8. Aplazar no es esconderse
Aplazar no es esconderse
La comisión de fiestas de Beniflor se reúne en el salón de plenos porque el casal está lleno de programas, y el salón de plenos tiene veinticuatro sillas, un retrato del rey, una mesa en U y un micrófono de sobremesa que se enciende con un botón rojo y que Joan Borràs usa incluso cuando hay ocho personas.
Aquel viernes había veintiséis, y por lo tanto dos de pie.
Yo llegué a las siete menos diez con una carpeta y con una idea que llevaba dos días redactando de madrugada, y que era buena. Lo sigo pensando. Era una idea buena.
La expliqué en cuatro minutos, sin micrófono, de pie al lado de mi silla, y la voy a resumir aquí porque después se ha contado de muchas maneras.
Los derechos de la corona de naranja y almendra son de dos personas físicas: Amparo Ribes y Vicent Salvat, una mitad cada uno, desde 1986.
La sociedad que va a firmarse necesita esos derechos y por eso todo el mundo está pendiente de una cesión que aún no existe.
Lo que yo propuse fue desacoplar las dos cosas.
Una licencia de uso, provisional, revocable, gratuita y por escrito, firmada por los dos titulares, que permita a la nueva sociedad producir y comercializar la corona desde el día uno, con una condición resolutoria a doce meses.
Si en doce meses las dos familias no quieren seguir, se acaba la licencia y cada uno se queda con su mitad como estaba.
Sin ceder nada. Sin renunciar a nada. Sin depender de nada.
Y desde luego sin depender de una boda.
—Es un papel de tres folios —dije—. Se firma el lunes, la sociedad se constituye con ceremonia o sin ella, el banco desembolsa en noviembre y los once contratos se subrogan igual. Y si dentro de un año alguno de los dos no quiere seguir, lo dice y se acabó, sin pleito y sin abogados.
—¿Y el nombre? —dijo alguien desde el fondo.
—El nombre es de la sociedad.
—¿Y la receta?
—La receta sigue siendo de ellos dos. Esa es toda la gracia.
Hablé cuatro minutos, y en esos cuatro minutos me di cuenta de una cosa que no me había pasado nunca en una sala: que me estaban escuchando muy bien y que no me escuchaba nadie.
Las veintiséis personas seguían mis frases con la cara de quien sigue una explicación de la que solo le interesa el final.
Joan Borràs me miraba con la boca ligeramente abierta y una expresión de admiración sincera que no tenía nada que ver con lo que yo estaba diciendo.
—Qué bien lo explica todo, ¿eh —le dijo a Puri.
—Es abogada —dijo Puri.
—Ya, ya. Pero es que lo explica muy bien. —Joan se giró hacia el resto de la mesa—. Que a mí me vino uno de la Diputación en abril con esto mismo y no le entendí ni la primera hoja.
—Joan.
—Perdón. Sigue, sigue.
Mi madre no dijo nada durante los cuatro minutos.
Estaba sentada al final de la U, con el bolso en las rodillas, al lado de Vicent y con medio metro entre los dos, que era medio metro reglamentario incluso en el salón de plenos del ayuntamiento. Y cuando terminé, esperó tres segundos y dijo:
—No.
—Mamá, es exactamente lo mismo.
—No es lo mismo.
—Legalmente es más seguro que la cesión, porque es revocable y no...
—Yo no he dicho que no sea seguro. He dicho que no.
Y entonces mi madre hizo una cosa que no le había visto hacer en veintiséis años de reuniones de este pueblo, que fue levantarse.
—Yo llevo cuarenta años oyendo papeles —dijo—.
En el noventa y uno hubo un papel para el patio.
En el noventa y siete hubo otro para la fachada, que lo trajo un aparejador de Alzira, muy majo.
Y en 2004 hubo uno para la luz, que ese lo firmamos, y por eso este local tiene un contador y medio.
—Puso una mano en la mesa—. Yo firmo cuando vea a los Ribes y a los Salvat sirviendo la misma mesa.
—Eso no es una condición jurídica.
—Es la mía.
Se sentó, se colocó el bolso en las rodillas y añadió, más bajo, para la mesa entera:
—Y no lo digo por capricho. Lo digo porque a mí me han enseñado dos veces un papel para arreglar esto, y las dos veces el papel estaba bien.
Vicent Salvat, a medio metro, miró la mesa y no dijo nada, y en aquel salón de plenos hubo unos tres segundos que yo no entendí hasta el jueves de la semana siguiente.
Y aquí es donde tengo que ser honrada, porque estuve dos días diciéndome que mi madre era una mujer irracional que anteponía un capricho sentimental a la viabilidad de un proyecto industrial.
Mi madre no es irracional. Mi madre lleva cuarenta años trabajando a metro y medio de un señor con el que no ha vuelto a tomarse un café, y sabe una cosa que yo no sabía y que aprendí despacio esa semana: que un contrato te obliga a hacer, pero no te obliga a querer, y que en una empresa de dos familias enfadadas la parte que hay que asegurar no es la que se puede escribir.
