Guerra de familia, amor de generación 7. Quién tenía la llave
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7. Quién tenía la llave

Quién tenía la llave

Subí a las cuatro y media de la mañana con la linterna del móvil.

El rollo estaba donde ha estado siempre. Le quedará un tercio. Y en el borde, en la parte de arriba, había un corte.

Un corte de tijera, hecho con tijera de cocina y con prisa, ligeramente en diagonal, con dos centímetros de tirón al final donde el papel se ha rasgado en lugar de cortarse. El resto del canto del rollo está recto, viejo, oscurecido por el polvo del altillo.

Ese corte es reciente. Se ve porque el papel de dentro es más claro que el de fuera. Eso lo sabe cualquiera que haya trabajado con papel.

Bajé el rollo, lo puse de pie contra las cajas de los abanicos y le di la vuelta entera con la linterna pegada al canto. Un corte. Uno solo. Le calculé la anchura con el pulgar: un palmo escaso. De ahí salen dos rectángulos como el de la nota, o tres si el que cortaba iba justo.

Lo volví a poner donde estaba, con la misma cara hacia la pared.

Y me quedé un rato ahí arriba, a cuarenta grados, con la linterna en la mano y las rodillas contra las bandejas de aluminio.

Alguien que sabe que en este obrador hay un rollo de estraza de 2013 detrás de las bandejas viejas.

Bajé la escalera del altillo con las manos limpias de polvo, que es lo que se hace cuando uno no quiere que se note por dónde ha andado, y esa es la primera cosa de aquella semana de la que todavía me acuerdo con vergüenza.

Encendí el horno grande y me puse a trabajar, porque eran las cinco menos veinte y los viernes salen las coques para el fin de semana, y estuve hasta las ocho haciendo dos cosas a la vez, que es una de ellas mal.

Las llaves las conté a las ocho y media, cuando Marisa se fue a desayunar.

Puerta de la calle: tres juegos. El mío, el de Marisa y el de mi padre.

Puerta del pasillo: no cierra desde 2011.

Cámara: pestillo interior, sin llave, se baja desde fuera con la mano; eso lo puede hacer cualquiera que esté dentro del obrador.

Despacho: dos llaves. La mía y la de mi padre, en el llavero grande del edificio.

Y el cajón.

El cajón del despacho tiene una llave pequeña, de esas de mueble, que no he usado nunca porque el cajón no se cierra nunca. Está en un tarro con clips encima de la estantería, desde antes de que yo llevara esto.

Es decir: no hay cajón. Hay un mueble con un tirador. Quien entre en el despacho, abre.

Y en el despacho entran dos personas.

Esto es lo que hago yo en lugar de pensar. Cuento puertas. Peso lo que hay. Miro qué se puede mover y qué no. Un obrador es una lista de cosas que tienen que estar en un sitio a una hora, y cuando algo sale mal no te preguntas por qué, te preguntas dónde se rompió la cadena.

Aquella mañana la cadena se rompía en dos sitios y los dos daban al mismo señor.

Estuve un rato sentado en el sitio de siempre, con el cuaderno de la cámara delante, mirando la línea del miércoles: tarta prueba, 3 pisos, terminada 21:40 .

Debajo, con mi letra, la del jueves: tarta prueba — falta trozo piso 1. 10:40 .

Trece horas.

Entre las nueve y cuarenta de la noche del miércoles y las diez y cuarenta de la mañana del jueves. En ese intervalo yo estaba arriba, en La Cambra, con Alba, y desde La Cambra no se oye el obrador porque en medio hay un forjado de 1948 y el motor de la cámara.

Marisa abrió a las cinco de la mañana del jueves. Kevin entró a las seis. Las Ferri a las siete y media.

Marisa lleva treinta y tres años. Kevin tiene diecinueve y hace mes y medio que está. Las Ferri no entran en la cámara porque las Ferri montan, y en un obrador cada uno tiene su metro cuadrado y el que se sale del suyo estorba.

Y ninguno de los cuatro sabe que había un anillo en el cajón del despacho, porque ninguno de los cuatro tiene motivo para abrir ese cajón, porque en ese cajón lo que hay es un termómetro estropeado.

Para meter un anillo dentro de una tarta hay que haber abierto antes ese cajón sabiendo lo que se buscaba.

Mi padre entra entre las nueve y las diez, todos los días, hace lo mismo y se va. El jueves entró a las nueve y media y estuvo delante de las cajas de la comisión un momento de más.

No es una prueba. Que un hombre se pare delante de unas cajas no es nada. Yo he visto a mi padre pararse delante de un saco de harina cuatro minutos.

