2. Lo que guarda un cajón
Lo que guarda un cajón
En el cajón de mi despacho hay un termómetro de horno que marca doce grados de menos, dos juegos de llaves sin etiquetar, la garantía de la amasadora, un rollo de cinta de embalar, tres bolígrafos de proveedor y, desde el martes por la noche, un anillo.
Lo puse debajo de la garantía. No es un escondite. Es el único sitio plano.
Podría haberlo dejado en casa. Lo pensé en el coche, a la altura de Algemesí, con el anillo en el bolsillo de la camisa porque en el pantalón se nota. Pero en casa entra mi padre, y en casa entra la mujer que le limpia a mi padre los jueves, y el despacho del obrador lo abro yo y lo cierro yo.
Eso lo pensé el martes a las dos de la mañana, conduciendo, y me pareció una precaución razonable de un hombre organizado.
Bajé las cuatro cajas de la furgoneta y las metí en el altillo, encima de las bandejas viejas, donde no molestan y donde no se ven, y estuve un rato con la escalera puesta pensando en si cuatro cajas de abanicos amarillos aguantan ahí diez días sin cogerse humedad.
Aguantan. El altillo está encima del horno grande.
Ahí no hay humedad ni la va a haber nunca.
Después me lavé las manos y me puse a trabajar, porque eran las doce menos cuarto y el jueves entran ciento veinte docenas de rollos para la comisión.
Lo del altillo lo pensé mientras subía la escalera con la tercera caja.
Cuatro cajas de abanicos amarillos, treinta y siete centímetros de alto cada una, encima de las bandejas de los años setenta que no tiro porque son de aluminio bueno, y debajo el horno grande, que está encendido desde las cinco.
Ahí arriba en agosto se está a cuarenta y dos grados. Ahí no se estropea el papel.
Guardé los abanicos de mi boda encima de mi horno y bajé la escalera, y el que quiera sacar algo de eso que lo saque. Yo pensé en la humedad.
Un obrador no se para. Esto la gente no lo entiende.
La gente cree que cuando te pasa algo cierras y te sientas, y lo que pasa en realidad es que la masa de la mañana lleva fermentando desde las cinco y no le importa lo que te haya pasado a ti, y que si no la metes cuando toca has perdido cuarenta euros de harina y le has estropeado la mañana a cuatro personas.
El martes por la noche Alba me devolvió el anillo en el descansillo de su piso de Valencia, a las once y veinte, y a las cuatro y cuarto de la madrugada yo estaba subiendo la persiana en Beniflor porque los miércoles hay coques y los miércoles ha habido coques toda mi vida.
Los miércoles hacemos coques de llanda y pastissets, y el pedido de la comisión para el jueves, y la corona no, porque la corona todavía no se puede hacer.
Se hacen dos pruebas al mes desde marzo, en el obrador, con la puerta cerrada, y las prueban cuatro personas.
Ese es el estado legal de la corona de naranja y almendra a diez días de que la presentemos en la plaza: un dulce que existe desde 1985, que no es de nadie, y que hago yo a escondidas como si fuera de contrabando.
El chaval nuevo, Kevin, entra a las seis y es rápido. Rápido de verdad: monta una bandeja de pastissets en el tiempo que tardo yo en pesar la harina. Lo que no hace es limpiar. Deja la boquilla en el fregadero sin desmontar y a las dos horas hay que estar veinte minutos con agua caliente.
A las siete y veinte llamó Pepe Ripoll, que nos trae el huevo desde antes de que yo naciera, para confirmar el refuerzo del sábado.
—Que me ha dicho tu suegra que suba yo el domingo por la mañana también.
—Mi suegra.
—Amparo. Que si el domingo hay gente que se queda.
—El domingo no hay nada, Pepe.
—Pues ella ha dicho que sí.
—Ya hablo yo con ella.
—Tú hablas con ella —dijo Pepe, muy tranquilo—, y luego me llamas y me dices lo que ha dicho ella.
—Kevin.
—Ya voy.
—Ya vas ¿qué.
—Ya voy a desmontarla.
—La desmontas al terminar, no al acordarte.
—Vale.
Se lo he dicho diecinueve veces. Marisa lleva la cuenta.
Marisa llegó a las cinco, como siempre. A las cinco y dos minutos ya sabía algo.
—Has abierto tú.
—He abierto yo.
—Has abierto tú y has bajado el horno pequeño a doscientos diez.
—Estaba a doscientos treinta.
—Estaba a doscientos treinta porque lo subí yo ayer, que cierra mal y pierde veinte. —Se ató el delantal por detrás sin dejar de mirar la puerta del horno—. ¿Lo apunto otra vez o lo apunto ya en rojo?
