Guerra de familia, amor de generación 6. La versión oficial
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6. La versión oficial

La versión oficial

Se llamaba Neus Ortells, tenía treinta y pocos, escribía para el semanario de la comarca y para dos webs, y llegó con un trípode que no llegó a montar y con la seguridad tranquila de la gente que ya ha decidido qué va a escribir antes de entrar por la puerta.

Nos dio la mano a los dos.

—Enhorabuena. Qué bonito todo.

—Gracias.

—Bueno, pues yo me pongo aquí y hacemos como que no estoy. Es media página con foto, para el número del miércoles. Y luego lo cuelgo en la web, que ahí ya no hay límite.

Se sentó en un taburete al lado de la mesa de mármol, sacó el móvil, lo apoyó contra un bote de vainilla y le dio a grabar, y así estuvo cincuenta minutos, y en ningún momento hicimos como que no estaba.

Candela le puso un plato con cuatro pastissets y Neus se comió tres mientras preguntaba, que es una cosa que me cayó bien.

El anillo pesa más cuando te lo acaban de poner. Es una tontería y no tiene ninguna base física, pero lo pensé todo el rato, y todo el rato me lo estaba tocando con el pulgar, y a los diez minutos me obligué a poner la mano izquierda debajo del muslo y dejarla ahí.

—Vamos con lo fácil —dijo Neus—. Fecha de la boda, sábado que viene, doce del mediodía, en el patio. ¿Correcto?

—Correcto.

—¿Y el banquete lo lleváis vosotros?

—Los dos negocios —dije—. A medias.

—Los dos negocios a medias —repitió, escribiéndolo, y subrayó algo—. Perdona, es que eso es la noticia. Lo demás es el reportaje.

—Vamos con lo fácil —dijo Neus—. ¿Cómo os conocisteis?

—En una feria —dijo Nicolás.

—En la feria de Alimentaria, en Valencia —dije yo—. Hace tres años. Yo asesoraba a productores pequeños y él tenía un expositor.

—Un mostrador.

—Un mostrador.

—Fue un jueves —dijo él.

—Fue viernes.

—Fue jueves, Alba, porque el sábado tenía que estar aquí para la mona y salí de Valencia el viernes por la tarde.

—Ah.

Neus levantó la vista del móvil, encantada.

—Seguid, seguid.

—Fue jueves —dije.

Ahí ya sabía yo cómo iba a ser aquello. Nicolás no recuerda las fechas, recuerda los envíos.

Yo no recuerdo los envíos, recuerdo lo que decía la gente.

Los dos habíamos vivido lo mismo y lo teníamos guardado en dos armarios distintos, y en cincuenta minutos íbamos a tener que sacarlo todo y ponerlo encima de la misma mesa delante de una desconocida con un móvil.

—¿Y os acordáis de lo primero que os dijisteis?

—Sí —dijo él.

—No —dije yo.

Neus se echó hacia atrás en el taburete, feliz.

—¿Y quién se acercó a quién?

—Ella a mí —dijo él.

—Él a mí.

—Alba, tú viniste a preguntar por el registro sanitario del obrador.

—Porque tú tenías el cartel mal puesto.

—El cartel estaba bien.

—El cartel ponía «elaboración artesana» sin el número de registro debajo, que es exactamente lo que yo me dedicaba a mirar aquel año, y me acerqué a decírtelo.

—Ah —dijo él—. Entonces sí, ella a mí.

—Gracias.

—Pero viniste a discutir.

—Vine a informar.

—Viniste a discutir con papeles, que es como vienes tú.

Candela tosió detrás de nosotros. Neus escribió durante ocho segundos seguidos y yo pensé, por primera vez en toda la mañana, que aquella entrevista iba a salir muy bien y que ese era exactamente el problema.

Neus escribía. Candela, detrás de nosotros, seguía montando flor con la cabeza baja y una eficacia que a esas alturas ya era una intervención: cada vez que la conversación se acercaba a la tarta, mi prima movía un cubo, y el ruido del cubo contra el mármol se comía cuatro segundos de grabación.

Lo hizo tres veces. La tercera, Neus levantó la vista.

—Perdona, ¿te molesto?

—Qué va, hija. Tú a lo tuyo.

—¿Y cuánto duró esa primera conversación?

—Veinte minutos —dijo Nicolás.

—Tres horas.

Se hizo un silencio corto.

—Veinte minutos de reunión —dijo él, mirando la mesa—. Lo demás no era una reunión.

—Duró tres horas —dije yo, a Neus—. Se le pasó el turno de la comida y se le pasó el de recoger, y a las ocho todavía estábamos allí de pie porque ninguno de los dos se sentó.

—Ay —dijo Neus.

—Yo tenía que desmontar el mostrador —dijo Nicolás.

—Lo desmontaste a las nueve.

—Lo desmonté a las nueve.

Y bebió agua.

Yo llevaba tres años sabiendo aquello. No es que se me hubiera olvidado; es que nunca lo había oído dicho delante de nadie, y una cosa dicha delante de una tercera persona pesa distinto que la misma cosa dicha en un coche.

