Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

El corazón me tiembla como las alas de un dracovol.

— Me dijiste que la mía eran los idiomas — digo yo, antes de que pueda seguir —. Pero en eso también te equivocabas.

— Tú sigues siendo una traductora, Viv. Solo porque el cannair fuera...

— No pasa nada — le digo, negando con la cabeza —. No creo que quiera seguir siéndolo. Hay cosas que están destinadas a formar una pequeña parte de nosotros nada más, y aun así a veces dejamos que se conviertan en toda nuestra identidad.

Atlas frunce el ceño.

—¿No crees? — insisto.

— Yo creo que hay vocaciones grandes y vocaciones pequeñas — dice él —.

Las hay a las que estamos llamados a dedicar la vida, como el sacerdocio en el caso del padre David, o la paternidad, en el caso de Aodahn.

— Se lo piensa un momento —. Y luego están las otras, que no son más que una pieza en un gran rompecabezas, un trabajo o un estado de ánimo, que son el medio de alcanzar un fin más elevado.

A lo mejor tu pensaste que la traducción era de las primeras, cuando en realidad es de las segundas.

Asiento.

— Si vamos a meternos en otra guerra, no quiero esperar, Featherswallow.

—¿Esperar a qué? — pregunto, mirándolo a los ojos.

— No tengo un anillo...

Me quedo sin respiración.

— Atlas...

— No tienes que responderme enseguida — se apresura a decir —. Pero sé lo que quiero. Y no es esto, Viv — dice, señalando la destrucción que nos rodea —. Tampoco es el sacerdocio. Mi vocación eres tú. Lo has sido desde Bletchley Park.

Quiero decir que sí, quiero lanzarme a sus brazos y susurrárselo cien veces al oído. Pero meneo la cabeza, con la garganta seca, intentando encontrar las palabras.

— No estoy lista para casarme, Atlas — respondo, en voz baja.

Él agacha la cabeza.

— Durante años, me convencí de que mis idiomas eran lo más importante en mi vida. Y luego pensé que era el rostro de la rebelión, que iba a ganar la guerra a través de la traducción. Fue vanidoso, ingenuo y egoísta por mi parte.

Atlas tiene la mirada fija en la arena. Le cojo la mano y se la beso.

— No me conozco a mí misma — añado —. Necesito descubrir quién es Viv Featherswallow, y eso me llevará tiempo. Tengo que aprender a gustarme, Atlas. Por lo que soy, no por lo que puedo hacer.

Me apoyo en él, y él levanta la mirada. Nuestros rostros están tan cerca que veo hasta los minúsculos granos de arena pegados a sus pestañas.

— De acuerdo — dice, con una sonrisa algo torcida —. Pero no abandones del todo los idiomas. Yo siempre he querido hablar con los pitones de los Pirineos, así que voy a necesitar que me enseñes drageoir.

Algo más tarde subimos al barco. El viento le hincha las velas, mientras los marineros, dos rebeldes escoceses, ayudan a la gente a embarcar.

— Bienvenidos al Provident — dice la mujer, acercándonos una lata —. ¿Una galleta de mantequilla?

— Dios bendiga a los escoceses — murmura Marquis, cogiendo dos.

Observo a Serena, que se despide de Cindra en la orilla. Aodahn ha desaparecido tras la batalla, y siento un pinchazo de dolor al pensar en él, solo en las colinas, sufriendo por la pérdida de su huevo. ¿Qué significará para los guivernos la guerra que está por llegar?

Nos reunimos con los otros en la popa. Vemos pasar a rebeldes que bajan a las cubiertas inferiores, donde hay camas y café caliente.

Veo un gran grupo de niños de Canna, con los bolsillos llenos de galletas de mantequilla y otras golosinas.

Ninguno de ellos se gira a mirar la isla y caigo en que, por primera vez, para ellos la perspectiva de regresar a Londres, donde la mayoría eran de tercera clase, ya no es más aterradora que vivir en una isla infestada de dragones.

Pero eso es porque no tienen ni idea de que los bolgoriths van a volver.

Ruth y sus chicas también han desaparecido.

Fijo la mirada en Sanday, tranquila y en silencio bajo las volutas de humo que flotan en el aire, y sé que estarán bajo tierra, esperando a quedarse solas otra vez.

Marquis, Karim, Gideon y Sophie observan a los dragones rebeldes, que emprenden el vuelo desde la playa para volver a Londres.

