3. Diez días
Diez días
La floristería de mi prima cierra a las ocho y a las ocho y diez yo estaba dentro, con la persiana bajada y Candela mirándome desde detrás de la mesa de trabajo con unas tijeras en la mano.
—Otra vez —dijo.
—El martes por la noche. Le devolví el anillo.
—Otra vez, pero despacio.
Candela Ribes es hija del hermano de mi padre y tiene un año menos que yo. Compartimos habitación cuatro veranos y una moto un curso entero. Es la única persona de esta familia a la que se le puede contar algo sin que en veinte minutos lo sepa una peluquería.
Se lo conté despacio. Tardé cuatro minutos, que es lo que se tarda en contar tres años cuando le has quitado todo lo que duele.
Candela no dijo nada durante los cuatro minutos. Siguió limpiando tallos. Es lo que hace ella: mientras tú hablas, ella trabaja, y cuando terminas ya lleva media hora pensando en lo que le vas a decir.
—Vale —dijo al final—. ¿El ramo lo paro?
—¿Qué?
—El ramo, Alba. Que si lo paro. Porque la flor buena la traen de Holanda el viernes, se paga el jueves y no se devuelve. Si me lo dices ahora, llamo esta noche y pierdo la señal. Si me lo dices el viernes, pierdo la flor.
—No lo pares.
—Vale.
Dejó las tijeras.
—Te digo lo que tengo puesto, para que lo sepas y no te enteres el viernes.
Señal de la flor, cuatrocientos veinte. Los dos centros grandes del patio, que los tengo empezados.
Y once días de agosto que no he cogido a nadie más porque tenía esto.
—Se limpió las manos en el mandil—. No te lo digo para que te sientas mal.
Te lo digo porque cuando dentro de tres días alguien diga que aquí solo pierde dinero la gente de fuera, yo quiero estar en la lista.
—Lo apunto.
—No lo apuntes. Acuérdate, que es distinto.
Se apoyó en la mesa.
—¿Y por qué no lo paro? —dijo.
—Porque no lo hemos contado.
—Eso es cuándo. Yo te he preguntado por qué.
Y ahí me di cuenta de que había ido a la floristería de mi prima a las ocho y diez de la tarde no porque necesitara contárselo a alguien, sino porque necesitaba que alguien me hiciera esa pregunta antes de que me la hiciera mi madre.
Nicolás llegó a las ocho y media. Le había escrito yo. Entró por la puerta de atrás, la del patio, y esa fue la primera cosa que hicimos: entrar por detrás.
Se quedó de pie en mitad del taller sin saber qué hacer con las manos, que es una cosa que no le pasa nunca, porque Nicolás siempre tiene algo entre las manos y cuando no lo tiene lo busca. Cogió un rollo de rafia de la mesa, lo miró y lo volvió a dejar.
—Hola, Candela.
—Hola.
—¿Lo sabes?
—Lo sé.
—Vale.
Se sentó en el taburete alto y no en la silla, que es la que le habría dejado más cerca de mí, y Candela nos miró a los dos y no dijo nada de eso.
—¿Habéis comido algo? —dijo Candela.
—Yo he desayunado.
—Son las nueve menos veinte.
—Pues he desayunado.
Nos puso encima de la mesa de trabajo una bolsa de almendras de las que usa para los centros de Navidad y siguió a lo suyo, y esa fue la única vez en toda la semana que alguien nos cuidó sin pedir nada a cambio.
Hicimos la lista.
Lo digo así porque así fue. Cogí un cuaderno de la mesa de Candela, de los que usa para los pedidos, y escribí una lista, porque es lo que hago cuando algo no me cabe: lo convierto en columnas y así puedo mirarlo.
Once contratos en el Forn Salvat. Seis proveedores del pueblo con género comprometido para el banquete y para el lanzamiento: el huevo de Pepe Ripoll, la naranja de los Bosch, el vino, las sillas, el sonido y mi prima, que estaba delante y que no levantó la cabeza cuando escribí su nombre.
