5. Una porción menos
Una porción menos
Un sofá cama tarda cuarenta segundos en cerrarse si le das el golpe en el sitio.
Los conté. Me tiré de la cama con la manta encima, doblé el somier hacia dentro con la rodilla, golpeé el travesaño izquierdo con la palma, empujé, y el mueble se tragó las sábanas, la almohada y el ruido con un solo suspiro.
Después metí la manta debajo del cojín del fondo, puse encima mi bolsa de deporte abierta, como si estuviera sacando cosas, y me senté en el brazo.
Cuarenta segundos. La noche anterior había tardado veinte minutos, pero la noche anterior no había nadie metiendo una llave en la cerradura.
—¡Mamá! —dijo Alba desde el pasillo, en un tono de voz que yo no le había oído nunca y que le duró toda la semana—. ¡Que ya abro yo!
Amparo entró con dos toallas dobladas encima de una bolsa de papel del Cafè Ribes.
—Está abierto —dijo—. Ya lo he abierto yo.
—Ya lo he visto.
—He traído toallas. Y almuerzo. Y he traído leche, porque he pensado esta noche a las tres: en esa casa no hay leche.
—Buenos días, Amparo —dije desde el cuarto del balcón.
—Buenos días, hijo.
Dejó las toallas en la silla. Miró el sofá, que estaba cerrado.
Miró mi bolsa, que estaba abierta encima.
Después fue a la cocina y estuvo cuatro minutos abriendo y cerrando cosas mientras nosotros dos nos quedábamos de pie en el pasillo sin decir nada, como dos personas a las que han pillado en algo que todavía no han hecho.
—El grifo del baño gotea —dijo desde dentro.
—Ya lo miro yo —dije.
—No lo mires tú, que se lo digo a tu padre, que la instalación la conoce él. Y baja la persiana del balcón por la mañana, que si no a las once esto es un horno.
—Vale.
—Y la leche está en la nevera.
Volvió, cogió el pomo de la puerta y antes de salir dijo:
—A las once en el obrador. Vamos todos.
Y bajó la escalera hablando sola de la leche.
Alba se quedó mirando la puerta cerrada.
—Cuarenta segundos —dijo.
—Es un mueble malo, pero es lógico.
—Nicolás.
—¿Qué?
—Nada.
Bajé al obrador a las siete y veinte por la puerta del medio, con el pueblo abriendo persianas, que era exactamente lo que llevaba una hora intentando evitar.
En la esquina me crucé con las hermanas Ferri, que entran a las siete y media, y con Rafa, que a esa hora ya está en la terraza. Rafa levantó el mentón.
—Buenos días, novio.
Los jueves salen ciento veinte docenas de rollos para la comisión, y ese jueves salieron, porque Marisa las tenía casi montadas a las siete y porque Kevin es rápido. A las nueve estaba todo en cajas y en el pasillo, apiladas contra la pared, con la etiqueta de la comisión escrita a mano.
—¿La boquilla? —dije al pasar.
—Desmontada.
—¿En serio?
—En el fregadero, desmontada y en tres piezas. —Kevin se quitó los guantes con un chasquido, satisfecho consigo mismo—. Que os caséis más veces.
Marisa, desde la mesa larga, sin levantar la cabeza:
—Veinte.
—¿Veinte qué? —dijo él.
—Nada.
A las nueve y media entró mi padre. Miró el horno grande, le pasó el dorso de la mano por la junta, se paró un momento delante de las cajas de la comisión y se fue.
A las diez y cuarenta bajé a la cámara a por la tarta.
La tarta no era la tarta. Era la prueba: tres pisos completos, terminados, con la crema montada, la naranja confitada en el borde de arriba y las dos figuras encima.
La hago entera una vez porque una tarta de tres pisos no se aprende con un trozo, y porque esta había que fotografiarla para el semanario y para el programa.
La de verdad se monta el viernes de la semana siguiente, con la fruta fresca.
La había terminado el miércoles a las nueve y cuarenta de la noche. Lo sé porque apunté la hora en el cuaderno de la cámara, que es donde apunto todo lo que entra y todo lo que sale, y porque a las nueve y cuarenta y dos apagué la luz y subí a La Cambra a esperar a Alba.
La cámara del Forn Salvat es de 1998 y hace un ruido de motor que se oye desde el patio y que no se oye desde ninguna otra parte.
Se cierra con un pestillo de palanca que se baja con la mano, sin llave, y se abre por dentro empujando, porque en algún momento de los años ochenta a alguien se le quedó dentro un aprendiz.
Abrí la puerta de la cámara. Encendí.
Del piso de abajo faltaba un trozo.
No un corte. Un trozo arrancado, de la mitad del frente, un boquete de dos palmos que entraba hasta el centro y dejaba a la vista el bizcocho por dentro, seco ya, con las migas caídas en el plato de abajo formando un montón.
La crema del borde superior seguía intacta, con su cordón, sin un dedo marcado.
Y encima de todo aquello, en el piso de arriba, las dos figuras seguían de pie, de espaldas la una a la otra, con los brazos cruzados, tal y como las había puesto yo.
