Guerra de familia, amor de generación
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1. Trescientos abanicos
Trescientos abanicos
Rompí con Nicolás un martes. El miércoles llegaron trescientos abanicos con nuestros nombres y una política de devolución que excluía expresamente las bodas canceladas.
Los trajo un chico de Xàtiva a las nueve y veinte, con la furgoneta en doble fila y el intermitente puesto, y mi madre le hizo descargar las doce cajas en la barra del Cafè Ribes y no en el almacén, porque en el almacén, dijo, hay humedad.
En el almacén no hay humedad. En el almacén no se ve nada desde la calle.
Firmé yo el albarán porque ella tenía las manos ocupadas sujetando la puerta, que es la manera que tiene mi madre de no firmar las cosas.
El chico me dio el bolígrafo, me señaló la casilla y se quedó mirando el techo mientras yo leía, porque llevaba dos horas conduciendo y no le apetecía que nadie leyera nada.
Producto personalizado. Al llevar impresos nombres, fechas o dedicatorias, el artículo no admite devolución, cambio ni compensación, incluidas las cancelaciones o aplazamientos de la celebración a la que estuviera destinado.
Lo leí dos veces. Es una cláusula normal. La habría redactado yo igual, y de hecho he redactado cosas peores contra gente que tenía menos culpa. Firmé.
—Mil ochocientos sesenta —dijo mi madre, sin que nadie le hubiera preguntado—. Con el IVA. Y no es caro, Alba, que he pedido tres presupuestos.
—No he dicho que sea caro.
—Lo has pensado con la cara.
Abrió la primera caja con el cuchillo del pan, que es el que usa para todo menos para el pan, y sacó un abanico sujetándolo por la varilla, como se sujeta lo que aún no se ha pagado del todo. Lo abrió de golpe. Un ruido seco, de aula.
Turquesa. Nuestros nombres en dorado, la fecha debajo, y en el reverso, cruzando toda la tela: POR FIN, JUNTOS.
—Doscientos turquesa y cien amarillos —dijo—. Los turquesa para nuestra parte de la mesa y los amarillos para los de él.
Tardé un segundo en entender lo que acababa de oír, y otro en entender que no iba a poder decirlo en voz alta.
Mi madre había encargado trescientos abanicos para celebrar que dos familias dejaban de estar divididas y los había repartido por colores para que se supiera quién era de cada cual.
—Mamá.
—¿Qué.
—Nada.
—Pues eso. —Cerró el abanico y lo dejó en la barra, alineado con el borde—. Y he pedido cincuenta más.
—¿Cincuenta más de qué.
—De turquesa. Por si viene gente.
En Beniflor viene gente. Ese es el problema de Beniflor y ese es el motivo por el que mi madre, que en cuarenta años no ha invitado a nadie a nada, tiene el número de una fábrica de abanicos de Xàtiva y sabe pedir tres presupuestos.
Aquí la gente aparece. Aparece a las bodas, a los entierros, a las inauguraciones de la panadería nueva y a los juicios, si el juicio es de alguien conocido y hay autobús.
La lista de invitados no la haces tú. La haces tú y luego la corrige el pueblo.
Mi madre se sacó del bolsillo del delantal una libreta de espiral con la goma dada de sí y la abrió por una página escrita a bolígrafo azul, con la letra apretada de las personas que aprendieron a escribir cuando el papel se pagaba.
—Ahora me dices una cosa. ¿Los ponemos en las sillas o los damos a la puerta?
—¿Los qué?
—Los abanicos, Alba. Si los ponemos uno en cada silla queda precioso cuando entráis, porque se ve el patio entero con los dos colores. Pero si los damos a la puerta, los coge el que los quiere y no se me quedan ciento cincuenta tirados debajo de las mesas a las cinco de la tarde.
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Que lo decidas tú.
—Es tu boda.
Lo dijo sin ninguna intención y me dio en un sitio del que no me he vuelto a acordar en toda la semana sin que me pase lo mismo.
—A la puerta —dije.
—Pues a la puerta. —Lo apuntó—. Ya lo he apuntado, ¿eh. Después no me digas.
Y siguió a otra cosa, y yo me quedé mirando la libreta y calculando, porque es lo que hago yo en vez de sentir.
La flor de Holanda se paga el jueves. El catering está señalizado con el treinta por ciento.
Las sillas, doscientas ochenta, las alquila el ayuntamiento dentro del programa.
Los abanicos, mil ochocientos sesenta euros, más los cincuenta de turquesa.
Llegué hasta ahí, hasta el tercer renglón de una lista que llevaba haciéndome desde las cuatro de la mañana, y me obligué a parar, porque a esa hora todavía me parecía que si no la terminaba no era del todo real.
Me metí las manos en los bolsillos.
