Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

La bala impacta en el rostro de Krasimir, arrancándole la mandíbula.

Se desploma, con un golpetazo que nos hace caer a los dos, apartándonos de la Speerspitze.

Me pitan los oídos. Levanto la cabeza, escupiendo arena, y de pronto se hace el silencio en la playa, hasta que unos chillidos monstruosos vuelven a llenar el aire.

Parpadeo, haciendo esfuerzos por distinguir algo entre tanto humo. Veo a Atlas, que menea la cabeza, incrédulo.

«No».

Se acercan más bolgoriths procedentes de las colinas.

—¿Cómo puede ser? — exclama Atlas, casi sin voz.

Sollozo de desesperación, al tiempo que intento pensar.

— Un batallón de refuerzo, compuesto de grupos familiares diferentes — respondo, lentamente —.

Krasimir debía de saber lo que puede hacer la ecolocalización de los guivernos.

Wyvernmire lo habrá descubierto y se lo habrá dicho.

Habrá organizado sus batallones de modo que los bolgoriths del segundo no estén vinculados con los del primero.

Y me estremezco.

— Los guivernos han aniquilado al primer batallón, grupo familiar por grupo familiar, mientras el segundo se mantenía a la espera.

Lo que significa que estamos muertos.

Los guivernos ya se han ido, los rebeldes están derrotados y Atlas y yo estamos tirados en la arena, frente a una nueva horda de bolgoriths ilesos.

El tiempo se vuelve más lento. Atlas se arrastra por la arena hacia mí, con el mar azul a sus espaldas y una extensión de arena bañada en sangre entre los dos.

Me envuelve con sus brazos y me ayuda a ponerme en pie.

— Te quiero — me dice, y siento su aliento cálido en el oído.

Parpadeo, asombrada de mi propia confianza irracional, que me ha hecho creer que podría tener ocasión de decirlo una vez más.

— Te quiero.

Con los ojos llenos de lágrimas, recorro la playa con la mirada.

Marquis está disparando la última Speerspitze que nos queda, apuntando a los búlgaros recién llegados.

Se esconde en un hueco de la arena justo en el momento en que una llamarada envuelve el arma.

Jasper y Sophie están arrastrando a Ruth entre los dos, en dirección a las cuevas.

Tiene el cabello manchado de sangre. Marquis, Serena y Freddie salen corriendo tras ellos.

Todo huele a quemado: a pólvora quemada y a carne quemada, y en el momento en que un bolgorith anuncia su llegada con un rugido, Atlas me grita para que me mueva.

Tropiezo en la arena caliente, la cabeza me da vueltas.

Britania va a ser invadida por los dragones búlgaros. No volveré a ver a mi hermana nunca más.

—¡Iré con vosotros! — grito, levantando la voz al cielo —. ¡Iré con vosotros a Bulgaria!

Atlas me levanta a peso, envolviéndome en su olor a sudor y humo, y me arrastra por la playa.

—¡Muévete!

Intento respirar, pero el aire está lleno de humo que se me cuela en los pulmones. No puedo dejar de pensar en Ursa, creciendo en la oscuridad con la doctora Seymour, olvidándose de mí, de nuestros padres.

—¡Espera! — grito, casi sin poder respirar —. ¡Escucha!

—¡Viv, date prisa! — Marquis se ha girado y corre hacia nosotros, con las lágrimas surcándole el rostro.

Oigo algo.

Un batir de alas rítmico.

— Más bolgoriths — suspira Marquis, abatido.

—¿Te has vuelto loca, Featherswallow? — me grita Atlas, agarrándome del brazo, mientras Marquis me tira del otro para llevarme hacia las cuevas.

— Tres golpes, no dos — murmuro.

Se me acelera el corazón.

— No son bolgoriths.

La arena se cubre de sombras y la temblorosa luz de las llamas de dragón se apaga de pronto con la llegada de cientos de dragones por el otro lado de los acantilados. Y de pronto están por todas partes, procedentes de Sanday, de Compass Hill, del otro lado del mar.

—¡Eso es... una sapphira de doble ala, un dragón español! — grita Marquis —. Y un dorasol austríaco.

Niego con la cabeza, atónita. Eso es imposible. No tenemos esas especies en Britania.

Dos dragones de las arenas británicos llegan a la playa y cazan a un bolgorith al vuelo, retorciéndole el cuello antes de que llegue al suelo. Los sigue un dragón con una larga cabellera amarilla.

—¿Un pitón de los Pirineos?

Veo un destello rosado y el estómago se me encoge, porque sé que lo que veo es imposible. La dragona atraviesa el cielo, entre fogonazos, y en ese momento me doy cuenta de que no estoy viendo a Chumana, sino a Daria.

— Ayuda extranjera — dice, aterrizando a mi lado —. Parece que es cierto que los bolgoriths son los dragones más odiados de Europa.

Observo a un dragón del oeste que combate junto a un víbora bermellón, y en ese momento unen las colas para proteger a un coraza de tortuga italiano del golpe letal de un búlgaro. Son de diferentes culturas, hablan diferentes idiomas..., pero la solidaridad no necesita de traducción.

Llegamos a la cueva justo en el momento en el que los dragones de toda Europa unen fuerzas con lo que queda de las tropas británicas.

La luna está en lo alto del cielo, y su blanca luz se abre paso entre el humo.