Me quedé un momento en la puerta de la cámara con la mano en el interruptor.
Lo primero que se me pasó por la cabeza fue una tontería y la escribo porque fue lo primero: que a la crema le quedaban dos días buenos y que ahora ya no le quedaban.
Lo segundo fue mirar el suelo, que estaba limpio, y el estante de abajo, que estaba como lo dejé.
Lo tercero fue que un trozo de bizcocho de dos palmos no desaparece. Está en algún sitio. Y no estaba en la cámara, ni en el cubo grande, ni en el pequeño, ni en el patio, y esto lo comprobé por la tarde, mirando en los cubos de mi propio obrador como un idiota.
Después metí la mano en el hueco.
Lo primero que noté fue el papel. Lo segundo fue el metal.
Saqué las dos cosas juntas y salí de la cámara y cerré la puerta con el pie, y me metí en el despacho, que está a cuatro metros, y allí abrí la mano.
El anillo de Alba.
Y un rectángulo de papel de estraza doblado en cuatro, del papel marrón de embalar, del bueno, el de antes de que pasáramos a las bolsas, ese que se rompe recto si tiras de él y que huele a cartón mojado aunque esté seco.
Lo desdoblé.
Sé que ya no estáis juntos. Tenéis hasta que se lea el programa de fiestas.
Escrito a bolígrafo azul, en mayúsculas, con la letra apretada de alguien que aprendió a escribir cuando el papel se pagaba.
Abrí el cajón. Levanté la garantía de la amasadora. Debajo estaba el termómetro que no marca, las llaves sin etiquetar, la cinta y los tres bolígrafos de proveedor.
Cerré el cajón. Me guardé el anillo en el bolsillo del pantalón y el papel en el de atrás. Me lavé las manos, que no hacía falta, y volví a la cámara.
—¿La saco? —dijo Marisa detrás de mí.
Marisa tiene la costumbre de aparecer con el carro por el pasillo sin hacer ruido, porque lleva treinta y tres años empujando ese carro y sabe dónde chirría.
—Marisa.
—¿Qué pasa?
Se lo enseñé.
Estuvo quince segundos sin decir nada. Después dejó el carro, entró en la cámara, se agachó a la altura del hueco y lo miró de cerca sin tocarlo, con las manos a la espalda.
—Esto no ha sido anoche mientras se hacía —dijo.
—No.
—Mira el cordón. —Señaló con la barbilla el borde de arriba—. Está entero. Si le metes mano a una tarta antes de que cuaje, el cordón se te va. Y las migas están secas. —Se levantó—. Esto estaba acabada y tapada, y alguien ha metido la mano por delante y ha tirado.
—Ya.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Pues cuatro kilos —dijo—. Cuatro kilos de bizcocho, ochocientos de crema y la naranja de los Bosch, que la tuvimos que encargar aparte porque en agosto no hay, y viene de cámara, y la cámara la pagas tú. Y el trabajo.
—Marisa.
—Digo el trabajo porque el bizcocho lo hice yo el lunes.
—Ya lo sé.
—Pues eso.
Y se quedó ahí, con el carro, muy quieta, que es lo que hace Marisa en lugar de enfadarse.
A las once llegaron todos.
Mi padre entró el primero, porque ya estaba en la calle. Después Amparo, con la libreta. Después Candela con dos cubos y una caja de flor. Después Alba. Después, sin que nadie la llamara, Puri Albiol.
Sacamos la tarta al obrador, encima de la mesa de mármol, y durante unos diez segundos no habló nadie, y en esos diez segundos entendí que un boquete en una tarta de boda es una de esas cosas que cada persona ve de una manera distinta y ninguna coincide.
—Ay, mare meua —dijo Puri.
—¿Se puede arreglar? —dijo Amparo.
—Se tapa con flor —dijo Candela.
—Cuatro kilos —dijo Marisa.
—¿Quién tiene llaves? —dijo Alba.
Mi padre no dijo nada. Se acercó, miró el hueco de cerca, más de cerca que Marisa, y luego se apartó dos pasos y se quedó junto a la puerta del pasillo con las manos en los bolsillos.
—Es la de prueba —dije—. La de verdad no está hecha.
—Ya, pero es la que sale en la foto —dijo Amparo.
—Se tapa con flor —repitió Candela—. Un cordón de flor pequeña por delante y no se ve. Lo he hecho en tartas peores.
—¿Y quién ha sido? —dijo Puri.
Y ahí ya se metieron todos a la vez, y estuvieron ocho minutos, y voy a resumirlo porque si lo escribo entero no se entiende: en ocho minutos, la gente que estaba en mi obrador propuso que hubiera sido un gato, un repartidor, Kevin, un chico del pueblo que en 2019 rompió un cristal del casal, y alguien de fuera.
Puri dijo dos veces que en Beniflor esto no pasa.
Amparo dijo que había que ver quién lo sabía.
Marisa dijo que un gato no abre una cámara con el pestillo bajado.
