Capítulo 22 #3
— Aquí tenéis a vuestra Golondrina — dice, con voz firme —.
Durante meses ha trabajado incansablemente para ganar esta guerra.
Ha luchado tanto en la sombra como en campo abierto, operando en secreto en Londres y en Canna, con los guivernos de las Hébridas.
Pero el heroísmo no siempre se ve premiado con la victoria que merece.
Habéis oído hablar del valor de la Golondrina en la radio, la habéis visto representada en los dibujos que llenan los periódicos rebeldes.
Y ahora la podéis ver con vuestros propios ojos.
Porque ha decidido sacrificarse por su querida Britania.
Atlas me agarra de la mano y siento la boca seca. Los dibujos en la oficina de Hollingsworth, las informaciones que retransmitía Serena por radio... era todo por esto. Para convertirme en un personaje destacado. En una mártir.
—¿De qué está hablando, Viv? — pregunta Marquis.
— Los bolgoriths han accedido a retirarse, si se pueden llevar a la Golondrina consigo — dice Hollingsworth.
—¡No! — grita Marquis. Mira a Hollingsworth, luego a mí y luego a Atlas, con los ojos llenos de rabia —. ¿Tú lo sabías?
— Será huésped del regio Vasil, y llevará una vida de lujo y seguridad a cambio de su sangre, que tiene el poder de mantenerlo con vida.
La gente reacciona con exclamaciones de horror generalizadas. Ruth da un paso y se coloca delante de mí.
— Pues no van a llevársela. Ni usted ni Wyvernmire. No van a llevarse a ninguno de nuestros chicos. No somos suyos ni estamos a su disposición.
— Yo no soy como Wyvernmire — responde Hollingsworth, con frialdad —.
Yo he trabajado durante años para abolir el proyecto Canna.
Soy yo la que os enviaba esos libros de contrabando, Ruth, junto al material para la tumba de mi padre.
Los niños de Canna no le deben nada a Britania, en eso estamos de acuerdo.
Ruth tuerce el gesto.
Hollingsworth posa los ojos en mí, mientras me pregunto cómo hemos llegado a este punto.
Cuando estudiábamos juntas los guivernos, en Londres, pensábamos realmente que podíamos ganar.
Su plan B, por maquiavélico que sea, tiene sentido.
Pero sé que no desea llevarlo a término más de lo que lo deseo yo.
— Siento tener que pedirte algo así, Vivien — dice, suavizando el tono —. Dejar a tu familia y vivir entre los bolgoriths no es un destino fácil.
—¿No es un destino fácil? — estalla Marquis —. ¿Está diciendo que dejarse chupar la sangre por un reptil de seis metros no es un destino fácil?
— La Golondrina no sufrirá ningún daño — replica Hollingsworth —.
Me he asegurado de ello. Estará sana y bien alimentada, mantendrá la dignidad y su coraje.
Es de gran valor para el regio Vasil, y no solo por su sangre.
Es lo que los bolgoriths llaman una lengua de latón.
Una políglota. Para los búlgaros, que se han quedado aislados del resto del mundo, tiene un valor político incalculable.
Siento que entorno los ojos inconscientemente. ¿Eso es todo lo que soy? ¿La Golondrina de Hollingsworth, un pajarillo que tener atrapado en una jaula? ¿De verdad estoy destinada a vivir el resto de mi vida siguiendo los designios de otras personas?
— Y lo mismo para el resto de hombres o mujeres que se ofrezcan voluntarios a ir a Bulgaria con ella, este año y los años venideros.
Alguien insulta a Hollingsworth, y de la multitud sale un torrente de improperios que caen en oídos sordos.
—¡Este es el precio que debe pagar Britania para asegurar la seguridad de sus ciudadanos! Diez humanos por año, a cambio de una compensación económica para sus familias.
— Solo la gente de tercera clase necesita algo así — murmura alguien —. Así que me imagino que serán ellos los que pagarán.
— No se obligará a ir a nadie. Y a los niños — dice Hollingsworth, al tiempo que mira a Ruth — no se les permitirá ofrecerse voluntarios.
— Si quiere llevarse a Viv ya puede ir quitándoselo de la cabeza — le espeta Atlas. Mira a Cormac, el hombre que lo ha entrenado para la supervivencia en Canna —. ¿De verdad vas a dejar que se salga con la suya?
— A mí no me gusta lo más mínimo, chico — responde Cormac —. Pero nunca he visto una invasión igual. La rectora está actuando en favor de un bien mayor.
—¡Pues ve tú, entonces! — le grita Serena.
— Que vaya la doctora Hollingsworth — propone Sophie.
— Oh, yo pienso ir — responde Hollingsworth —. No pensaréis que iba a enviar a Vivien sola, ¿verdad? Yo también seré una de las personas sacrificadas este año.
Se vuelve a hacer el silencio en la cueva.
— Yo iré — se ofrece George Beecham, dando un paso adelante —. Tengo diecinueve años. No soy un niño.
Meneo la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas. ¿De verdad es la única salida?
En la entrada de la cueva aparece una figura.
Es Wyvernmire, con el rostro manchado de hollín y los ojos desorbitados del pánico. Inmediatamente, las chicas de Sanday la rodean, y sus pieles chamuscadas la envuelven como una nube negra.