Yo podía redactarles la mejor licencia de España. Y a los tres meses habría dos personas de sesenta y tantos años discutiendo por el uso del horno un martes por la mañana, y ninguna cláusula mía iba a estar allí para servir el café.
Lo del aplazamiento salió después y no lo saqué yo.
Lo sacó Joan Borràs, sin ninguna intención, mirando su carpeta.
—Perdonad, una pregunta de programa. Si el tema de la empresa no está claro, ¿el lanzamiento de la Corona lo dejamos para las fiestas del año que viene? Porque yo tengo que cerrar.
Y ahí sentí, durante unos cuatro segundos, algo muy parecido al alivio. Fue físico. Se me soltaron los hombros. Llevaba tres días con una salida delante de las narices y me la estaba ofreciendo un concejal de Fiestas por un problema de maquetación.
—Podría ser —dije.
Fueron cuatro segundos.
—¿Cómo que podría ser? —dijo Amparo.
—Digo que si hay que replantear fechas, se replantean. Yo además me incorporo en Bruselas y a lo mejor...
Y entonces habló el pueblo, que es una cosa que no pasa en las novelas pero que pasa continuamente en un salón de plenos con veintiséis personas.
Habló Pepe Ripoll, que estaba de pie al fondo, y dijo que él tenía comprado el refuerzo de huevo y contratado a su sobrino para el sábado.
Habló una de las hermanas Ferri, que dijo que su madre venía de Castellón el viernes con la tía y que ya tenían el coche cogido.
Habló el presidente de una de las dos bandas, que preguntó, en un tono muy neutro que no engañó a nadie, si eso quería decir que el pasodoble conjunto tampoco.
Habló Candela, que dijo el número: cuatrocientos veinte euros de flor que se pagaba el jueves siguiente y que ya estaba pedida a Holanda.
Habló Marisa, que había venido porque el Forn Salvat lleva el catering y que no dijo nada de sentimientos: dijo que si se caía el lanzamiento se caía el refuerzo de tres personas a las que ella ya había avisado, y que una de las tres había dicho que no a un mes de temporada en Cullera por quedarse.
—¿Cómo se llama? —dije, sin pensarlo.
Marisa me miró.
—Rosana.
—Vale.
Y habló Puri, que estaba tomando acta, y levantó la cabeza y dijo:
—Y la comarcal saca el reportaje el miércoles. Media página y foto.
—¿Ya está escrito? —dije.
—Escrito no lo sé. Vendido sí.
Ninguno de ellos lo dijo con reproche. Ese es el detalle que yo no había calculado y que no había manera de calcular desde una mesa de Valencia con una carpeta. En Beniflor no te echan la culpa. En Beniflor te enseñan la factura, uno detrás de otro, muy amablemente, hasta que la suma es tuya.
Y no hay a quién contestarle. Si a mí me dicen «esto perjudica al pueblo», yo tengo tres argumentos y me sé los tres. Pero Pepe Ripoll no dijo eso. Pepe Ripoll dijo que había contratado a su sobrino.
Nicolás no dijo nada en toda la sesión.
Estaba a mi derecha, medio paso por detrás, en la silla, con las manos quietas encima de la mesa, y llevaba así desde las siete. Le busqué. Le busqué de verdad, dos veces, y las dos veces estaba mirando al final de la U, donde estaba su padre.
Su padre tampoco dijo nada.
A las ocho menos veinte, Joan Borràs se acercó el micrófono, apretó el botón rojo, comprobó que funcionaba dando dos golpecitos con la uña —a las ocho menos veinte, con veintiséis personas en una sala de doce metros—, y dijo:
—Vamos a ver. Yo lo que tengo es un problema de imprenta.
Puso la carpeta de pie sobre la mesa, como se pone un menú.
—El programa se cierra hoy a las nueve. Cuatro mil ejemplares. Se reparten el lunes en los buzones y se cuelgan el martes. Y en la página once, ahora mismo, pone: «Sábado, 12:00. Enlace matrimonial y presentación pública de la Corona de Beniflor. Actuación conjunta de las dos sociedades musicales.»
Miró alrededor.
—Si eso se queda, se queda. Si eso no se queda, yo esta noche tengo que llamar a un señor de Carcaixent y decirle que me quite media página, y me la va a quitar, y en su lugar va a poner la cucaña.
—Se aclaró la garganta—. Y a mí la cucaña me parece muy bien, que la cucaña está aquí desde antes que el ayuntamiento.
Pero es que si el sábado a las doce hay boda y en el programa pone cucaña, el problema lo tengo yo.
Y si en el programa pone boda y a las doce hay cucaña, el problema también lo tengo yo, y ese es peor, porque ese sale en el periódico.
Dejó la carpeta.
—Yo con esto no me meto, ¿eh —añadió—. Que cada uno se case con quien quiera y cuando quiera. Yo lo que tengo es una página.
Silencio.