Un préstamo de reforma con desembolso en noviembre condicionado a que la sociedad se constituya en plazo.
Un contrato de distribución regional con fecha de firma.
Y las dos mitades de una receta que no son de ninguna empresa, sino de mi madre y de su padre, cada uno la suya, desde 1986.
—Falta una cosa —dijo Nicolás.
—Dime.
—Yo. Ponme a mí en la lista.
Levanté la vista.
—Si sale la sociedad, yo salgo ganando —dijo—. Sale la reforma, sale la distribución, dejo de hacer los martes a Gandia y contrato a alguien que sepa producción. Si lo escribes como si esto fuera por once personas, lo estás escribiendo mal.
Lo escribí.
Y debajo, porque una lista honrada se hace entera, escribí lo mío: que si esto sale en el programa de fiestas y luego se cae en septiembre, la que ha llevado la mercantil de las dos familias soy yo, y que en enero me incorporo a un sitio donde lo primero que se mira es a quién le has hecho un favor.
Candela, desde la mesa, sin levantar la cabeza:
—Bien.
—Bien ¿qué? —dije.
—Bien que lo haya dicho él, que si lo digo yo dentro de una hora me miráis mal.
Estuvimos hasta las diez.
Propuse aplazar. Era lo razonable y lo dije con la voz con la que digo las cosas razonables, que según Nicolás es una voz distinta, más lenta, la voz de cuando ya he decidido.
Aplazamos por mi traslado, que es verdad, que existe, que está firmado y que tiene fecha.
Aplazamos tres meses, se firma la sociedad igual porque la sociedad no depende de que yo me case, y en enero, cuando ya no haya nadie mirando, decimos que no ha podido ser.
Candela me lo tiró abajo en cuatro frases.
—Bruselas ya lo sabían cuando pusisteis la fecha.
Lo sabía tu madre en junio. —Levantó un dedo—.
Dos: la gente ya está aquí. Los de Castellón llegan el viernes.
—Otro dedo—. Tres: la Corona se presenta dentro de las fiestas y las fiestas no se aplazan, que están en el programa del ayuntamiento.
Y cuatro. —No levantó el cuarto dedo. Se apoyó en la mesa—.
Cuatro es que tu madre no ha firmado nada todavía.
Ha dicho de palabra que firma cuando vea a los Ribes y a los Salvat sirviendo la misma mesa.
Si tú aplazas, ella no piensa: qué lástima, la niña se va a Bruselas.
Ella piensa: ya está, ya me lo han hecho otra vez.
—No es lo mismo aplazar que cancelar.
—Para ti. Para ella es lo mismo con más educación.
—Candela, un aplazamiento es un documento. Se manda una nota, se recolocan las fechas y se firma igual.
—Aquí un aplazamiento es una señora de sesenta y tres años bajando la persiana a las ocho durante tres meses mientras la gente entra y le pregunta cómo lo llevas. —Se limpió las manos—. Eso también es un documento. Lo firma el pueblo entero y no caduca.
Me quedé con el bolígrafo apoyado en el cuaderno.
—Hay una cosa que no habéis dicho —añadió Candela— y la voy a decir yo ahora y luego no la repito.
Vosotros dos no estáis aguantando diez días por once contratos.
Estáis aguantando diez días por once contratos y porque a ninguno de los dos le apetece ser el que lo rompe todo.
Y eso está bien, ¿eh. A mí me parece bien.
Pero llamadlo por su nombre desde hoy, porque si empezáis llamándolo sacrificio, dentro de una semana os lo habréis creído.
—Gracias —dije.
—De nada.
Nicolás no había dicho nada en un rato.
—Entonces son diez días —dijo.
—Once.
—¿Once?
—Once desde el martes. —Cerré el cuaderno—. Diez desde hoy, que es lo que va a contar la gente, porque el martes no lo sabe nadie más que nosotros dos y esta.