—Apúntalo en rojo.
Marisa Giner entró aquí a los diecinueve años, con mi abuelo, y tiene cincuenta y dos.
Ha visto a tres generaciones de Salvat discutir con tres generaciones de Ribes y su opinión sobre el asunto, que da una vez al año y no repite, es que las dos familias han gastado en tener razón el dinero de dos obradores buenos.
No es de aquí, es de Alzira. Eso en Beniflor todavía se dice.
Estuvimos hasta las nueve sin hablar de nada que no fuera el pedido. Ciento veinte docenas, el precio de la almendra, que ha vuelto a subir cuarenta céntimos el kilo desde mayo, y el cuadrante de las fiestas, que es el problema de agosto.
En el cuadrante hay once nombres. Está en la pared del pasillo, en un folio plastificado, con las semanas en columnas y las horas escritas a rotulador de pizarra encima del plástico, y lo hace Marisa los domingos por la noche en su casa.
Once nombres: Marisa, Kevin, las dos hermanas Ferri, Toni, Rosana, Dolo, Amadeu, la chica de los sábados, y dos que entran solo para fiestas y para Navidad y que llevan entrando desde antes que yo.
En el cuadrante de esta semana hay un cuadrado en blanco el sábado por la mañana, con mi nombre tachado y al lado, en rojo, «M».
No lo he tachado yo.
A las nueve y media entró Vicent.
Mi padre entra todos los días entre las nueve y las diez.
No trabaja. Se jubiló hace dos años, después del ictus, y firmó los papeles sin discutir, que es la única cosa que ha firmado sin discutir en su vida.
Pero tiene llave del obrador, llave del despacho, llave de la puerta de arriba y llave del edificio, que es suyo, y todas las mañanas entra, cruza sin decir nada, mira el horno grande, toca la puerta con el dorso de la mano para ver si sella, y se va.
Ese día se paró en la mesa de las bandejas.
—Estes estan girades.
—Ya lo sé.
—Pues gira-les.
—Ya las giro yo, papá.
Se quedó un momento más de lo normal. Igual dos segundos. Después miró la puerta del despacho, que estaba abierta, y luego me miró a mí, y se fue.
Antes de salir se paró en el horno grande y le pasó el dorso de la mano por la junta de la puerta, arriba y por el lado derecho, que es donde pierde.
No dijo nada. Lleva dos años sin trabajar aquí y sigue comprobándome el horno todas las mañanas, y yo llevo dos años sin decirle que ya lo he comprobado yo.
Mi padre habla poco desde el ictus y habla peor cuando se pone nervioso; se le atascan las palabras y entonces se calla y espera, y la gente cree que ha terminado la frase y sigue hablando por encima.
No ha terminado la frase. Nunca ha terminado la frase.
Lleva sin terminar una frase desde 1986, y esto lo digo sin dramatismo, es un dato.
La asesora llamó a las once y veinte, mientras yo cargaba las cajas en el Cafè Ribes, y la llamé yo de vuelta a la una.
—Diez días —dijo—. Te lo digo para que no me lo preguntes el viernes.
Elvira Sanchis lleva la mercantil desde una oficina de Alzira con dos ventanas y ninguna planta. Habla como si le cobraran por minuto, cosa que hace.
—Diez días para qué, exactamente.
—Para que tu padre y Amparo Ribes cedan los derechos de la corona a la sociedad.
Todo lo demás está. El préstamo está condicionado a la constitución, la constitución está redactada, el contrato de distribución tiene fecha de firma y los once contratos se subrogan sin tocar antigüedad.
Lo que no está es lo de la receta, y lo de la receta no depende de vosotros.
—Depende de ellos.
—Depende de ellos personalmente. Nicolás, esto te lo he dicho tres veces y te lo voy a decir la cuarta porque en octubre no quiero llamadas.
La receta no es del Forn Salvat. Tu padre está jubilado, el edificio es suyo y su mitad de la receta es suya.
La otra mitad es de Amparo Ribes, no del Cafè Ribes.
Tú eres administrador y socio único de Forn Salvat, sociedad limitada unipersonal, y de la corona de naranja y almendra no tienes ni un gramo hasta que ellos dos firmen la cesión.
—Lo sé.
—Lo sabes tú. Que lo sepa tu padre.
—Lo sabe.
—Ya.
Se oyó un teclado.
—Otra cosa —dijo—. El banco pregunta por la reforma. Si la constitución entra en plazo, el desembolso es en noviembre y montas el obrador conjunto antes de Reyes. Si no entra, se cae el desembolso y se cae el contrato de distribución, y entonces me llamas para hablar de otra cosa, no de esto.