Los bolgoriths están en desventaja, y empiezan a huir.

Veo a Daria y a Aodahn abatiendo a uno juntos, y observo el brillo de sus escamas, que relucen al contacto con la luz de la luna.

Atlas se gira hacia mí, con las señales de la fatiga en el rostro. Le cojo la mano.

— No me voy a Bulgaria — le digo, con un suspiro.

— No, Featherswallow, a Bulgaria no. Te vas a casa.

Mi sorpresa se convierte en sollozos, aunque intento contener la emoción.

Atlas me limpia una mancha de sangre del pómulo y me besa.

Guivernos y dragones surcan el cielo sobre la orilla plateada y los bolgoriths huyen en retirada.

El sol refleja la luz de la luna. Recuerdo la última descripción que hizo Clawtail de la isla, una oda a su hogar antes de que lo mataran.

«Esa roca celestial es Canna».

Paseo la mirada por el interior de la cueva, iluminada por hogueras.

Poso la vista en cada rebelde ensangrentado y no puedo dejar de contarlos, de buscar a los que ya no están.

No veo a Hollingsworth por ningún lado. Wyvernmire está sentada contra una pared, con la cabeza entre las manos.

El ruido en el exterior es ensordecedor.

Me dejo caer a su lado, casi mareada del agotamiento.

Echo una mirada a Atlas y Marquis, que están observando los últimos compases de la batalla desde la abertura de la cueva, y luego a la primera ministra.

—¿Cómo supo lo que podía hacer la ecolocalización de los guivernos? — le pregunto.

Levanta la vista.

— Mi sobrino lo descubrió. Sabíamos que estabas buscando a los guivernos, y cuando Atlas se negó a entregarle la máquina locuisonus en la Canna House, ató cabos.

— Entonces lo sabía antes que yo — murmuro —. ¿Pero por qué se lo dijo?

— Pensó que, si le daba esa información a Krasimir, serviría para que me mantuviera con vida. Tenía razón en que los bolgoriths se volverían en mi contra. Habría tenido que escucharle.

— Entonces Ralph intentó salvarla. — La miro fijamente —. Siempre lo infravaloró. Si no lo hubiera hecho, quizá no se habría convertido en lo que era. Quizá no habría matado a Chumana.

Wyvernmire se levanta y se sacude el polvo de los pantalones.

— Quizá. Y quizá también te infravaloré a ti. Desde luego Rita Hollingsworth lo hizo.

— Ella sabía exactamente quién era yo — respondo, meneando la cabeza y poniéndome en pie —. Pero voy a transformarme, primera ministra. No quiero ser una lengua de latón. Creo que de momento dejaré los idiomas. Sin ellos, puedo ser una persona nueva.

Wyvernmire me mira, extrañada. Luego da un respingo, hacia delante, con los ojos desorbitados.

—¿Primera ministra?

Wyvernmire se tambalea, con un pequeño cuchillo de sílex clavado en la zona lumbar. Me quedo pálida al ver a Ruth, que aparece tras ella.

—¡Socorro! — grito, en el momento que Wyvernmire cae al suelo.

Me agacho, a su lado, y busco el cuchillo. Ella me mira y dice que no con la cabeza, con los ojos enormes y el cabello despeinado, y veo cómo se le dilatan las pupilas.

—¡Ayúdame a levantarla, rápido! — oigo que Marquis le dice a Atlas.

Wyvernmire jadea un momento, y luego se estremece.

— Mierda — exclama Marquis.

Me giro hacia Ruth, y veo su mirada dura, implacable.

— Te dije que se lo haría pagar.

Y vuelve a desaparecer entre las sombras.

La playa, empapada de sangre, está llena de rebeldes que se calientan las manos en las hogueras encendidas por los dragones.

Está amaneciendo, y la fría bruma los envuelve y limpia el aire de humo.

Con el olor a pichón asado se me hace la boca agua.

Sigo caminando, con Atlas a mi lado. No puedo quedarme quieta y descansar.

Al menos hasta que encuentre lo que estoy buscando.

Una señal de que los bolgoriths búlgaros se han ido de verdad.

Caminamos cogidos de la mano, y pasamos junto a Jasper y Philippa, junto a Freddie, que le cubre los hombros a Serena con una manta, y junto a las chicas de Ruth, que están bebiendo algo de unos cuencos calientes que reparten Sophie y George.

Dos enfermeros están cargando a Edward en un pequeño bote de remos, y van llegando más a la orilla.

Marquis los ve y se levanta de un salto para dirigirse a ellos, con los brazos abiertos.

De uno de los botes baja Karim, que parece diez años más viejo, y ambos se abrazan.

«Los informes procedentes de las Hébridas Interiores, donde está el cuartel general de la Coalición Humanos-Dragones, dicen que la guerra se ha acabado — afirma una voz en la radio de Serena —.

De hecho, ahora mismo, mirando por la ventana, vemos el aterrizaje de aliados europeos en Londres. Han tardado bastante, ¿no, Drake?».

«Mira, ahí están los matones búlgaros, emprendiendo el vuelo, huyendo a su tierra. ¡Britania ha ganado la guerra, Sandy! Repito: la guerra ha acabado oficialmente».

—¿Tú crees que ha acabado? — le pregunto a Atlas, en voz baja —. ¿De verdad?