Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Los dragones arrastran los cadáveres de los bolgoriths hacia un gran fuego entre dos acantilados, un honor que no se merecen.

Sus escamas crepitan y se retuercen, y por fin presencio el triste desenlace de esta guerra, una guerra que hemos estado a punto de perder.

¿Y ahora qué? En el cielo veo a un grupo de dragones del oeste montando guardia, tan escépticos como yo.

Atlas me aprieta la mano y seguimos caminando.

Hay una fila de cadáveres, rodeados de flores y conchas marinas que van colocando en silencio otro grupo de chicas de Sanday.

Entre los cuerpos distingo a Cormac Mackenzie y a Roy.

Atlas suspira pesadamente. El mar penetra en la playa y besa el cuerpo de un dragón de las arenas que, por su aspecto, podría estar tan solo durmiendo.

— Su hermana está aquí — oigo que dice Gideon —. Quemad ambos cuerpos juntos.

Observamos a un dragón que arrastra el cuerpo de Addax hacia el de Soresten, mientras varios guardias sostienen la cola. El corazón se me encoge en el pecho.

—¡Viv! — me grita Gideon al verme —. ¿Dónde está Chumana?

La simple mención de su nombre me sienta como un puñetazo en el estómago.

— Ha muerto — responde Atlas.

A Gideon se le ensombrece el rostro al oír la noticia, pero antes de que pueda responder oímos voces.

Un grupo de gente está bajando por los acantilados hacia nosotros, una mezcla de rebeldes y guardias provistos de máscaras de gas, con Hollingsworth a la cabeza.

Tras la batalla, con el cabello despeinado y cojeando, la líder de la Coalición Humanos-Dragones tiene un aspecto casi frágil.

Veo a Cintra a su lado, con el morro humeante.

Se paran frente a nosotros y Hollingsworth me mira a los ojos.

— Al final convenció a los guivernos para que usaran el koinamens — le digo, con tono acusador.

—¿Convencernos? — replica Cindra —. ¿Es que no has aprendido nada de los guivernos de las Hébridas, Vivien Featherswallow?

Hollingsworth asiente.

— La decisión la tomó Cindra. Le debemos la vida.

—¿Y ahora cómo vamos a salvar la de ellos? — pregunta Atlas —. ¿Ahora que el mundo está a punto de descubrir que los guivernos mataron a los bolgoriths?

—¿De qué estás hablando, King? — responde ella —.

Fue la ayuda extranjera la que acabó con los bolgoriths, y justo a tiempo.

El regio Goranov fue derrotado por la gran Chumana, que murió por el país, y el regio Krasimir cayó ante dos de nuestras Golondrinas, Vivien Featherswallow y Atlas King, gracias a esas maravillosas armas que había encargado la difunta primera ministra en Alemania. Lo he visto con mis propios ojos.

Así que esa es su historia. Así es como va a proteger a los guivernos.

Ocultando cómo usaron su koinamens con una historia que quedará muy bien en la prensa: no una Golondrina, sino dos, alzándose triunfantes sobre los bolgoriths, ante los ojos de todos los rebeldes presentes.

Los guivernos no estarán en peligro, podrán salir de sus escondrijos sin que el mundo los vea como una amenaza.

Observo el rostro arrugado de Hollingsworth y su sonrisa decidida.

Ha vuelto a hacerlo: ha manipulado la verdad para asegurar su victoria.

— Debería rezar para que el resto de Britania no descubra nunca lo que ha intentado hacer, rectora — le dice Atlas, mordaz —. O acabará siendo aún más odiada que Wyvernmire.

En cierto sentido, admiro su obstinado rechazo al gobierno de Wyvernmire, al régimen búlgaro, a una guerra entre humanos y dragones. Pero no volveré a confiar en ella. Como me ha sucedido con Wyvernmire, la fundadora de la Academia de Lingüística Dracónica no es quien yo pensaba que era.

«Quizá — pienso, para mí —, esta guerra nos haya cambiado a todos».

Cindra se hace a un lado, y señala algo con el morro.

— Tú máquina detectora de túneles — me dice en cannair, con los ojos brillantes.

Recojo la máquina locuisonus de la arena y la siento fría y dura entre mis brazos.

— Gracias Cindra. ¿Y los túneles? ¿Están...?

— Según Abelio aún están impracticables — responde —. Pero ahora ya no nos sirven de nada.

Pasea la mirada por la playa, donde todos los guivernos duermen juntos, enroscados.

Quedan muy pocos. Su llamada letal solo habría podido llegar a un dragón búlgaro cada vez, a menos que formara parte de un grupo con fuertes vínculos.

Y ese ejercicio de concentración, repetido tantas veces, debe de haberles supuesto un enorme gasto de energía; para cuando han llegado a Krasimir, ya no les quedaban fuerzas.

Cindra se aleja para unirse al resto y yo miro a Hollingsworth.

—¿También han encontrado el diario de su padre?

Hollingsworth asiente.

— Cindra me lo ha devuelto, junto con sus propios escritos. Y he encontrado otros dibujos de mi padre en la Canna House. Yo nací allí, ¿sabes?

Recuerdo las acuarelas de los guivernos.

— Todo irá directamente a la Academia, para su conservación. El primer estudio conocido del idioma llamado cannair. Supongo que tú habrás contribuido un poco, ¿no, Vivien?