—Un gato —dijo Puri— entra por donde quiere. En casa de mi hermana entró uno por la campana.
—Puri, la campana de tu hermana da al tejado. Esto es una cámara con el pestillo bajado —dijo Marisa.
—Yo lo digo por decir.
—Ya.
—Y en Beniflor esto no pasa.
—Ya lo has dicho.
—Y lo vuelvo a decir.
Alba no dijo nada en esos ocho minutos. Se acercó a la mesa de mármol, miró el hueco y luego miró el suelo delante de la cámara, y luego el pasillo, y luego a mí.
—¿Cuántos juegos de llaves hay de esta puerta?
—Tres.
—¿De quién?
—Míos. De Marisa. Y de mi padre.
Lo dije en voz normal, delante de siete personas, y no fue una mentira, y esto lo digo ahora porque después hubo una discusión sobre esto y yo sigo pensando lo mismo: no mentí. Contesté a la pregunta que me hizo.
La pregunta que no me hizo, y que yo llevaba dieciocho minutos contestándome solo en el despacho, era otra: cuántos juegos de llaves hay del cajón donde estaba el anillo.
Hay dos. El mío, que llevo encima, y el que está en el llavero de mi padre desde 1994, con el resto del edificio, porque el edificio es suyo y porque nadie ha pensado nunca en pedírselo.
—¿Y falta algo más? —dijo Alba—. Del obrador. Dinero, género, lo que sea.
—No falta nada.
—¿Has mirado?
—He mirado la caja, el género y la cámara.
—¿Y el despacho?
Y ahí me llevé, en mitad de mi propio obrador, con siete personas delante y una tarta rota encima del mármol, el primer aviso de con quién estaba yo negociando aquella semana. Alba no preguntó por el dinero porque le interesara el dinero. Preguntó por el despacho.
—El despacho está como estaba.
—Entonces alguien ha entrado a arrancarle un trozo a una tarta.
—Eso parece.
Se me quedó mirando un segundo de más.
—Vale —dijo.
Amparo cerró el asunto como cierra ella las cosas, que es decidiendo qué va a decir la gente.
—Esto no sale de aquí —dijo—. Ni una palabra. Puri.
—Amparo.
—Ni una palabra.
—Yo no he dicho nada en mi vida —dijo Puri, que administra el Facebook de Beniflor.
Candela ya estaba montando el cordón de flor. Marisa se llevó el carro. Mi padre seguía en la puerta del pasillo y cuando pasé por su lado para ir a por el soporte de la tarta se apartó medio paso, y dijo:
—Au.
—Au.
Y se fue a la calle.
A las once y veinte, cuando Candela ya había tapado el hueco y aquello volvía a parecer una tarta, Alba me buscó con la mirada por encima de la mesa de mármol y levantó una ceja medio centímetro, que en el idioma que teníamos entonces quería decir: ¿hablamos?
Negué con la cabeza.
Ella bajó la ceja y siguió a lo suyo, y le dijo algo a Candela sobre el cordón de flor, y aquello fue todo. Duró menos que colocar una figura.
Y me voy a explicar, aunque no sirva de nada.
Yo tenía el anillo en el bolsillo derecho y el papel en el de atrás, y tenía una idea, y la idea era muy fea.
Si yo salía en ese momento al patio con Alba y le decía «creo que ha sido mi padre», pasaban tres cosas a la vez.
Que se lo decía en voz alta y ya no se podía quitar.
Que ella tenía que empezar a mirar a Vicent Salvat como se mira a alguien que sabe.
Y que a partir de ese segundo el asunto ya no era nuestro, era de las dos familias, que es exactamente el sitio al que iban a parar todas las cosas de esta historia si uno las soltaba un momento.
Además podía estar equivocado. Podía haber un cuarto juego de llaves del que nadie se acordara. Mi padre tiene setenta y cinco años y una junta de horno que comprobar cada mañana y no es un hombre que meta la mano en una tarta.
Eso me duró hasta la noche.
Lo que me estaba diciendo en realidad, y esto lo sé ahora y también lo sabía entonces aunque me convenía no saberlo, era: espera un día. Míralo. Y si no es él, no habrás roto nada.
Un día. Eso pensé.
Un hombre que ha decidido esperar un día se comporta exactamente igual que un hombre que ha decidido no decir nada nunca. Desde fuera no se distingue. Yo lo sé porque lo he visto hacer en esta casa toda mi vida.
Sonó el timbre de la calle a las once y veinticinco. Candela levantó la cabeza con las manos llenas de flor.
—La periodista —dijo.
Y Alba, que llevaba desde el martes con la mano izquierda metida en cualquier sitio, se giró hacia mí y me la enseñó, abierta, con la palma hacia abajo.
Me sequé la mano en el pantalón. Se lo puse.
Entró sin problema, porque es su anillo y porque hacía tres días que no lo llevaba y en tres días no da tiempo a nada. Ella lo miró un segundo, cerró la mano, la abrió otra vez.
—Gracias —dijo.
Y fue a abrir la puerta.