Pero el rollo está detrás de las bandejas de aluminio, y las bandejas de aluminio no las tira nadie desde hace veinte años porque él dijo una vez que eran buenas.

A las diez fui a ver a Puri.

Esto lo hice mal y lo hice sabiendo que lo hacía mal. Fui con una excusa que había preparado mientras montaba las coques, que era preguntar por los repartos de la comisión, y a los cuarenta segundos ya me estaba contando otra cosa.

Puri estaba en el casal con dos cajas de programas sin doblar, el ordenador portátil abierto encima de una silla y el móvil boca arriba en la mesa, vibrando cada veinte segundos con la insistencia de un electrodoméstico.

—Doscientos catorce —dijo, sin que yo preguntara—. Y hoy llevan cuarenta y un mensajes por lo de las sillas. Cuarenta y uno. Y hay una norma.

—¿Qué norma?

—La de política. —Le dio la vuelta al móvil—. Pues fíjate.

—Nicolás. Justo. ¿Tú sabes si los rollos los queréis a las nueve o a las nueve y media?

—A las nueve. Puri, una cosa.

—Dime.

—El miércoles por la noche, ¿pasó alguien por la plaza?

Levantó la cabeza del programa.

—¿A qué hora?

—Tarde. De diez a doce.

—El miércoles por la noche pasó todo el mundo, hijo, que hacía treinta y uno a las once.

—Se puso el bolígrafo detrás de la oreja—.

Estuvo la banda hasta las once en el casal, salieron por la plaza, y luego los de la comisión estuvimos en el bar de Maribel hasta la una, que es la hija, no la peluquera, la del bar. Y luego pasó el de la basura. ¿Por qué?

—Por nada. Se quedó una puerta abierta.

—¿Cuál?

—La del patio.

—Pues eso lo tienes que mirar. Yo se lo digo siempre a Maribel, la del bar, no la peluquera: el patio. Que por el patio te entra el que quiera y luego dices ay. En el noventa y ocho les entraron a los Bosch por el patio y se llevaron una motosierra.

—Ya.

—Y no era de fuera, ¿eh.

—Ya.

—Pero eso no lo digo yo. —Volvió al programa. Después, sin levantar la vista—: ¿Y no será por lo de la tarta?

Se me paró todo por dentro.

—¿Qué tarta?

—Nicolás.

—Puri.

—Que ayer estábamos todos delante.

—Ya. Digo que quién lo sabe.

—Los que estábamos. —Contó con el bolígrafo en el aire—. Tu padre, Amparo, la Candela, Marisa, la niña, tú y yo. Y la periodista no, que llegó después. —Bajó el bolígrafo—. Y yo no he dicho nada, ¿eh, que tu suegra me lo pidió.

—Ya lo sé.

—Y mira que tenía ganas.

Se rió sola. Después dobló tres programas seguidos, y en los tres siguientes me contó, sin que yo abriera la boca, que la Neus del semanario había preguntado por el asunto del café del noventa, que ella no le había contado nada porque no le corresponde, que el año pasado hubo un problema con el orden de las bandas en la ofrenda y que este año eso hay que atarlo, y que el bar de Maribel cierra los martes en agosto, cosa que yo sé desde 1994.

—Además —dijo—, con lo que tiene preparado tu padre, no te preocupes por una tarta.

Yo estaba de pie, con la mano en el respaldo de la silla.

—¿Qué tiene preparado mi padre?

Puri siguió doblando. Un programa. Dos. Y en el tercero le vi hacer una cosa que no le había visto hacer nunca en mi vida, que fue quedarse a medias.

—Nada —dijo.

—Puri.

—Nada, hijo, que me lío. —Dejó el programa en el montón y lo alisó dos veces con la palma—. Que me han pedido una cosa y he dicho que sí y luego no me acuerdo de quién ha sido, que a mí me pide cosas todo el pueblo.

—¿Qué cosa?

—Una sorpresa. —Cogió otro programa—. Y ya está, que si te lo cuento no es sorpresa. Au.

Y se puso a doblar programas a una velocidad que no era la suya.

—Puri.

—Nicolás, hijo, que tengo cuatro mil.

—Puri, ¿te lo ha pedido mi padre?

Dobló uno más.

—Yo lo que hago —dijo, y ya no me miraba— es lo que me pide la gente, y llevo veintiséis años haciéndolo y no he tenido un problema. Au, vete, que tengo cuatro mil.

Salí del casal a las diez y veinte y me quedé un momento en la puerta, con el sol dándome en la cara y el ruido de las sillas que estaban montando en la plaza.

Esto es lo que tenía a las diez y veinte de la mañana de un viernes:

Un rollo de papel que sabe dónde está mi padre.

