Epílogo
Tengo la cinta del pase de clase de Marquis agarrada con tal fuerza que el borde de terciopelo se me clava en la piel.
Se le cayó del bolsillo cuando Goranov se lo llevó volando, y aterrizó suavemente sobre la cubierta, como una despedida susurrada.
Quizá la conservara todo este tiempo como recordatorio de la vida que habíamos dejado atrás.
Un recordatorio del motivo por el que estaba luchando.
Bajo del barco y piso los muelles de Londres, con la impresión de que aún siento el movimiento de las olas.
Han sido tres días de silencio, tres días de repasar la escena mentalmente mientras Atlas intentaba convencerme para que comiera, para que durmiera.
Según Hollingsworth, Goranov no conseguirá llegar a Bulgaria. Daria ya ha salido en su busca, junto con una docena de dragones rebeldes más.
Pero si el regio Vasil va a presentarse en Britania para llevarse a su nuevo donante de sangre, puede que no vea a mi primo nunca más.
El puerto es un caos, los vendedores de periódicos vocean las noticias sobre las elecciones generales y hay gente gritando los nombres de familiares desaparecidos.
Repartidores de telegramas en bicicleta y vendedores de máscaras de gas se abren paso por entre enormes dragones.
Están por todas partes, dragones de varias especies, posados sobre los tejados y en las esquinas de la ciudad.
Hay camiones aparcados en la calle, llenos de soldados extranjeros que intercambian cigarrillos con los rebeldes que bajan de los barcos.
Oigo inglés y holandés, francés y alemán, italiano y español.
Son muchos los países que han venido en nuestra ayuda.
Atlas me aprieta la mano mientras caminamos por entre la gente, en dirección al hotel donde me espera Ursa. Debería estar emocionada, pero lo único que siento es miedo. ¿Cómo voy a decirle que Marquis ha desaparecido?
Me concentro en poner un pie delante de otro, pisando los adoquines con fuerza con mis botas manchadas de sangre, esforzándome por mantenerme erguida.
¿Y si no me reconoce siquiera? Estoy más delgada que la última vez que me vio, llevo el cabello corto e innumerables heridas y magulladuras.
Y mi amor por ella es diferente, ha cambiado con nuestra separación.
Es un amor frágil, herido, posesivo. Y lo mismo me pasa con Marquis.
La Viv que soy en este momento, en un Londres desgarrado por la guerra, sin ningún recuerdo de su primo más que una cinta de terciopelo, sería capaz de enfrentarse al bolgorith más fiero antes de permitir que se lo llevara. Hay cosas que no cambian nunca.
Pasamos junto a un teatro medio en ruinas del que solo quedan las entradas separadas para humanos y dragones.
La entrada de los dragones está indicada en wyrmerio.
Pienso en el amor por las lenguas dracónicas que compartía con Clawtail.
Mis idiomas siempre serán una parte minúscula de cualquier versión de mí misma que pueda llegar a ser.
Y mi mente ya está disparada, intentando decidir cómo podría usarlos para recuperar a Marquis, a pesar de haberme prometido que los dejaría para siempre.
Porque si alguien puede salvarlo, soy yo.
Mientras esperamos la elección de un nuevo primer ministro, la mayor parte de la población británica, y nuestros aliados extranjeros, tratan con Hollingsworth.
Ella tiene acceso a todos los recursos que podamos necesitar para encontrar a Marquis: los mejores investigadores de Scotland Yard, el ejército y la marina, la Academia y todos nuestros dragones.
Y si tengo que interpretar el papel de la Golondrina de Hollingsworth una vez más para convencerla, que así sea.
No tengo nada claro quién soy, pero sí sé a quién quiero. Y mientras voy deshaciéndome de innumerables pellejos, recuerdo lo que me dijo Chumana.
No es la primera vez que Vivien Featherswallow se ha transformado.
Y no será la última.
Atlas abre la puerta del Feodora Royal Hotel y me hace pasar al atestado vestíbulo. La veo de inmediato: una niña con un abrigo amarillo y una trenza colgándole por la espalda.
Una radio cobra vida en una mesa cercana. «Aquí Londres. Se han avistado bolgoriths búlgaros en la costa. Todos los soldados deben presentarse en sus bases. Todos los civiles deben buscar refugio lo antes posible».
En el exterior suena una alarma de ataque aéreo.
—¿Osita? — digo, con voz suave.
Ursa se da la vuelta.