Guerra de familia, amor de generación 4. La Cambra
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4. La Cambra

La Cambra

Subimos a la una y veinte de la madrugada con dos bolsas de deporte y la llave que nos había dado mi madre, que era una llave nueva en un llavero viejo.

La escalera es estrecha y tiene el techo bajo en el primer tramo, así que hay que agachar la cabeza en el cuarto escalón. Nicolás la agachó sin mirar.

—¿Habías subido?

—De pequeño. Estaba lleno de sacos.

Arriba hay un rellano diminuto y una puerta, y detrás de la puerta hay un piso que huele a pintura encima de cuarenta años de estar cerrado, que es un olor que no se va con una mano de blanco y que se te mete en la ropa en cinco minutos.

Lo primero que hicimos fue lo mismo que hace todo el mundo: encender todas las luces y no decir nada.

Un pasillo. A la derecha, una cocina con dos armarios altos y una mesa de formica.

Al fondo, un dormitorio con una cama de matrimonio, hecha, con una colcha que era claramente nueva y claramente elegida por mi madre.

A la izquierda, un cuarto con un sofá cama, una mesa y un balcón que da a la plaza.

Y en medio, un baño, uno solo, con un lavabo pequeño y una bañera de esas cortas en las que no cabe nadie que mida más de metro sesenta.

—Vale —dije.

—Vale —dijo él.

Dejé mi bolsa en el pasillo, porque dejarla en el dormitorio era decidir algo y dejarla en el cuarto del sofá era decidir otra cosa.

—Yo el sofá —dijo Nicolás.

—Vale.

—¿Ya está? ¿No lo discutimos?

—Es la norma uno. Si lo discutimos, la estamos discutiendo.

Fue a abrir el sofá.

Tardó veinte minutos.

Los primeros cinco los pasó de rodillas buscando el asa, que no está donde está en todos los sofás cama del mundo, sino debajo del faldón, cosida a una tira de tela que alguien reforzó en algún momento con cinta americana.

Los siguientes ocho tirando del asa hacia arriba mientras el somier subía tres centímetros y volvía a bajar con un ruido de garaje. Y los últimos siete de pie, mirándolo.

—Está agarrotado —dijo.

—Está muerto.

—No está muerto. —Volvió a agacharse—. Está agarrotado y hay que darle un golpe seco en el lado izquierdo mientras tiras.

—¿Y tú eso lo sabes?

—Lo sé de los hornos.

Tiró. Golpeó. El somier subió, se quedó a media altura, hizo un ruido nuevo y se paró en diagonal, con una pata en el aire.

Y entonces Nicolás, que llevaba desde el martes por la noche siendo educadísimo conmigo, le dijo al sofá una cosa en valenciano que no voy a escribir aquí porque mi madre podría leerlo.

Se abrió.

Se abrió veintitrés centímetros por encima del suelo, con el somier torcido y una manta de cuadros doblada dentro que llevaba ahí desde una fecha que prefiero no calcular.

—Ya está —dijo, poniéndose de pie y sacudiéndose las manos en el pantalón.

—¿Eso era necesario?

—Eso era imprescindible.

Me reí. Fue la primera vez desde el martes y me duró poco, pero me reí, y él lo oyó y no dijo nada, y creo que fue mejor así.

Después vino lo del vaso de agua.

En la cocina hay dos armarios altos, uno a cada lado de la ventana. Abrí el de la derecha y estaba lleno de tazas turquesa. Doce, en dos filas de seis, del Cafè Ribes, con el borde dorado gastado de mil lavavajillas.

Abrí el de la izquierda. Amarillas. Doce, en dos filas de seis.

Nada más. En los dos armarios no hay más que eso. No hay vasos, ni platos, ni cazuelas. Hay veinticuatro tazas de dos cafeterías que llevan cuarenta años sin servirse un café la una a la otra, repartidas doce y doce en dos armarios altos, a un metro y medio de distancia, con la ventana en medio.

Me quedé con las dos puertas abiertas.

—¿Qué pasa? —dijo Nicolás desde el pasillo.

—Que quiero agua.

—Hay tazas.

—Ya veo que hay tazas.

Vino, miró los dos armarios, miró la ventana, y ninguno de los dos dijo lo que estábamos pensando, que era una cosa muy tonta: que si yo cogía una amarilla y él cogía una turquesa, era un gesto, y que si yo cogía una turquesa y él una amarilla, era otro gesto, y que a la una y media de la madrugada, en un piso vacío y sin nadie mirando, seguíamos calculando de qué color coger un vaso.

Al final bebí del grifo con la mano.

—Muy elegante —dijo.

—Cállate.