Me miré la mano izquierda, que seguía debajo del muslo, y la saqué y la puse encima de la rodilla.

—¿Y quién lo dijo primero? —preguntó Neus.

—¿El qué?

—Te quiero.

—Ella —dijo Nicolás, sin pensarlo.

Contestó en medio segundo. Ni un cálculo, ni una mirada, ni un ¿lo contamos? Medio segundo.

—En un aparcamiento —dije yo, porque si iba a salir, prefería que saliera como lo cuento yo—. Discutiendo. Y muy mal dicho, además.

—¿Mal dicho cómo?

—Le dije que era una faena.

Neus se rió con toda la boca, que fue la primera vez que aquella mujer dejó de ser una periodista comarcal y fue una persona.

—Eso lo voy a poner —dijo.

—Ponlo.

—¿Y él?

—¿Él qué?

—Cuánto tardó él en decirlo.

—Eso pregúntaselo a él.

Nicolás estaba abriendo una botella de agua con las dos manos y tardó en abrirla más de lo que se tarda en abrir una botella de agua.

—Después —dijo.

—¿Después cuánto?

—Después.

Neus lo apuntó con una sonrisa, y yo me quedé mirándole las manos, y en aquel momento no saqué la cuenta. La saqué en septiembre.

—¿Y no te dio rabia? —le dijo Neus—. Que lo dijera ella primero.

—No.

—¿Nada?

—Es que ella lo dice todo primero —dijo Nicolás—. Yo voy detrás firmando.

Candela movió un cubo.

Después vino la parte incómoda, y la parte incómoda no fue una pregunta trampa. Fue esta:

—A ver si me aclaro con lo de las familias —dijo Neus, pasando una página—. Porque a mí me han contado dos o tres versiones esta semana y quiero contrastarlo con vosotros.

—Dime.

—Que os conocéis desde niños, que os separaron por lo del café y que os habéis reencontrado ahora. —Levantó la vista—. Y que llevabais toda la vida esperando.

Nicolás me miró.

Los datos, uno a uno, no eran falsos. Nos conocíamos desde niños, y es verdad que la última vez que jugamos juntos en la plaza teníamos ocho y nueve años y que después dejamos de jugar juntos, y no porque nadie nos lo prohibiera, sino porque en Beniflor esas cosas no hace falta prohibirlas. Y es verdad que nos reencontramos.

Lo falso era el orden. Lo falso era que aquello fuera una historia. Nosotros no nos habíamos pasado veintiséis años esperando: nos habíamos pasado veintiséis años sin acordarnos, y luego un jueves de marzo yo le fui a decir a un hombre que tenía el cartel mal puesto.

Tenía dos segundos para decirlo.

—Algo así —dije.

—¿Sí? Porque si no es así, me lo dices y lo quito, que yo esto lo he oído en la peluquería.

Ahí tuve el segundo margen, que fue más ancho que el primero. Neus Ortells me estaba ofreciendo, con toda la profesionalidad del mundo, corregir una versión falsa.

—Está bien así —dije.

Y Neus lo apuntó.

Voy a dejar esto escrito aquí porque después pasaron muchas cosas y no quiero que parezca que no me di cuenta.

Me di cuenta perfectamente. A las once y cuarenta de la mañana de un jueves de agosto, en el obrador de los Salvat, con un boquete tapado con flor a metro y medio de mi codo, yo dejé que se publicara una versión de mi vida que era más bonita que la mía porque corregirla habría costado tres minutos y una explicación.

Cuarenta años lleva este pueblo funcionando así y yo tardé dos segundos en apuntarme.

Y no fue solo por comodidad, que es la parte que me habría gustado escribir.

Fue porque la versión de Beniflor era mejor.

La mía tiene un cartel mal puesto, un número de registro sanitario y dos personas que se acostaron seis semanas convencidas de que aquello no iba a durar.

La de Beniflor tiene dos niños en una plaza y cuarenta años de por medio.

Yo he cobrado por redactar textos peores que ese.

—¿Y quién cocina en casa? —dijo Neus—. Perdona, es para la parte de abajo, que va con la foto.

—Él.

—Ella.

Nos miramos.

—Tú haces la comida —dije.

—Tú haces la cena.

—Yo caliento la cena.

—Y yo hago la comida los domingos, que son ocho comidas al año.

Neus levantó las dos manos.

—Pongo que se reparten.

—Pon que él —dije.

—Pon que ella —dijo Nicolás, y hubo dos segundos en los que aquello fue verdad y no una representación, y a mí me pasó por encima como se pasa la mano por una placa que todavía está caliente.

—¿Y las familias cómo lo llevan? —dijo—. Porque a mí me han contado que aquí hubo lo suyo.

—Bien.

—¿Bien bien?

—Mi madre ha encargado trescientos abanicos.

Neus se rió y lo apuntó, y esa fue la única respuesta enteramente cierta que di en cincuenta minutos.

—Última —dijo Neus—. ¿Y después de la boda?

—Después de las fiestas ya os contaremos —dijo Nicolás.

Lo dijo tan bien que me dio envidia.