Llevaba desde el martes por la noche buscando sitios donde meter las manos.
Es asombrosa la cantidad de cosas que uno hace con las manos en un día normal y que dejan de ser normales cuando has devuelto un anillo y todavía no se lo has contado a nadie.
Coger un vaso. Señalar. Apoyarte en una barra.
Firmar un albarán con la izquierda porque de repente ya no te acuerdas de con cuál firmas.
—Ayúdame a subirlas —dijo mi madre—. Las de él las bajamos luego.
Subimos ocho cajas al primer piso, al comedor donde mi madre guarda las cosas que considera importantes, que son las cosas que ha comprado ella. Pesaban menos de lo que parecía. Trescientos abanicos pesan lo que pesan trescientas cucharas.
En el tercer viaje se paró en el rellano, con la caja apoyada en la barandilla, y dijo:
—Yo esto lo he hecho bien, ¿eh?
Y ahí estuvo. Duró dos segundos y se fue enseguida, pero estuvo: mi madre pidiéndome que le dijera que lo estaba haciendo bien.
—Lo has hecho bien —dije.
—Pues eso.
Y siguió subiendo.
Mi madre no es una mujer graciosa. Esto es importante entenderlo porque mucha gente en este pueblo se ríe de ella y se ríe mal, como si fuera un personaje.
Amparo Ribes se levanta a las cinco y media desde 1987, ha sacado adelante media cafetería con la mitad de una vajilla, y lleva seis semanas organizando una celebración con la seriedad con que otra gente organiza una repatriación.
Lo de los abanicos no es una excentricidad. Es una posición.
En la última caja se paró otra vez, esta vez arriba, y dejó la caja en la mesa antes de decirlo, porque mi madre no dice las cosas importantes con peso en los brazos.
—Cuarenta años llevo yo bajando la persiana a la misma hora que él —dijo—. Cuarenta años. Y el sábado va a haber una mesa en la plaza con los dos apellidos y nadie va a poder decir nada.
—Ya.
—Nadie.
Y se fue a por la escoba, que es a donde va mi madre cuando ha dicho algo de más.
El problema es que yo sabía desde el martes por la noche que no iba a haber boda, y ella estaba subiendo cajas.
A las once menos cuarto, en la terraza, Rafa el de la gasolinera levantó la mano para que le viera desde dentro.
Rafa desayuna en nuestra terraza a las nueve y come en la del Forn Salvat a las dos, y lleva haciéndolo veinte años, y ese equilibrio lo mantiene con la seriedad de un diplomático. Salí.
—Alba. Una pregunta.
—Dime.
—¿Al final quién entra primero?
—¿Primero dónde?
—Las bandas. —Se limpió la boca con la servilleta de papel—. Porque el otro día en el casal dijeron que tocan las dos juntas, y luego mi cuñado dice que las dos juntas no puede ser, que alguien tiene que ir delante. Y yo digo: si tocan las dos, ¿quién va delante?
—Todavía no está decidido.
—Ya. —Se recostó en la silla, satisfecho—. Pues ya me contarás, porque eso va a ser bueno.
Volví adentro con la sensación exacta de que en Beniflor no existe la palabra «todavía». Existe «aún no lo han dicho», que es otra cosa y que significa que lo estás escondiendo.
A las once bajé a la barra a por un café y me encontré a Puri Albiol sentada en el taburete de la esquina, que es el taburete desde el que se ve la puerta del Cafè Ribes, la puerta del Forn Salvat y la mitad de la plaza.
Puri fue cartera veintiséis años. Cuando se jubiló, el pueblo le encontró acomodo: secretaria de la comisión de fiestas, administradora del Facebook, administradora del grupo grande de WhatsApp y, en la práctica, la persona que decide qué ha pasado hoy en Beniflor.
—Xiqueta —dijo—. Enséñamelo.
—Buenos días, Puri.
—Buenos días. Enséñamelo.
Le abrí un abanico. Lo cogió con las dos manos, lo miró por delante y por detrás, leyó la fecha, leyó nuestros nombres, leyó POR FIN, JUNTOS, y asintió despacio, como un perito.
—Esto sale bien en foto —dijo.
—No hay que hacer foto.
—Alba.
—Puri.
—Que sí.
Y sacó el móvil, y a partir de ahí ya no era una conversación.
Nicolás llegó a las once y veinte a por las cajas amarillas.
Aparcó la furgoneta del obrador delante de su puerta y no de la nuestra, que son puertas que están a metro y medio y que llevan cuarenta años tratándose como si estuvieran en dos pueblos distintos.
Después dio los cuatro pasos por la acera y entró por la nuestra, diciendo buenos días a mi madre antes que a mí.
Eso no es casualidad. En Beniflor no hay casualidades a metro y medio. Llevaba la camiseta de trabajo y harina en el antebrazo derecho. Se había afeitado. El martes por la noche no se había afeitado.