—Entonces yo lo que necesito —dijo Joan— es que alguien de las dos familias me diga aquí, delante de la comisión, si lo dejo o lo quito.
Y no miró a mi madre, ni a Vicent, ni a Nicolás.
Me miró a mí, porque yo era la que había hablado durante cuatro minutos con una carpeta.
Y con él me miraron los otros veinticinco. Mi madre. Vicent. Pepe Ripoll. Marisa, que tiene una mujer que ha dicho que no a un mes en Cullera.
Voy a describir esto con precisión porque es la única parte de aquella semana que he repasado entera, muchas veces, y siempre sale igual.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
No fue el aturdimiento, ni la presión, ni el ambiente, ni que hubiera veintiséis personas mirando. Tuve tiempo. Tuve, calculo, entre cinco y ocho segundos, que en un salón de plenos son muchísimos, y en esos segundos hice el cálculo completo, ordenado y limpio, como los hago yo.
Si decía que lo quitara, la comisión se enteraba en ese momento de que algo pasaba.
Mi madre no firmaría nunca. La sociedad se caía y con ella el desembolso de noviembre y el contrato de distribución.
Once contratos. Y el pueblo entero tendría el lunes en el buzón un programa con una cucaña en la página once y una pregunta.
Si decía que lo dejara, teníamos ocho días.
Ocho días para que dos personas de sesenta y tantos firmaran, para encontrar una salida y para desaparecer con dignidad.
Y había una tercera cosa, y esa la he tardado más en escribir. Que en aquella sala estaba mi madre, de pie hacía cinco minutos, contando papeles de 1991 con la mano encima de una mesa, y que si yo decía «quítalo», la que iba a quedarse sentada delante de veintiséis vecinos era ella.
Hay una cosa más que debería escribir y que llevo desde entonces sin escribir en ninguna parte.
Nicolás podía haber hablado.
Estaba a mi derecha, tenía la misma información que yo, llevaba la boca cerrada desde las siete y era el otro apellido de la página once.
Le habría bastado con decir «déjame un momento» y sacarme de aquella sala.
No lo hizo. Y yo, mientras alargaba la mano, pensé una cosa pequeña y bastante fea, que fue: pues muy bien, tampoco tú.
Alargué la mano y giré el micrófono hacia mí.
Se oyó el roce.
—La boda sigue —dije—. Y los Ribes y los Salvat presentarán juntos la Corona de Beniflor.
Joan Borràs cerró la carpeta con las dos manos y la dejó plana encima de la mesa. Después sacó el móvil y escribió un mensaje delante de todo el mundo, moviendo los labios.
—Ya está —dijo—. Mandado. Página once como está.
Y no se me olvidará mientras viva la sencillez de aquello. Un señor con una carpeta manda un mensaje a Carcaixent a las ocho menos cuarto de un viernes, y a partir de ese segundo hay cuatro mil papeles en el mundo que dicen que yo me caso.
Y entonces alguien empezó a aplaudir, y no sé quién fue, y en tres segundos estaban aplaudiendo veintiséis personas en un salón de plenos, que es un sitio donde no se aplaude nunca, y mi madre se llevó la mano a la boca, y Pepe Ripoll le dio una palmada en la espalda a Vicent Salvat, que se apartó medio paso, y Puri escribió algo en el acta.
Vicent Salvat se levantó antes de que terminaran los aplausos y salió por la puerta del fondo, la que da a la escalera de servicio, y Joan Borràs le dijo adiós con la mano sin que él se girara.
Yo miré a Nicolás.
Nicolás me estaba mirando a mí, por fin, y no dijo nada, y no dijo nada durante todo lo que quedó de sesión, ni al salir, ni en los ochenta metros que hay del ayuntamiento a la puerta del medio.
En los ochenta metros dijo dos cosas. La primera fue «¿tienes hambre?». La segunda, ya en la esquina:
—Ha estado bien.
Yo llevaba desde el miércoles necesitando que alguien me discutiera algo, cualquier cosa, y me dio una rabia enorme.
Amparo nos alcanzó en la plaza con el bolso en el brazo y sacó del bolso un abanico turquesa, abierto, que llevaba allí desde por la mañana.
—Toma —dijo—. Para el lunes. Que salgas con él en la foto del reparto de programas.
Lo cogí.
—Mil ochocientos sesenta euros —dijo, y me dio dos golpecitos en la mano, contenta—. Ya no se pueden devolver, así que menos mal.
Se fue hacia la puerta del Cafè Ribes y a los cuatro pasos se giró.
—Alba.
—Qué.
—Lo de antes lo has hecho muy bien.
—Ya.
—No —dijo—. Que lo has hecho muy bien.
Y entró a bajar la persiana, a la misma hora que la baja el de al lado, como lleva haciendo cuarenta años.
Yo me quedé en mitad de la plaza con un abanico abierto en la mano, a las ocho y cuarto de la tarde de un viernes de agosto, con ocho días por delante y con cuatro mil ejemplares saliendo de una imprenta de Carcaixent.