Un cajón que abre mi padre.

Una mujer que administra la información de este pueblo diciendo que mi padre tiene preparada una sorpresa.

Y una pregunta que mi padre me hizo el sábado pasado en el obrador, delante de la mesa de las bandejas, que era si me estaba casando porque quería o porque todos lo necesitábamos, y que yo no le contesté.

Podía subir a La Cambra, que estaba a ochenta metros, y decírselo a Alba en dos minutos.

Lo pensé de verdad. Hice el camino. Llegué hasta la puerta del medio, que estaba abierta porque la abre Amparo por las mañanas para ventilar la escalera, y puse la mano en el marco.

Y entonces me imaginé la conversación entera, que es una cosa que hago desde pequeño y que no sirve más que para no tener conversaciones.

La imaginé completa: yo diciéndolo, ella preguntando desde cuándo, yo contestando que desde ayer a las once menos veinte de la mañana, y ella mirándome de la manera en que me miró después, el martes siguiente, en esa misma casa.

Desde ayer.

Fui al obrador.

A las once y media entró mi padre, tarde, con la camisa de los viernes.

Y yo hice una cosa que no había hecho nunca, que fue mirarlo trabajar sin trabajar yo.

Le vi cruzar el obrador. Le vi pasar el dorso de la mano por la junta del horno grande, arriba y por el lado derecho.

Le vi mirar la mesa de mármol, donde ya no estaba la tarta porque la habíamos vuelto a meter en la cámara. Le vi pararse.

—¿Ya està tapat? —dijo.

—Con flor.

—Ah.

Se quedó de espaldas a mí, delante de la puerta de la cámara.

—¿Papá?

—¿Qué.

—¿Tú entraste el miércoles por la noche?

Tardó. Y aquí tengo que decir una cosa: mi padre siempre tarda.

Desde hace dos años tarda más, porque se le atascan las palabras, y la gente cree que está pensando la respuesta cuando lo que está haciendo es buscar la palabra.

Los dos segundos que tardó no significan nada.

Yo llevo toda la vida esperando dos segundos.

Aquella mañana los conté.

—A cerrar el gas —dijo.

—El gas lo cierro yo.

—Tú te olvidas.

—¿A qué hora?

Se giró.

Nos quedamos un momento así, él delante de la cámara y yo delante de la mesa, y yo tenía en el bolsillo de atrás un papel doblado en cuatro y en la cabeza una pregunta que si la hacía ya no se podía deshacer.

—¿Passa alguna cosa? —dijo.

—No.

—Vale.

Cogió las llaves de la mesa, se las guardó, y antes de salir se paró en la puerta.

—Nicolás.

—¿Qué?

—Estàs prim.

Y se fue.

Me quedé de pie delante de la puerta de la cámara con las dos manos apoyadas en el mármol.

Estàs prim. Eso es todo lo que me ha dicho mi padre en veintiocho meses sobre cómo estoy.

Me lo dijo en el hospital, cuando el que estaba mal era él.

Me lo dijo en Navidad. Y me lo dijo aquel viernes de agosto a las once y media, después de que yo le preguntara a qué hora había entrado en su propio edificio.

Y yo le contesté lo que le contesto siempre, que es no contestarle.

Hay una cosa que no le he dicho nunca a nadie, tampoco a Alba, y es que a mí mi padre no me da miedo.

Lo que me da miedo es parecerme. Cuando me lo imagino a los veinticinco años, con un préstamo firmado y una mujer esperándolo en la puerta, no me lo imagino como a un desconocido de otra época.

Me lo imagino donde estaba yo aquella mañana, apoyado en un mármol, decidiendo solo, convencido de que hacía lo correcto y de que ya lo explicaría después.

Estuve el resto de la mañana haciendo el trabajo de dos días en uno, y a la una tenía las coques fuera, el pedido del sábado cerrado y a Marisa preguntándome si me pasaba algo, y a Marisa le dije que no por segunda vez en dos días.

A la una llamó Alba desde el ayuntamiento para decirme que Joan Borràs había adelantado la reunión de la comisión a las siete y que teníamos que estar los dos.

—¿Ha pasado algo? —dijo.

—No.

Y ahí está. No fue una mentira, y a mí me duró la excusa nueve días, y voy a escribir lo que sabía perfectamente a la una y cuatro de la tarde de aquel viernes, de pie en mi obrador con el teléfono en la oreja: que si le decía a Alba lo de Puri y lo del rollo, ella iba a hacer exactamente lo que hago yo y lo que hace mi padre y lo que hizo su madre.

Iba a decidir sola.

Y yo quería decidir yo.