—Pues diez días.
—Diez días —dije—. Hasta la firma. La sociedad se firma sin depender de nosotros, y después ya buscamos la manera.
—¿Y la manera cuál es?
—No lo sé todavía.
—Vale.
Y ese vale fue el primero de los muchos vales que iba a decirme esa semana, y todos significaban lo mismo, que era: no me parece bien y no pienso discutirlo aquí.
Las normas salieron después, y no salieron porque las propusiera nadie. Salieron discutiendo.
La primera fue la del sofá, aunque en ese momento no lo llamamos así.
—Yo duermo en el obrador —dijo—. Hay un catre en el altillo.
—Hay un catre en el altillo desde que tu abuelo trasnochaba, y tiene los muelles fuera.
—Duermo bien en cualquier sitio.
—Duermes fatal en cualquier sitio. Duermes fatal en tu cama, con tu almohada, después de dieciséis horas de pie.
—Eso es un dato de otra época.
—Es un dato de julio.
—Alba.
—Digo que si duermes diez días en un altillo vas a tener una cara que va a hablar por ti.
Se quedó callado. Después dijo:
—Entonces me quedo en casa de mi padre. Pero no dormimos juntos.
—No.
—Que lo digo yo primero para que no lo tengas que decir tú.
Y eso, que a lo mejor era lo más amable que me habían dicho en cuatro días, me sentó como una patada, porque volvía a hacerlo. Volvía a decidir él lo que me iba a doler a mí y a quitármelo de en medio antes de que yo llegara.
—Uno —dije—. No dormimos juntos.
La segunda salió por Puri.
A las siete y media, mientras yo iba a la floristería, en el Facebook de Beniflor al dia había aparecido la fotografía de la mañana.
Los dos, el abanico, la puerta del Cafè Ribes.
Cuarenta y un comentarios. Y un pie que decía: Ya está aquí lo que llevábamos cuarenta años esperando.
Los novios recogiendo los abanicos, que los ha encargado Amparo, y ya me han dicho que después de la boda se quedan a vivir en el pueblo.
—Yo eso no lo he dicho —dijo Nicolás.
—Ya sé que no lo has dicho.
—Le he dicho que se guardara un abanico.
—Y ella ha entendido que nos venimos a vivir aquí, y mañana lo sabe todo el mundo, y el jueves me lo pregunta la periodista delante de mi madre. —Escribí la segunda—. Dos. No improvisamos nada. Ni promesas, ni fechas, ni planes. Si alguien nos pregunta por después de la boda, no contestamos.
—¿Y qué contestamos?
—Que ya veremos.
—Aquí «ya veremos» significa que sí.
—Aquí todo significa que sí. Si dices que no, significa que todavía no te lo han explicado bien.
—Entonces di que hablamos después de las fiestas.
—Después de las fiestas nos habremos ido.
—Por eso.
Lo miré. Fue la primera cosa verdaderamente eficaz que dijo en toda la noche y me molestó bastante que se le hubiera ocurrido a él.
—Vale —dije—. Después de las fiestas.
La tercera fue rápida.
—Y no me beses sin avisar —dije.
—Ha sido en la sien.
—Ha sido delante de veinte personas y un móvil.
—Han gritado que nos besáramos.
—Ya lo sé. Van a gritarlo cuarenta veces más en diez días, y cada vez que lo griten quiero saber lo que va a pasar antes de que pase. —Escribí—. Tres. Nada de besos sin avisar.
—Vale.
—Y para que conste, esta mañana lo del abanico ha estado bien.
—Ya lo sé.
—No lo digo como cumplido.
—Ya lo sé —dijo otra vez, y por primera vez en todo el día me miró más de un segundo.
La cuarta costó más.
Estábamos ya recogiendo. Candela había subido la persiana un palmo para que corriera el aire y se oía la banda ensayando en el casal, que en agosto ensaya con las ventanas abiertas y se oye desde toda la plaza.