—¿Cómo ha escapado de los bolgoriths? — le pregunto.
La primera ministra me mira y luego mira a los rebeldes, tambaleándose.
— No había vigilancia.
— Porque no tiene ningún valor para ellos — dice Marquis, con desprecio —. Me sorprende que siga viva.
— No por mucho tiempo — dice Ruth.
Da un paso hacia Wyvernmire, y acerca tanto el rostro que sus narices casi se tocan.
— Se llamaba Clemmie. Tenía trece años y está muerta por su culpa.
Recuerdo a la niña muerta en la playa y miro a Ruth con intención. Veo un brillo desafiante en sus ojos, como si me retara a interferir. Pero no tengo ninguna intención de hacerlo. Oigo unos pasos y veo que Jasper y Freddie van a su lado, seguidos de lo que queda de sus grupos.
—¡Miradla! Esta anciana de ojitos tristes es la mujer que nos mandó aquí.
Ella es el motivo de que hayamos tenido que ver morir a tantos niños.
De que tuviéramos que hacernos bolsitas de veneno.
¡Dejó entrar a los búlgaros y les entregó a Clemmie para que se la comieran!
— Se va acercando más gente, y llega un punto en que se le quiebra la voz —.
Y ahora esta tal Hollingsworth quiere hacer lo mismo. Yo digo que las matemos a las dos.
Atlas ya no está a mi lado. Recorro la cueva con la mirada y lo encuentro fuera de la entrada.
Su silueta contrasta con la luz naranja de las llamas al fondo.
Está señalando el cielo, diciéndole algo en voz baja a Cormac, que asiente mientras siguen la trayectoria de un bolgorith.
Me llevo la mano al collar y en ese momento le veo decir algo a dos rebeldes.
Señala sus fusiles, luego a los dragones en el exterior, y los rebeldes asienten, obedeciendo sus órdenes y acercándole las armas.
Cuando levanta la mano de nuevo veo la curva de cada dedo a la luz de la luna: manos que han sostenido un fusil, que se han unido en una oración, que me han sostenido a mí.
Y algo se desata en mi interior. Todo lo que ha hecho en esta isla ha sido para salvarme a mí, para salvar a su país.
Atlas nunca fue a la universidad, nunca ganó ningún premio ni descifró ningún código.
Es más de lo que la gente ha querido hacer de él, más que un sacerdote o un rebelde, igual que yo soy más que una lengua de latón o un pájaro simbólico.
En eso Chumana tenía razón. Le quiero, pero no por lo que ha conseguido.
Es por lo que es: un chico con corazón de dragón cuyas mentiras no han sido otra cosa que un acto de devoción.
Así que quizá aún haya esperanza para mí.
— Nosotros, los niños de Canna, somos la prueba viviente de la corrupción de Wyvernmire — grita Ruth, atrayendo de nuevo mi atención —.
Somos la cláusula secreta de su Acuerdo de Paz.
Y seremos su perdición — añade, con los ojos encendidos —.
Esta no es su isla. Es nuestra isla. Y va a ver cómo la recuperamos.
— Echa un vistazo al exterior —. No sabemos cuántos dragones nos quedan, así que nos toca a nosotros acabar con Krasimir.
Ahora ya no puede volar alto: eso tenemos que agradecérselo a esa bolgorith británica.
Sonrío, convencida de que a Chumana le habría gustado que la definieran así.
— Quiero que las Speerspitzes se dispongan en círculo — dice Ruth, subiéndose a una roca.
Todos los rebeldes y todos los guardias la están observando. Ella mira a Cormac.
— Cuando Krasimir sobrevuele la zona, disparáis todos a la vez. ¿Entendido?
— Ya habéis oído a la muchacha — grita Cormac, girándose hacia los rebeldes —. ¿Cuántas municiones nos quedan?
— Las bolsitas de veneno son vuestra arma final — les dice Ruth a sus chicas —. ¡Si estáis a punto de morir, al menos podéis dejar fuera de combate a un bolgorith para el resto de la batalla!
Marquis asiente, con los ojos encendidos. Lo miro y de pronto sé, con toda certeza, que habría apoyado a Ruth en su plan de matar tanto a la primera ministra como a la líder de la Coalición Humanos-Dragones.
Eso, antes que perderme.
— Una cosa que hay que tener en cuenta — digo yo, dando un paso adelante — es que los bolgoriths no tienen buena vista. Cazan en manada porque se pueden comunicar... — Me interrumpo para echarle una mirada a Hollingsworth —. Telepáticamente.
Todos se me quedan mirando y siento que mi voz resuena, insegura, por toda la cueva. Prometí que guardaría el secreto sobre el koinamens, pero no puedo ocultar esta información crucial a los rebeldes, porque podría salvarles la vida.
— Algunos de vosotros ya lo sabéis, y otros no, pero me temo que no hay tiempo para preguntas.
Lo que uno de ellos consiga ver, aunque no sea con gran precisión, los otros lo ven.
Un bolgorith podría estar atacándoos aquí, en la playa, viendo todos vuestros movimientos, y al mismo tiempo os puede ver desde otro punto en el que esté uno de sus hermanos.
Eso hace que resulte prácticamente imposible escapar de ellos.
Lo que significa que su telepatía es también su punto débil.