—Es que me han dicho que os quedáis a vivir aquí.

—Eso lo puso Puri —dije.

—Ya —dijo Neus—, pero es que lo puso Puri.

Y ahí ya estaba la respuesta y las dos lo sabíamos.

Puri hizo la foto a las doce y diez.

La quiso general, con los dos delante de la mesa de mármol y la tarta entera detrás, y estuvo cuatro minutos colocándonos y colocando la tarta, que había que girarla para que la flor de Candela quedara hacia la derecha, y en un momento dado le pidió a Marisa que se apartara y Marisa se apartó tres centímetros.

—Las manos no —dije.

—¿Cómo que las manos no?

—Que salgamos de medio cuerpo, Puri.

—Xiqueta, si ahora sí llevas el anillo.

Se me subió toda la sangre a la cara y Nicolás se puso a mi izquierda, que no era su sitio, y a partir de ese momento en todas las fotos de esa semana Nicolás Salvat se puso a mi izquierda.

—De medio cuerpo —dijo—. Hazla de medio cuerpo, que se vea la tarta.

Puri hizo tres, y entre la primera y la segunda le dijo a Nicolás que se le veía muy delgado, y entre la segunda y la tercera le preguntó a Marisa si el catering llevaba croquetas, y Marisa dijo que sí y Puri dijo que ya lo sabía y que lo preguntaba por preguntar.

—¿La subo?

—No —dijo Amparo desde la puerta, sin levantar la voz—. La tarta no se ve antes de la boda.

—Amparo, si es preciosa.

—Por eso.

Puri se guardó el móvil en el bolsillo del delantal, resignada como quien guarda una carta que ya ha leído.

—Cuando os caséis, la subo.

—Cuando nos casemos, la subes —dije.

Y aquello, que era una frase de compromiso menor, fue lo único que dije en toda la mañana que resultó ser verdad, aunque en un sentido que ninguno de los dos podía calcular ese jueves.

Se fueron a la una y cuarto.

Neus la primera, con dos rollos de la comisión que le dio Marisa y con la promesa de mandarme el texto antes del cierre, cosa que no hizo y que tampoco tenía por qué hacer.

Después Puri, que tardó once minutos en salir porque en la puerta se encontró con las hermanas Ferri.

Después mi madre, que pasó revista a la tarta desde tres ángulos y le dijo a Candela que la flor de la derecha estaba más alta.

Después Candela con los cubos, que me miró desde la puerta y levantó las cejas medio centímetro, y yo negué con la cabeza, que era el mismo gesto que le había hecho Nicolás a mi ceja hora y media antes, aunque eso yo entonces no lo sabía.

Vicent se había ido en algún momento que no supe precisar.

Marisa se puso a fregar la mesa de mármol.

Yo fui a por mi americana, que la había dejado colgada en la percha de la entrada del pasillo cuando llegué, a las once, porque en agosto y en un obrador nadie lleva americana puesta.

Metí la mano en el bolsillo de dentro para sacar el móvil.

Había un papel.

Marrón, de embalar, doblado en cuatro. Del mismo papel del que estaba hecho el que Nicolás me había enseñado media hora antes, en el patio, con las manos temblándole muy poco, lo justo para que yo lo notara.

Lo abrí en el pasillo, de espaldas a la puerta.

Las mismas tres líneas. La misma letra apretada, de mayúsculas, a bolígrafo azul.

Me quedé un rato mirándolo.

Lo primero que hice fue lo que hace todo el mundo, que es mirar el pasillo. No había nadie. Al fondo, Marisa fregaba el mármol de espaldas con la radio puesta.

Lo segundo fue comprobar que era el mismo papel. Lo era. El mismo marrón, el mismo grosor, y en el canto de arriba la misma manera de haberse rasgado los últimos dos centímetros en lugar de cortarse.

No pensé en quién. Pensé en cuándo. Yo había colgado la americana a las once en punto, y el papel no estaba dentro, porque a las once en punto yo saqué el móvil de ese bolsillo para silenciarlo. Y a la una y cuarto estaba.

Entre las once y la una y cuarto había habido siete personas en ese obrador y una periodista con un móvil grabando, y yo me había reído de un cartel mal puesto, y me habían vuelto a poner un anillo, y alguien, mientras tanto, había pasado por el pasillo y había metido una mano en mi americana.

Salí. Nicolás estaba en el patio, con la manguera, limpiando las cajas de la fruta.

—Ven —dije.

Cerró el grifo.

Se lo di. Lo leyó. Lo dobló otra vez, en cuatro, por las mismas rayas.

—¿Dónde estaba?

—En la americana. Entre las once y la una y cuarto.

—Vale.

—Te lo enseño el mismo día —dije—. Como habíamos dicho.

Cerró el grifo.

—Ya lo sé.

—Solo lo digo.

—Ya lo sé, Alba.

Y me lo devolvió, y volvió a abrir el grifo, y yo me subí a La Cambra con dos copias de la misma nota y con la sensación, que me duró hasta la noche del martes siguiente, de que estábamos haciendo aquello razonablemente bien.