El baño lo resolvimos peor. Hay un lavabo, un espejo con la luna picada por abajo y una repisa de cristal de un palmo, y encima de la repisa mi madre había puesto un vaso. Uno. Con un lazo.

Nos quedamos los dos en la puerta mirando el vaso.

—Yo me lavo los dientes en la cocina —dijo.

—No te vas a lavar los dientes en la cocina diez días.

—Me lavo los dientes en la cocina y ya está.

—Nicolás.

—¿Qué?

—Que hemos dormido juntos tres años.

Lo dije en el tono de quien cierra un asunto administrativo y me salió otra cosa, y los dos nos quedamos un momento en el pasillo, delante de un vaso con un lazo, hasta que él dijo «ya» y se fue a por su bolsa, y yo entré y cerré la puerta y me lavé los dientes mirándome en un espejo picado, y esa fue la primera vez en cuatro días que me miré a la cara de verdad.

Salí y él estaba en el balcón.

El balcón de La Cambra da a la plaza y está justo encima del letrero del Cafè Ribes, tan encima que si te asomas del todo lo que ves es la mitad de tu propio apellido. A la derecha, a metro y medio, empieza el toldo del Forn Salvat.

A la una y media de la madrugada la plaza estaba vacía y las dos terrazas recogidas, las sillas apiladas de cuatro en cuatro y encadenadas a la farola, las nuestras a la farola de la izquierda y las suyas a la de la derecha.

Un contenedor en medio. La luz del casal encendida porque alguien se la había dejado.

—Desde aquí se ve todo —dije.

—Desde aquí te ven todo.

Tenía razón y fue lo último que dijo en diez minutos.

Nos quedamos los dos apoyados en la barandilla, sin tocarnos, a la distancia en la que se ponen dos personas que llevan tres años poniéndose más cerca, oyendo el motor de la cámara del Forn Salvat, que es un motor que él reconoce y yo también, porque llevo tres años oyéndolo por teléfono a las cinco de la mañana.

—Mañana a las once es lo de la tarta —dijo.

—A las once.

—Vale.

Entró él primero.

El armario del dormitorio tenía dentro cuatro perchas y un olor a papel de forrar cajones. Lo dejé abierto y saqué mis cosas, y cuando fui a poner el cargador del móvil me encontré con el problema de las mesillas.

Hay dos, una a cada lado de la cama. No son iguales. Una es de madera oscura, con una puerta y un tirador de latón, y le sacará a la otra ocho o diez centímetros de altura. La otra es más baja, más clara, con dos cajones y una moldura por delante.

En la alta, alguien había puesto un vaso de cristal, un platito y una lámpara.

En la baja, otra lámpara, distinta, y nada más.

Y en el suelo, entre la cama y la ventana, mi madre había dejado una bolsa con toallas dobladas, tres pastillas de jabón y un paquete de galletas.

Me quedé de pie con el cargador en la mano un rato largo, delante de dos mesillas de distinta altura, sin ser capaz de decidir cuál era la mía.

Y no era que me diera igual. Es que me acordé de que en Valencia, en mi casa, yo duermo en el lado de la ventana desde hace tres años porque él necesita levantarse a las cuatro y le va mejor el lado de la puerta, y que eso no lo habíamos hablado nunca, había pasado, y que ahora había dos mesillas y ninguna de las dos era de nadie.

Puse el cargador en la baja, que era la que estaba vacía, y en cuanto lo hice supe que había elegido mal, porque la baja era la que estaba vacía precisamente porque alguien había decidido que la alta era la del que se levanta a beber agua por la noche, y esa soy yo.

Lo dejé donde estaba de todas formas.

Nicolás apareció en la puerta con una manta doblada en el brazo.

—Tu madre ha dejado esto en el sofá.

—Ya.

—¿Estás bien?

—Estoy cansada.

—Ya.

No se movió de la puerta. Miró las dos mesillas, que es lo que estaba mirando yo, y después miró la pared del fondo, donde el azulejo del zócalo sube un metro y es verde con una greca fina en la parte de arriba, un verde que no se ha puesto en ninguna casa de este pueblo desde hace cuarenta años.

—Esos los eligió tu madre —dijo.

—¿Qué?

—Los azulejos. Los eligió tu madre.

—¿Y tú cómo sabes eso?

Se quedó un momento.

—Porque este piso era de ellos —dijo—. Iban a vivir aquí.

Miré el zócalo.

Lo miré bastante rato, con la manta de mi madre en el sofá del cuarto de al lado y la colcha nueva de mi madre en la cama, y con doce tazas turquesa en un armario y doce amarillas en el otro.

—¿Tu padre te lo contó?

—Una vez.

—¿Cuándo?

—Hace dos años. En el hospital. —Dejó la manta en la silla—. Estaba con la medicación y no le salían las palabras y dijo tres o cuatro cosas seguidas que no venían a cuento, y una fue esa. Que el piso de arriba era para ellos.