—Una cosa —dije—. ¿Cuándo has decidido tú lo de después de la firma?
—¿Qué?
—Esta mañana te he escrito preguntando cuándo lo contábamos y me has contestado en un minuto. Después de la firma. Sin pensarlo.
—Lo había pensado antes.
—¿Cuándo antes?
—Por la mañana. En el obrador.
—Entonces cuando me has contestado, ya estaba decidido.
—Alba, es lo mismo que has decidido tú.
—Sí —dije—. Es exactamente lo mismo que he decidido yo, y eso es lo que me da miedo.
Candela, que estaba metiendo cubos en el patio, se paró.
—Cuatro —dije—. No nos mentimos. Ni por omisión, ni para ahorrarme un disgusto, ni porque hayas pensado que era mejor que yo no lo supiera todavía. Si te enteras de algo, me lo cuentas el mismo día.
Nicolás tardó en contestar.
—Vale.
—Dilo entero.
—Alba, que ya lo he dicho.
—Has dicho vale. Vale lo dices tú cuando no piensas discutirlo aquí.
Levantó la cabeza.
—¿Y eso desde cuándo lo sabes?
—Desde el primer invierno.
Se quedó callado un momento. Después se pasó la mano por la nuca, y se le vio en la cara que le había gustado que se la quitaran.
—No nos mentimos.
Y me lo dijo mirándome, que es lo que le pedí, y yo lo escribí en el cuaderno de los pedidos de mi prima debajo de una lista de once contratos y seis proveedores, y me quedé bastante tranquila.
De las cuatro, la que menos me preocupaba era esa.
Mi madre llamó a las diez y cuarto, cuando estábamos saliendo por el patio.
—¿Dónde estás?
—En casa de Candela.
—Pues venid los dos.
—Mamá, es tarde.
—Que vengáis.
Hay que explicar la puerta del medio. La Concordia tiene tres puertas en la misma fachada: la de la izquierda, que es el Cafè Ribes; la de la derecha, que es el Forn Salvat; y una en el centro, más estrecha, con el marco de madera y una cerradura de las antiguas, que es la de la escalera.
Yo la he visto cerrada todos los días de mi vida.
De pequeña creía que no daba a ninguna parte, que es la clase de cosa que un niño de pueblo acepta sin preguntar, como que en el cementerio no se corre.
Estaban los dos de pie delante de esa puerta, con medio metro entre ellos, que es la distancia oficial. Los dos con las llaves en la mano. Habían abierto la puerta de la escalera, la del medio, la que lleva al piso de arriba y que yo he visto cerrada toda mi vida.
—Está terminado —dijo mi madre—. Lo hemos pagado a medias.
Dentro olía a pintura.
—Es el regalo —dijo—. La Cambra. Vuestra.
—Mamá.
—Y os venís esta noche.
—¿Esta noche?
—Los de Castellón llegan el viernes y son once.
Tu tía duerme en tu cuarto. Los de Alicante en casa de la Rosa, y los primos de tu padre en el bajo de Vicent, que ya está la cama puesta.
—Se guardó la llave en el bolsillo del delantal, que es donde mi madre guarda lo que ya no se discute—.
En este pueblo no queda un colchón libre, Alba.
Y no vais a dormir separados diez días antes de la boda.
—Ha quedado bien —dijo Vicent.
Fue lo único que dijo. Lo dijo mirando el marco de la puerta y no a nosotros, y le costó las dos primeras sílabas, y mi madre esperó a que terminara, que es una cosa que hace ella y que en este pueblo no hace casi nadie.
—Ha quedado bien —repitió ella—. La luz la ha puesto él. Los azulejos los dejamos, que estaban buenos.
Vicent miró a su hijo un momento y después miró al suelo.
Nicolás tenía las manos en los bolsillos.
—Gracias, Amparo —dijo.