— Son más bien traducciones aproximadas. Nunca he visto un idioma que tenga tantas capas de significado. Dudo de que lleguemos nunca a tener el conocimiento suficiente como para hacer una traducción precisa.

Hollingsworth asiente.

— Iba a ofrecerte un trabajo, si es que...

—¿Si es que no tenía que entregar a Viv como parte de un cruel sacrificio? — replica Atlas, con tono gélido.

Le pongo una mano sobre el brazo, pero él no aparta la mirada de ella.

— Aunque me temo que aún es pronto para volver a nuestra antigua vida — prosigue Hollingsworth.

Levanto la cabeza, estirando el cuerpo. Ella baja la voz:

— Hemos dejado en ridículo al Consejo de Regios búlgaro. Los bolgoriths que han muerto hoy aquí pertenecían a la realeza de Krasimir, pero hay muchos otros.

—¿Qué está diciendo, doctora Hollingsworth? — pregunto, sintiendo el miedo en el vientre.

— La guerra no ha acabado — responde —. ¿Cómo iba a acabar así?

— Pero hemos derrotado al ejército de Krasimir.

Le tiembla la boca.

— El Consejo de Regios no se tomó la invasión de Britania por parte de Krasimir en serio, según me ha dicho Daria.

Sabían que no estaba muy bien de la cabeza, así que se negaron a enviar al resto de los regios a la guerra.

Pero ahora que está muerto, se verán obligados a responder.

Y se rumorea que Krasimir era uno de los regios más... complacientes.

—¡Pues tenemos que decirle a todo el mundo que deje de celebrarlo! — exclama Atlas —. Tenemos que advertir...

Hollingsworth levanta una mano arrugada.

— El Parlamento ya ha convocado una sesión extraordinaria. No hace falta que alarmemos aún al pueblo. Deja que descansen un poco. Y tampoco os desesperéis. — Observa a un dorasol austríaco surcando el cielo —. Esta vez tenemos aliados.

Suspiro y me siento, apoyando la espalda en la pared de roca y dejando la locuisonus sobre la arena.

Atlas se deja caer a mi lado y nos quedamos mirando a Hollingsworth, que felicita a otro grupo de rebeldes.

Ellos la miran con desconfianza. No soy la única que ha perdido la fe en ella.

Los ostreros despiertan e inician su canto, y en el mar vemos un barco que se acerca.

— Así es como vamos a volver a casa — dice Atlas, señalándolo —. Teniendo en cuenta que los bolgoriths nos han dejado sin aviones.

Me agarro el brazo ensangrentado, haciendo una mueca de dolor al pensar en los puntos que tendrán que darme.

—¿Tú crees que quedará algo de Londres?

— Si van a llegar nuevos bolgoriths, tardarán al menos unos días — dice Atlas, muy serio —.

Eso nos da tiempo para analizar la situación y organizar nuevas defensas.

— Me rodea con el brazo —. Lo primero que haremos es encontrar a Ursa.

Enviaremos un dracovol para decirle a la doctora Seymour dónde estamos.

Sonrío tímidamente. La alegría de ver de nuevo a mi hermana se impone al miedo.

—¿Viv?

—¿Atlas?

— Una... una vez te dije que el sacerdocio era el modo en que estaba destinado a amar. Pero me equivocaba.

Me mira con la cabeza gacha, dejando que la arena se escurra entre sus dedos.

— Dios no te pediría que juraras unos votos que no quieres jurar, Atlas. El sacerdocio es...

— No estoy hablando de los votos.

—¿No?

— No.

Atlas levanta la mano para tocar la golondrina que llevo colgada del cuello y siento el calor que desprenden sus dedos.

— Me uní a la rebelión porque mi conciencia me lo pedía, y me dije a mí mismo que no pasaba nada por infringir la ley y disparar a los guardias siempre que después adoptara los votos — dice —.

Tenía que ser ese el motivo por el que Dios me había llevado hasta el padre David.

Pero entonces apareciste tú, Featherswallow.

Cada vez que he intentado aclararme la mente, rezar, estabas ahí.

Tu sonrisa, el olor de tu cabello, tu exasperante tozudez.

Le recé a Dios, pidiendo que fueras tú el destino que me tenía reservado, que cambiara mi vocación.

Pero cuando me desperté en Eigg, después de Bletchley Park, ya habías desaparecido.

»Y entonces llegó una carta de Hollingsworth, detallando las órdenes de una misión secreta y el plan B que se activaría si fracasaba.

— Hace una mueca de dolor —. Fue una crueldad por su parte.

Sabía que no te contaría la verdad sobre la necesidad de conseguir que los guivernos nos ayudaran a ganar la guerra con su koinamens, porque te negarías a pedírselo, y entonces se activaría el plan B.

Y ella sabía que no le mencionaría el plan B a Chumana, porque habría matado a Hollingsworth y el movimiento rebelde se habría desmoronado.

— Cierra los ojos —. Tampoco iba a hablarte yo de él, por si decidías presentarte voluntaria.

Cuando abre de nuevo los ojos, tienen una profundidad que no le he visto nunca.

— En cuanto vi tu nombre en la carta me di cuenta de que Dios había escuchado mi oración, y de nuevo en la ceremonia de elección de huevos. Que mi vocación iba dirigida a otra cosa..., a otra persona.