Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 22 #4
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Capítulo 22 #4

Atlas me mira a los ojos y sonríe. Señala a un grupo de guardias armados con rifles.

— No podéis matar a un dragón con esas armas, pero podéis apuntarle a los ojos. Si pierden la capacidad de ver desde dos sitios a la vez, pierden su ventaja, ¿no?

Uno de ellos, un hombre casi tan joven como Atlas, asiente.

—¿De verdad tenemos que volver a salir ahí fuera? — pregunta George, pálido y aterrorizado.

— Nadie te obliga — dice Marquis —. La razón de ser de la rebelión es la libertad. Pero si quieres que la libertad llegue a Britania, no solo a la tercera clase, sino también a todos sus humanos y dragones, tenemos que matar a ese bolgorith. Krasimir debe caer.

— Coged Speerspitzes y cualquier fusil o flechas que puedan sacarles los ojos — dice Ruth —. Dejad los cuchillos.

El hombre que se había quejado de los aviones asiente, y en la cueva resuena el repiqueteo metálico de las armas. Atlas señala a dos de los chicos de Freddie, y oscurece el semblante.

— Vosotros, mantened a Goranov a raya con una de las Speerspitzes, ¿entendido? — Se gira a mirarme —. No permitáis que se le acerque a ella. En cuanto lo veáis, disparad.

Los chicos asienten. Los rebeldes se dirigen a la entrada y Ruth levanta su ballesta.

—¡Por Canna! — grita, mientras una horda de niños y adolescentes sale corriendo e invade la arena.

Siento la mirada de Hollingsworth sobre mí. Me giro hacia ella lentamente, y luego señalo a Ruth, a Jasper, a Freddie, a Marquis y a todos los otros.

— Yo nunca fui su Golondrina — le digo —. Lo eran ellos.

Pero si esto no funciona, sé lo que tengo que hacer.

Me escabulliré del campo de batalla y encontraré a Goranov.

No es una sentencia de muerte. Simplemente me convertiré en la mascota de un bolgorith.

Hago un esfuerzo por imaginarme una Britania en llamas, a Marquis y a Sophi escondiéndose como presas, a Ursa tendida, inerte y fría.

Eso desde luego sería un destino peor.

— Tenemos treinta Speerspitzes — le dice Cormac a Ruth, una vez fuera —. Veinte en la costa y otras diez sobre la colina.

— Y nosotros tenemos diez — dice Freddie, caminando por la playa.

—¿Serena? — exclamo, al verla siguiéndolo —. No puedes disparar con el brazo así.

— No te pongas en plan mamá, Featherswallow — dice ella, ajustándose el cabestrillo —. Aún puedo cargar las armas.

Salgo a la arena y Atlas me agarra de la manga.

— No te separes de mí.

Cindra y un grupo de guivernos pasan sobre nuestras cabezas en dirección a Compass Hill. Observo el cielo y cuento varias docenas de dragones búlgaros entre nuestra posición y el mar, todos en el aire. Y los nuestros son más o menos la mitad.

—¡Esperad a los dragones! — les grita Atlas a los rebeldes —. ¡Esperad a que sea seguro cruzar la playa!

Los dragones rebeldes surcan el cielo, yendo al encuentro de los guivernos, y juntos vuelan hacia los bolgoriths, formando una línea de defensa en el cielo. Veo el brillo de unas gemas en la penumbra. Krasimir se une al batallón búlgaro, aunque tiene el cuello medio cortado.

—¡Ahora! — grita Atlas.

Cruzamos la playa a la carrera, cogidos de la mano, hasta que llegamos a la orilla, donde están posicionadas las Speerspitzes.

Atlas gira una de ellas, que apuntaba al mar, y la orienta hacia Krasimir, pero el bolgorith ha desaparecido.

Me agacho y me pongo a tantear la arena, en busca de uno de los proyectiles que he visto apilados.

Lo siento frío al contacto con mi mano, amenazante, lleno del mismo veneno que ha matado a Chumana.

Querría tirarlo al mar, pero en lugar de eso cargo la Speerspitze, y veo que Marquis hace lo mismo con otra, a mi lado.

Atlas y Sophie orientan el cañón de sus Speerspitzes hacia el cielo, buscando a Krasimir con la mirada, pero al no encontrarlo Sophie dispara el suyo y el proyectil pasa rozando a un bolgorith que vuela hacia nosotros.

—¡Mierda!

El bolgorith acelera, y levanta las garras, extendiéndolas hacia delante.

—¡Marquis! — exclama Sophie.

Marquis suelta una maldición, pero recarga el arma y Sophie consigue disparar otra vez. El proyectil impacta en el pecho del bolgorith, que cae pesadamente sobre la arena y se queda allí, jadeando.

— No morirá hasta que el veneno...

Mi voz queda eclipsada por el chillido furioso de un ddraig goch, que se lanza sobre el bolgorith y le parte el cuello.

—¿Dónde está Hollingsworth? — murmura Atlas.

Me giro a mirar la entrada de la cueva vacía y meneo la cabeza.

—¿Has parado a hacer un pícnic, Featherswallow? — me grita Serena, que carga otro proyectil en la Speerspitze de Freddie y se vuelve a mirarme con gesto acusador.

—¡Perdón!

Echo mano de una de las frías esferas mientras a mi izquierda y a mi derecha los guardias disparan sus rifles en dirección al cielo, apuntando a los ojos de los bolgoriths, y la introduzco en el cañón de la Speerspitze.

Un guiverno cruza el cielo, dejando un rastro de humo y sangre tras de sí.

El batallón búlgaro se reorganiza, en una formación compacta, un muro de escamas que barre el cielo.

Los guivernos y los dragones intentan atacar, pero los bolgoriths los barren sin contemplaciones.

Me encojo al verlos avanzar hacia nosotros.

La fuerza rebelde ha quedado reducida a unos diez dragones: el resto están heridos, muertos o huyendo.

—¡Es imposible que podamos luchar contra todos estos bolgoriths solo con las Speerspitzes! — grito, pero nadie me oye.

Los bolgoriths emiten una especie de gruñido atroz, como un cántico.

—¿Dónde demonios está Krasimir? — grita Marquis.

— Está dentro — responde Serena, sin inmutarse.

Me giro y veo el punto que señala, sobre la arena, detrás del batallón. Está todo lleno de sangre, que llueve del cielo sin parar.

— Lo están protegiendo.

— Como un caballo de Troya — murmura Atlas.

Un bolgorith se separa de la formación, y cae al mar.

—¿Qué narices...?

El espacio que deja lo llenan otros, juntando filas, pero antes de que consigan hacerlo veo un destello de color. Otro bolgorith cae fulminado. Traza una espiral al caer en picado, y aplasta dos Speerspitzes al impactar contra el suelo.

Cormac suelta un grito rabioso. Los bolgoriths siguen juntando filas, rellenando los huecos.

—¡Atlas! — grito, agarrándolo de la chaqueta y tirando de él, pero él sigue moviendo la Speerspitze a un lado y a otro, buscando un hueco en el escudo formado por los dragones búlgaros.

—¡Fuego! — grita Ruth.

Seis chicas están operando dos Speerspitzes. Jasper y Roy se abren paso a caballo entre el humo, arrastrando unas redes llenas de munición por la arena. A un par de metros, Henry, el amigo de Jasper, yace muerto bajo un dragón del oeste desfigurado.