—Entra en plazo.
—Eso espero. Enhorabuena por el sábado, por cierto.
—Gracias.
—Una última cosa —dijo—. Cuando firméis, hay que decidir el reparto de la nueva. Tú tienes una idea de cuánto vale tu obrador y Amparo Ribes tiene otra idea de cuánto vale su local. Esa conversación no la quiero en octubre. La quiero después de la boda.
—Después de la boda.
—Después de la boda —dijo, y colgó ella primero, como siempre.
Colgué y me quedé sentado en el despacho con el teléfono en la mano.
Esto lo tengo que decir aquí porque si no lo digo aquí después no me va a creer nadie: yo quiero esa sociedad.
No la quiero por el pueblo, ni por mi padre, ni por reparar nada.
La quiero porque llevo dos años sacando adelante un obrador de 1961 con un horno que cierra mal, un altillo encima del horno, y once personas que dependen de que a mí no me pase nada.
Con la reforma se tira el tabique de la trastienda, entran once metros de línea donde ahora hay seis, cabe un horno de carro y se acaba el cuello de botella de las mañanas, que es la razón de que Marisa lleve nueve años haciendo el turno de las cinco.
Hay una responsable de producción con contrato de verdad y un reparto que no soy yo conduciendo los martes a Gandia con la furgoneta cargada hasta el techo.
Con la reforma dejo de ser un señor que sostiene una cosa con el cuerpo.
Los once puestos de trabajo son verdad. Y yo también estaba dentro, y eso no lo dije en voz alta hasta el miércoles siguiente.
A la una y media subí otra vez al altillo, esta vez a por las bandejas grandes, y estuve un minuto largo delante de las cuatro cajas.
Ponía el nombre de la fábrica, la referencia y, debajo, escrito a mano con rotulador por alguien de Xàtiva que no nos conoce de nada: Salvat–Ribes. 100 uds. amarillo.
Bajé las bandejas.
A las dos, Marisa entró en el despacho con el albarán de la almendra y no se fue.
—Firma.
Firmé.
No se fue.
—¿Qué pasa? —dije.
—Dímelo tú.
—No pasa nada.
—Llevas desde las cinco de la mañana aquí, has bajado el horno, has dejado la bandeja de los pastissets fuera media hora y no me has discutido lo del chaval nuevo. —Se apoyó en el marco—. Si es la boda, te lo digo yo: todo el mundo se pone así y después está bien.
—Es la boda.
—Ya. —Se cruzó de brazos—. Nicolás, yo llevo aquí treinta y tres años. He visto a tu abuelo casarse dos veces y a tu padre no casarse ninguna. Lo único que te digo es que el lunes, cuando volváis, aquí habrá que sacar ciento veinte docenas igual, y a mí me da lo mismo quién duerma dónde.
—Ya lo sé.
—Pues ya está. —Se dio la vuelta y desde el pasillo, sin volverse, añadió—: Y no vengas el sábado a las cinco, que ya vengo yo. Que te casas.
—Marisa.
—¿Qué.
Iba a decirle algo. No sé qué. Se me ocurrieron tres o cuatro cosas y ninguna cabía en un pasillo.
—Nada. Gracias.
—De nada.
A las seis y veinte apagué el horno grande, comprobé la junta con el dorso de la mano, como hace mi padre, que es como me enseñó él y como lo haré yo toda la vida aunque me compre un horno nuevo, y volví al despacho a por las llaves.
Abrí el cajón para coger el juego pequeño y ahí seguía, debajo de la garantía de la amasadora.
Un anillo pesa muy poco. Once gramos, o por ahí. Lo que pesa es que lo devuelvan a las once y veinte de la noche en un descansillo y que a las cuatro y cuarto tú tengas que subir una persiana igual.
Encima de la mesa tenía los planos de la reforma, que me los dejó Elvira en junio y que llevan desde junio ahí, doblados por la mitad y con un cerco de vaso.
Los abrí. La línea nueva entra por donde ahora está la pared de la trastienda y llega hasta la ventana que da al patio, y en el papel hay un rectángulo pequeño en la esquina de arriba a la derecha que pone «despacho».
Un despacho de dos metros por dos con un cajón dentro. Lo miré un rato como un idiota.
Lo dejé donde estaba y cerré el cajón.
El móvil sonó a las ocho menos diez, cuando estaba cerrando la puerta de la calle.
Alba: Tenemos que decidir cuándo lo contamos.
Me quedé en la acera con las llaves en la mano y la persiana a medio bajar, y estuve más rato del que hace falta para escribir cuatro palabras.
Nicolás: Después de la firma.