—¿Y qué le dijiste?

—Nada. Le di agua.

—Nicolás.

—Que no me contó más y yo no pregunté.

Fue a la cocina, abrió el grifo, cerró el grifo, y volvió.

—Alba.

—Qué.

—Que tu madre nos ha metido en su piso.

—Ya lo sé.

—Y que se lo ha pagado a medias con mi padre.

—Ya lo sé.

—Vale.

Se quedó en la puerta un poco más.

—Alba.

—Qué.

—El jueves, con la periodista. —Dobló la manta que llevaba en el brazo y la dobló otra vez—. Va a preguntar cómo nos conocimos.

—Ya.

—Y nosotros esa historia no la hemos contado nunca en voz alta.

Tenía razón otra vez, y esa fue peor, porque llevaba tres años sin darme cuenta.

Habíamos contado trozos. Yo se lo había contado a Candela por el móvil, una noche, riéndome.

Él se lo habrá contado a alguien alguna vez.

Pero los dos juntos, delante de una tercera persona, con las fechas y el orden y quién hizo qué, nunca.

—Pues lo hablamos mañana —dije.

—Vale.

Se fue al cuarto del sofá y apagó la luz del pasillo desde allí, que es una cosa que hace en mi casa, apagar la luz desde donde esté, y yo me quedé a oscuras en mitad del dormitorio con el móvil en la mano.

A las dos menos cuarto me di cuenta de lo del suelo.

Fui a por agua otra vez, descalza, y en mitad del pasillo pisé algo que no era baldosa. Encendí la linterna del móvil.

Cruzando el pasillo, de pared a pared, hay una línea.

No es una grieta. Es una junta: el suelo de la mitad de la izquierda es de un hidráulico gris con una flor pequeña, y el de la derecha es del mismo hidráulico gris con la misma flor pequeña, pero puesto veinte años después, o veinte años antes, o por otro que no medía igual.

Y en medio queda una franja de cemento de dos dedos que alguien alisó a mano y que recorre el piso entero.

Está justo encima del tabique de abajo.

Me quedé un momento en el pasillo, con la linterna del móvil apuntando al suelo, calculando dónde caía esa línea en la planta baja. Cae entre la tercera y la cuarta mesa del Cafè Ribes. Yo he desayunado en la cuarta mesa toda mi vida.

—¿Qué haces? —dijo Nicolás desde el cuarto.

—Nada.

Apagué la linterna.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Dormí tres horas y media, mal, con la ventana abierta, oyendo pasar el camión de la basura a las cinco y a alguien tirar la persiana del Forn Salvat a las cinco y cuarto, que era Marisa abriendo, que había dicho que abría ella.

A las seis oí a Nicolás levantarse. Reconocí la secuencia entera sin abrir los ojos, porque llevo tres años oyéndola: los pies en el suelo, la pausa, el grifo de la cocina, la pausa larga. En mi casa, esa pausa larga es él mirando el móvil de pie junto a la encimera para no despertarme con la luz.

No se fue al obrador. Volvió al sofá.

Eso me tuvo despierta cuarenta minutos, y no por lo que parece.

Me tuvo despierta porque un hombre que lleva veintidós años levantándose a las cuatro y cuarto no se queda en un sofá a las seis de la mañana por gusto.

Se queda si ha calculado que salir a esa hora, con el pueblo abriendo persianas y la panadería llena, y que alguien lo vea bajar solo por la puerta del medio nueve días antes de la boda, es un riesgo.

Lo había calculado él. Sin decírmelo. A las seis de la mañana, sentado en el borde de un sofá cama, con el vaso de agua en la mano.

Y yo estaba en la habitación de al lado agradeciéndoselo.

A las siete menos diez me desperté del todo y me quedé mirando el techo.

A las siete en punto, alguien metió una llave en la cerradura de la puerta.

La oí perfectamente: el roce del metal, el primer intento, que no entró, y el segundo, que sí. Después el giro.

Me incorporé en la cama y me quedé quieta, que es lo que hace todo el mundo cuando oye una llave que no es la suya, y en esos dos segundos me dio tiempo a pensar tres cosas seguidas.

Que eran las siete de la mañana.

Que en esta casa hay una llave nueva y la teníamos nosotros.

Que las otras las tienen ellos, porque el edificio es de Vicent y la reforma la han pagado los dos, y que en toda la noche no se nos había ocurrido decirlo en voz alta.

Y la cuarta llegó cuando la cerradura ya había girado y se oyó a Nicolás sentarse de golpe en el sofá cama, con ese ruido de somier viejo que se oye desde la escalera:

que quien entrara por esa puerta iba a ver dos camas deshechas.