Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 22 #5
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Capítulo 22 #5

Veo a Goranov arrastrándose por la arena, de espaldas a nosotros, dejando tras de sí un espeso río de sangre.

No creo que pudiera llevarme volando a Bulgaria ni que se lo pidiera.

Los bolgoriths siguen escupiendo fuego en lo alto, iluminando el cielo nocturno.

Veo a un guardia que lleva a una de las chicas de Ruth en brazos hacia la cueva, dejando un rastro de sangre.

Cormac da órdenes a un grupo de hombres rebeldes que intentan recuperar una de las Speerspitzes de debajo del cadáver de un bolgorith.

— Atlas... — le ruego.

Él me mira y yo meneo la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.

— Es demasiado tarde — grito —. Tenemos que huir.

— Marquis — grita él, rodeándome con sus brazos —. Tenemos que retirarnos.

Los ojos de mi primo reflejan su desesperación. Otro bolgorith cae del cielo.

Luego dos más.

Luego otro.

El escudo de protección se está cayendo a trozos.

Levanto la vista, buscando a los atacantes rebeldes, pero la mayor parte de nuestros dragones están muertos, sobre la arena.

Krasimir desciende un poco, quedando a la vista en el rato en que sus protectores se dispersan momentáneamente. Suelto a Atlas.

Entre las escamas negras y rojas veo brillos azules.

Guivernos de las Hébridas.

Diez bolgoriths caen al mar, fulminados. Oigo un chillido atormentado. En el otro extremo de la playa, sobre la arena, Goranov se retuerce agónicamente, como si le quemaran unas llamas invisibles. Y en ese mismo momento Krasimir suelta un rugido atroz.

—¿Qué les pasa? — grita Sophie.

Goranov se estremece, una vez y luego otra, y después se queda inmóvil. El cielo se llena de guivernos. Busco con la mirada a Daria, asustada al recordar lo que me ha dicho Sophie sobre el vínculo con sus hermanos. Pero no la veo por ningún sitio.

— Están ecolocalizando — murmuro, mientras la mitad del batallón búlgaro cae al mar —. Los guivernos están emitiendo una llamada letal.

Sobre nuestras cabezas vemos a los guivernos que han sobrevivido atravesando las nubes.

Se deslizan por el aire, lanzándose en picado una y otra vez, en una danza majestuosa, moviéndose al unísono como si fueran alas pertenecientes a un mismo cuerpo, ascendiendo y descendiendo en perfecta armonía.

Dos grupos se unen y hacen retroceder a los bolgoriths restantes hacia el mar, donde van cayendo muertos, uno tras otro.

—¡Cuidado! — grita alguien.

Krasimir cae a plomo, girando en barrena, sin control. Se estremece, dando coletazos como un pez atrapado en un anzuelo.

—¡Rebeldes, dispersaos! — ordena Marquis a pleno pulmón, desde la posición de su Speerspitze.

Krasimir cae sobre la arena con un estruendo estremecedor.

¿Cómo sonará una llamada letal? ¿Qué debe de sentir un dragón como Krasimir cuando oye el sonido de la muerte, haciendo que su cerebro se vuelva en su contra e implosione? Alarga la cabeza hacia las Speerspitzes, chillando como un poseso.

Retrocedemos hacia la orilla, con la mole de su enorme cuerpo negro a pocos metros.

Roy aparta de un tirón a una de las chicas de Ruth justo en el momento en que el cuello de Krasimir, ya casi exangüe, empieza a balancearse descontroladamente.

Siento la caricia de las olas en las rodillas y las botas se me llenan de agua.

Sophie me coge de la mano y Atlas grita algo que no consigo oír.

Krasimir se ladea y cae de costado con un golpetazo.

—¿Qué está haciendo? — grita Marquis.

Atlas cruza la playa a la carrera en dirección a Krasimir, rodeado de nubes de arena.

Parpadeo, porque noto que tengo la visión borrosa, y salgo del agua, siguiéndolo.

Tiene la camisa empapada de agua de mar y manchada de sangre de dragón.

Contemplo la escena y veo, horrorizada, los espasmos de Krasimir, que consigue volver a ponerse en pie, tambaleándose.

No está muerto.

El koinamens de los guivernos no lo ha matado.

Levanto la mirada al cielo, buscando desesperadamente a Cindra o Aodahn, pero los guivernos están mar adentro, persiguiendo al resto de bolgoriths. Solo quedan unos cuantos sobre nuestras cabezas, lanzándose en picado sobre Krasimir.

No son suficientes como para emitir una llamada letal definitiva, y el resto de los rebeldes han evacuado la playa.

Se me encoge el estómago.

Echo a correr tras Atlas mientras Marquis y Sophie me llaman a gritos.

Tengo la ropa empapada, y el peso del agua frena mis movimientos.

Krasimir se acerca a Atlas, cojeando. Atlas se echa al suelo, buscando, sin dejar de mirar al gran regio búlgaro.

Krasimir sangra profusamente sobre la arena, tiñéndola de negro.

Llego a la altura de Atlas y lo agarro por la parte de atrás de la camisa.

—¿Viv? — exclama, con los ojos desorbitados —. ¡Vuelve atrás!

Tiene un proyectil en la mano.

Agarro el extremo de la Speerspitze y le doy la vuelta con gran esfuerzo, porque pesa muchísimo. Krasimir se queda mirando el cañón del arma con una mueca de desprecio. Yo lo miro fijamente a los ojos mientras Atlas carga el arma.

—¿Quién... eres tú? — pregunta Krasimir, casi sin aliento.

Noto que Atlas se sitúa detrás de mí y me agarra las manos.

— Es la Golondrina — le dice.

Yo meneo la cabeza y, juntos, orientamos el arma hacia él.

— No... soy solo Viv — digo yo.

Y disparo.