—Amparo.
—Nicolás, hijo.
Hijo. Mi madre lleva tres meses llamándole hijo y lo hace en un tono muy concreto, un tono de contrato firmado, y él responde a ese tono con una precisión que a mí me pone de los nervios porque la conozco.
Nicolás hace bien lo que le piden. Si le pones delante un papel que dice yerno, él hace de yerno, y lo hace mejor que nadie, y luego se va a su casa y no le cuenta a nadie lo que le ha costado.
—¿Cuántas me llevo? —preguntó.
—Cuatro. Las amarillas.
—¿Y las voy repartiendo?
—Las guardas. Ya diré yo cuándo.
—Vale.
Ni una pregunta. Cargó las cuatro cajas de dos en dos y en el segundo viaje me miró por primera vez, un segundo, y yo me miré la barra.
Habíamos hablado a las siete de la mañana.
Ocho mensajes en total, contando los dos que solo decían vale.
Ninguno de los ocho decía nada de lo que habíamos dicho el martes, que fue mucho, y que todavía me estaba durando en algún sitio detrás del esternón.
Los ocho mensajes hablaban de logística.
Quién bajaba las cajas, a qué hora, y si la periodista venía el jueves o el viernes.
Se puede vivir bastante tiempo dentro de la logística. Ese es su mérito. Nunca te pregunta cómo estás.
—Ya está —dijo, dejando las llaves de la furgoneta en la barra mientras se secaba las manos en el pantalón.
Y entonces Puri se levantó del taburete.
—Los dos —dijo—. Aquí, delante de la puerta.
—Puri, no.
—Alba, que llevo tres meses sin poder poner nada. Tres meses. Y la gente me pregunta.
—Que le pregunten a mi madre.
—Tu madre no tiene fotos vuestras —dijo Puri, y lo dijo sin maldad, y por eso fue peor—. No tenéis fotos. Tres años en Valencia y no tenéis ni una foto juntos que se pueda poner.
Mi madre, que estaba dentro, salió al oírlo. Traía dos abanicos, uno de cada color, y los repartió como se reparten las cartas.
—Uno cada uno —dijo—. Que se vea que son iguales.
No son iguales. Ese era el chiste y nadie lo entendió más que yo, y no me hizo gracia.
Nos pusimos delante de la puerta. Nicolás a mi derecha, medio paso por detrás. Puri levantó el móvil y empezó a dar instrucciones como si llevara toda la vida haciéndolo, que llevaba.
—Más juntos. Más. Que no salga el contenedor. Abre el abanico, Alba, que si no parece que llevas una cuchara.
Abrí el abanico.
—Las manos —dijo Puri—. Que se vean las manos.
Y ahí me quedé.
Fue una décima de segundo, o dos, o lo que tarda alguien que ha estado casi cuatro días sin dormir en entender un problema muy sencillo: que mi mano izquierda iba a salir en una fotografía, que la fotografía iba a estar en el Facebook de Beniflor antes de comer, que en ese Facebook hay mil doscientas personas y que por lo menos cuarenta de ellas se sabían mi anillo de memoria porque mi madre se lo había enseñado en esta misma barra.
Y entonces Nicolás me quitó el abanico.
Lo hizo sin mirarme y sin decir nada, como se quita de en medio una bandeja caliente.
Lo cogió con la mano izquierda, lo abrió del todo, y lo sostuvo delante de los dos, a la altura del pecho, un poco cargado hacia mi lado.
Después me pasó el brazo derecho por la espalda y me apoyó la mano en el hombro, y con eso mi mano izquierda se quedó donde tenía que quedarse, detrás de la tela, sujetando la varilla por debajo.
—Así se ve mejor el nombre —dijo.
—Así sí —dijo Puri.
Y desde la mesa de la terraza, alguien, no sé quién, uno de los tres hombres que desayunan cada día en la terraza del Cafè Ribes y comen cada día en la del Forn Salvat, gritó lo que se grita:
—¡Que se besen!
Nicolás me dio un beso en la sien, rápido, seco, sin ninguna intención, un beso de recogerte del aeropuerto.
Puri hizo cuatro fotos.
Yo estaba pensando en dos cosas a la vez, y solo una de ellas era el brazo que tenía en la espalda.
La otra era que Nicolás Salvat había resuelto el problema de mi mano izquierda antes de que yo terminara de planteármelo, y que ni él ni yo habíamos acordado nada, y que si algo se nos daba bien desde hacía tres años era exactamente eso.
Mentir juntos. Sin ensayar. A la primera.
—Ya está —dijo Puri, mirando la pantalla—. Sale precioso. ¿Le pongo algo?
—No le pongas nada —dije.
Pero Puri ya estaba escribiendo.