Serena y Freddie van junto a ellos, hablando en voz baja, y Jasper levanta a Philippa para que pueda tocar las velas rojas.

Cuando se giran hacia nosotros, Atlas y yo les contamos en voz baja las noticias que nos ha transmitido Hollingsworth.

—¿De modo que Londres no es más que otro campo de batalla? — pregunta Serena, conteniendo las lágrimas —. Yo pensaba que volvíamos a casa.

Marquis tiene la mirada perdida en el mar y la mandíbula tensa.

Veo la rabia y la decepción en su mirada y no me atrevo a decirle nada.

Una descomunal sensación de desesperanza ha disipado la energía del aire.

Freddie le da una palmadita en la espalda a Serena, sin saber muy bien cómo comportarse, al ver que empieza a llorar, y Sophie suelta una maldición antes de marcharse cabreada a la cubierta inferior.

— Y yo que pensaba que no volvería a ver un bolgorith en mi vida — murmura Gideon.

Intento centrar la mente en Ursa. Me la imagino corriendo hacia mí, probablemente una cabeza más alta de lo que era cuando la dejé.

Me imagino haciéndola girar a mi alrededor, aspirando el cálido olor de nuestra casa.

Cuando lleguemos a Londres, Hollingsworth se encargará de sacar a mis padres de Highfall.

Esta guerra habrá cambiado mi vida para siempre, pero estoy a punto de recuperar la parte más importante de ella.

Me giro hacia Atlas.

—¿Y tu madre? ¿No cree que estás muerto?

Asiente.

— Iré a Bristol cuando volvamos, y me la llevaré a algún lugar seguro.

«Esta vez será diferente — me digo, mientras zarpamos —. Esta vez nosotros somos diferentes. Y no lucharemos solos».

Bajo la mano y toco la máquina locuisonus, a mis pies. El metal está caliente por el sol y contemplo sus diales, el altavoz que usaba para oír el murmullo del koinamens de los guivernos y el saludo de Chumana cuando llegó a Canna para salvarme.

Querría abrazarla contra el pecho y quedármela, pero sé que eso no devolverá la vida a los guivernos muertos.

La apoyo en la borda del barco. Esta no es la máquina con la que aprendí a descifrar la ecolocalización, pero es la que tenía cuando me di cuenta de que los idiomas — fueran ultrasónicos o no — no son lo único que soy.

— Viv, ¿qué estás haciendo? — dice Marquis, mirándome.

Empujo la máquina locuisonus para lanzarla al mar. Todos nos quedamos mirando en silencio cómo cae al agua, convertida en un brillo dorado rodeado de azul. Luego se hunde y, con ella, una versión de Viv que dejo atrás.

Las dos, engullidas por el mar de las Hébridas.

Siento la caricia de la brisa en el rostro. Veo movimiento por la comisura del ojo pero, antes de que me pueda girar, se extienden ante mí un par de alas, como una cubierta de cuero negro. Una garra cae sobre mí y, a su lado, algo más elevado, veo un muñón ensangrentado.

—¡Bolgorith! — grita alguien.

La gente se pone a correr por la cubierta, con las manos sobre la cabeza.

Me muevo despacio, como si siguiera caminando por la arena.

«Se suponía que el koinamens de los guivernos lo había matado. ¿Por qué no está muerto?».

La garra me roza el hombro, pero no acierta. Me echo al suelo, y siento el brazo de Atlas en torno a la cintura. Por un momento no hay nada más que el sonido de las gaviotas y las olas. Levanto un brazo y miro al cielo, entornando los ojos.

—¡Viv!

En el momento en que la garra vuelve a descender, alguien se me tira encima. Quedo aplastada contra la cubierta, y de pronto el peso desaparece. Me pongo en pie, tambaleándome.

«No».

«Por favor, no».

Goranov clava la garra que le queda en el hombro de su presa, levantándola, y un chorro de sangre tiñe la cubierta de rojo.

El rugido del bolgorith eclipsa los chillidos del barco.

Se tambalea en el aire, pero enseguida recupera el equilibrio, y se aleja mar adentro con su víctima, mientras yo caigo de rodillas y me echo a llorar.

No ha podido llevarse a la Golondrina, así que se ha llevado a alguien en su lugar.

Goranov se ha llevado a Marquis.