ya lo sé, Joan.
Y mi madre lo dijo con una tranquilidad completa, y sonrió, y yo me di cuenta con un retraso de unos cuatro segundos de que aquello no era una solución logística sino un movimiento, y de que mi madre acababa de convertir mi boda de doscientas ochenta personas en un acto al que puede venir el que quiera, en la plaza, delante del ayuntamiento, con dos bandas y sin puerta.
—Mamá.
—¿Qué.
—Que doscientas ochenta ya es mucha gente.
—Alba, hija, si es que no caben.
—Es que si es en la plaza no son doscientas ochenta.
—Pues serán trescientas.
—Serán las que sean, mamá. Eso es lo que quiere decir vía pública.
Mi madre se apoyó en la mesa con las dos manos, encima del plano del patio y de sus cuatro piedras.
—Alba —dijo—. En este pueblo hay dos mil ochocientas personas y llevan cuarenta años eligiendo en qué puerta se toman el café. El sábado vienen las que quieran venir.
Y volvió al plano.
Joan Borràs se pasó la mano por la boca y sacó el móvil.
—Entonces yo tengo que pedir corte de tráfico —dijo, más para sí mismo que para nadie—. Y aviso a la Policía Local. Y con el corte de tráfico ya no es un enlace, es un acto del programa, y si es un acto del programa lleva megafonía municipal.
—Perfecto —dijo mi madre.
—Amparo, que la megafonía municipal la pongo yo y la enciendo yo.
—Perfecto.
Y ahí me di cuenta de la segunda parte, con otros cuatro segundos de retraso: que a partir de aquel momento el sonido de mi boda lo controlaba el ayuntamiento.
Lo del orden de entrada no se resolvió. Lo digo aquí porque después ha habido versiones y no: a la una y veinte de aquel sábado, con sesenta y una personas recogiendo instrumentos y con el catering de las once a medio comer, Ximo Blasco cerró su carpeta de anillas y dijo:
—Pues que lo decida la comisión.
—Que lo decida la comisión —dijo Rosa Marí.
Y se dieron la mano.
Yo estaba a metro y medio y no entendí nada. Tardé cuatro días en entenderlo, y lo entendí de golpe, en un sitio muy incómodo.
La comisión de fiestas de Beniflor son once personas que se reúnen dos veces al año y que en agosto no se reúnen porque están todos trabajando en las fiestas.
La comisión de fiestas, en la práctica, entre el uno y el treinta y uno de agosto, es una señora de sesenta y siete años con un ordenador portátil encima de una silla.
Lo que Ximo Blasco y Rosa Marí Ferrando acababan de acordar, después de tres horas, delante de sesenta y una personas y de una periodista, era que el orden de entrada de las dos sociedades musicales de Beniflor en mi boda lo iba a decidir la primera persona que hablara con Puri Albiol.